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De la corrupción y su naturaleza
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Juan Domingo Fernández | 27-04-2017 | 19:33| 0

No quisiera caer en el tópico pero tal vez la reflexión más oportuna ante el delirio de corrupción e irresponsabilidad políticas que sufre España la resume la conocida frase de Bertolt Brecht: «Qué tiempos serán los que vivimos que es necesario defender lo obvio».
Los árboles nos impiden ver el bosque. Todos critican, naturalmente, la corrupción, pero juzgándola con sentido sectario, cuando no interesado. Si reprochas ante alguien de derechas los excesos que está causando la corrupción, lo primero que hará no será reconocerlo sino contrargumentar y recordar que los de izquierdas hicieron o hacen lo mismo… El cainita discurso del «…y tú más». O en el mejor de los casos optar por la equidistancia, reduciendo la naturaleza del mal a un problema general. «Es que toda la vida los políticos han hecho y hacen lo mismo…», vendrá a decir.
Lo terrible es que la corrupción cuando deja de ser un problema anecdótico o circunstancial, cuando supera ese porcentaje digamos… ‘natural’ de manzanas podridas que entran en todos los cestos, se convierte en la gangrena incontenible que acaba devorando al propio sistema democrático.
Por eso resulta incomprensible que en los partidos o en las instituciones en que se descubren ‘manzanas podridas’ la primera respuesta consista en ocultar el hecho y si ‘te han pillao con el carrito del helao’ jugar al despiste o aventurar justificaciones vergonzantes. La ocultación es otra forma de complicidad.
La corrupción es la carcoma que destruye el andamiaje de la casa común. Y además de un problema con nefastas repercusiones económicas inmediatas –el agujero en las cuentas públicas asciende a miles de millones de euros– es una lacra moral de efectos devastadores a medio y largo plazo.
Cuando se trata de corrupción de cuello blanco, promovida por dirigentes de primerísimo nivel, la gravedad crece de forma exponencial. Serían precisos millones de corruptos para sumar, migaja a migaja, las cifras que se manejan en las grandes operaciones contra la podredumbre de las últimas décadas en España.
Por otra parte, vista la cuestión desde la perspectiva de una comunidad autónoma como Extremadura, me parece al menos tranquilizador el hecho de que los niveles de corrupción nunca alcanzarían, por la propia dimensión económica de la tierra, las cotas escandalosas de otras comunidades.
¿Alguien se imagina que dirían de nosotros, los extremeños, si alguno de los presidentes de esta región hubiera sido acusado de enriquecimiento ilícito y de la retahíla de presuntos delitos a los que se enfrentan el expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González; el expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol o el exministro Rodrigo Rato, entre otros?
Es cierto que nadie debe derribar la presunción de inocencia y que la última palabra la tiene la justicia. Pero tampoco conviene olvidar la propia naturaleza de los delitos (no es igual meter la mano que meter la pata) ni olvidar lo que decía Albert Camus: «Inocente es quien no necesita explicarse». Así de simple.

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La corrupción y otras conmemoraciones
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Juan Domingo Fernández | 20-04-2017 | 18:21| 0

