DESDE que el fútbol traspasó la delgada línea que separa el puro espíritu deportivo del puro espectáculo de masas, esa nueva religión que se oficia al aire libre no sólo se ha convertido en eficaz sustitutivo de otras pasiones con más trascendencia social sino en un formidable analgésico para tiempos de pocas ofertas atractivas. Quiero decir que en el mercado de la vida actual el fútbol es una alternativa donde volcar los entusiasmos que no suscitan la política o la economía. En ese sentido, los clubes deberían estar subvencionados no sólo por los psiquiatras que nos ahorran sino por las válvulas de escape que proporcionan a una sociedad convulsa y cada día más desencantada.
De la nueva religión que es el fútbol se ha dicho de todo. Y en todos los sentidos. Desde aquella oda que Rafael Alberti dedicó al portero Platko hasta las palabras displicentes de don Miguel de Unamuno: «Lo cierto es que todas esas gentes que se pasan media vida hablando de fútbol son gentes que maldita la pena que vale el que hablen de otras cosas». Sin embargo, se ha hablado mucho más a favor del llamado ‘deporte rey’ que en contra. Quienes defienden los valores intrínsecos del balompié suelen citar la frase tan conocida del premio Nobel de Literatura Albert Camus: «Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol». Entre mis preferidas está la de Manuel Vázquez Montalbán: «El fútbol me interesa porque es una religión benévola que ha hecho muy poco daño». Breve, clarificadora y precisa.
Recuerdo que a finales de los años noventa le hice una entrevista a Manuel Vázquez Montalbán en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, en el Edificio Valhondo. Además de hablar de literatura y de política, también le pregunté por otra de sus grandes pasiones: el fútbol. En aquellos días se especulaba acerca de si Ronaldo (y por entonces no había más ‘ronaldos’ que él, el primigenio y genial Ronaldo Nazario de Lima) aceptaría finalmente romper con el Barça y fichar por otro equipo. Recuerdo que el padre del detective Carvalho me miró extrañado cuando le pregunté su opinión sobre la marcha del delantero brasileño. «Ronaldo no es un futbolista, es una multinacional», contestó como el que señala una obviedad. Los hechos confirmaron al poco su intuición. Aparte de la fidelidad al fútbol, jugadores de ese nivel deben fidelidad al mercado, al negocio. Y el gran Ronaldo se marchó al Inter de Milán tras haber deslumbrado al mundo con su talento.
Ayer leí en este diario que peligra la renovación de Cristiano Ronaldo y que el astro portugués había anunciado en su cuenta de Twitter que los rumores sobre su renovación con el Madrid son falsos. Mientras tanto, en otros medios periodísticos europeos se especula abiertamente con la posibilidad de que el Mónaco pague 100 millones de euros por él (tiene contrato con el Real Madrid hasta 2015) y le convierta así en el futbolista mejor pagado del mundo con un sueldo anual estratosférico. ¿Hablar de Messi? Para qué. Cualquiera comete un error y en su caso no debe de costarle mucho subsanarlo…
GRATIS TOTAL
Juan Domingo Fernández
Ronaldo, otra vez
Daudet el sabio
ENTRE las frases que me impresionaron durante la adolescencia está esa tan conocida que resuena con la grandeza de un mandamiento bíblico: «Quien a los 20 años no quiere cambiar el mundo no tiene corazón». Una frase que otros –acaso con el descreimiento de la edad– formulaban años más tarde con evidente cínismo: «Quien a los 20 años no quiere cambiar el mundo no tiene corazón… y quien a los 40 años sigue queriéndolo cambiar, no tiene cabeza». Nada de sueños.
León Daudet, hijo del famoso Alphonse Daudet, no gozó de la popularidad que tuvo su padre con las novelas de la serie Tartarín, pero por esas paradojas del destino o quizás por su largo ejercicio del periodismo y de la crítica ha dejado para la posteridad una buena gavilla de frases célebres. Entre las que se le atribuyen: «No tengo ninguna estima por el hombre que a los veinte años no ha sido realista o comunista». Mis preferidas, sin embargo, son otras dos. Y ninguna de ellas tiene que ver con el radicalismo monárquico y antisemita que tanto marcaron su trayectoria profesional y personal.
