Primera comunión

DURANTE décadas, en casi todas las casas de España nunca faltaban dos fotos: la de la primera comunión y la de la boda. El progreso y las modas fueron enriqueciendo o modificando el álbum, pero rara era la familia  que renunciaba a tales instantáneas. Con el desarrollismo y el tiempo de las vacas gordas (y que cada cual establezca los límites de la feria) las primeras comuniones se fueron convirtiendo muchas veces en puro alarde y exhibición de gastos ostentosos e impropios para una celebración en la que debe primar no la superficialidad del brillo económico sino el espíritu religioso profundo, perdurable.
Desde hace años –y en algunos casos también décadas– en muchas parroquias y colegios de España se han establecido recomendaciones o normas que tratan de evitar los ‘excesos’ de primeras comuniones donde las familias convierten la ceremonia en una ‘pequeña boda’ en la cual parece obligatorio tirar la casa por la ventana.
Es verdad que la crisis nos ha traído al tío Paco con las rebajas y los excesos son ahora menos abultados. No obstante, la factura de las primeras comuniones sigue representando un gasto considerable que, por presiones del entorno social, a bastantes familias les resulta difícil eludir. Según el último número de la revista ‘Consumidorex’, el precio medio de las comuniones en el caso de una niña es de 3.245 euros (incluyendo además del vestido, diadema, bolsito, etcétera, la medalla de oro, el rosario, la comida –30 invitados– fotos o recordatorios, vídeo y álbum de fotos). Si se trata de un niño, la cifra del precio medio se reduce algo: 2.841 euros.
Ante este panorama resulta comprensible la actitud de parroquias como las de Miranda, en  Avilés (Asturias) que ha dicho adiós a los trajes de marinerito y ha implantado la tarifa plana de «todos los niños con túnica». En la parroquia no se compran trajes pero se facilitan las túnicas. La idea es que todos vistan igual «y si algún padre no está de acuerdo le damos la opción de que vaya a otra parroquia», advierte el sacerdote.
Hay quien discrepa aduciendo que en muchos hogares los trajes de primera comunión van pasando de un hermano a otro y en ese caso el gasto estaría precisamente en la túnica, pero el argumento no parece muy firme pues al facilitársele la vestimenta alternativa no se incurre en gasto alguno. A mí me parece que estos ‘recortes’, impuestos por la crisis y en parte también por la aspiración a una religiosidad más auténtica y menos de quincalla, son una de las escasísimas aportaciones positivas que está  acarreándonos el tiempo de las vacas flacas. Perder grasa y potenciar el músculo. Menos superficialidad y más cosas esenciales.
Quiero decir que en la primera comunión el aspecto dominante, prioritario, es el religioso, el de la espiritualidad. El otro, la celebración festiva, el rito social, puede dotársele del relumbre que se quiera, pero siempre será secundario. La cuchipanda, el festín, el banquete, la comilona, el bullicio, los regalos… pueden ser también ilusionantes y memorables, pero únicamente son la espuma de la ola. El mar es otra cosa.

