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Los libros y la biblioteca ideal
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Juan Domingo Fernández | 14-12-2017 | 19:12| 0

LAS luces navideñas son para mí la señal anunciadora de que han llegado los libros al Paseo de Cánovas. Del variado mercadillo que se forma en estas fechas, los puestos de libros –nuevos y viejos– constituyen la mayor atracción, el principal imán de mi interés. Busco y me entretengo repasando las colecciones de títulos de aventuras, las cajas con volúmenes sueltos descatalogados, las viejas series de obras clásicas en ediciones populares… Me gusta el olor de esos libros de papel algo ajado y amarillento que el librero despliega ante nuestros ojos como si fueran cautivos del enésimo embalaje a la espera de su oportunidad. Hay libros en los que percibo la misma dignidad que la de un sabio sometido al silencio y que anhela lectores a quienes desvelar la elocuencia del tesoro, el universo fantástico y deslumbrante de sus páginas.
«Quizás no hay días de nuestra niñez vividos más plenamente que aquellos que creemos que dejamos pasar sin vivirlos del todo: esos días que dedicamos a la lectura de nuestros libros preferidos», escribió Marcel Proust. Una buena manera de blindarme contra el riesgo de tal incertidumbre son las visitas a los puestos de libros callejeros. De esta forma no solo me reconcilio con viejos amigos que leí en la infancia y en la juventud, sino que además trato de buscar aquel ejemplar que presté y nunca volvió, o aquel otro que sucumbió a los sucesivos traslados o sencillamente fue pasto del olvido.
Recorrer las baldas de estos puestos de libros tiene algo de liberador y de terapéutico. Me desahogo conmigo mismo y atenúo mi desapego sobrevenido al toparme por ejemplo con aquel libro que pensé que nunca olvidaría y ahora reencuentro sin evocar muchos detalles de su historia. La misma sensación que te embarga cuando vuelves a vivir un pasaje del ayer y ahora compruebas que apenas se perfila como una estampa sepia y devastada por el tiempo.
Los libros nos permiten vivir infinidad de vidas. Y pueden obsequiarnos con vidas más vivas que la vida misma. «Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos», decía Graham Greene, un escritor que transitó con sus obras por algunos de los laberintos morales de la condición humana, y del que se puede asegurar que sabía bien de lo que hablaba.
Así que para mí la feria del libro también es la Navidad. Todo el año. Confieso no obstante que el cúmulo de libros sin leer me provoca ‘estados carenciales’ que procuro sobrellevar de la mejor manera posible. Necesitaría una vida ‘borgeana’ para leer los volúmenes de la mínima biblioteca ideal.
Dado que es más determinante releer que leer y teniendo en cuenta que el hombre puede leer con provecho –Borges dixit– unos dos centenares de libros más o menos en esta vida, la clave está en seleccionarlos bien para acertar. ¿Alguien lo garantiza? Por supuesto que no. Descreo de los ‘cánones’ y de las listas universales. La tarea es que cada lector elabore su propia relación de obras imprescindibles y habite esa biblioteca ideal. Una vida da para mucho.

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De la creatividad
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Juan Domingo Fernández | 07-12-2017 | 18:22| 0