La primera: «Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño». Sólo desde la mirada limpia, inocentemente apasionada de quien permanece ajeno a la erosión de la edad se nos puede conmover con la fuerza de la palabra, con el lenguaje universal de las ‘emociones’. Únicamente desde esa perspectiva se logra traducir los sentimientos que no pertenecen a un país concreto, a una época concreta o a determinadas circunstancias históricas sino al territorio intemporal del hombre, del género humano, y entregarlos en forma de poema o de obra de arte. Me da igual que el autor sea un poeta como César Vallejo o Luis Cernuda o como Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado. Oque el poeta sea un cineasta como Fellini o un pintor como Matisse o Antonio López o como Manolo Millares; o un escultor como Calder o como Juan Muñoz.
Y la segunda: «Con los enemigos hay tres soluciones: apartarse de ellos, que es de perezosos, convertirlos en amigos, que es de sabios, y eliminarlos como sea, que es de bribones, políticos, sectarios y guerreros». Esta sentencia de León Daudet me parece el análisis de un hombre con una trayectoria que refuerza su valor testimonial pues no fue, precisamente, ajeno a las polémicas, diatribas y luchas de su tiempo. ¿En qué época dijo o escribió esas palabras? No lo sé. Supongo que pertenecen a sus memorias, tras los años que vivió refugiado en Bélgica, donde se atemperó su antisemitismo pero no el sentimiento nacionalista radical. Daudet no sabía aún que a la vieja Europa le aguardaba la infamia nazi del holocausto y que la añeja práctica de acabar con el contrario, de exterminar al enemigo, sería cultivada incluso con planificación industrial en campos de concentración.
Por fortuna yo creo que la democracia y la cultura acaban convenciendo al hombre que de las tres soluciones que plantea Daudet para los enemigos sólo una es atinada: «convertirlos en amigos, que es de sabios». Las otras dos hay que descartarlas por principio, y más en tiempo de crisis.
Sexo en París
RECUERDO que la primera vez que viajé a París, al poco de la muerte de Franco, no pude disfrutar de la entonces legendaria gastronomía del restaurante Maxim’s por ser el día de su descanso semanal. «¡Cuándo volvería a tener ocasión de compartir las mesas y la atmósfera en las que habían disfrutado las mayores celebridades del mundo!», me lamentaba en silencio al comprobar que estaba la puerta cerrada. Yo viajaba invitado por un amigo periodista mexicano, director entonces del diario ‘El Universal’, Luis Javier Solana, que se encontraba en París precisamente de regreso de Moscú, a donde había ido para entrevistar nada menos que al líder máximo de la URSS, Leónidas Brezniev.
Alojados en el Hotel Jorge V («¡cuándo regresaré!», pienso ahora), reconozco que las interioridades de la charla que Solana había mantenido con Brezniev y de las que nos hablaba a Juan Fernández Figueroa y a mí me interesaban menos que otros aspectos sorprendentes del París de mitad de los años setenta. Yo era entonces un joven que no sólo traspasaba los Pirinéos por primera vez sino que viajaba a una ciudad y a una sociedad que habitaban otra época, que residían en el futuro.
Además de los lugares de visita turística obligada: el Museo del Louvre, Notre Dame, la Torre Eiffel, Montmartre… una noche acudimos a un espectáculo de teatro-cabaret en un sala del Barrio Latino que se presentaba con un título prometedor e inquietante: ‘Una cópula a 20 centímetros de su cabeza’. Recuerdo que había una cola enorme para entrar y entre quienes esperaban pacientemente, muchos latinoamericanos. Alguno de ellos bromeaba incluso con el título tan provocador del espectáculo. «No crean», les decía a sus amigos «que todos estos que están en la cola son espectadores, en realidad son notarios que vienen a dar fe que se cumple eso de la cópula a 20 centímetros».
El montaje no dejaba de ser una serie de ejercicios gimnásticos con un par de parejas, todos semidesnudos, evolucionando sobre una red que cubría –como si se tratara de una bóveda móvil– el techo de la sala. Al igual que otros espectáculos eróticos tradicionales, un montaje para sugerir más que para mostrar. A pesar de ello y de lo morigerado que nos parecería ahora en comparación con cualquier programa de telebasura, a mí aquellas ‘evoluciones’ con una red a 20 centímetros de la cabeza de los espectadores se me antojaban impensables para una España que empezaba a desperezarse del franquismo…
Después de aquel viaje he vuelto unas cuantas veces a París, que es una ciudad –como Lisboa– cuyas calles, que diría Borges, no me canso de fatigar. Siempre he descubierto algo atractivo y envidiable, pero nunca he sentido aquel deslumbramiento de mi primera visita en los años setenta, cuando la distancia social y cultural que nos separaban de París era tan grande.
