Hoy

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El arroz con leche y el ladrillo
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Juan Domingo Fernández | 19-10-2017 | 19:17| 0

Para debatir, conversar, dialogar… es preciso que el emisor y el receptor (interlocutor) se presten atención y compartan al menos un código y un canal comunes. Ese principio vale tanto para un grupo de amigos como para el conjunto de la sociedad, incluidas las redes sociales. Y ahí quería llegar yo.
Una reciente macroinvestigación sociológica prueba que las redes sociales, y especialmente Facebook, «fomentan la hipersegmentación ideológica, el separatismo y la polarización de la opinión pública, lo que origina un deterioro de la calidad democrática», según señala Miguel Ormaetxea en ‘Media-tics’. Es sabido que muchos lectores, espectadores y oyentes buscan tan solo aquellos medios de comunicación que les provean de informaciones y opiniones donde sientan confirmadas o ‘reforzadas’ sus preferencias políticas, económicas, deportivas, culturales…
El advenimiento de las redes sociales –acogido como un ‘nuevo amanecer’ incluso por dirigentes políticos bienintencionados– no contribuye sin embargo a mejorar las posibilidades de diálogo y de debate, sino al contrario. Esa macroinvestigación lo que prueba es que las plataformas de redes sociales «crean burbujas de información y opiniones unilaterales, perpetuando opiniones sesgadas y disminuyendo las oportunidades para un discurso plural. Sistemas como los ‘me gusta’ o los retuits para medir la validez o apoyo masivo hacia un mensaje u organización crean un sistema distorsionado de evaluación de la información y proporcionan una imagen falsa sobre la popularidad», explica Ormaetxea. Sin entrar en que tales opiniones puedan ser asimismo obra de trols o de robots… La era apoteósica de la posverdad.
A mí lo que me me inquieta sobre todo es la tendencia –cada vez más extendida en las redes y en cualquier debate público– a sustituir en las discusiones políticas el arrojadizo «y tú más» por el ardid argumental del cambio de tema. Tú me hablas de ‘x’, pues yo te hablo de ‘y’. Alguien reprocha por ejemplo la falta de coherencia histórica de quien sirve objetivamente a los intereses del separatismo privilegiado, supremacista, y en vez de refutar la idea se dedica a hablarle de la corrupción de un tercer elemento en disputa. Tú puedes plantear un asunto de interés nacional o internacional, pero si el interlocutor piensa que no le conviene o beneficia la propuesta, dará una larga cambiada y con todos los aspavientos de que sea capaz sentenciará que «de lo que hay que hablar», pongamos por caso, es de un asunto local… Así todo.
En tal controversia dan ganas de preguntar: «¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino?» y regalarles como broche del ‘no-debate’ esa sentencia popular que resume un planteamiento absurdo: «Como sé que te gusta el arroz con leche, debajo de la puerta te dejo un ladrillo». Por eso me parece que las redes están bien para ciertos asuntos de utilidad doméstica (mensajes, avisos…) pero entrañan serios riesgos respecto a la promoción de la pluralidad y riqueza democráticas.

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¿Mentiras?, poca broma
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Juan Domingo Fernández | 12-10-2017 | 18:19| 1