Cada día tiene su afán y la ONU por su parte un surtido calendario para conmemorar causas justas. Algunas de esas jornadas son tan conocidas como el Día Mundial contra el Cáncer, el Día Internacional de la Mujer o el Día Mundial del Libro y de los derechos de autor, que se celebra precisamente el próximo domingo, 23 de abril. Otros días internacionales se nos antojan menos relevantes, aunque es probable que la cercanía o los vínculos con el tema de que se trate condicionará nuestra opinión.
Se establecen días tan de sobra justificados como el de los Refugiados o el de la Salud, pero la programación oficial incluye también algunos más singulares: el de la Diversión en el Trabajo, el del Beso, el de la Felicidad o el Día Internacional de los Asteroides, por ejemplo. Salvo este último, cuya necesidad específica me queda algo a trasmano, la conveniencia de los demás estoy dispuesto a defenderla de forma entusiasta, sobre todo los de la Diversión en el Trabajo y el Beso, cuya culminación habría que celebrar, supongo, el Día Internacional de la Felicidad.
No quiero pecar de tiquismiquis porque es obvio que la mayoría de las conmemoraciones se establecen para el ámbito sanitario, de la salud, la ciencia, el desarrollo económico y los avances sociales. Sin embargo, me desconciertan algunas propuestas de la ONU. El 11 de diciembre se fijó como Día Nacional del Tango (es de suponer que en Argentina), pero ¿por qué no su equivalente en México para las rancheras o los corridos; y en España para las bulerías, los fandangos y la jota aragonesa? ¿No da lugar a discriminaciones la reserva oficial de jornadas conmemorativas? ¿Vivimos ya bajo el imperio de lo políticamente correcto a toda costa?
Cuando repaso el calendario de días internacionales y mundiales no me atrevo a borrar ninguno, al contrario, subrayaría varios imprescindibles: el 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa; el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz; el 7 de abril, Día Mundial de la Salud; el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer…
Y bueno, me siguen sorprendiendo algunos recordatorios bien peculiares: el Día del Orgullo Zombie, el del Soltero, el del Pistacho o el Día del Orgullo Friki. ¿Significa que vivimos en una sociedad fértil en conquistas y plural en matices sociales? ¿La apoteosis del postureo? Desde luego la nómina de días raros alberga joyas de museo: Día del Bolígrafo, del Cannabis, de Star Wars, de los Calcetines desparejados…
Aunque pueda parecer que todas las causas cuentan con su correspondiente cumpleaños, echo de menos bastantes aniversarios. ¿Cuándo es por ejemplo el Día de la Corrupción, afán al que miles de personas se entregan frenéticamente en España desde hace años? ¿Cuándo el Día nacional de la Irresponsabilidad, de quienes dicen «yo no sé nada» o «a mí que no me pregunten»? ¿Cuándo el Día de la Ley del Embudo? Me parece que alguien tendría que ir avisando a la ONU.

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Verdad y hologramas
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Juan Domingo Fernández | 13-04-2017 | 19:19| 0

Ante la abundancia de ‘posverdades’ o directamente ‘mentiras’ que pululan en el ecosistema informativo resulta urgente separar los hechos de las opiniones, las voces de los ecos, la realidad de la tramoya. Imprescindible y forzoso.

‘Le Huffington Post’ da cuenta esta semana de cómo Jean-Luc Mélenchon, eurodiputado y candidato a las elecciones presidenciales del movimiento Francia insumisa se dispone a organizar grandes mítines con su imagen multiplicada sobre el escenario por medio de hologramas. Del acontecimiento se hace eco en twitter Nacho Sánchez Amor: «Los mítines con hologramas pasan de Turquía a Francia. Pronto no ya el orador, también el público en hologramas. Al tiempo», profetiza el diputado socialista en el Congreso.

Nadie duda que la política tiene una parte de teatro, de escenificación… no solo durante los periodos electorales sino en la práctica diaria. Pero el uso de forma habitual de hologramas (imágenes tridimensionales que se ‘materializan’ mediante holografías) es un salto cualitativo, la apoteosis del juego de espejos donde disputan su partida la verdad y las apariencias, la realidad y lo que ahora se denominan ‘hechos alternativos’.

Aunque quizás no haya lugar al asombro ni deba considerarse extraordinario el mitin con protagonista y público holográficos pues bien pensado ¿qué otra cosa son las redes sociales y la multiplicación virtual de mensajes, mantras y argumentarios? ¿Qué más holograma que los vídeos políticos de promoción o las intervenciones enlatadas en platós? ¿Acaso no es la propia realidad virtual en la que suceden esas ‘acciones’ una masiva y prodigiosa escenificación holográfica? El eco robotizado de un cartel.