Es lo bueno que tiene el progreso. Los platillos de la balanza se igualan. Ysi pienso en algunos problemas o en ciertos nombres: matrimonio homosexual, radicalismo islámico, Dominique Strauss Kahn, incluso me parece que el saldo nos es favorable.
Tras el cristal
CON motivo del quinto aniversario del Estatuto de Autonomía, en mayo de 1988, la Asamblea de Extremadura publicó un volumen, bella y pródigamente ilustrado, para el que me solicitaron un pequeño texto. Además de un recuerdo para dos nombres de primerísima fila entre los maestros de la crónica parlamentaria, Víctor Márquez Reviriego y Luis Carandell, en aquel texto de hace 25 años yo salía al quite de la desalentadora sensación –tantas veces vivida por los periodistas– de que siendo verdad que las sesiones parlamentarias aparentemente no interesan a casi nadie, sin dichas sesiones en cambio «la vida política sería menos digna, transparente y democrática».
«Muchas noches, después de sesiones que habían empezado por la mañana y que sólo se habían interrumpido para comer, miraba inquieto el reloj pensando lo tarde que era y el poco tiempo de que disponía para ponerme a las teclas del viejo ‘scrib’ y teclear frenéticamente hasta completar la reseña de la sesión. Junto a la reseña yo solía firmar –cuando había ocasión para ello– una columna de opinión que titulaba ‘Tras el cristal’. Se trataba de un título que tenía varias justificaciones. La primera y acaso más inmediata es que yo veía las sesiones tras el cristal de mis gafas y la segunda, por lo mismo, era una especie de reconocimiento a esa condición de mirada parcial, subjetiva, personalísima, que es siempre la mirada del periodista. Nada es verdad o mentira, sino según el color del cristal con que se mira».
También aprovechaba la ocasión para retratar algunos de los caracteres habituales de la vida parlamentaria extremeña y lo meritorio del trabajo periodístico cuando enfrente puede encontrarse de todo: desde el orador cultivado de ideas muy claras y bien expuestas hasta quien te mide las líneas de más o de menos que le has dedicado a su grupo político en la crónica del día siguiente pasando por los que se arrancan sinceros «sin papeles, en la tribuna de oradores, seguros de sus razones porque pertenecen al corazón o las nobles causas», señalaba entonces.
En fin. Al cumplirse los diez años de autonomía, en 1993, HOYpublicó también unas páginas especiales y a mí me correspondió escribir una columna que titulé, –cómo si no– ‘Tras el cristal’. En aquella ocasión yo confesaba la sorpresa de quien, educado en la creencia democrática de que la exposición de un argumento en contra o a favor podría inclinar el sentido de los votos, las muchas horas en la tribuna de prensa de la Asamblea me sirvieron para constatar el escándalo intelectual de que tal postulado únicamente se cumplía en el plano teórico, pues allí se votaba según la señal del portavoz de turno, no según la conciencia o el raciocinio de cada diputado. Y añadía otra tesis que podría servir también para la conmemoración de los 30 años: las páginas de los periódicos son el espejo, el reflejo de la sociedad. El periodista puede ser más o menos veraz en sus informaciones o más o menos acertado en sus opiniones, pero el ‘interés’ de los asuntos que se debaten en la Asamblea no es asunto suyo, sino de la propia Asamblea. Que cada palo aguante su vela.
Primera comunión
DURANTE décadas, en casi todas las casas de España nunca faltaban dos fotos: la de la primera comunión y la de la boda. El progreso y las modas fueron enriqueciendo o modificando el álbum, pero rara era la familia que renunciaba a tales instantáneas. Con el desarrollismo y el tiempo de las vacas gordas (y que cada cual establezca los límites de la feria) las primeras comuniones se fueron convirtiendo muchas veces en puro alarde y exhibición de gastos ostentosos e impropios para una celebración en la que debe primar no la superficialidad del brillo económico sino el espíritu religioso profundo, perdurable.