El diario El Correo publicaba hace poco un documentado reportaje y dos entrevistas de Luisa Idoate acerca de esta cuestión: «¿Tiene edad la creatividad?». Dos subtítulos adelantaban algunas posibles respuestas: «Miguel Ángel esculpió ‘La Piedad’ con 24 años y Picasso pintó un autorretrato de mirada feroz con 91. Juventud y vejez son territorios fértiles para los genios volcados en el trabajo». «A cada talento, su momento. Algunos artistas firman su obra cumbre en la juventud, otros en la madurez y los elegidos, durante toda su vida».
A esos ejemplos cabe añadir otros muchos: cuando el veinteañero Leonardo da Vinci pinta ‘La Anunciación’ ya era famoso y más aún cuando inicia, con 55 años de edad, su obra más conocida, ‘La Gioconda, que seguiría retocando hasta los 67 años. El adolescente Pablo Ruiz Picasso (Málaga, 1881-Mougins, 1973) vio cómo su cuadro ‘Ciencia y Caridad’ era premiado en un concurso nacional cuando solo tenía 16 años. Pero poco antes de morir seguía creando y ya había revolucionado casi un siglo del universo plástico. Salvador Dalí (Figueras, 1904-1989) pinta sus mejores obras a los 25 y 26 años (’El gran masturbador’ y ‘La persistencia de la memoria’), pero tras su rentable paso por Estados Unidos y su regreso a España demuestra que le quedan talento y fuerzas para asombrar con cuadros como ‘Madonna de Port Lligat’ (1950), ‘Crucifixión’ (1954) y ‘La última cena’ (1955).
Qué decir de Mozart, al que le bastaron 35 años de vida para dejar un patrimonio genial; o de Verdi, que compuso su última ópera con 80 años. Luisa Idoate recuerda también la trayectoria de grandes arquitectos. Entre ellos Walter Gropius, fundador de la Escuela Bauhaus, quien brilló a los 28 años con el revolucionario diseño de la fábrica Fagus y décadas después, tras enseñar en Harvard, aún firma proyectos como la sede de la Pan Am en Nueva York (1963), con 80 años, cuatro antes de su muerte. Genios de la arquitectura como Mies van der Rohe, que concibe su obra maestra con 43 años (el Pabellón de Alemania de la Expo Universal de 1929 en Barcelona) y alguno de los más famosos rascacielos de vidrio y metal cuando había cumplido los 82. O el caso de Le Corbusier, que construye su primera casa con 17 años y 18 años después proyecta –aunque nunca se construye– su ciudad ideal. Y el ejemplo de Frank Lloyd Right, con su Casa Kaufmann o Casa de la Cascada, ya sexagenario, y casi una década después el Museo Guggenheim de Nueva York cuando rebasa los 74 años…
En literatura la lista sería interminable. Cervantes finaliza la segunda parte del Quijote con 69 años, el mismo de su muerte; Faulkner, triunfa a los 32 con ‘El ruido y la furia’; Rimbaud, deja de escribir a los 19 años tras ‘Una temporada en el infierno’ e ‘Iluminaciones’…
La clave quizás haya que buscarla en la frase atribuida a Picasso: «Cuando llegue la inspiración que me encuentre trabajando». El éxito suele ser una larga constancia. Y nadie es genial en todos los ámbitos de la vida. El psiquiatra Juan José Martínez Jambrina se lo dice a Luisa Idoate con otras palabras: «El genio se hace, la creatividad se aprende. El talento se desarrolla y fomenta». Para mí hay una frase muy sabia de Henry Ford acerca de la creatividad y la innovación: «Si le hubiera preguntado a la gente qué querían, me habrían dicho que un caballo más rápido».

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De la literatura como refugio y consuelo
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Juan Domingo Fernández | 30-11-2017 | 19:15| 0