Para millones de seguidores de la saga cinematográfica ‘Star Wars’ hay un ‘momento holograma’ inolvidable justo cuando la princesa Leia suplica: «Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza». Se trata de un instante dramático en la historia y del último recurso que la princesa tiene para comunicarse con el maestro jedi, a millones de kilómetros entonces de ella.

Sin embargo ahora, si se populariza el procedimiento holográfico, será ante todo por sentido utilitario y mediático, es decir, como recurso llamativo para contribuir a que los mítines refuercen su carácter de puro espectáculo, de placebo luminoso y superficial. De cumplirse la profecía de Sánchez Amor, quienes acudan a los mítines recibirán de los oradores peticiones holográficas similares a esta: «Ayúdame, votante mío, eres mi única esperanza». O cosas por el estilo.

Decía Machado que hay dos clases de hombres, los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas. Me parece que la llegada de los hologramas viene a complicar las cosas algo más. Si ya de por sí resulta arduo establecer cuándo un hombre realmente es virtuoso y no un simple impostor, con hologramas resplandeciendo sobre la tarima se me antoja peliagudo separar el trigo de la paja, la verdad de los hechos alternativos. En otro tiempo, además, a los malos actores se les podía tirar tomates en el teatro. ¿Pero qué le lanzas para acertar a un holograma?

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De Gibraltar a Torrente
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Juan Domingo Fernández | 06-04-2017 | 17:56| 0

Parafraseando al Borges que elogiaba a Quevedo cabe decir que Gibraltar es menos un género noticioso que una dilatada y compleja literatura. Un clásico de los contenciosos enquistados, el paradigma de nuestros nudos gordianos. Durante los primeros años del franquismo el grito «¡Gibraltar español!» resumía el santo y seña del espíritu patrio. El heredero natural del viejo «¡Santiago y cierra España». A veces –supongo que cuando convenía al régimen– asomaba cual serpiente de verano por el horizonte político con la disimulada intención de distraer al personal de otras reivindicaciones más acuciantes…
Es famosa la anécdota de los estudiantes falangistas que se manifestaban en los años cuarenta del pasado siglo ante la embajada británica en Madrid. Ante los amenazantes insultos y gritos reclamando la soberanía de Gibraltar para España, el embajador llamó a Ramón Serrano Suñer para protestar por la actitud de los manifestantes. Serrano preguntó al diplomático si quería que le mandase más policías para proteger la embajada. «No, quiero que me mande menos manifestantes», respondió el británico.
Los tiras y aflojas sobre Gibraltar ocupan miles de páginas de nuestra historia. La controversia se remonta al minuto uno, es decir, a 1713. A partir de entonces se han abordado prácticamente todas las estrategias posibles para acabar con el ‘nudo gordiano’: desde acciones artilleras, referendos, cierre de la verja, apertura de la verja, actitudes colaboradoras, protestas enérgicas, protestas morigeradas, acciones diplomáticas en la ONU, rifirrafes con los pescadores en la bahía de Algeciras…
Hasta anteayer y el inesperado ‘brexit’, recibido en España como una ocasión de oro para modificar el estatus del Peñón y reactivar la tesis de un periodo transitorio de soberanía compartida.
Si en una guerra la primera víctima siempre es la verdad, en este conflicto
–antes incluso de enfrentamiento alguno– la primera víctima es el sentido común. ¡Cuánto se ha disparatado en los últimos días!, sobre todo desde el Reino Unido. Más que asombro, las salidas de tono invitan a la sonrisa: con ese exministro y miembro de la Cámara de los Lores, Norman Tebbit, que propone apoyar la independencia de Cataluña para presionar a España; con el antiguo líder del Partido Conservador, Michael Howard, insinuando que Theresa May llegado el caso se comportaría igual que Margaret Thatcher cuando la guerra de las Malvinas…
Por no hablar de periódicos de un amarillismo rabioso como ‘The Sun’, en cuyas páginas se alude a los españoles como «follaburros» (¡!) y se sugieren entre otras medidas de presión ‘decir adiós’ a los 125.000 españoles que trabajan en Reino Unido, poner un impuesto al vino de Rioja o cerrar el espacio aéreo a los vuelos españoles… «La roca no se toca».
Yo creo que lo mejor que los diplomáticos de España pueden hacer ahora es regalar a los exaltados ‘british’ una copia de la película ‘ Torrente 2’, esa en la que el héroe creado por Santiago Segura dirige un misil al Peñón mientras exclama: «Ya que estamos, Gibraltar español o ‘pa’ nadie». Y que se mueran de risa.