Desde hace años –y en algunos casos también décadas– en muchas parroquias y colegios de España se han establecido recomendaciones o normas que tratan de evitar los ‘excesos’ de primeras comuniones donde las familias convierten la ceremonia en una ‘pequeña boda’ en la cual parece obligatorio tirar la casa por la ventana.
Es verdad que la crisis nos ha traído al tío Paco con las rebajas y los excesos son ahora menos abultados. No obstante, la factura de las primeras comuniones sigue representando un gasto considerable que, por presiones del entorno social, a bastantes familias les resulta difícil eludir. Según el último número de la revista ‘Consumidorex’, el precio medio de las comuniones en el caso de una niña es de 3.245 euros (incluyendo además del vestido, diadema, bolsito, etcétera, la medalla de oro, el rosario, la comida –30 invitados– fotos o recordatorios, vídeo y álbum de fotos). Si se trata de un niño, la cifra del precio medio se reduce algo: 2.841 euros.
Ante este panorama resulta comprensible la actitud de parroquias como las de Miranda, en Avilés (Asturias) que ha dicho adiós a los trajes de marinerito y ha implantado la tarifa plana de «todos los niños con túnica». En la parroquia no se compran trajes pero se facilitan las túnicas. La idea es que todos vistan igual «y si algún padre no está de acuerdo le damos la opción de que vaya a otra parroquia», advierte el sacerdote.
Hay quien discrepa aduciendo que en muchos hogares los trajes de primera comunión van pasando de un hermano a otro y en ese caso el gasto estaría precisamente en la túnica, pero el argumento no parece muy firme pues al facilitársele la vestimenta alternativa no se incurre en gasto alguno. A mí me parece que estos ‘recortes’, impuestos por la crisis y en parte también por la aspiración a una religiosidad más auténtica y menos de quincalla, son una de las escasísimas aportaciones positivas que está acarreándonos el tiempo de las vacas flacas. Perder grasa y potenciar el músculo. Menos superficialidad y más cosas esenciales.
Quiero decir que en la primera comunión el aspecto dominante, prioritario, es el religioso, el de la espiritualidad. El otro, la celebración festiva, el rito social, puede dotársele del relumbre que se quiera, pero siempre será secundario. La cuchipanda, el festín, el banquete, la comilona, el bullicio, los regalos… pueden ser también ilusionantes y memorables, pero únicamente son la espuma de la ola. El mar es otra cosa.
La lección de Araújo
El naturalista, escritor y divulgador Joaquín Araújo, afincado desde hace treinta y tantos años en un paraje próximo a los Ibores, en el corazón de las Villuercas, dejó la pasada semana desconcertado al auditorio que seguía atentamente su charla en el Ateneo de Cáceres cuando resumió su vaticinio respecto al futuro inmediato de la sociedad con una frase que tenía algo de acertijo y de misterio: «Hasta que lo primero no vuelva a ser lo primero, no hay solución». Lo primero es la Naturaleza o, en sentido muy amplio, la agricultura y la ganadería, porque como el propio Araújo señala en su libro ‘Cultivar, encuentros con la tierra’, «cuidar de lo que nos cuida es mucho más que las labores del campo».
Otra de sus grandes reflexiones cabe en una frase muy corta: «La Naturaleza no se endeuda». Araújo insistió en esa circunstancia para subrayar, precisamente, lo contradictorio y ‘antinatural’ que resulta el consumismo insensato en que hemos sucumbido y cuyas consecuencias están resultando devastadoras para buena parte de la sociedad.
Sostiene un proverbio oriental que son cuatro las cosas de las que siempre tenemos más de lo que deseamos:pecados, deudas, años y enemigos. En cuanto a los años, supongo que la inflación es abultada y más o menos constante en todas las generaciones. Respecto a los enemigos y los pecados, me parecen dos conceptos difícilmente evaluables a nivel colectivo. Pero las deudas… ¡Ay, las deudas! Nunca tantos debieron tanto a tan pocos. Nunca tantos españoles se endeudaron para convertirse en propietarios de bienes que no podían pagar al contado ynunca tantos bancos o entidades financieras engordaron su negocio, cebaron sus cuentas de resultados, incitando a consumir ‘dinero prestado’ como el que siembra a voleo.
La lección de la Naturaleza llega tarde para algunos, pero de los errores se aprende. Confío en que buena parte de la sociedad (al menos los que sobrevivan al cataclismo de la crisis) se hayan vacunado contra un modelo social basado en la avidez y en el despilfarro. Espero que los más perspicaces, los más juiciosos estén ya inmunizados contra la tentación de la deuda, contra el tocomocho de hipotecar el futuro.
