De ‘raspajilón’

En ninguna época como en esta, tanta información ha generado tanto desconocimiento. Nos deslumbran los brillos de la Red y de la ‘aldea global’. Creemos navegar por la información o que ‘surfeamos’ sobre las olas cuando apenas revoloteamos por encima de un océano inmenso, distante y casi siempre con prisa, sin detenimiento.
Hace poco el país vibraba de indignación ante el atropello del gobierno argentino que expropió la empresa YPF a la española Repsol. Durante unos días era imposible andar por la calle sin toparte al experto de turno que se explayaba con ínclitas soluciones: «Aquí lo que habría que hacer», empezaba perorando, «es dejar las cosas claras y no andarse con contemplaciones». Luego, pueden imaginarse las fórmulas salvadoras… Algo similar ha ocurrido con la filial boliviana de Red Eléctrica, el contencioso del que a los cuatro días muchos no recuerdan otra cosa que la poca gracia que les hizo a columnistas como Antonio Burgos o Alfonso Ussía el desaliño indumentario de Evo Morales cuando se presentaba ante el Rey o ante el presidente Zapatero con aquellos jerseys «de lana gorda de indio cocalero».
Lo de YPF sirvió para recordarle a Cristina Fernández de Kirchner que en represalia podíamos nacionalizar a Messi, y poco más. Enredados aún con la retranca sobre Malvinas («aceptamos Falkland como nombre oficial», dijo alguien en broma), el asunto derivó por un derrotero que Gila hubiera explotado para inspirarse: «Argentina prohibe la importación de jamón español». Se acabaron las especulaciones sesudas sobre el valor de las acciones, los juegos de intereses geoestratégicos, el ‘nacionalismo’ peronista y otras pavadas propias de boludos…
El caso Bankia, lo mismo. Los análisis descienden hasta el subterráneo de las intenciones ocultas. Que si Madrid y Barcelona, que si las nefastas consecuencias del asalto de los políticos a los consejos de administración de las Cajas… Opiniones y juicios para dar y tomar. Sin embargo, el pequeño accionista se limita a averiguar, y hace muy bien, si su dinero está seguro en el  banco y si el límite de cien mil euros por titular, fijado por el Fondo de Garantía de Depósitos, sigue vigente.
Ayer leí en el twitter de José María Fernández, @jmfurena, una frase que ilustra de maravilla –quiero decir, con humor– la diferencia entre conocimiento y acumulación de información: «El mejor lugar para esconder un cadáver es la segunda página de búsqueda de Google». Además de irónica, argumentalmente impecable. ¿El tema? La superficialidad. Y sus derivados: la ligereza, la prisa, la fragmentación, la parcialidad, lo incompleto. Algo en lo que no se profundiza. Lo tangencial, lo percibido de ‘raspajilón’, por decirlo con esa palabra tan expresiva del habla extremeña.
Ejemplos elocuentes. Lea las informaciones sobre subastas de cuadros famosos: ‘El grito’, de Munch; ‘Los jugadores de cartas’, de Cézanne; ‘Naranja, rojo, amarillo’, de Mark Rothko o ‘Sleeping girl’, de Lichtenstein y fíjese en el sentido de muchos comentarios, en su liviandad… Solo se repara en la etiqueta, en el precio. Pura corteza.