Cuando un diplomático dice «sí» quiere decir «quizá»; cuando dice «quizá» quiere decir «no», y si dice «no» no es diplomático. Ese viejo dicho confirma mi buen Yorick que esta patulea de dirigentes políticos, ahora por desgracia en la mente de todos, son ajenos al cuerpo diplomático y por descontado, incompatibles con las mínimas normas de la decencia democrática y legal.
«Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía», dejó escrito el filósofo griego Anaxágoras.
A un país como España, experimentado en sufrir durante años ‘treguas trampas’ del terrorismo y otras iniquidades, las argucias de «sí, pero no» le causan forzosamente antes que indignación, vergüenza e hilaridad. Para comprobarlo basta entrar en las redes sociales y carcajearse con los abundantísimos ‘memes’ y parodias que suscitan los últimos episodios del innombrable y poco honorable protagonista.
Como en la vieja fábula, el parto de los montes fue un ridículo ratón. O si acaso, el par de cigüeñas que anida –en uno de los montajes humorísticos– sobre el pelucón del sujeto. O el camarote de los hermanos Marx simulando su salón de reuniones; o el acto de la firma del ¿acta? de la independencia; o al diputado que ganó en el sorteo una impresora portátil… Humor y desenfado. Quizás el mejor contrapunto al desbarre de quienes además de transgredir las normas legales del respeto y la convivencia democrática se obstinan en la mentira como arma política y estrategia partidista.
¿Alguien cree que puede edificarse una sociedad estable, justa y próspera sobre la base de la mentira, la tergiversación y el engaño? ¿Alguien puede creerse que siendo esa región una de las más desarrolladas y beneficiadas por todos los gobiernos de España desde tiempos inmemoriales se trata de una tierra «oprimida» política, cultural o socialmente? ¿Cuánto tiempo pueden sostenerse trolas tan descomunales sin causar sonrojo? Por no hablar de la ‘mitificación’ de un pasado que olvida u obvia detalles relativos a la convivencia sin los que resulta incomprensible o más falso que el cartón piedra de un decorado cinematográfico. «Nadie puede engañar a todos durante todo el tiempo», dijo el presidente Abraham Lincoln.
Hay un viejo poema de Jon Juaristi: ‘Spoon river, Euskadi’, de su libro ‘Suma de varia intención’ (1987) que a mí me encanta y que se ha citado más veces como explicación del ‘lavado de cerebro’ y de la atmósfera que propició el doloroso delirio terrorista en el País Vasco. Dice así:
«¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».
Salvando las evidentes –gracias a Dios– diferencias de muertes por terrorismo en una comunidad y otra, no conviene minusvalorar en cualquier caso el peligro de la mentira, del engaño, de la falsedad como origen y causa de las más graves enfermedades sociales; es decir, del progresivo envenenamiento de la convivencia. Ante ese riesgo (aunque sea latente) poca broma.

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Cataluña, la ley y la violencia
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Juan Domingo Fernández | 05-10-2017 | 18:12| 0

HACE poco me inquietaba si la farsa separatista en Cataluña derivaría en esperpento o en tragicomedia. Ahora lo que me inquieta es saber si el tren sin frenos acabará en la Padania o en los Balcanes…
Supongo que a la carcunda nacionalista y a sus esforzados compañeros de viaje les embargará (metafóricamente, claro) igual entusiasmo que a los agricultores el primer día del Diluvio Universal: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!». Quiero decir que tras los episodios del 6 y 7 de septiembre en el Parlament, el megaparipé del 1 de octubre, los engolados ‘autoaplausos’ por la ‘heroica’ proeza de pisotear la ley, la democracia y los derechos constitucionales del conjunto de la sociedad catalana igual esperaban que la respuesta del resto de España siguiera siendo más diálogo, subir la puja y una palmadita en la espalda.
Anoche Puigdemont arengó a los suyos como si se tratara del primer día del Diluvio Universal. ¿Piensa quizás que sus acciones van a quedar impunes? Alfonso Guerra ha sido el último que ha insistido en la evidencia del cuento sobre ‘El traje del emperador’. El veterano dirigente socialista ha tenido que insistir en esas verdades como puños que la ‘posverdad’ y ‘poslegalidad’ independentista tratan de presentar como género averiado. ¿Qué verdades? Pues el carácter esencialmente reaccionario de los nacionalismos (sobre todo de los nacionalismos identitarios o supremacistas), la interesada ‘confusión’ entre el conjunto de la sociedad (¡somos todo un pueblo!) y la ciudadanía con ánimo sectario; el desprecio ‘de facto’ a la soberanía nacional, representada por el conjunto de España y no por los habitantes de un territorio…
Es cierto que casi toda la culpa de lo que está ocurriendo hay que atribuírsela a los dirigentes nacionalistas y populistas que con ánimo transgresor han sepultado la Constitución para situarse –sin rodeos– fuera de la ley, es decir, al margen de la democracia. Y me da igual que lo hayan hecho forzados por sus nuevos ‘compañeros de viaje’ o como quien huye perseguido por la sombra alargada del latrocinio y las corrupciones. Es así, pero el porcentaje de culpa restante corresponde a quien consintió que el enfermo empeorara sin aplicarle medidas quirúrgicas cuando la operación resultaba menos traumática.
Creo que no tiene mucho sentido preguntarse a estas alturas si son galgos o son podencos. Lo hecho hecho está; procede resolver la avería: lo urgente y a la vez importante; retomar la senda constitucional y garantizar la única legalidad posible y democrática. ¿Cómo hacerlo? Ahí es donde todos los implicados directamente tendrán que mover ficha. El Gobierno de la nación y los representantes políticos de todas las administraciones en Cataluña. La gravedad es extrema. Las apelaciones a la responsabilidad, generales. ¿Límites? Acaso la conocida y sabia advertencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». ¿Hay tiempo?