ES un consuelo que la actualidad reserve huecos, pequeños refugios donde guarecerse del cansino asunto del separatismo catalán y sus matracas colaterales. En los últimos días ese consuelo –al menos en mi caso– llega en forma de libros, varios de ellos relacionados con autores de la Generación del 27, que están resultando ser más trascendentes y memorables que muchos personajes políticos de aquella época de la que no quedan, como se dice popularmente, ni los rabos…
Uno de esos libros ‘Gerardo Diego-Juan Larrea. Epistolario, 1916-1980’, edición de Juan Manuel Díaz de Guereñu y José Luis Bernal, se presentó el pasado martes en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, que lo publica dentro de su proyecto Epístola y en coedición con la Fundación Gerardo Diego.
El volumen, de 1050 páginas, reúne más de 414 cartas que se cruzaron Diego y Larrea entre 1916 y 1980, aunque la mayoría son anteriores a junio de 1937 cuando la guerra civil interrumpe la correspondencia. Según señalan los editores, el periodo más intenso del epistolario documenta la estrecha amistad entre ambos poetas –que se remonta a sus años en Bilbao como alumnos de la Universidad de Deusto– y «desgrana el vivo diálogo poético y personal que mantienen entre ellos durante su etapa de formación y primera madurez», con numerosos datos inéditos sobre el proceso creativo de sus obras y de versiones tempranas de poemas que luego vieron la luz.
Es una garantía que junto a Juan Manuel Díaz de Guereñu, catedrático de Comunicación en la Universidad de Deusto y autor de monografías sobre Diego y Larrea, se haya encargado de la edición José Luis Bernal Salgado (Cáceres, 1959), poeta, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, decano de su Facultad de Filosofía y Letras, autor de varias ediciones y estudios de la obra del santanderino, entre ellos ‘La biografía ultraísta de Gerardo Diego’ y ‘Manual de espumas. La plenitud creacionista de Gerardo Diego’, con el que obtuvo precisamente la séptima edición del Premio Internacional Gerardo Diego de investigación poética.
Mil páginas de un epistolario con el fondo de esa España que seguía desperezándose del siglo XIX y por la que desfilan decenas de nombres que van de Rubén Darío a Juan Ramón, de Antonio Machado a Ortega y Gasset, de César Vallejo a Neruda, más los de Bergamín, Salinas, Huidobro, Guillén, Dámaso Alonso, Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda, Alberti… El universo de la ‘Edad de Plata’, como la bautizó José-Carlos Mainer.
Un libro enriquecido con poemas en el que los autores del epistolario no solo desvelan la complicidad de sus guiños creativos sino el deslumbrante escenario intelectual y artístico por el que transitan las figuras clave de ese paréntesis español.
La colección Epístola, de la Fundación Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes, ha publicado ya entre otros los epistolarios de Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y el cruzado entre Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Buena ruta.

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De la fatal intolerancia
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Juan Domingo Fernández | 24-11-2017 | 10:55| 0

Lo peor del intolerante emboscado es la aspiración a que comulgues con ruedas de molino y le agradezcas encima la generosidad del gesto. Como en el mundo de los toros, los intolerantes más peligrosos son los mansos, no los bravos; es decir, aquellos que se camuflan tras la sonrisa meliflua mientras ‘de facto’, infringen la legalidad y violentan la convivencia. Un ejemplo prototípico de intolerante emboscado es el diputado Rufián, que simula escandalizarse al tiempo que agita unas esposas desde el escaño o finge asombros ante divertidas columnas de opinión como ‘La vía mística de Fray Junqueras’, de Rubén Amón en ‘El País’.
El intolerante emboscado opera en estos casos igual que aquel energúmeno que acompasaba los bofetones al adversario con la frase: «¡Que no te estoy pegando…! ¡Que no te estoy pegando…!», intentando desmentir con palabras lo que proclamaban sus manos. Vamos, el no afirmativo…
Para el intolerante emboscado las respuestas nunca son contestaciones, son agresiones; el hecho de que el vecino se defienda siempre lo considerará un ataque y la exposición de argumentos en su contra (aunque se formulen de la manera más educada e inteligente posible) lo juzgará como un mero desprecio a lo que ha decidido que son ‘sus’ derechos o ‘su’ santa voluntad.
Hipocresía y contumacia. El intolerante emboscado retorcerá el argumento y la historia hasta que el espejito mágico se olvide de Blancanieves y confiese que la más guapa del reino (o de la república) es la reina bruja de su coalición…
El intolerante emboscado suele ser de piel delicada, lleva mal que se le lleve la contraria y sobre todo lleva mal que le den de su misma medicina. Dice Pope que «Nuestros prejuicios son igualitos a nuestros relojes: nunca están de acuerdo, pero cada uno cree en el suyo». Para el intolerante fatal no hay sin embargo más relojes ni más huso horario que los de su aldea. Los otros siempre son «los otros». La oposición, por ejemplo. Y más si están en minoría.
Frente a los intolerantes emboscados no cabe la equidistancia ni la indiferencia, a riesgo de incurrir en complicidad. Cuando un dirigente político se considera ‘con derecho’ e investido no se sabe con qué mandato de los dioses para subvertir la legalidad y dinamitar una convivencia de siglos, más que un representante público es una amenaza pública para la democracia. Para una democracia del siglo XXI, no para una ‘república emocional’ en la era de la posverdad. Al igual que otros muchos separatistas crecidos al calor del ‘procés’, Rufián es más un síntoma que un problema. Por eso encaja tan mal que haya quien desvele la tramoya del insostenible ‘procés’ y proclame, como el niño del cuento, que el emperador está desnudo…
Por desgracia, los primeros damnificados no son los dirigentes políticos sino muchos ciudadanos de Cataluña legítimamente esperanzados en un proyecto de sociedad democrática y con futuro que se disipa por el capricho insensato de quien solo mira su ombligo. Ante este vértigo se entienden mejor que nunca las palabras del siempre sabio Joseph Joubert: «Es mejor que haya muchas personas engañadas a que haya muchos granujas».