La vomitera digital

Aunque don Miguel de Unamuno, tan inclinado a las paradojas, pensaba que «no existe peor intolerancia que la de la razón», seguramente en nuestra piel de toro es fácil encontrar brotes de intolerencia, y aun cosechas enteras, regadas con agua que no brota de la inteligencia o del raciocinio. Basta rascar un poco sobre la epidermis para que asome, como en aquella serie televisiva de extraterrestres, el ‘lagarto’ que ha colonizado nuestro lado oscuro, el inquisidor de horca y cuchillo dispuesto a arreglar el mundo a su manera.
Uno de los ‘rascadores’ de epidermis más populares lo proporciona Internet y la posibilidad de lanzar pedradas escondiendo la mano tras la confortable trinchera del anonimato. El anonimato funciona aquí como la rejilla del confesionario o el diván del psiquiatra, favorece la vomitera mental, la descarga de munición, con la ventaja de que no hay un cura que te ponga penitencia ni un facultativo que te pase la factura.
Como en un carnaval gigantesco, diseminado entre innumerables ordenadores, el ejército de desinhibidos justicieros apalea a su antojo a quienes se les ponen por delante. Con el antifaz puesto, el trabajo de repartir leña es una actividad muy divertida. Lo digo en serio, lo único bueno de este matonismo digital es lo que tiene de ‘liberación’, de válvula terapéutica para dar rienda suelta a frustraciones económicas, familiares, políticas…, sin desembocar en ámbitos socialmente más sensibles. Es aquello que les decía el ex ministro Ernest Lluch, asesinado por ETA, a unos indeseables que le insultaban semanas antes del atentado: «¡Gritad! ¡Gritad, porque mientras gritáis no estáis matando!».
Así que nunca falta gente dispuesta a llevarle la contraria a don Miguel de Unamuno con eso de la intolerancia y la razón.
Los periodistas celebramos ayer, convocados por la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, una serie de concentraciones en cuarenta ciudades del país para dar lectura a un manifiesto sobre los problemas del sector y bajo el lema general ‘Sin periodistas no hay periodismo, sin periodismo no hay democracia’. ¿Alguien que utilice la razón, el raciocinio, puede usar ese mensaje –en mi opinión tan certero e inapelable como la ley de la gravedad– no solo para discrepar del lema, sino para ejercitarse en el insulto contra el periodismo y contra todos los miembros del colectivo?
Es un ejemplo entre millones, traído al hilo de la actualidad, no porque desee situarme al otro lado del cristal. El periodista debe huir del protagonismo personal (el protagonista es siempre la información, el reportaje, el entrevistado…) si no quiere convertirse en una caricatura del mundo del espectáculo o en ‘otra cosa’.
Más ejemplos. Un medio nacional anuncia que ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el nicaragüense Ernesto Cardenal, inmenso poeta, sacerdote de la teología de la liberación y en su día ministro sandinista. Uno de los comentarios a la noticia:  «Penosos, los ‘poemas’ del cura rebotado este. ¿Quién decide los premios, Stalin?». Por lo menos, el ‘mamporro’ ahí viaja rematado con humor.