La lección de Araújo

El naturalista, escritor y divulgador Joaquín Araújo, afincado desde hace treinta y tantos años en un paraje próximo a los Ibores, en el corazón de las Villuercas, dejó la pasada semana desconcertado al auditorio que seguía atentamente su charla en el Ateneo de Cáceres cuando resumió su vaticinio respecto al futuro inmediato de la sociedad con una frase que tenía algo de acertijo y de misterio: «Hasta que lo primero no vuelva a ser lo primero, no hay solución». Lo primero es la Naturaleza o, en sentido muy amplio, la agricultura y la ganadería, porque como el propio Araújo señala en su libro ‘Cultivar, encuentros con la tierra’, «cuidar de lo que nos cuida es mucho más que las labores del campo».
Otra de sus grandes reflexiones cabe en una frase muy corta: «La Naturaleza no se endeuda». Araújo insistió en esa circunstancia para subrayar, precisamente, lo contradictorio y ‘antinatural’ que resulta el consumismo insensato en que hemos sucumbido y cuyas consecuencias están resultando devastadoras para buena parte de la sociedad.
Sostiene un proverbio oriental que son cuatro las cosas de las que siempre tenemos más de lo que deseamos:pecados, deudas, años y enemigos. En cuanto a los años, supongo que la inflación es abultada y más o menos constante en todas las generaciones. Respecto a los enemigos y los pecados, me parecen dos conceptos difícilmente evaluables a nivel colectivo. Pero las deudas… ¡Ay, las deudas! Nunca tantos debieron tanto a tan pocos. Nunca tantos españoles se endeudaron para convertirse en propietarios de bienes que no podían pagar al contado ynunca tantos bancos o entidades financieras engordaron su negocio, cebaron sus cuentas de resultados, incitando a consumir ‘dinero prestado’ como el que siembra a voleo.
La lección de la Naturaleza llega tarde para algunos, pero de los errores se aprende. Confío en que buena parte de la sociedad (al menos los que sobrevivan al cataclismo de la crisis) se hayan vacunado contra un modelo social basado en la avidez y en el despilfarro. Espero que los más perspicaces, los más juiciosos estén ya inmunizados contra la tentación de la deuda, contra el tocomocho de hipotecar el futuro.
«La Naturaleza no se endeuda» pero en la sociedad quienes suelen contar con carta blanca para entramparse son precisamente los ricos, los que tienen más posibilidades. Lo advierte la famosa frase: «Si yo te debo una libra, tengo un problema; pero si te debo un millón, el problema es tuyo». En España únicamente a los ricos y a los bancos se les ha otorgado el privilegio de endeudarse por encima del millón de libras, es decir, de garantizarse el recurso de pasarle la bola a otro. Mayormente al Estado, que ha visto que lo fácil y cómodo es ‘redistribuir’ la deuda entre el conjunto de los paganinis, quiero decir entre el conjunto de los contribuyentes y que apoquinemos la ronda a escote.
Intuía desde hace tiempo que el Poder (así, en abstracto y con mayúscula) nunca se ha caracterizado por su vocación ecológica, respetuosa con la Naturaleza. Desde que escuché a Joaquín Araujo la intuición se ha convertido en certeza.

Bastón de ciego

Cuanto más compleja y diversa es una sociedad, más difícil resulta persuadirla. De lo que sea. En materia de consumo, en política, en cultura, en economía… A las masas uniformes es mucho más fácil convencerlas. La tendencia natural de quien está interesado en ‘vender’ su producto, sin embargo, es conseguir el mayor grado de uniformidad en la clientela, especialmente si lo que se ‘vende’ son ideas o una ideología. ¿Qué significa eso? Que en una sociedad rica, plural, con criterios fundados, resulta más compleja la tarea de ‘adoctrinar’ en masa, uniformando lo que por principio no es uniforme, monolítico, sino variado, distinto, poliédrico.
En tiempos de incertidumbre y de tormenta, la marinería suele mirar al capitán. Napoleón lo dijo de otro modo: «Hay en los pueblos un sentimiento interior, profundo, una necesidad que los arrastra al reconocimiento de un Dios, sea el que fuere». El dios a veces es un ídolo como el becerro de oro, la esperanza de un mundo mejor, la confianza en la solidaridad entre los hombres o incluso la simple delegación en una batería de poderes ‘fácticos’ a veces abstractos e imperceptibles que se ocupan de pensar y de decidir por todos nosotros. Opor todos los que renuncian a ejercer como ciudadanos libres y responsables.
Decía Joubert que «el razonamiento sólo es bueno en las materias en las que no vemos nada. Es como un bastón de ciego». Cuando estamos dominados por las creencias no necesitamos razonar, nos basta el convencimiento interno. Pero nuestra condición de ciudadanos libres exige precisamente que usemos ese bastón para ir tentando el camino, para encontrar los puntos de apoyo seguros y evitar los tropiezos. Nunca como en estos tiempos en los que se nos quiere vender tanto género de contrabando es imprescindible el sentido crítico, el escáner de la razón para detectar las impurezas y las partes contaminadas en los productos que nos quieren hacer tragar.
Por desgracia, la tendencia al bombardeo con ideas simples, con meros eslóganes y lemas se está generalizando en las trifulcas políticas cotidianas. La gente se intercambia mantras (ahora denominados también ‘ideas fuerza’) como si fuesen cartas de una baraja virtual. Lo malo es que muchas personas se ponen a jugar las partidas y aceptan convertirse en papagayos, en monos de repetición de lo que otros han pensado o prescrito en su nombre. Mientras que al ciudadano crítico, responsable, no es fácil seducirle con ideas o productos que deslumbran pero no iluminan, al ciudadano que ha dimitido de su obligación de pensar por sí mismo es muy fácil engatusarle con género mixtificado, de contrabando y prestidigitación.
Si trasladamos el ejemplo al que tantas veces se recurre de «no le des un pez, enséñale a pescar», al ciudadano libre y responsable no hay que regalarle munición ideológica –del signo que sea– sino facilitarle el acceso al razonamiento limpio, inteligente, y a la formación del criterio propio. Quiero decir que hay que invitarle a usar el bastón de ciego sugerido por Joubert para avanzar entre las sombras, no para liarse a palos con él.