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De Gabo a Canetti con escala en Cáceres
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Juan Domingo Fernández | 16-11-2017 | 19:28| 0

EN agosto de 1967, apenas mes y medio después de publicarse ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez confesaba en una entrevista periodística con el crítico literario Luis Harrs que la muerte de su abuelo materno, cuando el niño tenía 8 años, marcó una división definitiva en su existencia. «Después todo me resultó bastante plano», dice. Crecer, estudiar, viajar, «nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante».
Ese reconocimiento al territorio primigenio de la infancia se ha citado muchas veces como factor fundamental en la génesis creativa del novelista colombiano. Pero no es, claro está, exclusivo suyo; al revés: García Márquez no es la excepción sino la regla. Nada más universal que lo local y nada más universal tampoco que esos primeros años en Aracataca para el autor de ‘El coronel no tiene quien le escriba’, un tiempo que alimentó la biblioteca fabulosa de sus historias y el fervor imperecedero por el abuelo con el que pasó toda la niñez.
En la ‘Lengua absuelta’, el también premio Nobel de Literatura Elías Canetti escribe: «Todo lo que escribí después ya había ocurrido alguna vez en Rustschuck». ¿Y qué es Rustschuck? Pues la ciudad búlgara donde Canetti vive su infancia y primera juventud, que pervive siempre en su recuerdo como el paraíso de los descubrimientos esenciales y del color. Con una particularidad en este caso: solo al principio de ‘La lengua absuelta’ Canetti se refiere a Rustschuck como una ciudad «porque todo lo que cuenta después transcurre en una calle, en la casa familiar y el patio de la misma: un ámbito diminuto, que metonímicamente había convertido ‘la maravillosa ciudad’ en una aldea», escribe Tomás Salvador González (’50 escritores’, Papeles Mínimos, 2015), quien apunta una hipótesis para esa digamos concentración en lo local: «seguramente era más potente en su significación si el escenario donde todo ya ha ocurrido alguna vez era un pueblo y no una gran ciudad». Menos es más.
Respecto al mapa de los paraísos primigenios, en García Márquez no hay lugar a dudas: se llama Aracataca. Y a quien le apetezca aproximarse a ‘lo real maravilloso’ del fundador de Macondo tiene una oportunidad espléndida visitando en el Instituto de Lenguas Modernas en Cáceres la exposición «El mundo de Gabo en el cincuentenario de ‘Cien años de soledad’», organizada por la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste con material proveniente del Museo del Escritor en Madrid. La muestra permanecerá abierta hasta el 7 de diciembre.
De Gabriel García Márquez puede decirse lo que escribe Angélica Tanarro acerca de Flannery O’Connor: «Vio lo que otros miraban sin ver (¿qué otra cosa es la buena literatura?)». En la muestra ahora en Cáceres pueden vislumbrarse algunos de esos itinerarios invisibles que conducen desde el paraíso de la infancia al ‘realismo mágico’ de una obra magistral. Imperecedera.