El turismo del horror

Desde siempre el hombre ha sentido atracción por el abismo y se debate entre Eros y Thanatos, lo dos impulsos, como advierte Freud, que son norte y sur de la existencia. Parece que entendemos y justificamos muy bien todo lo relativo a Eros, al amor y a sus múltiples ramificaciones, desde la conmoción de los primeros escarceos en la adolescencia hasta la convención de las bodas, bautizos y sus correspondientes días conmemorativos. ¿Pero qué pasa con Thanatos? Aparte de las funerarias y de las floristerías, del negocio de la muerte viven muchas personas, incluso del sector turístico. La Universidad Central Lancashire, de Inglaterra, ha creado el Instituto de Estudios sobre Turismo Necrológico para buscar una explicación académica al hecho de que miles de ciudadanos visiten durante sus vacaciones el campo de exterminio de Auschwitz, la ‘zona cero’ de Nueva York, los campos de la muerte de Camboya o la central nuclear de Chernóbil, según informa el diario ‘La Vanguardia’ citando fuentes de la BBC.
El director del centro universitario, Philip Stone, cree que las visitas a esos lugares obedecen al sentido trascendente que concedemos a la vida, al hecho de que «vivimos en una cultura que por lo general elimina la muerte del dominio público», explica, y también a que visitando esos escenarios del horror, de las atrocidades, los turistas pueden dar un paso atrás y experimentar la sensación de alivio, la alegría de que no haberle sucedido a ellos la terrible desgracia de convertirse en víctimas.
¿Pero el turismo necrológico no está relacionado en realidad con el nacimiento del turismo? ¿Qué buscaba Stendhal en sus paseos por Roma, Florencia y Nápoles? ¿Yqué buscaron Heine o Goethe o los viajeros ilustrados y del romanticismo por media Europa? ¿Qué tipo de turismo es el que conduce hasta las pirámides de Egipto, los mayores monumentos funerarios de la historia?
Yo creo que el hombre que se acerca hasta los pabellones de Auschwitz o hasta los campos de la muerte de Camboya no solo acude para reflexionar sobre la muerte y la trascendencia de la vida, sino para interrogarse acerca de la maldita ‘banalidad del mal’ y del instinto irracional que aún alienta en muchos ejemplares de Homo sapiens.
Esos lugares de las grandes hecatombes de la historia, de los apocalipsis que perpetraron el nazismo de Hitler, los Jemeres Rojos de Pol-Pot, el nacionalismo étnico en Bosnia-Herzegovina o la Al-Qaeda de Bin Laden no pueden invitar únicamente a que reflexionemos sobre el más allá, como si se tratara de un cuadro del barroco con el caballero observando la calavera junto al reloj de arena para ilustrar el tema del ‘tempus fugit’.
Quienes visitan en París el cementerio Père-Lachaise, donde están enterrados desde Proust hasta Edith Piaf, Balzac y Chopin, o quienes recorren las galerías del Panteón de Hombres Ilustres, donde reposan, entre otros, los restos de Voltaire, Víctor Hugo y Zola, pueden ser adscritos al ‘turismo necrológico’, pero un turismo más preocupado por los aspectos estrictamente culturales de la historia que por el desasosiego que suscita la cercanía del horror y del mal.

La gallina en la selva

Hace muchos años un grupo de exploradores europeos sometió a los miembros de una tribu africana a un experimento : proyectarles el documental de una boda regia en Europa. En la película se veían carrozas tiradas por caballos, palacios, escenas de baile y un universo de lujo, brillo y color. Los exploradores querían saber qué impresión causaba entre los indígenas de la selva aquella sucesión de imágenes. Al finalizar la proyección les interrogan, expectantes y ansiosos, pero todos callan, menos el jefe de la tribu, que se atreve a hablar: «La gallina», les contesta, «eso es lo que más nos ha gustado». ¿La gallina?, se preguntan atónitos los exploradores. ¿Qué gallina? Visionan de nuevo la película y descubren que mientras avanza la carroza real escoltada por vistosos jinetes, tras la multitud que se agolpa y ovaciona a los recién casados, se percibe durante décimas de segundo el vuelo cortísimo de una gallina. En esa imagen tan anecdótica de la gallina fue precisamente en la única que repararon los indígenas.
Este cuento de la gallina (bien conocido  en la historia del periodismo español) se reproduce cada vez que la atención pública alimentada por los medios informativos se  entretiene con las ‘volandás’ de lo intrascendente, de lo anecdótico, frente a lo esencial. Cada vez que la tribu repara y se distrae con el vuelo de una mosca, aunque esa mosca pese como un elefante de Botsuana.
Como en la genial película ‘Amanece, que no es poco’, de José Luis Cuerda, a más de uno le han dado ganas de exclamar lo de aquel personaje: «¡Alcalde: todos somos contingentes, pero tú eres necesario!», solo que pensando en el Rey.
Es verdad que no parece muy estético eso de marcharse a matar elefantes –aunque sea invitado por un amigo– cuando la edad y las condiciones físicas no lo aconsejan. Pero de ahí a lanzarse  públicamente contra él dándole escobazos como si fuera el muñeco del tren de la bruja hay un abismo. El país tiene problemas y retos mucho más urgentes y sobre todo mucho más trascendentes que la metedura de pata del Rey marchándose a una cacería que no le acarrea buena imagen ni a él, ni a la corona, ni al país. Pero Dios te lo da y Dios te lo quita, le han bastado once palabras para disculparse y desvelar no que el emperador estaba desnudo, sino que en realidad se estaba organizando una tormenta en un vaso de agua.
De los errores se aprende. Es lo positivo. La sociedad también aprende con estos episodios a desenmascarar a tanto tartufo, a tanto fanático de lo políticamente correcto, a tanto entusiasta del ‘meapilismo’ laico enseñando sus colmillitos y dando dentelladas a una presa que creían abatida…
Después de lo de Botsuana no creo que nadie piense en concederle al Rey el premio de cazador del año, pero tratar de convertirlo por esa decisión tan poco estética y discutible en un guiñapo, en una caricatura de sí mismo y de lo que ha representando hasta ahora para España, sería intentar subsanar un error leve cometiendo un estropicio. No seré yo quien defienda al Rey (bien se vale el solito) pero recuerdo al resto de la tribu que en la película que proyectan salen más cosas que la gallina.