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Donaciones millonarias
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Juan Domingo Fernández | 30-03-2017 | 18:29| 0

Dos de las noticias que han acaparado la atención durante las últimas horas tienen que ver con reparto de dinero. La primera se resume en este titular: «Rajoy intenta seducir a Cataluña con 4.200 millones en infraestructuras». La segunda tiene otro cariz: «Amancio Ortega dona 320 millones para renovar equipos oncológicos en España». Ya pueden imaginarse cuál de ellas arrasa en el balcón de las redes sociales.
Con el dinero donado por el empresario de Inditex podrán adquirirse 290 equipos de última generación destinados a hospitales públicos de todas las comunidades autónomas. Esa misma noticia subraya el hecho de que cada año se diagnostican en España más de 200.000 nuevos casos de cáncer, de los que al menos un 60 por ciento precisan tratamiento por radioterapia en algún momento de su evolución.
No es la primera vez que la Fundación Amancio Ortega colabora en programas de apoyo a la oncología española. Ya lo hizo con anterioridad en dos comunidades autónomas: su Galicia natal y Andalucía, a las que donó 17 y 40 millones de euros respectivamente para la compra de mamógrafos digitales, nuevos aceleradores lineales y nuevos equipos de radioterapia.
La decisión de donar –con el beneficio aparejado de la desgravación fiscal, claro es– suscita una variedad de opiniones sustentadas en dos pilares básicos, los que se muestran radicalmente en contra y argumentan cosas así: «No queremos caridad sino justicia social»; «solo sirve para lavar su conciencia y desgravar a Hacienda»; «dona porque paga sueldos de miseria a trabajadores de países subdesarrollados» o «dona una parte ínfima de su fortuna»… Y enfrente las opiniones, creo que mayoritarias, de quienes responden: «Ya podían aprender los políticos»; «necesitamos doscientos empresarios como Amancio Ortega»; «noticias así me hacen recuperar la fe en la humanidad» o «seguro que no faltará quien critique también que alguien done esa millonada para la lucha contra el cáncer».
La noticia de Amancio Ortega me trae a la memoria la entrevista que hice al filántropo e intelectual Diego Hidalgo Schnur en 2010, cuando arreciaba el vendaval de la crisis económica y financiera por medio mundo. Hidalgo, consciente de los efectos que provoca la globalización sostenía que los mercados, por naturaleza, «ni se autocorrigen, ni se autorregulan ni se autoequilibran». En resumen: los mercados jamás buscan una justificación ética propia, quizás porque el dinero, como es sabido, no tiene patria y los mercados financieros no tienen alma.
¿Cambiarán esos principios ‘solo’ por efecto del voluntarismo o de los reproches que desde las redes sociales se ‘escupan’ a los grandes empresarios o a las grandes corporaciones internacionales? Allá cada cual con su optimismo… Así que teniendo en cuenta la acendrada falta de ética de los mercados y el carácter apátrida del dinero, me parece que las preguntas claves no hay que plantearlas sobre la donación de Amancio Ortega, que es suya, sino sobre la donación millonaria que recibirá Cataluña, que es nuestra.