«La Naturaleza no se endeuda» pero en la sociedad quienes suelen contar con carta blanca para entramparse son precisamente los ricos, los que tienen más posibilidades. Lo advierte la famosa frase: «Si yo te debo una libra, tengo un problema; pero si te debo un millón, el problema es tuyo». En España únicamente a los ricos y a los bancos se les ha otorgado el privilegio de endeudarse por encima del millón de libras, es decir, de garantizarse el recurso de pasarle la bola a otro. Mayormente al Estado, que ha visto que lo fácil y cómodo es ‘redistribuir’ la deuda entre el conjunto de los paganinis, quiero decir entre el conjunto de los contribuyentes y que apoquinemos la ronda a escote.
Intuía desde hace tiempo que el Poder (así, en abstracto y con mayúscula) nunca se ha caracterizado por su vocación ecológica, respetuosa con la Naturaleza. Desde que escuché a Joaquín Araujo la intuición se ha convertido en certeza.
Bastón de ciego
Cuanto más compleja y diversa es una sociedad, más difícil resulta persuadirla. De lo que sea. En materia de consumo, en política, en cultura, en economía… A las masas uniformes es mucho más fácil convencerlas. La tendencia natural de quien está interesado en ‘vender’ su producto, sin embargo, es conseguir el mayor grado de uniformidad en la clientela, especialmente si lo que se ‘vende’ son ideas o una ideología. ¿Qué significa eso? Que en una sociedad rica, plural, con criterios fundados, resulta más compleja la tarea de ‘adoctrinar’ en masa, uniformando lo que por principio no es uniforme, monolítico, sino variado, distinto, poliédrico.
En tiempos de incertidumbre y de tormenta, la marinería suele mirar al capitán. Napoleón lo dijo de otro modo: «Hay en los pueblos un sentimiento interior, profundo, una necesidad que los arrastra al reconocimiento de un Dios, sea el que fuere». El dios a veces es un ídolo como el becerro de oro, la esperanza de un mundo mejor, la confianza en la solidaridad entre los hombres o incluso la simple delegación en una batería de poderes ‘fácticos’ a veces abstractos e imperceptibles que se ocupan de pensar y de decidir por todos nosotros. Opor todos los que renuncian a ejercer como ciudadanos libres y responsables.
Decía Joubert que «el razonamiento sólo es bueno en las materias en las que no vemos nada. Es como un bastón de ciego». Cuando estamos dominados por las creencias no necesitamos razonar, nos basta el convencimiento interno. Pero nuestra condición de ciudadanos libres exige precisamente que usemos ese bastón para ir tentando el camino, para encontrar los puntos de apoyo seguros y evitar los tropiezos. Nunca como en estos tiempos en los que se nos quiere vender tanto género de contrabando es imprescindible el sentido crítico, el escáner de la razón para detectar las impurezas y las partes contaminadas en los productos que nos quieren hacer tragar.
Por desgracia, la tendencia al bombardeo con ideas simples, con meros eslóganes y lemas se está generalizando en las trifulcas políticas cotidianas. La gente se intercambia mantras (ahora denominados también ‘ideas fuerza’) como si fuesen cartas de una baraja virtual. Lo malo es que muchas personas se ponen a jugar las partidas y aceptan convertirse en papagayos, en monos de repetición de lo que otros han pensado o prescrito en su nombre. Mientras que al ciudadano crítico, responsable, no es fácil seducirle con ideas o productos que deslumbran pero no iluminan, al ciudadano que ha dimitido de su obligación de pensar por sí mismo es muy fácil engatusarle con género mixtificado, de contrabando y prestidigitación.
Si trasladamos el ejemplo al que tantas veces se recurre de «no le des un pez, enséñale a pescar», al ciudadano libre y responsable no hay que regalarle munición ideológica –del signo que sea– sino facilitarle el acceso al razonamiento limpio, inteligente, y a la formación del criterio propio. Quiero decir que hay que invitarle a usar el bastón de ciego sugerido por Joubert para avanzar entre las sombras, no para liarse a palos con él.
Sobre los docentes
Según recordaba el filósofo y profesor José Antonio Marina hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los cuidadores del futuro». Cuánta razón. Y cuánta tarea por delante.