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Savater, las putas y los intelectuales
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Juan Domingo Fernández | 28-09-2017 | 17:15| 0

Profeso admiración por Fernando Savater desde el momento en que descubrí su deslumbrante libro ‘La infancia recuperada’, una de esas obras ‘nutricias’ que constituyen un antes y un después en la formación sentimental de cualquier lector; y más aún si, como era mi caso, se trataba de un lector joven, recién exiliado de la adolescencia…
Los pequeños ensayos de aquel libro me enseñaron a mirar la literatura sin prejuicios ante algunos géneros ‘proscritos’ (entre otros la novela policiaca desde Allan Poe a Agatha Cristie, la ciencia ficción, las llamadas ‘novelas de aventuras’) y también a distinguir lo que la literatura conlleva de mirada moral, de espejo del hombre. Lecciones sobre el papel del héroe en los cuentos clásicos o indagaciones en torno al genio literario de Borges, Shakespeare o Robert Louis Stevenson.
Fernando Savater suma a la claridad de ideas el compromiso, la coherencia cívica y una valentía que le han llevado a levantar la voz incluso frente a la mordaza del terrorismo y la barbarie sectaria. Savater ha sido un testigo incómodo para los variados matones y voceros del fanatismo ideológico y político durante las últimas cuatro décadas en España. Por eso me alegro del premio que acaba de entregarle la Asociación de Editores de Madrid y de algunas de sus afirmaciones tras recibir el galardón. Por ejemplo, disentir de los ataques al Gobierno de Rajoy por su «inmovilismo». «Como si la ley tuviera que moverse», apostilló. Y otros comentarios relativos a la situación catalana: «Algunos personajillos deberían llevar una temporada en la cárcel, que tiene también una función educativa».
A mí lo que me parece más relevante de las declaraciones de Savater es la crítica abierta a los intelectuales respecto a la coyuntura que se vive en Cataluña. «Nadie quiere dejar de gustarle a una mayoría», «hay una cobardía generalizada en España, también entre los intelectuales», «la cuestión es que los intelectuales somos como las putas, vivimos de gustar, y queremos gustar, aunque sea arrinconando otros valores», «esa es la enfermedad que los intelectuales han desarrollado en este país».
¿Se trata de juicios excesivos, de opiniones extemporáneas del filósofo? Basta reparar en las lindezas que han tenido que escuchar estos días personajes como Serrat, Marsé o Boadella por mostrarse contrarios al referéndum convocado para el 1-O…
Al autor de ‘La tarea del héroe’ hay que agradecerle también su veterano desdén por los nacionalismos excluyentes (todos los son) y su insistencia en el carácter ‘cultural’ (no político) del concepto nación catalana frente al de ciudadanía. «Si ligáramos otra vez la ciudadanía con la tierra, volveríamos a la época medieval».
En resumen, el viejo enfrentamiento entre lo ‘sentimental-mitológico’ y lo ‘racional-democrático’ que tan rentablemente llevan mezclando ciertos dirigentes políticos en Cataluña para beneficio propio.

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Pla, Cataluña y los puntos suspensivos
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Juan Domingo Fernández | 21-09-2017 | 17:36| 0