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De inmundicias públicas y otros males
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Juan Domingo Fernández | 23-03-2017 | 17:50| 2

Las redes sociales son pequeñas fuentes de las que a veces brota agua cristalina pero también descomunales alcantarillas que transportan todo tipo de inmundicias, una especie de doctor Jekyll y míster Hyde multiplicado y global. Cronológicamente las redes son un medio joven –tal vez en plena adolescencia– sometido a las transformaciones y crisis propias de la edad. En España existe una sensibilidad a flor de piel con cualquier aspecto relativo al terrorismo que me parece más que justificada después de sufrir durante décadas los brutales asesinatos de la ETA y el mayor atentado hasta la fecha del terrorismo islamista radical en Europa.
Por eso resultan incomprensibles y difíciles de disculpar ciertos tuits o mensajes pretendidamente humorísticos alusivos a víctimas de ETA como Irene Villa, Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco o hace pocos días tras la muerte de Bimba Bosé a causa de un cáncer de mama. Infamia sin humor.
¿A qué viene este largo preámbulo?, te preguntarás, mi buen Yorick. Pues a que ayer asistimos al penúltimo episodio de este sarampión de ‘excesos’ que solo deriva en malestar, ofensas gratuitas, gasto público y más trabajo para los jueces.
Me estoy refiriendo al caso de Cassandra Vera, la tuitera de Murcia que hizo chistes sobre Carrero Blanco y que fue juzgada ayer en la Audiencia Nacional, acusada de un delito de humillación a las víctimas del terrorismo por el que se le pedía dos años y medio de prisión, ocho años y seis meses de inhabilitación absoluta así como tres años de libertad vigilada. Durante el juicio el fiscal rebajó la petición de pena a un año de prisión, por lo que en caso de ser condenada no ingresará en la cárcel. Según ella, «un chiste no es enaltecimiento del terrorismo» y comentarios similares a los que ella hizo sobre el atentado a Carrero Blanco se vienen haciendo en España desde hace décadas.
En el otro extremo argumental: la posición de la Fiscalía General del Estado, que no consideró delito alguno las declaraciones del portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, cuando aludiendo a las víctimas del franquismo dijo que «esto de estar todos los días con los muertos para arriba y para abajo» es «el entretenimiento de algunos».
Cada procedimiento es único y la justicia no equivale a barajar fichas cuadriculadas. Pero con el horizonte europeo y mundial de casos de terrorismo de verdad graves, me parece un dispendio dedicar tiempo, dinero y esfuerzo a episodios menores como el de la tuitera murciana, que alimenta encima asimetrías poco estéticas respecto al rigor de los tribunales.
Soy el primer convencido de que las redes sociales tienen que limpiarse para que no se difundan impunemente excesos verbales como los sufridos por las víctimas de ETA o Bimba Bosé. Sin embargo, con la tarea pendiente en el ámbito de la corrupción política o la lucha contra el fraude fiscal, entretenerse en tal menudeo es depurar sólo un cubito del mar de basura que fluye por las redes. Lo prioritario es sanear el conjunto de la finca, no solo limpiar los establos.

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Roma, Trump y el vídeo viral de la BBC
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Juan Domingo Fernández | 16-03-2017 | 19:58| 0