En la inauguración de las jornadas, la consejera de Educación, Trinidad Nogales, reforzó el valor de la tarea docente citando la famosa carta que Albert Camus escribió a su maestro de primaria, el señor Germain, después de haberle dedicado el discurso del Premio Nobel durante la ceremonia de entrega en Estocolmo. «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido». Esas palabras de Camus resumen a la perfección, precisamente, las tres aportaciones que según explicaba José Antonio Marina, debe proporcionar la escuela al alumno: la satisfacción del aprendizaje, el reconocimiento social y la sensación de que se progresa.
El propio Marina contaba al hilo del libro ‘Mal de escuela’, de Daniel Pennac –que él presentó en Madrid– la necesidad del buen maestro de preocuparse no tanto por los listos o los que destacan en el aula, sino por «los zopencos», de modo que habiendo rescatado a uno solo del fracaso a que le destinaba la vida ya podría proclamar con orgullo el lema que, en su opinión, debe inspirar la tarea docente: ‘Hice lo que pude’.
Entre la cita de Camus y los argumentos –salpicados de anécdotas– de José Antonio Marina acerca de la enseñanza y del aprendizaje, me vino a la memoria la figura del maestro que me enseñó a leer. El recuerdo de una pequeña aula con pupitres gastados, sin calefacción, donde las palabras del maestro nos llegaban revestidas de veneración, credibilidad y respeto. Mi maestro se llamaba don Manuel Belvís y le recuerdo en aquella vieja escuela de Ibahernando situada junto a la torre del reloj, con muchachos como torbellinos saliendo disparados en el recreo para jugar al clavo y a los bolindres en mitad de la calle, entonces sin pavimentar. Siempre le estaré agradecido por el esfuerzo silencioso de haberme regalado el don de la lectura. Un regalo que se recibe muchas veces con naturalidad, casi con indiferencia, hasta que nos detenemos un minuto a reflexionar acerca de su importancia y trascendencia. Como sostenía Álvaro Valverde esta misma semana en la presentación del libro ‘Maestros de las letras’: «…para alguien que ama la lectura y los libros, ¿cabe un milagro más humilde, al tiempo que sorprendente, que el de enseñar a un niño a leer y a escribir? Sólo con eso…». Cuánta razón.
Enseñar y aprender. Convertir la información en sabiduría. Hasta Albert Einstein lo dejó dicho: «El arte más importante del maestro es provocar la alegría en la acción creadora y el conocimiento».
No más ‘piedades’
Pocas imágenes más conmovedoras que la de ese padre en cuclillas, vencido por el dolor y el llanto, sosteniendo sobre sus piernas el cuerpo del pequeño hijo muerto cerca del hospital de Alepo, en Siria, que le ha valido un premio Pulitzer 2013 al fotoperiodista español Manu Brabo, de Associated Press. La fotografía me ha recordado otra que se produjo en la Franja de Gaza el año 2000 durante la segunda ‘intifada’ y que se convirtió inmediatamente en un icono del conflicto que enfrenta desde hace décadas a palestinos e israelíes. Pido perdón por la autocita, pero a raíz de aquella imagen que sacudió el corazón de millones de espectadores y de lectores en todo el mundo publiqué en una sección de este diario, ‘El Alambique’ –que entonces firmaba con el seudónimo de Tristán Buendía– un artículo titulado: «La nueva ‘Piedad’ en Jerusalén». Era un desahogo personal, una muestra de indignación y de tristeza ante el rostro alucinado del horror que sacudía a aquel padre, Yamal, intentando proteger con el único escudo de unos brazos escuálidos a su hijo Muhammad Al-Dura, de 12 años de edad, ante la lluvia enloquecida de balas que acabó con sus vidas.
«La máquina trituradora de la actualidad», reflexionaba entonces, «convertirá sus nombres dentro de pocos días en dos minúsculas sombras, casi invisibles, en el bosque del olvido. Pero en mi álbum sus imágenes amanecerán a diario, congeladas, con esa expresión de pánico y horror que compone la desventura de un padre condenado a ver morir a su pequeño hijo antes de que otras balas asesinas acaben con su propio sufrimiento. Cada vez soy más pacifista», añadía. «Y cada día más convencido, como Lanza del Vasto, el discípulo de Gandhi, de que Dios dijo: ‘No matarás’, y lo escribió en una piedra, sin márgenes al lado para que el hombre no hiciera comentarios».