Piratas veteranos

La piratería, como la piedra filosofal, es capaz de convertir el plomo en oro. «¿Quién hace de piedras pan, sin ser el Dios verdadero?» se preguntaba Quevedo, que conocía de sobra la respuesta: el dinero. En vez de la piratería podría escribir la rapiña, el robo, el pillaje, el saqueo… En el fondo es lo mismo. Si el pirata cuenta con las bendiciones del poder  será considerado un explorador, un conquistador, un colonizador o un adelantado del progreso. El mundo funciona así desde la noche de los tiempos. Sin embargo, la piratería a la que ahora me refiero tiene que ver más que con la disputa al ‘otro’ de materias primas o riquezas, con la apropiación de lo ajeno para usarlo como si fuera propio. Desde prácticas recientes como las desarrolladas por la empresa Odyssey, que expolió un pecio español cargado de monedas de oro y plata, Nuestra Señora de las Mercedes, hasta las recolecciones masivas que han llenado las vitrinas y salas del Museo Británico, del Museo del Louvre o del Museo de Berlín, por citar tres espacios famosos que albergan los frisos y estatuas del Partenón, la Victoria de Samotracia y el busto delicado y misterioso de Nefertiti.
Recorriendo las salas del Museo Británico a uno le entran ganas de apuntarse inmediatamente a los ‘comandos Melina Mercuri’, caso de que existieran. Y digo su nombre porque la legendaria actriz y ministra de Cultura de Grecia fue una de las que reivindicaron con más fuerza la devolución del patrimonio monumental que los británicos se llevaron de la Acrópolis.
Los piratas culturales ‘clásicos’ suelen parapetarse detrás de dos argumentos algo falaces: los bienes que ellos trasladan a sus civilizadas capitales corrían riesgos de conservación y además en muchos casos no estaban ni siquiera bien valorados en su propio entorno. Es verdad que a veces se daban tales circunstancias, pero el razonamiento lleva implícita una trampa, pues si se trata de una cuestión temporal, de una época en que el pueblo o la nación requisados no tenían la cultura suficiente para ‘apreciar’ el patrimonio heredado de sus mayores, el argumento deja de ser válido desde el instante en que esos pueblos o naciones alcanzan un nivel cultural suficiente para conservar y exhibir, con todas garantías, sus tesoros histórico artísticos. ¿Entonces, por qué no les devuelven las piezas? Por dinero. Sencillamente por dinero.
Si durante años los saqueos, los actos de pillaje, los robos e incautaciones representaban un valor fundamentalmente simbólico y de estatus político social, yo creo que la transformación del viajero en turista, la masificación de las visitas, la consolidación del turismo como una de las grandes industrias de la modernidad han hecho que los museos se conviertan en alquimistas capaces de transformar las piedras en oro, en monedas de curso legal.
Decir que devuelvan lo que se ha convertido en su principal reclamo, en el imán que les proporciona riadas de riqueza, sería tirar piedras al propio tejado. Nunca lo harán. Así que cuando viaje a estos templos de la cultura en Londres, en París, en Berlín, piense que además de arte estará admirando el botín de veteranos piratas.