Vuelvo a la relectura de ‘El cuaderno gris’, de Josep Pla, que me reconcilia con una Cataluña bastante distinta de la del ‘procès’. Me adentro en sus páginas con el ánimo de encontrar precisamente el contrapunto a la tragicomedia del separatismo. En Pla me divierte su inclinación al sentido práctico: alguien anuncia que él y sus amigos recibirán cuatro pesetas y enseguida lo traduce: «dieciséis cafés por barba». Recrea escenas populares que tienen más de costumbrismo que de apunte sociológico. «Un pescador de Calella, aficionado a cantar, me dice:
—Me gustaría más saber tocar la guitarra que tener panteón…». Regala al lector el hallazgo del ingenio. Hay un ejemplo fulgurante de ironía que resume al mejor Pla de ‘El cuaderno gris’. Cuenta cómo Eugeni d’Ors habla ante su peña del Ateneo y dice:
«—Los hombres son de dos clases: los que sirven para la Filosofía y los que no sirven para nada…
—Sí, claro –ha dicho Pujols–, pero siempre se exagera…».
Le basta contraponer tal respuesta rematada por puntos suspensivos para subrayar la potencia irónica del descreimiento ante la exageración sentenciosa de d’Ors.
Pla huye casi siempre de la retórica, de la grandilocuencia, pero no del juicio contundente. Hablando de Baroja señala: «Sus novelas apenas tienen argumento y las personas que las leen buscando el interés, la emoción de los trucos dramáticos, quedan decepcionados. Pero en estas novelas, la vida española de su tiempo está admirablemente retratada. En este sentido, su obra, en la cual la gente hormiguea, es la comedia de un determinando momento». (…) «El defecto de Baroja», añade Pla, «es que es un hombre de adjetivo ligero. A veces juzga, adjetiva, ligeramente –los lanza como los burros los pedos».
Hoy me gustaría leer a Pla y conocer su opinión acerca de unos acontecimientos graves y trascendentes, acaso tan relevantes como los que recogió en su crónica sobre el advenimiento de II la República.
La voz de Pla en este libro no es la del frío notario que registra una sucesión de hechos y de días, es la del cronista que aventura también un juicio sobre los grandes creadores de nuestra cultura, y lo hace con perspicacia, humor y humanidad. Un escritor, como dijo de él Valentí Puig, que «supo ser perfectamente inteligente, estratégicamente huraño, secretamente generoso y brutalmente sentimental».
Levanto la mirada de ‘El cuaderno gris’ ante los últimos acontecimientos de Cataluña y me dan ganas de salir corriendo. No solo echo de menos a Pla sino a referentes como Vázquez Montalbán. ¿Qué hubiera dicho el autor de ‘Crónica sentimental de España’ ante el pandemónium catalán? Tal vez la ‘tropa’ separatista anhelaba que el Estado les conminara con tanques… pero me parece que no se esperaban a los ‘cobradores del frac’ (o sea, la Ley y los mandamientos judiciales) escoltados por la Guardia Civil.

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Los impuestos y el ‘selfi del mono’
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Juan Domingo Fernández | 14-09-2017 | 18:35| 0

LA oenegé FACUA-Consumidores ha denunciado abusos detectados en bares y restaurantes como cobrar por los cubiertos, por el hielo para un café, por el mantel de la mesa, usar el servicio y otras arbitrariedades por el estilo. Entre picos, palas y azadones, mil millones… La lista de conceptos susceptibles de ser rentabilizados vía impuestos debe de ser tan larga como el afán escrutador del ministro Montoro.
Así de golpe, los intentos de convertir en mero paganini a quien solo busca comer en el restaurante o tomarse algo en el bar pueden parecernos atrabiliarios o desvergonzados, pero bien pensado no es una práctica tan extraña. Basta compararla por ejemplo con la interminable serie de conceptos por los que una entidad financiera, sin ir más lejos, puede cobrarnos comisiones. Yo recuerdo todavía el escándalo que supuso permitir legalmente a la banca que penalizara a los clientes por la devolución anticipada de los créditos. O las ahora famosas ‘cláusulas suelo’. O el oneroso rescate con la excusa de que dejar caer a la banca sería incurrir en ‘riesgo sistémico’… Al lado de semejantes enjuagues, cobrar por el cubierto en la mesa se queda solo en pillería infantil.
La fijación de impuestos suele ir unida al reconocimiento de un derecho. Un tribunal estadounidense decidió el pasado lunes que los derechos del famoso ‘selfi del mono’ que se hizo en Indonesia el macaco Naruto al apoderarse de la cámara del fotógrafo David Slater no pertenecen al mono (en realidad hembra de macaco negra con cresta) sino al dueño de la cámara, aunque el fotógrafo deberá donar el 25% de los ingresos que obtenga en el futuro por el «selfi del mono» a organizaciones dedicadas a proteger y mejorar el hábitat de Naruto y de los macacos negros de Indonesia.
¿Pagar impuestos por los robots? Bill Gates, fundador de Microsoft, cree que sería una buena medida a medio plazo para luchar contra los puestos de trabajo que destruirá la la progresiva automatización y el uso masivo de la inteligencia artificial. El secretario general de UGT, Pepe Álvarez, también defiende la posibilidad de que coticen los robots si esas máquinas sustituyen a trabajadores.
¿Debe incluirse entre los paganinis de impuestos a quienes se pasan el día pidendo a Siri o a su correspondiente asistente virtual que les resuelvan tales o cuales cuestiones? ¿Dónde fijar los límites? Y sobre todo, ¿quién se encargará de hacerlo? ¿La ONU?
La periodista y abogada Ángela Murillo planteaba ayer tarde en Facebook una cuestión que ella misma intuye polémica: «A riesgo de que me linchen, opino que los 25.000 perros que viven en Badajoz deberían pagar un impuesto. En otras ciudades los dueños ya pagan una cantidad simbólica por el uso y abuso de la vía pública». Era el breve comentario a una noticia de HOY que enlazaba en su muro: «El parque canino de Badajoz tendrá 7.000 metros cuadrados junto al Puente Real». En fin, que los carguen en la cuenta de Naruto, o en las de los blindados ante el ‘riesgo sistémico’.

