Se levanta el profesor por la mañana, llega al cole y aparece de golpe en un cuadro de Magritte. Esto no es una pipa. Esto no es un instituto. Y, sin embargo, con cuánto realismo se ve, diríase una fotografía. Desde
Desde dentro del cuadro, en el entramado de la tela, imperceptible a simple vista, el profesor se siente como el peatón de principios del XX cuando coincidían en las calles sin asfaltar carros tirados por burros, coches de tiros, tranvías, jinetes y los primeros automóviles. Si era mujer, además, estaba obligada a caminar con faldas largas con polisón, sobre botines. Barro, charcos, aguas inmundas. Cruzar una calle, una glorieta era arriesgarse a encontrarse a los pies de los caballos.
A los pies de los caballos se siente el profesor cada mañana. En el aula de principios del siglo XXI se ha asentado un ordenador por pupitre (ahora rígido, anclado al suelo, cableado obliga). La pizarra, la tiza, los libros, los cuadernos escolares, los lápices de colores, el chicle, el móvil, el videojuego, el mp4 son artilugios varios que transitan por el aula sin más orden ni concierto que el que marca el deseo siempre insatisfecho de novedad. Y como el tráfico, entonces, con normas acertadas, absurdas o contradictorias, según ocurrencia del regulador de turno.
Sobre el hiperrealista espacio del aula, Esto no es un aula, planea la sombra de dos ordenadores por pupitre. El pupitre es el aula. Si no hay pupitre, no hay aula -lo saben muy bien nuestros tecnócratas. Como si el clima que necesita la trasmisión del saber, emanara de la disposición espacial de los elementos del aula: mesa del profesor, pizarra, y pupitres pareados en hilera perviven. (¿Dónde están los sesudos teóricos que hablaban de la disposición en círculo, en U, en L que permitían la comunicación, el trabajo cooperativo, el sursum corda?) Lo viejo se mezcla a lo nuevo: libros, ejercicios, exámenes… sistemas de notas, evaluación de aptitudes y de actitudes, de la ciudadanía; Internet, trabajos en proyectos, aprendizajes de herramientas se han ido añadiendo a los saberes clásicos: matemáticas, lengua y literatura española, geografía e historia, ciencias naturales, física y química, educación física, dibujo e idiomas. Los nuevos tiempos demandaban –o así lo vendieron- la jornada intensiva en los centros escolares (¿Dónde se quedaron entonces los estudiosos que habían hablado de la fragilidad de la atención continuada y la concentración). A la jornada continua en Primaria le salió un hijo bastardo: las Actividades Formativas Complementarias, en jornada de tarde. Ahora, a
¿No hay suficientes sistemas de refuerzo ya en el sistema? Apoyos, Herramientas de Lengua y de Matemáticas, Diversificación… Cada profesor en su materia pelea por sacar adelante al alumno remolón. Si no saben leer cuando llegan a la secundaria, les enseña. Si no respetan las reglas de cortesía, se les inculca. Si no estudian, no hacen los deberes, no traen los materiales de trabajo les prepara un cuaderno de seguimiento que rellena a cada hora de clase cada uno de los profesores. Manda mensajes en la agenda, por Rayuela… Les examina a trechos pequeños de materia (no se le descalabren), les aplica la evaluación continua y la recuperación de la evaluación continua (que ya me dirán si no tiene su aquel la cuestión), prepara materiales alternativos de refuerzo, materiales adaptados para contrarrestar las lagunas que le inundan de todas partes… sacrifica su tiempo libre para preparar, corregir, formarse en nuevas tecnologías (se paga ordenador propio y contrata adsl o banda ancha de su bolsillo), hace cursos para estimular la creatividad a ver si por ahí les engancha, se empapa en técnicas de socialización, en Rayuela, en esquizofrenias, en conflictos de pareja y problemas de tutela. Mantiene el tipo, la tensión, la alegría de 8h30 a 14h30 y cada día despierta, nuevo día, página en blanco, y va al cole y entra, como cada día, en un cuadro de Magritte, Esto no es un centro educativo.
¿Dónde se fueron los alumnos predispuestos a escuchar y dejarse seducir? Mira a su alrededor y lo que ve es una jaula de grillos, un corral de gallinas. ¿Si habla, le entenderán? Cascada la voz de mandar callar una vez y otra. El tiempo se le escapa en tareas sin cuento: rellena cuadernos de seguimiento, corrige ejercicios, pone notas en las agendas, cumplimenta impresos, hace memorias, estudia estadísticas, datos, analiza soluciones. Le dicen ¡so!, y para. Le dicen ¡arre!, y va. Le dicen que los burros vuelan, y él está dispuesto a verlos volar si se lo explican con meridiana coherencia. Las hormonas, la edad, la desmotivación, la tele, la sociedad de consumo, el contexto laboral…
La jornada continua fue un grave error (a medida que avanza la semana, las dos últimas horas de clase son una batalla campal o un sosegar para no hacer nada). Que los ordenadores ganaran espacio y lo perdieran las zonas de tránsito y de expansión de los alumnos fue un error. Que para mantener en perfecto estado de salud los equipos informáticos, haya que sacar a los alumnos a los pasillos y echar la llave, es un error. Que los alumnos deban permanecer, quieran que no, en la secundaria obligatoria sin más opción que dar la tabarra al profesor, fue un error, sigue siendo un error. Que los alumnos promocionen, estudien o no, sigue siendo un error. Reforzar por la tarde a quién no quiere aprender reforzado en la mañana, será un error. Incrementar hasta un ordenador por alumno será multiplicar el error por dos. Internet se atora ya, aula Linex se cuelga ya y los alumnos que, frustrados en las aulas (la tecnología no hace milagros), laminan y destrozan los equipos, seguirán laminando y destrozando por dos. Como encerrados en un cuadro de Magritte, los alumnos y el profesor.