Una docena de años después la guerra de Siria reedita esa ‘piedad’ insufrible y despiadada que refleja la fotografía de Manu Brabo. Otra vez el absurdo de la muerte. De un padre acunando en su regazo el cadáver ensangrentado del hijo. Una escena doblemente ‘antinatural’, que atenta contra el instinto de la vida y contra los valores consustanciales a cualquier comunidad, incluso la más bárbara y primaria.
Por desgracia, no me equivoqué en 2000 cuando supuse que la serie fotográfica (extraída de una grabación que emitió el canal France 2) sobre la muerte de Yamal y de su hijo Muhammad Al-Dura sería devorada irremisiblemente por la máquina trituradora de la actualidad. La historia se repite en cada guerra, al margen de las razones que esgriman los contendientes. Aquella constatación de Marx en el plano de las revoluciones sociales: «La violencia es la partera de la historia» no parece que lleve camino de ser desmentida por los hechos. Basta reparar en algunos conflictos de las ‘primaveras árabes’ o de carácter étnico en África. Decía Lanza del Vasto que «ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». Quiero huir del pesimismo y creer que tal enseñanza acabará prendiendo en el corazón de los hombres.
Sé lo que sueñas
Desde que la especie se elevó del suelo y devino en ‘lúgubre mamífero’ que se peina (César Vallejo) el reducto mejor blindado del hombre no ha sido el corazón ni la cabeza, sino la invisible nebulosa donde habitan los sueños. Desde la noche de los tiempos, al hombre le han podido robar la voluntad, la memoria y hasta el olvido, pero el patrimonio inmaterial de los sueños siempre quedó preservado de miradas ajenas como un tesoro inaccesible al que ningún extraño podía acceder sin contraseña. Aunque el ser más humilde, más desesperanzado, se viera sometido a normas atroces de reclusión, nadie podría gobernar sobre sus sueños. Nadie podría asomarse a curiosear en ese paraíso de la intimidad. A veces, ni uno mismo, pues la naturaleza hace que los sueños no perduren en la memoria y se volatilicen igual que la luz de los fuegos artificiales.
Así era hasta ahora. Pero la interpretación de los sueños, el acceso a la galaxia informe donde transcurren los montajes teatrales más insospechados, los acontecimientos menos previsibles, ya no es una aspiración de psicoanalistas o de adivinadores. La prensa informa estos días de las investigaciones de un equipo de científicos japoneses que ha logrado elaborar una especie de ‘diccionario’ o catálogo en el que se relacionan las imágenes que las personas sometidas al experimento declaraban estar soñando en ese instante (fueron despertados unas 200 veces cada uno de ellos durante el experimento) y las imágenes que su actividad cerebral plasmaba a través de la resonancia magnética. Según los resultados de la investigación, publicados en la prestigiosa revista ‘Science’, el diccionario o tabla de correspondencias entre la actividad cerebral y los objetos o temas ‘soñados’ aún es reducido, pero los científicos consiguieron acertar, es decir, decodificar las imágenes y descifrar el contenido de los sueños en un 60% de los casos. Contando con tiempo, dedicación y un laboratorio de neurociencia computacional solvente, imagino que reunir el ADN de los sueños de toda la humanidad habrá dejado de ser un empeño de ciencia ficción…
De esa forma, llegará el día en que además de conocerse todos los datos económicos, fiscales, sanitarios, culturales… que le caracterizan dentro del conjunto social, podrán introducirle también en el talego de la resonancia magnética y ver pasar en una pantalla la película de sus sueños.
El abanico de posibilidades que abre la máquina es formidable. ¿Se imaginan cuántas historias sentimentales podrían frustrarse o desmontarse si cualquier pareja aceptara someter a escrutinio sus sueños? ¿Cuántas pesadillas tras la apariencia de sueños de felicidad? Con su proverbial ironía Borges dijo que tan supersticiosa y vana era la costumbre de buscar sentido en los libros como buscarlo en los sueños o en las líneas de las manos. Con este avance, hasta Borges va a quedar en entredicho. Y me gustaría mucho que la maquina de control onírico se le pudiese aplicar a los políticos antes de ocupar un cargo. Sería maravilloso enterarnos de que todavía conservan la capacidad de soñar, de ilusionarse, y no una pantalla en blanco.