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Orígenes, el ‘procés’ y la energía nuclear
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Juan Domingo Fernández | 09-09-2017 | 19:30| 0

Uno de los equívocos públicos más hilarantes de los que tengo noticia se lo oí contar hace años a su protagonista, el escritor Fernando Sánchez Dragó. Resulta que el autor de ‘Gárgoris y Habidis. Una Historia Mágica de España’, acababa de dar una conferencia y una periodista le solicitó un breve resumen de la charla. El escritor había ensalzado el ejemplo paradigmático del viejo filósofo Orígenes, del que se dice que decidió castrarse para tener menos ‘distracciones’ en su afán diario. En resumen, un modelo de compromiso para cualquier autor insobornablemente implicado con la tarea creativa. La periodista no debió entender muy bien a quién se refería porque al día siguiente el titular de la entrevista, a varias columnas, dejó patidifuso al escritor: «Fernando Sánchez-Dragó: ‘A los escritores había que castrarlos como aborígenes’».
Otro equívoco formidable es el que relata Rafael Chávarri, de Onda Cero Madrid, en el libro ‘Historias de la canalla’ que coordinaron los periodistas extremeños Max Bernáldez y Alonso Carretero. Aquel día en la emisora tenían como invitado en el programa ‘Lo que hay que oír’ a un técnico asesor en materia nuclear que estaba hablando de centrales nucleares y energía atómica cuando se dio paso a un oyente que se dirigió a él y le dice:
«–Oiga, le quiero preguntar porque tengo un problema en el pene, y eso que acaba usted de explicar es lo que me pasa a mí…».
Cuenta Chávarri que «a medida que el oyente desarrollaba su pregunta, el técnico en seguridad nuclear ponía cara de asombro y un ataque de risa generalizado empezó a desatarse en el estudio». Como en los trucos de magia, la solución del enredo resulta más prosaica que el artificio de la ilusión: a la misma hora se emitía desde Tenerife un programa donde también participaban los oyentes y el invitado era un urólogo. En vez de llamar a Tenerife, el del ‘problema en el pene’ llamó a Madrid y la lió parda.
Más o menos igual que lo que está sucediendo estos días en Cataluña con Puigdemont y cía. Visto con perspectiva, imagino que el disparate del ‘procés’ y el coqueteo inconsciente con la sinrazón que se vivió ayer en el Parlamento de Cataluña nos parecerán escenas sacadas de una comedia de equívocos donde se confunde al filósofo Orígenes con ‘aborígenes’ y por un descarrachante equívoco se acaba pidiendo consejo sobre problemas en el pene a un técnico en materia nuclear.
Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos. Aunque más sangrante que el latrocinio que intentan ‘camuflar’ algunos con la bandera del separatismo es el ‘robo’ descarado y tramposo de siglos de convivencia y de un futuro en común que se pretende anular con odio y mentiras. Confío en que al final se imponga la razón y alguien –aunque no sé quién– pueda reconducir todos estos episodios disparatados y esperpénticos. No solo por el bien de España en su conjunto sino por el de Cataluña en particular.