Sobre los docentes

Según recordaba el filósofo y profesor José Antonio Marina hace una semana en Cáceres, durante la lección inaugural del encuentro hispano luso sobre la profesión docente que organizó el sindicato ANPE, «el progreso de la sociedad depende de la educación» y en consecuencia uno de los retos principales del colectivo es «demostrar que somos los cuidadores del futuro». Cuánta razón. Y cuánta tarea por delante.
En la inauguración de las jornadas, la consejera de Educación, Trinidad Nogales, reforzó el valor de la tarea docente citando la famosa carta que Albert Camus escribió a su maestro de primaria, el señor Germain, después de haberle dedicado el discurso del Premio Nobel durante la ceremonia de entrega  en Estocolmo. «Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, no hubiera sucedido nada de esto… Sus esfuerzos, el corazón generoso que usted puso en ello, continuarán siempre vivos en uno de aquellos escolares, que pese a los años no ha dejado de ser su alumno agradecido». Esas palabras de Camus resumen a la perfección, precisamente, las tres aportaciones que según explicaba José Antonio Marina, debe proporcionar la escuela al alumno: la satisfacción del aprendizaje, el reconocimiento social y la sensación de que se progresa.
El propio Marina contaba al hilo del libro ‘Mal de escuela’, de Daniel Pennac –que él  presentó en Madrid– la necesidad del buen maestro de preocuparse no tanto por los listos o los que destacan en el aula, sino por «los zopencos», de modo que habiendo rescatado a uno solo del fracaso a que le destinaba la vida ya podría proclamar con orgullo el lema que, en su opinión, debe inspirar la tarea docente: ‘Hice lo que pude’.
Entre la cita de Camus y los argumentos –salpicados de anécdotas– de José Antonio Marina acerca de la enseñanza y del aprendizaje, me vino a la memoria la figura del maestro que me enseñó a leer. El recuerdo de una pequeña aula con pupitres gastados, sin calefacción, donde las palabras del maestro nos llegaban revestidas de veneración,  credibilidad y respeto. Mi maestro se llamaba don Manuel Belvís y le recuerdo en aquella vieja escuela de Ibahernando situada junto a la torre del reloj, con muchachos como torbellinos saliendo disparados en el recreo para jugar al clavo y a los bolindres en mitad de la calle, entonces sin pavimentar. Siempre le estaré agradecido por el esfuerzo silencioso de haberme regalado el don de la lectura. Un regalo que se recibe muchas veces con naturalidad, casi con indiferencia, hasta que nos detenemos un minuto a reflexionar acerca de su importancia y trascendencia. Como sostenía Álvaro Valverde esta misma semana en la presentación del libro ‘Maestros de las letras’: «…para alguien que ama la lectura y los libros, ¿cabe un milagro más humilde, al tiempo que sorprendente, que el de enseñar a un niño a leer y a escribir? Sólo con eso…». Cuánta razón.
Enseñar y aprender. Convertir la información en sabiduría. Hasta Albert Einstein lo dejó dicho: «El arte más importante del maestro es provocar la alegría en la acción creadora y el conocimiento».

No más ‘piedades’