Tom Holland, el británico autor del superventas ‘Rubicón’ subraya estos días en España –donde promociona su nuevo libro ‘Dinastía. Auge y caída de la casa de César’– algunos de los paralelismos históricos entre el Imperio Romano y la realidad actual. Al margen de las simetrías que permiten asociar a Trump con personajes como Nerón y Calígula, el historiador británico ha insistido ante los periodistas en una idea general: buena parte de la actividad política no era otra cosa que entretenimiento y espectáculo tanto en la antigüedad clásica como en nuestros días.
«Igual que Suetonio decía que Calígula estaba loco, ahora todos pensamos que Trump lo está. Pero no es así, en absoluto. Aunque sus declaraciones, sacadas de contexto, nos parezcan inauditas, en el fondo sus palabras son una ‘performance’, una actuación muy inteligente que le permite hablar con su votante», afirma Holland, para quien el paradigma de ese modelo lo encarna Berlusconi, «el más cesariano de los dirigentes europeos», sabedor de que «vivimos en la cultura del espectáculo» y que al pueblo hay que darle precisamente eso.
Mientras pienso en cuánta razón le asiste a Holland, presentador también en la BBC del programa ‘Making History’, la prestigiosa cadena británica salta al olimpo de las redes sociales al colgar en Youtube la entrevista que hizo en directo a un profesor universitario experto en política internacional en la que irrumpen dos niños pequeños que él intenta alejar de cámara hasta que al fin accede una mujer con rasgos orientales y se los lleva, semiocultándose, de la sala…
El vídeo se convirtió enseguida en viral y la página de la BBC News fue vista millones de veces. Como suele ocurrir con este tipo de contenidos, muchos de los comentarios anónimos disparataban dando por información (hechos), lo que tan solo eran hipótesis gratuitas o meras suposiciones racistas. Por ejemplo: que la mujer con rasgos orientales que rescata a los pequeños era la ‘niñera’ y que la habían despedido por su negligente actitud al cuidarlos e impedir que interrumpieran al profesor universitario durante la conexión en directo…
Ante semejantes desvaríos, la BBC decide acabar con las tergiversaciones y entrevistar al profesor con los niños (sus propios hijos) y con su esposa (a la que algunos habían convertido erróneamente en ‘niñera’). Hay que decir que el profesor Robert Kelly, de la Universidad Nacional de Pusan (Corea del Sur) explicaba en el momento de la primera entrevista su posición sobre la realidad política que vive aquel país.
La rueda gira. Al poco tiempo de hacerse viral circulaban por Internet otros ‘memes’ (réplicas humorísticas) que incorporaban como personajes del vídeo a Trump, Pablo Iglesias, Errejón, Echenique o Irene Montero. La política como espectáculo y ‘performance’. La rueda girando. La vida misma.

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De espías y espiados
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Juan Domingo Fernández | 09-03-2017 | 20:20| 0

Las noticias diarias sobre ciberespionaje y pirateo masivo de teléfonos, ordenadores e incluso el del televisor de la sala de estar me resultan inquietantes no por la vertiente tecnológica sino por el lado moral.
La famosa humorada de Woody Allen: «En el examen final de metafísica hice trampa y copié. Miré dentro del alma del chico que estaba sentado a mi lado», ha dejado de ser un chiste de ciencia ficción para convertirse en una hipótesis más que verosímil en manos de quienes se dedican a la ‘minería de datos’ y conocen mejor que usted cuáles son sus gustos más íntimos, sus hábitos culinarios, musicales, artísticos o higiénicos. Cualquiera de ellos si se lo propone puede escudriñar los itinerarios que recorre a diario, el contenido de sus mensajes, la intensidad y el carácter de sus pasiones; los destinatarios favoritos de sus fotos, de sus vídeos y de sus bromas más íntimas. Lo que consume en electricidad, en gas, en agua; las ocasiones en que ha acudido al cine, al gimnasio, al restaurante…
Antes, en materia de espionaje, las cosas eran mucho más sencillas: el mundo se dividía entre ‘buenos’ y ‘malos’, en bloques separados por aquel telón de acero en uno de cuyos lados habitaba la libertad (con todas sus limitaciones) y en el otro la dictadura (con todas sus servidumbres). El paradigma de aquel mundo quizás fuese la novela ‘El espía que surgió del frío’, de John le Carré. Un territorio con reglas que no se sobrepasaban y donde el trasfondo era esencialmente moral, no solo ideológico o político. Al margen de los instrumentos, de las herramientas, de la técnica, a los luchadores de aquellas batallas les animaba un espíritu ético –el que fuera– no el simple afán comercial, el desvelo venal del puro negocio.
Digamos que frente a los modelos antiguos de espionaje, con el barniz romántico y hasta ‘heroico’ de sus agentes, ahora estamos sometidos a la explotación masiva e industrial de los datos y las comunicaciones personales. El buen Yorick se dirá para sí ¿y bueno, a mí que me importa, si no tengo nada que ocultar? Esa es tal vez la primera trampa en que caemos. Porque sí que importa: ‘regalando’ todos esos datos contribuimos a que nos induzcan –sin ser conscientes de ello– pautas de consumo y modelos de comportamiento en los ámbitos relevantes de la existencia: la economía, la cultura, la política, la religión, la ciencia, el deporte, el urbanismo… Digamos que así acabamos sirviendo todos de modelo, de materia y finalmente de consumidores en el círculo perfecto surgido y multiplicado exponencialmente por las nuevas tecnologías. La voracidad a la que nadie puede sustraerse.
Cuando el mundo estaba dividido en bloques y no existían los populismos, los espías sabían para quiénes trabajaban. Las nuevas tecnologías nos abocan sin embargo a otra perversión paradójica de la modernidad: todos somos espiados y, aun sin quererlo, todos somos espías. Encima, la complejidad técnica y el carácter pasivo del ciberespionaje nos impide saber si estamos en el bando de los ‘buenos’ o de los ‘malos’. Solo números para consumo.