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¿Cuándo regresarán a la realidad?
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Juan Domingo Fernández | 11-11-2017 | 21:39| 0

LOS hechos son tozudos y las opiniones no le andan a la zaga. El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), elaborado tras el referéndum ilegal del 1 de octubre, revela que la crisis por la independencia de Cataluña se ha convertido en el segundo mayor problema para los españoles. La escalada ha sido meteórica: en el sondeo de julio el asunto inquietaba a un 2,6% de los encuestados mientras que ahora, tras la singular proclamación de independencia escenificada por Puigdemont, la preocupación se extiende al 29% de los españoles. La inquietud por el ‘procés’ alcanza tal nivel que desplaza a la corrupción al tercer puesto, con el 28,3 por ciento de menciones en el sondeo, a pesar de tratarse como es sabido de un mal endémico durante décadas en España. Otro ‘triunfo’ que se apuntarán –supongo– quienes desde posiciones separatistas consideran que cuanto peor para el conjunto de España, mejor para una Cataluña independiente…
Puede resultar paradójico pero en mi opinión es un consuelo que tras la escandalera del ‘procés’ y del separatismo delirante, el sondeo del CIS constate la ‘sensatez’ de los españoles juzgando lo que es importante de verdad. ¿Por qué lo digo? Por los datos del paro. Y por el hecho de que lo siguen considerando el problema más grave de España el 66,2% de los encuestados: el verdadero desafío y conflicto contra el que se debe luchar; no señuelos o problemas creados caprichosa y gratuitamente por unos dirigentes políticos concretos de una comunidad concreta y en un tiempo concreto. Un problema generado igual que esos virus artificiales que se diseñan en laboratorio para la guerra química.
También hay que felicitarse por el buen juicio que demuestran los españoles al situar en cuarto lugar del ranking de problemas: los partidos y la política en general (mencionados por el 27,5%) y por encima de los problemas económicos (que señalan un 21,9%).
Es probable que a la vista de los resultados del CIS Puigdemont y quienes le secundan alimenten la esperanza de estar ganándole la partida a la España constitucionalista. Si es así creo que son víctimas de otro espejismo. O sea, justo todo lo contrario. Elevar a segundo problema los conflictos del independentismo sirve para probar precisamente la oposición generalizada –por no decir unánime– que suscita en España, en Europa y en el resto del mundo civilizado los fuegos fatuos de la ‘reliquia’ separatista.
«El que tiene mala memoria se ahorra muchos remordimientos», dice John Osborne. Ese puede ser quizás uno de los consuelos que deberán aplicarse los «huidos hacia adelante» del desventurado ‘golpe de Estado’ separatista. Y cuando los hechos, siempre tozudos, les devuelvan a la realidad y las versiones de la historia sean homologables con realidades no manipuladas, sin mentiras y sin anteojeras, quizás alguno –Puigdemont seguro que no– recuerde que el éxito (igual que el fracaso) suele ser un impostor.

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Empecinado
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Juan Domingo Fernández | 02-11-2017 | 18:54| 0