La memoria selectiva

La memoria es selectiva porque va ligada a nuestras emociones. Recordamos lo que nos importa, lo que es trascendente, al margen de que esa trascendencia pueda considerarse del todo baladí o el trance más relevante del resto de nuestra vida. Recordamos por ejemplo el primer beso de amor, partidas interminables de póker con los amigos o el temblor, perfumado de ternura, al sostener entre los brazos al hijo recién nacido.
Es posible que la voracidad del olvido convierta en arena esos instantes en que decidimos optar por una carrera y no por otra; en que nos dejamos robar el mes de abril o en que recibimos, al contrario, el regalo milagroso de una persona insustituible. La memoria es selectiva y enmarca los recuerdos según la fuerza con que llegaron a nuestro corazón, pero no los ordena jerárquicamente. Quiero decir que, como en la canción de José Alfredo Jiménez, las emociones no entienden «esas cosas de las clases sociales» y no hay manera de regularlas, de lograr que funcionen igual que las piezas de un robot.
No recordamos por ejemplo qué fatídica conjunción de circunstancias nos empujó a suscribir una hipoteca que maldecimos con la puntualidad de sus cuotas pero recordamos hasta en el mínimo detalle aquel larguísimo paseo por la playa, perdiendo el tiempo y riéndonos igual que adolescentes bajo la lluvia. Quizás hemos olvidado asuntos tan relevantes como el momento preciso en que ganó las elecciones de nuestros sueños la edad del DNI y no la del corazón, pero no se nos borran las imágenes de Pedja Mijatovic, montenegrino, 29 años, dándole al Real Madrid con un gol de ángulo imposible la séptima Copa de Europa.
De todos los dibujos y chistes de Antonio Mingote recuerdo especialmente uno. Eran los años tenebrosos de la ignominia en el País Vasco, cuando los asesinatos se sucedían ante mucha gente que callaba o volvía la cabeza parapetada en esa infamia de «si los matan, algo habrían hecho…». En el dibujo aparecía un hombre tendido en el suelo, muerto, al que acababan de disparar. Junto a él un niño de pocos años que exclama: «¡Han matado a mi papá, han matado a mi papá!». Contemplando la escena, dos personas con sus txapelas y uno de ellos le dice al otro: «Fíjate tú, tan pequeño y ya chivato».    
Por encima de otras muchas viñetas de Mingote, cargadas de humor paradójico o de ironía costumbrista, en mi memoria perdura el tremendo alegato contra la barbarie de aquel dibujo del crío y el padre muerto, aquella instantánea de actualidad con la que nos recordaba, en el fondo, que el emperador está desnudo y que «la banalidad del mal» que describió Hannah Arendt para referirse al pensamiento y la forma de actuar de los nazis, es un virus contra el que no se han vacunado muchas sociedades.    
Únicamente con ese dibujo Mingote se hubiera ganado un trono en el espacio reservado a los justos. Lo que me sorprende ahora no es el unánime reconocimiento a su condición de ‘intelectual’ infatigable, sino cómo logró, en un país tan proclive al exceso y al desvarío, conservar intacto, indemne, la bonhomía de su humor, de su inteligencia y de su piedad.

Simón y ‘La Pirroquia’