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La felicidad y el futuro
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Juan Domingo Fernández | 10-08-2017 | 22:53| 0

Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos en una entrevista que le hace Íñigo Domínguez en ‘El País’ que el ser humano está programado para el optimismo y que esa es la mejor herramienta para afrontar el discurso del miedo tan vigente en nuestro tiempo. Poco días antes, en otra entrevista de Víctor M. Amela en ‘La Vanguardia’, Chökyi Nyima Rimpoché, monje y maestro de budismo tibetano en Nepal afirmaba que la bondad es la base de la felicidad y la salud. Y descendía a los detalles: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto». Es decir, la felicidad como un estado al que se llega cuando sabes apreciar lo que tienes, a través de la calma y la ‘bondad plena’ que equivalen a «querer lo mejor para el otro, regocijarte de sus éxitos y felicidad».

Reconozco que no siento particular inclinación por la literatura de autoayuda ni por esas filosofías multirremedios de manual. Pero es curioso, Rojas Marcos no se limita a enunciar una frase bonita, relaciona por ejemplo la importancia que tiene en Estados Unidos esa condición optimista frente a Europa, –más proclives a la «cultura de la queja»– en las tasas de suicidios: mientras en Europa siempre se sitúan entre un 8 o un 9 por 100.000, en los ‘optimistas’ y ‘felices’ USA esas tasas no aumentan. El valor antropológico de la felicidad.

En el caso del monje budista, su lección me resulta tan familiar como la gran recomendación cristiana: «ama a tu prójimo», o todas las tesis vinculadas a la felicidad (eterna) que se contienen en las bienaventuranzas.

Cuando releo una de las frases de Chökyi Nyima Rimpoché: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto»…  confieso sin embargo que enseguida esbozo una sonrisa no tanto porque descrea de la tesis sino porque imagino a cualquier estratega electoral de España recetando a sus huestes la medicina de la bondad con el adversario. Y la sonrisa asciende a carcajada si busco mentalmente algún ejemplo que pruebe de forma empírica la recomendación del tibetano…

Probablemente la relación entre felicidad y optimismo y entre bondad y felicidad esté ya siendo reformulada por la ciencia a través de algún algoritmo que nos alegrará la existencia, sin necesidad de psiquiatras o de monjes budistas… Algún programa o alguna aplicación que nos redirija, como el GPS del espíritu, hacia modos de vida placenteros: un país pongamos por caso donde los jóvenes obligados a marcharse por la crisis puedan regresar sin sucumbir en los ‘trabajos basura’; un país donde el cambio climático no sea considerado una ‘posverdad’; donde los populismos tengan fecha de caducidad; donde no haya crisis de crecimiento; donde el futuro no lo escriban las grandes plataformas tecnológicas. Un futuro en el que Trump o el líder norcoreano solo quepa imaginarlos dentro de un cómic y donde se castiguen por ley, –y de una vez por todas– las llamadas durante la siesta para que cambiemos de compañía telefónica.

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Del cónsul burlón y ozú con el Facebook
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Juan Domingo Fernández | 03-08-2017 | 20:07| 0

La destitución fulminante del cónsul español en Washington por mofarse del acento andaluz y de Susana Díaz me recuerda aquella humorada de «no me importa que fume si a usted no le importa que le vomite encima». La justicia poética de la reciprocidad.
Ya saben la historia: con motivo de la visita de la Reina a Málaga el pasado 20 de julio el diplomático puso en su Facebook (solo para sus amigos) un post ridiculizando el habla andaluza y a la presidenta de la Junta de Andalucía: «Hay q ver q ozadia y mar gusto la de la susi, mira que ponerse igual que letirzia, cmo se ve ke n sabe na de protoculo ella tan der pueblo y de izquieida. Nos ha hecho quedar fatá a los andaluse dimicion ya».
Pocas horas después y tras haber exigido la Junta la reprobación por el comentario en la red social, el ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, destituyó de inmediato a Enrique Sardá Valls como cónsul en Washington. Donde las dan las toman.
Reniego del falaz argumento de que el ya excónsul tiene derecho a título personal de mofarse de quien quiera aunque no le asista ese derecho cuando lo hace en su condición de responsable público. A mí me parece que lo alarmante de verdad no es que la mofa y el escarnio la cometan un albañil, un taxista o un diplomático; lo alarmante no es que la perpetre fulanito de tal o menganito de cual sino que se efectúe a través de las redes sociales. Aquí el medio también es el mensaje. Y la condición de responsable público un mero agravante.
Así que la pregunta no es ¿dónde hemos llegado que hasta los servidores públicos se mofan de forma improcedente de las autoridades o representantes del Estado? La pregunta sería ¿dónde hemos llegado que hasta los servidores públicos utilizan las redes sociales para burlarse en público?
Mi buen Yorick convendrá conmigo que tras el ejemplo de Donald Trump en lo relativo a redes sociales, la parodia supuestamente desenfadada del excónsul en Washington se queda casi en travesura infantil. Sin embargo lo alarmante sería aceptar como referencia o precedente válido ese tipo de exabruptos, tales comportamientos indebidos en las redes sociales. Ya se sabe que las redes son un albañal, una cloaca, pero han llegado para quedarse. Por esa razón especialmente, porque han venido para quedarse y no constituyen un fenómeno efímero es preciso conocer sus posibilidades y sus peligros.
Se ha repetido mil veces: las redes son un instrumento, una herramienta, y como tales no cabe juzgarlas ‘malas’ o ‘buenas’ en sí; depende del uso que hagamos de ellas. Una pared de la calle puede servirnos para fijar anuncios útiles o hacer pintadas insultantes. Con las cuentas de Facebook y Twitter ocurre igual. Tal vez sea cuestión de tiempo. Visto así, la destitución fulminante del cónsul contribuya a diluir la fatal sensación de impunidad en Internet. Quien la hace la paga.