AUNQUE al huido Puigdemont le moleste, la prueba irrefutable de su ‘españolismo’ está en la inclinación firme al «sostenella y no enmendalla» que suele atribuirse al empecinamiento patrio. Con el agravante en su caso de ser un lastre que aplica con carácter retroactivo, es decir, su obstinación a la hora de negar la realidad, de cuestionarla, se extiende al pasado, al presente y me temo que al futuro.
El empecinamiento de Puigdemont se funda en la ‘irrealidad’ de una Cataluña que únicamente ha existido en la geografía e historia fantástica de los deseos. De los «sentimientos», como se denomina ahora piadosamente a esa coartada contra la razón. La topografía por la que deambula Puigdemont está emparentada con la leyenda, con la mera ficción, no con la realidad. A quien le interese saber cómo nacen las ‘mitologías nacionalistas’, le bastará para entenderlo con mirar alrededor de nuestro día a día en Cataluña y reflexionar acerca del trajín de mentiras, engaños, ‘astucias’ y versiones de los hechos (y de las opiniones y de los sentimientos y hasta de las emociones) que se cuentan de lo que ha venido ocurriendo por esa tierra. Pensar en la verdad, la realidad y la simple mentira.
Cuando pasado el tiempo pueda describirse con calma y perspectiva la secuencia de los acontecimientos nos parecerá que en estos años hemos asistido a una soberbia comedia de enredo, a una descomunal ‘farsa’ colectiva en la que se implicó a buena parte de la sociedad catalana más crédula y leal con la élite dirigente empecinada en acabar –«sostenella y no enmendalla»– con un magnífico modelo de convivencia y progreso. Supongo que esa mirada retrospectiva y desapasionada, o sea, con vocación de objetividad, nos servirá también para descubrir la dimensión del teatro, el revés de la trama. Aunque supongo que nada de ello ocurrirá mientras no se extingan los incendios que prendieron al calor de las soflamas antidemocráticas, excluyentes y cebadas con la hipocresía de la falsedad. Hasta que la realidad no baje el telón del esperpento y acabe el espectáculo.
«La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?», se pregunta Gandhi con la lógica lúcida de quien distingue lo banal de lo relevante; lo auténtico de lo impostado. Parafraseándole yo preguntaría a Puigdemont por qué en vez de mirar por su solo interés no piensa, con perspectiva histórica, en los intereses colectivos de la sociedad a la que dice representar? Ya sé que es, claro, una pregunta retórica.
No hay peor obstinado que el que se empeña en seguir la linde cuando esta ha llegado a su fin. O el que quiere seguir echando cartas sobre el tapete cuando alguien ha cantado las cuarenta y las diez de monte. La historia de Puigdemont no lleva camino de terminar bien. Es tan ominosa que probablemente requiera tratamiento externo. A lo grave de su error hay que añadir la voluntariedad. No es un dirigente que se equivoca por azar o de forma imprevista, lo hace de manera alevosa y premeditada. Por eso no le saldrá gratis la jugada y por eso va a necesitar de colaboradores directos para que le ‘rescaten’ del «sostenella y no enmendalla» en que está empecinado.

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Dersu y los parceleros
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Juan Domingo Fernández | 26-10-2017 | 18:18| 0