Pocas imágenes más conmovedoras que la de ese padre en cuclillas, vencido por el dolor y el llanto, sosteniendo sobre sus piernas el cuerpo del pequeño hijo muerto cerca del hospital de Alepo, en Siria, que le ha valido un premio Pulitzer 2013 al fotoperiodista español Manu Brabo, de Associated Press. La fotografía me ha recordado otra que se produjo en la Franja de Gaza el año 2000 durante la segunda ‘intifada’ y que se convirtió inmediatamente en un icono del conflicto que enfrenta desde hace décadas a palestinos e israelíes. Pido perdón por la autocita, pero a raíz de aquella imagen que sacudió el corazón de millones de espectadores y de lectores en todo el mundo publiqué en una sección de este diario, ‘El Alambique’ –que entonces firmaba con el seudónimo de Tristán Buendía– un artículo titulado: «La nueva ‘Piedad’ en Jerusalén». Era un desahogo personal, una muestra de indignación y de tristeza ante el rostro alucinado del horror que sacudía a aquel padre, Yamal, intentando proteger con el único escudo de unos brazos escuálidos a su hijo Muhammad Al-Dura, de 12 años de edad, ante la lluvia enloquecida de balas que acabó con sus vidas.
«La máquina trituradora de la actualidad», reflexionaba entonces, «convertirá sus nombres dentro de pocos días en dos minúsculas sombras, casi invisibles, en el bosque del olvido. Pero en mi álbum sus imágenes amanecerán a diario, congeladas, con esa expresión de pánico y horror que compone la desventura de un padre condenado a ver morir a su pequeño hijo antes de que otras balas asesinas acaben con su propio sufrimiento. Cada vez soy más pacifista», añadía. «Y cada día más convencido, como Lanza del Vasto, el discípulo de Gandhi, de que Dios dijo: ‘No matarás’, y lo escribió en una piedra, sin márgenes al lado para que el hombre no hiciera comentarios».
Una docena de años después  la guerra de Siria reedita esa ‘piedad’ insufrible y despiadada que refleja la fotografía de Manu Brabo. Otra vez el absurdo de la muerte. De un padre acunando en su regazo el cadáver ensangrentado del hijo. Una escena doblemente ‘antinatural’, que atenta contra el instinto de la vida y contra los valores consustanciales a cualquier comunidad, incluso la más bárbara y primaria.
Por desgracia, no me equivoqué en 2000 cuando supuse que la serie fotográfica (extraída de una grabación que emitió el canal France 2) sobre la muerte de Yamal y de su hijo Muhammad Al-Dura sería devorada irremisiblemente por la máquina trituradora de la actualidad. La historia se repite en cada guerra, al margen de las razones que esgriman los contendientes. Aquella constatación de Marx en el plano de las revoluciones sociales: «La violencia es la partera de la historia» no parece que lleve camino de ser desmentida por los hechos. Basta reparar en algunos conflictos de las ‘primaveras árabes’ o de carácter étnico en África. Decía Lanza del Vasto que «ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». Quiero huir del pesimismo y creer que tal enseñanza acabará prendiendo en el corazón de los hombres.

Sé lo que sueñas

Desde que la especie se elevó del suelo y devino en ‘lúgubre mamífero’ que se peina (César Vallejo) el reducto mejor blindado del hombre no ha sido el corazón ni la cabeza, sino la invisible nebulosa donde habitan los sueños. Desde la noche de los tiempos, al hombre le han podido robar la voluntad, la memoria y hasta el olvido, pero el patrimonio inmaterial de los sueños siempre quedó preservado de miradas ajenas como un tesoro inaccesible al que ningún extraño podía acceder sin contraseña. Aunque el ser más humilde, más desesperanzado, se viera sometido a normas atroces de reclusión, nadie podría gobernar sobre sus sueños. Nadie podría asomarse a curiosear en ese paraíso de la intimidad. A veces, ni uno mismo, pues la naturaleza hace que los sueños no perduren en la memoria y se volatilicen igual que la luz de los fuegos artificiales.
Así era hasta ahora. Pero la interpretación de los sueños, el acceso a la galaxia informe donde transcurren los montajes teatrales más insospechados, los acontecimientos menos previsibles, ya no es una aspiración de psicoanalistas o de adivinadores. La prensa informa estos días de las investigaciones de   un equipo de científicos japoneses que ha logrado elaborar una especie de ‘diccionario’   o catálogo en el que se relacionan las imágenes que las personas sometidas al experimento declaraban estar soñando en ese instante (fueron despertados unas 200 veces cada uno de ellos durante el experimento) y las imágenes que su actividad cerebral plasmaba a través de la resonancia magnética. Según los resultados de la investigación, publicados en la prestigiosa revista ‘Science’, el diccionario o tabla de correspondencias entre la actividad cerebral y los objetos o temas ‘soñados’ aún es reducido, pero los científicos  consiguieron acertar, es decir, decodificar las imágenes y descifrar el contenido de los sueños en un 60% de los casos. Contando con tiempo, dedicación y un laboratorio de neurociencia computacional solvente, imagino que reunir el ADN de los sueños de toda la humanidad habrá dejado de ser un empeño de ciencia ficción…
De esa forma, llegará el día en que además de conocerse todos los datos económicos, fiscales, sanitarios, culturales… que le caracterizan dentro del conjunto social, podrán introducirle también en el talego de la resonancia magnética y ver pasar en una pantalla la película de sus sueños.
El abanico de posibilidades que abre la máquina es formidable. ¿Se imaginan cuántas historias sentimentales podrían frustrarse o desmontarse si cualquier pareja aceptara someter a escrutinio sus sueños? ¿Cuántas pesadillas tras la apariencia de sueños de felicidad? Con su proverbial ironía Borges dijo que  tan supersticiosa y vana era la costumbre de buscar sentido en los libros como buscarlo en los sueños o en las líneas de las manos. Con este avance, hasta Borges va a quedar en entredicho. Y me gustaría mucho que la maquina de control onírico se le pudiese aplicar a los políticos antes de ocupar un cargo. Sería maravilloso enterarnos de que todavía conservan la capacidad de soñar, de ilusionarse, y no una pantalla en blanco.