De Guardiola o de Mourinho. Taurinos y antitaurinos. A favor de la reforma laboral o radicalmente en contra. Refinería Sí o Refinería No. Monárquicos o republicanos. A favor de la huelga general o en contra. Nada de los espejos deformantes del callejón del Gato en los que Valle Inclán se inspiró para dibujar los esperpentos, lo nuestro es el ‘guerracivilismo’. Cuando más felices somos es cuando nos enfrentamos. A quien sea, incluso a nuestra propia sombra. «Qué dice ese, que me opongo». El mantra nacional.
Los arrebatos de individualismo colorean  nuestro retrato colectivo. Detrás de la ancestral raíz ácrata, de ese espíritu anarquista del yo me lo guiso y yo me lo como, se adivina el Simón de la canción popular ‘La Pirroquia’. En los tiempos de la transición democrática le oí decir más de una vez a un compañero en la universidad: «No firmo ningún manifiesto que no haya redactado  personalmente, ni asisto a ninguna manifestación pública que no esté convocada por mí». No se reía al decirlo y, desde luego, se atenía solemnemente al mandamiento. Somos el país donde se entiende a la primera eso de «Ni dios, ni rey, ni patrón», aunque a ratos nos dejemos vencer, al contrario que el Simón de ‘La Pirroquia’, por la necesidad de hacer bulto y sentirnos masa.
Cultivamos la oposición (al mundo o a nosotros mismos) como si fuera un asidero imprescindible para mantenernos en pie. Cultivamos el sentido de oposición que nos transforma en ‘contrario’, es decir, que nos sitúa enfrente, que nos marca como adversario. Aquél está arriba, pues yo abajo. Ése dice blanco, pues yo negro.
¿Quién dijo sutilezas, matices, ponderación, acuerdo, tolerancia, comprensión? Las glándulas salivales del entusiasmo colectivo se nos activan con otros manjares: radicalidad, trazo grueso, «pa’ cojones los míos» y leña al mono hasta que aprenda el catecismo.  No sé si es el instinto o la educación ambiental, pero al español le gusta afirmarse en oposición a algo, a alguien; pensar que es ‘radicalmente’ distinto a algo o a alguien. Basta escuchar un rato o leer unas pocas frases –escritas con libertad–  para detectar si detrás de cualquier discurso se perciben los anticuerpos de un espíritu conciliador o intransigente. Si detrás de las palabras mejor o peor ordenadas se agazapa la voluntad de encontrar verdades o de transmitir consignas. Quiero decir que no es muy difícil descubrir la existencia de un espíritu libre (en la medida en que todo hombre puede serlo, no hay que hacerse muchas ilusiones) o a un reproductor de la voz de su amo.
Cuando digo conciliador no estoy pensando en un ‘bienqueda’ como esos  tipos que no saben decir ‘no’ y rehuyen todos los conflictos.  Conciliador no significa indiferente. «Un hombre puede combatir una afirmación con un razonamiento; pero una sana intolerancia», escribió Chesterton, «es el único modo con que un hombre puede combatir una tendencia».
Si la atmósfera que nos rodea está cargada de dogmas, de proposiciones que tienden a convertirse en verdades incuestionables, una sana intolerancia o sentirse como el Simón de ‘La Pirroquia’ ayudan a salir del rebaño y a despejarnos la cabeza.