DICE Diego Algaba Mansilla en su reciente artículo ‘Parceleros’ que se acordó de esos personajes tan característicos de la Extremadura rural «después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora», en Badajoz. La magnífica evocación que hace Diego Algaba de aquellos hombres –algunos de los cuales han terminado yéndose a vivir con sus hijos o nietos a la ciudad, entre las cuatro paredes de un piso «al que hay que subir en ascensor»– a mí me recordó al instante la peripecia de un personaje legendario: el viejo cazador ‘Dersu Uzala’, obra maestra de Akira Kurosawa.
Esa película, que retrata la vida en libertad de un cazador en plena naturaleza (la tundra y los bosques siberianos) es también la conmovedora historia de una amistad entre el capitán Vladimir Arseniev, explorador del ejército ruso y el viejo cazador Dersu Uzala. No voy a desvelar cómo acaba la película, sólo me detendré en algunos pasajes de la historia. Tras las expediciones, Arseniev decide llevarse a vivir a su casa en la ciudad al viejo Dersu, al que le empieza a fallar la vista.
La vida en el hogar transcurre dulce y confortable para el capitán, para su mujer y para su hijo. Pero el viejo Dersu Uzala se asfixia entre aquellas cuatro paredes y se pasa el día sentado en el suelo, embelesado ante las llamas de la chimenea. Dersu es la metáfora de un pájaro enjaulado, de un ser libre abatido.
Su mundo y sus valores no son los de la ciudad. Tan es así que un buen día el capitán tiene que acudir a rescatarle porque al bueno de Dersu, viendo que se necesitaba leña en casa, no se le ocurrió otra idea que salir al parque y ponerse a cortar un árbol… que él consideraba de todos, no de nadie en concreto, igual que los del bosque o la taiga. Otro día se enfada con el hombre que suministra agua a las viviendas transportándolas en una cuba. Le afea que cobre dinero por algo que está en la naturaleza y no pertenece a nadie sino a todos. «¿Por qué dar dinero por agua? Mucha agua hay en río», le pregunta a la mujer del capitán, mientras el aguador le mira como si no estuviera en sus cabales y le dice: «No entiendes nada», a lo que Dersu resume enfadado: «¡Tú eres una mala persona!». Y para su escala de valores, que son los de un hombre que ha vivido en libertad, pegado a la naturaleza, claro que lo es. Dersu Uzala posee la ‘sabiduría instintiva’ de quien ha aprendido a vivir en armonía con la naturaleza: caza únicamente lo que necesita; comparte; piensa en otros cazadores que podrán necesitar también la cabaña del bosque; le acechan miedos e inseguridades; desconoce por ejemplo su edad exacta y otros muchos detalles mundanos pero sentencia en su sencillez: «Aprendo todo cuanto necesito saber y tengo todo cuanto necesito tener».
Además de la ‘sabiduría instintiva’ que desprende la historia de Dersu Uzala, a mí me conmueve –como en el caso del parcelero de Diego Algaba– la pura necesidad de armonía con lo que nos rodea que supone coger las aceitunas de un olivo urbano, o conocer de sobra las cosas que de verdad importan en la vida.

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El arroz con leche y el ladrillo
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Juan Domingo Fernández | 19-10-2017 | 19:17| 0

Para debatir, conversar, dialogar… es preciso que el emisor y el receptor (interlocutor) se presten atención y compartan al menos un código y un canal comunes. Ese principio vale tanto para un grupo de amigos como para el conjunto de la sociedad, incluidas las redes sociales. Y ahí quería llegar yo.
Una reciente macroinvestigación sociológica prueba que las redes sociales, y especialmente Facebook, «fomentan la hipersegmentación ideológica, el separatismo y la polarización de la opinión pública, lo que origina un deterioro de la calidad democrática», según señala Miguel Ormaetxea en ‘Media-tics’. Es sabido que muchos lectores, espectadores y oyentes buscan tan solo aquellos medios de comunicación que les provean de informaciones y opiniones donde sientan confirmadas o ‘reforzadas’ sus preferencias políticas, económicas, deportivas, culturales…
El advenimiento de las redes sociales –acogido como un ‘nuevo amanecer’ incluso por dirigentes políticos bienintencionados– no contribuye sin embargo a mejorar las posibilidades de diálogo y de debate, sino al contrario. Esa macroinvestigación lo que prueba es que las plataformas de redes sociales «crean burbujas de información y opiniones unilaterales, perpetuando opiniones sesgadas y disminuyendo las oportunidades para un discurso plural. Sistemas como los ‘me gusta’ o los retuits para medir la validez o apoyo masivo hacia un mensaje u organización crean un sistema distorsionado de evaluación de la información y proporcionan una imagen falsa sobre la popularidad», explica Ormaetxea. Sin entrar en que tales opiniones puedan ser asimismo obra de trols o de robots… La era apoteósica de la posverdad.
A mí lo que me me inquieta sobre todo es la tendencia –cada vez más extendida en las redes y en cualquier debate público– a sustituir en las discusiones políticas el arrojadizo «y tú más» por el ardid argumental del cambio de tema. Tú me hablas de ‘x’, pues yo te hablo de ‘y’. Alguien reprocha por ejemplo la falta de coherencia histórica de quien sirve objetivamente a los intereses del separatismo privilegiado, supremacista, y en vez de refutar la idea se dedica a hablarle de la corrupción de un tercer elemento en disputa. Tú puedes plantear un asunto de interés nacional o internacional, pero si el interlocutor piensa que no le conviene o beneficia la propuesta, dará una larga cambiada y con todos los aspavientos de que sea capaz sentenciará que «de lo que hay que hablar», pongamos por caso, es de un asunto local… Así todo.
En tal controversia dan ganas de preguntar: «¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino?» y regalarles como broche del ‘no-debate’ esa sentencia popular que resume un planteamiento absurdo: «Como sé que te gusta el arroz con leche, debajo de la puerta te dejo un ladrillo». Por eso me parece que las redes están bien para ciertos asuntos de utilidad doméstica (mensajes, avisos…) pero entrañan serios riesgos respecto a la promoción de la pluralidad y riqueza democráticas.