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¿Quién escribirá los nuevos esperpentos?
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Juan Domingo Fernández | 27-07-2017 | 19:13| 1

Sin ánimo de parecer frívolo, confieso que mi curiosidad mayor respecto al referéndum de octubre en Cataluña no se refiere tanto a cómo caerá la moneda (con perdón) sino a quién será el autor capaz de resumir para la posteridad esta época esperpéntica. Si Valle-Inclán inmortalizó en el primer tercio del siglo XX los disparates de una sociedad conquistada por sus propias caricaturas y Albert Boadella anticipó los excesos de Pujol and company en su genial ‘Ubu president’, lo que me gustaría conocer ya mismo es cuántos cuadernos de notas lleva emborronados el autor que inmortalizará los desvaríos del independentismo y el pandemónium del ‘procés’.
La vieja frase de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia se repiten primero como tragedia y luego como farsa se nos antoja también un calco profético de la situación catalana durante la II República (la fase trágica) y en estos últimos años del bucle soberanista (la fase cómica). Qué película ha perdido Berlanga.
La aparición sobre el escenario de la farsa de unas pocas figuras: Yoko Ono, Peter Gabriel o Hristo Stoichkov… –firmantes de la campaña soberanista «Dejad votar a los catalanes»– viene a poner la guinda foránea, la pincelada colorista en su afán por ‘internacionalizar’ el conflicto en busca de relevancia. Y es comprensible, pues la facción separatista procura así atenuar los rotundos rechazos cosechados en las instituciones europeas y en el resto del mundo democrático. Y me parece que persigue también contrarrestar las voces disidentes de nombres de prestigio como los de Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Javier Cercas, Jordi Évole, Javier Sardá, Isabel Coixet y tantos otros, que muestran estos días su rechazo o distancimiento con el fondo y las formas del referéndum separatista.
Por eso, si abrimos el foco, la comparecencia ayer de Mariano Rajoy declarando como testigo en la Audiencia Nacional por el ‘caso Gurtel’ resulta desde luego bochornosa y poco edificante por tratarse de la cabeza visible de un gobierno democrático europeo. Pero más allá de esas paradojas temporales, de la jugarreta del calendario, no cabe oponer la posible ‘ilicitud’ de su comportamiento político y personal para justificar o ‘legitimar’ la estrategia y los procedimientos de Puigdemont y cía. Entre otras cosas porque aun siendo relevante el problema de la corrupción en el PPy en el conjunto de España, se trata de un problema coyuntural, episódico, mientras que el llamado ‘procés’ es un problema estructural, no circunstancial, fundado en un desafío a la lógica, a la historia y a la ley del que tan solo caben esperar repercusiones imprevisibles y desde luego catastróficas.
Así que con este panorama acaso la mejor salida sea incurrir doblemente en el marxismo (el de Karl y el de los hermanos de Groucho), confiando en que la farsa del ‘procés’ y del referéndum del 1-O se resuelva con risas y sin llantos. Y que la escriba un autor con futuro.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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