Un mosaico romano en la basura

Si como decía Sartre «el hombre es una pasión inútil», en España ramificamos ese sentimiento con pasiones tan inútiles como el pesimismo, la animosidad irracional o el desprecio al semejante. Hasta en la poesía nos puede el lado trágico. Desde el «Miré los muros de la patria mía…» de Quevedo hasta «En un viejo país ineficiente / algo así como España entre dos guerras…» de Jaime Gil de Biedma, nos recorre el descreimiento y la pesadumbre. O ambos a la vez.
El pesimismo, tan fructífero en la literatura, no lo es en cambio en la vida diaria. Los neurólogos le reconocen al optimismo una primogenitura que solo es peligrosa en manos de economistas y políticos. Es decir, la ciencia recomienda las concepciones optimistas para todas las actividades del hombre, salvo las relacionadas de cerca con la gestión de economistas y políticos, pues en tales casos dejarse llevar por el optimismo sin base más que estimulante puede resultar suicida. (Los críticos a José Luis Rodríguez Zapatero y quienes pensaban que nunca iba a estallar la burbuja inmobiliaria entenderán bien este razonamiento).
En realidad, la existencia del hombre, esa pasión inútil, que decía Sartre, es una lucha contra la propia adversidad de la vida. Un batallar que se remonta a la noche de los tiempos. El hombre ha tratado de evitar la intemperie y ha procurado abrigarse física, intelectual, médicamente… desde Altamira hasta el sueño de la Odisea en el espacio.    En ese sentido podría decirse que el progreso solo consiste en ir ganándole terreno a la intemperie en todas sus variables, desde lo arquitectónico a lo social, desde lo  sanitario a lo cultural, desde lo físico a lo espiritual… El progreso se traduce en regulaciones, en establecimiento de normas, de pautas, de leyes, que son los muros, los cimientos, las paredes de la gran ‘construcción’ que nos protege contra las inclemencias de todas las  ‘intemperies’.
El mundo avanza porque todo se regula. ¿Todo? Bueno, no. Hay casillas donde no rige ese principio: la economía. Hay economistas que creen que los mercados se regulan solos y que es mejor dejarles mano libre porque si no asoma el espantajo del ‘comunismo’, de las colectivizaciones y demás prácticas perversas… (Dos pasos adelante y uno atrás. Ahora me parece que estamos en la fase de unos cuantos pasos atrás).
«Y sin embargo, se mueve», que decía Galileo. El mundo avanza. Y cualquier tiempo pasado (casi siempre) fue peor. El otro día, mientras buscaba unos datos en la hemeroteca de HOY me encontré con esta noticia, firmada por mí, que abría las páginas de Región del 23 de julio de 1986.
Titular: ‘Un mosaico romano de 30 metros cuadrados, arrojado a la basura’. Antetítulo: ‘Estaba depositado en el Ayuntamiento de Monroy y había sido restaurado en el Museo de Cáceres’. Es verdad que no se puede bajar la guardia, que sigue habiendo expolios, destrozos, insensibilidad, pero a otro nivel. Perdón por la auto cita: «Esa obra [el mosaico] se echó a perder en unos minutos por la irresponsabilidad de un culpable que no tiene cara pero sí tiene nombre: la ignorancia». Creo que de entonces para acá le hemos ganado terreno a la intemperie.

Ruidos, la victoria final

Hace años usted podía hacer una lumbre en su casa y tener una chimenea que atufara al vecino. Hace años los vehículos a motor iban a escape libre, la mitad de las ciudades no contaban con depuradora de aguas residuales y se podía fumar hasta en el hospital. Los hábitos sociales cambian, creo que para mejor, con los tiempos. Una de las áreas en las que cualquier persona muestra mayor sensibilidad es en la del disfrute de la propia vivienda, quizás porque la vida, especialmente en las ciudades, ha dejado de ser tan callejera, tan ‘comunitaria’, y se refugia cada día más en ese reino de intimidad que son las paredes de la propia casa.
Es indiscutible que de año en año son mayores las exigencias de aislamiento y confortabilidad no solo para los pisos comunitarios, sino para aquellos establecimientos destinados a actividades públicas como bares, discotecas, cines, salas de fiesta…
En Cáceres se montó hace años una especie de ‘motín de Esquilache’ porque se fijó un horario de cierre de bares que no consideraron nada generoso quienes deseaban seguir tomando y despachando copas de madrugada. Ahora parece que desde algunas redes sociales se quiere reeditar la protesta ante el cierre cautelar de ocho bares en La Madrila.
Sin apenas industria, con mucha población dedicada al sector servicios, en esta ciudad quien se decide a montar una empresa tiene altísimas posibilidades de optar por una de estas dos salidas: montar una ‘boutique’ o montar un bar. Por ese motivo la oferta de bares está bastante bien servida, a pesar de las pérdidas registradas últimamente en toda la provincia, según datos estadísticos del Anuario Económico de España y de la Fundación La Caixa.
Vivimos en una sociedad sometida, de manera implacable, a la ley de la oferta y la demanda. Mientras esos principios sigan vigentes, el derecho a la salud, al disfrute de la vida en casa, cotizará más alto que el derecho al negocio de unos empresarios de hostelería. No estoy prejuzgando si es acertado o no el cierre cautelar de los bares de La Madrila, y si ellos son los responsables directos de los ruidos. Esa es la anécdota. Quiero decir que al margen de lo que resuelva finalmente la justicia, más allá de la denuncia concreta de la Asociación Cacereños contra el Ruido, la batalla la ha ganado ya una sociedad sensibilizada contra las agresiones intolerables que supone la contaminación acústica fuera de control.
En el fondo, dilucidar si esos locales no reúnen condiciones técnicas para albergar  determinadas actividades o si a la ciudad no le es rentable la colosal devaluación urbanística que puede acarrear la saturación de establecimientos potencialmente molestos, es asunto secundario. Lo principal es que ante la agresión inmisericorde de ruidos que invaden y perturban la vida en tu propia casa, la sociedad dispone ya de los medios y de la sensibilidad necesarios para que salten las alarmas y proteger a los damnificados. Una sociedad que avanza acorde con los tiempos. Una sociedad que no acepta condiciones de vida propias de épocas superadas. En ese sentido, aunque siga la bulla, la batalla del ruido está ganada.