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¿Mentiras?, poca broma
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Juan Domingo Fernández | 12-10-2017 | 18:19| 1

Cuando un diplomático dice «sí» quiere decir «quizá»; cuando dice «quizá» quiere decir «no», y si dice «no» no es diplomático. Ese viejo dicho confirma mi buen Yorick que esta patulea de dirigentes políticos, ahora por desgracia en la mente de todos, son ajenos al cuerpo diplomático y por descontado, incompatibles con las mínimas normas de la decencia democrática y legal.
«Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía», dejó escrito el filósofo griego Anaxágoras.
A un país como España, experimentado en sufrir durante años ‘treguas trampas’ del terrorismo y otras iniquidades, las argucias de «sí, pero no» le causan forzosamente antes que indignación, vergüenza e hilaridad. Para comprobarlo basta entrar en las redes sociales y carcajearse con los abundantísimos ‘memes’ y parodias que suscitan los últimos episodios del innombrable y poco honorable protagonista.
Como en la vieja fábula, el parto de los montes fue un ridículo ratón. O si acaso, el par de cigüeñas que anida –en uno de los montajes humorísticos– sobre el pelucón del sujeto. O el camarote de los hermanos Marx simulando su salón de reuniones; o el acto de la firma del ¿acta? de la independencia; o al diputado que ganó en el sorteo una impresora portátil… Humor y desenfado. Quizás el mejor contrapunto al desbarre de quienes además de transgredir las normas legales del respeto y la convivencia democrática se obstinan en la mentira como arma política y estrategia partidista.
¿Alguien cree que puede edificarse una sociedad estable, justa y próspera sobre la base de la mentira, la tergiversación y el engaño? ¿Alguien puede creerse que siendo esa región una de las más desarrolladas y beneficiadas por todos los gobiernos de España desde tiempos inmemoriales se trata de una tierra «oprimida» política, cultural o socialmente? ¿Cuánto tiempo pueden sostenerse trolas tan descomunales sin causar sonrojo? Por no hablar de la ‘mitificación’ de un pasado que olvida u obvia detalles relativos a la convivencia sin los que resulta incomprensible o más falso que el cartón piedra de un decorado cinematográfico. «Nadie puede engañar a todos durante todo el tiempo», dijo el presidente Abraham Lincoln.
Hay un viejo poema de Jon Juaristi: ‘Spoon river, Euskadi’, de su libro ‘Suma de varia intención’ (1987) que a mí me encanta y que se ha citado más veces como explicación del ‘lavado de cerebro’ y de la atmósfera que propició el doloroso delirio terrorista en el País Vasco. Dice así:
«¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».
Salvando las evidentes –gracias a Dios– diferencias de muertes por terrorismo en una comunidad y otra, no conviene minusvalorar en cualquier caso el peligro de la mentira, del engaño, de la falsedad como origen y causa de las más graves enfermedades sociales; es decir, del progresivo envenenamiento de la convivencia. Ante ese riesgo (aunque sea latente) poca broma.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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