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El revés de la trama
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Juan Domingo Fernández | 02-03-2017 | 19:09| 0

La última novela de Tomás Martín Tamayo, ‘El secreto del agua’, narra varias historias que arrancan en la Extremadura de posguerra y en el pueblecito Pajar de los Encinares, inundado por una presa que los terratenientes impusieron en el lugar que beneficiaba a sus intereses por encima de las protestas y la voluntad de los vecinos.
Centrada en la figura de un maestro de escuela que capitanea la oposición y que muere en extrañas circunstancias, ‘El secreto del agua’ recrea la vida de aquella Extremadura rural dominada por ribetes de pobreza y la densa sombra del autoritarismo y la posguerra.
Treinta años después, el hijo de aquel maestro –convertido en presidente de una de las grandes multinacionales del mundo del petróleo– decide aclarar la trágica desaparición de su padre y ajustar cuentas con el pasado…
No voy a desvelar la historia (eso que ahora se denomina con el anglicismo hacer ‘spoiler’), entre otras cosas porque más allá del entramado argumental en la novela de Martín Tamayo me parece que destaca el valor de una prosa eficaz y la mirada de quien pergeña personajes (especialmente cuando se trata de tipos populares) tal vez muy característicos de aquella Extremadura rural.
Aunque la historia avanza en varios planos narrativos y múltiples escenarios, confieso que para mí la aportación más sobresaliente y una de las claves argumentales es la descripción pormenorizada de cómo puede manipularse la opinión pública y cuáles son algunos de los mecanismos consustanciales a la corrupción. A la corrupción como estrategia, como procedimiento, en cualquier nivel. La mirada novelística de Tomás Martín Tamayo en esta materia no resulta cínica, si acaso descreída y seguramente propia de quien ha conocido las amarguras del desengaño en la política y en la condición humana.
En determinado momento un personaje, experto internacional en comunicación y asesor del protagonista, explica que la publicidad y la propaganda se basan muchas veces en la compasión, en la indignación, en el miedo…
Alguien le contesta:
–«La política tiene poco que ver con todo esto…».
Y él responde:
–«Es igual. La política, la presa, Miterrand, la Coca-Cola o una compañía aérea, son productos que hay que vender y para nosotros las diferencias son meras sutilezas. Igual que se convence a la gente de que no es buena la sacarina, se la puede convencer de que no es buena la presa. El mercado compra lo que está en el mercado, y si en el mercado vendemos indignación, la gente compra indignación. Lo haremos escalonadamente, de menos a más y administrando los tiempos. Es un plan que no ha fallado en ningún sitio. El miedo se vende muy bien».
Quevedesco a ratos, Tomás Martín Tamayo maneja en ‘El secreto del agua’ la pincelada elocuente, enérgica, realista… Extremadura es aquí el escenario originario, pero el plano narrativo de fondo es universal y además está diseñado por alguien que conoce bien la condición humana y el revés de la trama donde el hombre –desde la noche de los tiempos– aviva sus pasiones.