Nuestro 98 en 2012

España culminó el siglo XIX con una crisis de caballo que sirvió de catarsis a los escritores de la Generación del 98. La pérdida de las últimas colonias, Cuba, Filipinas y Puerto Rico, puso a la nación ante un espejo que no devolvió la imagen de Blancanieves, sino el feo rostro de la madrastra.
Esas penúltimas derrotas confirmaron que del imperio donde nunca se ponía el sol solo quedaban andrajos y una sensación generalizada de pesimismo. La reacción de los escritores del 98 es una búsqueda de las ‘esencias’ del alma española y de los valores, digamos que más intemporales, del solar patrio. Varios de ellos creyeron descubrir tales esencias en el espíritu y sencillez de Castilla, en aquellos paisajes humildes, abiertos, de una autenticidad que casa muy bien con los personajes de El Greco y los versos de Jorge Manrique, de unas esencias que percibían también en la mirada inquisitiva, dolorida y apasionada de Mariano José de Larra.
En fin, aquel ‘enrocamiento’ que incluyó una cierta aproximación a los valores de Europa (a pesar del confuso «que inventen ellos» de Unamuno) convivió con las ideas regeneracionistas de Costa y los krausistas y representaba en última instancia una rebelión contra el descomunal desmoronamiento de finales del siglo XIX.
De una manera o de otra, los intelectuales de la época tomaron posición ante la crisis, ante el fin de fiesta y reaccionaron para mitigar el atraso del país. En España llevamos unos años con el telón bajado y hasta la orquesta ha abandonado el recinto del baile, pero no diviso por el horizonte ningún intelectual que ofrezca sus propuestas para transitar por el desierto, para abandonar el laberinto.
¿Qué cantan los poetas andaluces de ahora? se preguntaba Alberti hace años, cuando le parecía atronador , o poco  ‘comprometido’, el silencio de sus colegas más jóvenes… ¿Qué dicen los intelectuales españoles de ahora? ¿O es que no hay intelectuales en el sentido que lo fueron muchos de los hombres de la Generación del 98 y otros de sus coetáneos? Hace un par de semanas el profesor Senabre, gran impulsor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura, subrayaba en una entrevista publicada en HOY esa carencia. Echaba de menos «figuras de referencia a las que volver la vista».
Como ahora, la crisis del 98 no se limitó a la pérdida de unas colonias y de sus correspondientes despensas… No fue tan solo una crisis económica, sino de un sistema, de una manera de entender el mundo que decía adiós definitivamente. Es verdad que en nuestros días se han democratizado los canales de información y de opinión, la sociedad, más abierta, más democrática y más plural, no reclama como hace un siglo la palabra de unos pocos doctos con prestigio. Creo que todo el debate se ha dejado en manos de los políticos, y tampoco es eso. Si la guerra es algo demasiado serio para dejarla en manos de los militares, como pensaba Clemenceau, me parece que la crisis es algo demasiado serio para dejarla en manos de los políticos. ¿Dónde están los intelectuales de 2012? ¿Hay alguien ahí?

Hoy.es

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