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Arte e historia
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Juan Domingo Fernández | 23-02-2017 | 13:22| 0

Una de las ventajas de vivir en una ciudad Patrimonio de la Humanidad como Cáceres es la posibilidad de gozar diariamente de un conjunto histórico artístico en el que destacan valiosos monumentos de época medieval y renacentista. Pero en Cáceres también convive la modernidad con el pasado. Quizás el ejemplo paradigmático de esa convivencia lo represente la Fundación Mercedes Calles, en cuya sede del Palacio de los Becerra (siglo XV) puede visitarse hasta el próximo mes de abril la exposición ‘Miradas de un coleccionista’, que reúne casi 50 obras del medio millar que atesora la colección Himalaya de Julián Castilla.
Desde que abrió sus puertas hace diez años, por la casa palacio de los Becerra ha pasado ya más de millón y medio de visitantes, según Luis Acha, director de la Fundación Mercedes Calles. Visitantes y turistas que aparte de admirar el patrimonio permanente que se exhibe, han disfrutado de exposiciones artísticas temporales de primerísimo nivel con obras de Sorolla, Zuloaga, Goya, Rembrandt, Andy Warhol, Narbón, o aquella muestra singularísima de cuadros escogidos de pintores rusos que habían sido rechazados por el régimen comunista.
Las casi cincuenta obras que reúne ‘Miradas de un coleccionista. Colección Himalaya’ son una buena oportunidad para acercarse, como señala en el catálogo la comisaria de la muestra, Marisa Oropesa, a varias de las corrientes que perfilan las tendencias artísticas desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Tendencias que arrancan con la abstracción surgida tras la II Guerra Mundial, el informalismo, el arte Pop o Nueva Figuración –como se denominó en España–, las creaciones contraculturales de ‘la movida’ hasta «esos jóvenes polifacéticos que se universalizan», como señala Marisa Oropesa cuando cita las obras de tres artistas: Miquel Barceló, Jaume Plensa o el desaparecido Juan Muñoz.
Reflexionando acerca de la colección de Julián Castilla, recuerda el crítico y profesor Fernando Castro Flórez que Sacha Guitry habla de dos clases de coleccionistas: «los que esconden sus tesoros y los que los enseñan, los coleccionistas de alacena y los de vitrina». Por suerte para Cáceres, la Fundación Mercedes Calles lleva ofreciendo su espacio expositor a coleccionistas de arte (en su mayoría privados) favorables generosamente a mostrar sus tesoros.
En cualquier caso, creo que lo más atractivo de la colección Himalaya es lo que tiene de antología de toda una época. Por eso me parece que no es preciso sentir una desmesurada afición por el arte moderno o contemporáneo para disfrutar con la visita. La simple relación de nombres es apabullante: Ràfols Casamada, Juan Genovés, Eugenio Granell, Xavier Valls, Amalia Avia, Carmen Laffón, Hernández Pijuan, Plensa, Luis Gordillo, Canogar, J. Ugalde, Manolo Valdés, Alcaín, Úrculo, Alfonso Albacete, Quejido, Dis Berlin, Soledad Sevilla, Pérez Villalta, José M. Sicilia, Cristina Iglesias, Juan Muñoz, Uslé, Pelayo Ortega, Navarro Baldeweg, Ceesepe, Miquel Barceló, Ouka Leele, Ángel Mateo Charris, Martín Begué, Paco Pomet, José Ramón Amondaráin o Bosco Sodi, entre otros. Una lección de arte y de historia.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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