La fama y la gloria

Si es cierta la famosa copla de Manuel Machado: «Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe el autor», deberemos concluir que la gloria de ciertas obras del ámbito literario van unidas a la idea de anonimato o, mejor, al hecho de haber sido asimiladas, incorporadas a la memoria colectiva como un producto auténticamente popular, fruto de una comunidad antes que del genio de un individuo. De ahí la recomendación con que Manuel Machado concluye esos versos: «Procura tú que tus coplas / vayan al pueblo a parar, / aunque dejen de ser tuyas / para ser de los demás. / Que, al fundir el corazón / en el alma popular, / lo que se pierde de nombre/ se gana de eternidad».
En el ámbito de la pintura supongo que también se produce ese fenómeno desde el momento en que comienza a popularizarse, con los avances de las artes gráficas, la reproducción de grandes obras, aunque me cuesta creer que alguien admire la Gioconda, el Guernica o las Meninas ignorando que son obras de Leonardo, de Picasso y de Velázquez. De todas formas, quienes durante décadas para decorar sus casas en España recurrían a enmarcar láminas con paisajes impresionistas, escenas románticas o motivos bíblicos que les resultaban atractivas, de su gusto por las obras en sí, no por el nombre o la fama del autor, en el fondo no hacían otra cosa que confirmar el ‘principio’ machadiano de la gloria popular.
También existen otros baremos para medir la gloria, desde luego. Por ejemplo, que tus cuadros, que gozan de fama y popularidad por haber sido reproducidos masivamente se conviertan, además, en sellos de Correos. Es lo que ha sucedido con cuatro obras del pintor y escultor Antonio López (Tomelloso, 1936), al que se homenajea ahora con una hoja bloque de sellos dedicada al arte contemporáneo. Se trata de cuatro obras: ‘Gran Vía’ (1974-1981), ‘Lavabo y espejo’ (1967), ‘Nevera nueva’ (1991-1994) y ‘Casa de Antonio López Torres’ (1972-1980), esta última un extraordinario dibujo a lápiz en el que aparece la imagen de su tío dentro de una casa con suelos de baldosín, una vieja lámpara y un viejo aparador.
En el primero de los cuadros, ‘Gran Vía’, Antonio López trabajó durante cinco veranos y según él mismo ha contado se levantaba de madrugada para situar el caballete en ese famoso tramo de la vía madrileña y captar la luz del amanecer. Un cuadro de una belleza inquietante, compleja, que trasciende la simple visión fotográfica, que se ha reproducido en miles de ocasiones y que se ha convertido también en un icono de Madrid.
¿Qué mayor gloria para un artista vivo que comprobar cómo sus obras –ya de por sí famosas y apreciadas– sirven para ilustrar los sellos de Correos? Y más en una época en que los envíos postales, las cartas de sobre, papel y cartero de toda la vida están a la defensiva tras los navajeos de la galaxia digital a la galaxia Gutenberg. Los sellos tienen un valor postal de 0,52 euros y la tirada ha sido de 280.000 hojas bloque. Así que por ese dinero, ¿quién no tiene cuatro antoniolópez en casa, aunque sean de Correos?

A la luz de la pintura

Hace pocos días visité en Madrid una doble exposición organizada por la Fundación Mapfre sobre los ‘Impresionistas y postimpresionistas’, con obras maestras del Museo D’Orsay, y otra titulada ‘Luces de bohemia’, acerca de la presencia de los gitanos en el arte y la definición del mundo moderno. No quiero abordar aquí la emoción que produce contemplar de cerca un puñado de cuadros de Van Gogh –entre ellos alguno de sus incontables autorretratos–, las genialidades del Cézanne de ‘Bodegón con cebollas’ o varias obras fundacionales de Monet, Renoir, Toulouse-Lautrec, Signac, Gauguin o Pisarro. No quiero tampoco aburrirles subrayando el placer que produce la contemplación de otras muchas obras maestras (desde el ‘Autorretrato ante el caballete’ de Goya, que parece pintado ahora mismo, hasta ‘Un par de botas’, de Van Gogh, o el pequeño autorretrato a tinta china de Baudelaire) entre otros motivos porque ambas exposiciones (con entrada gratuita) permanecen abiertas en las Salas Recoletos hasta el 5 de mayo.

De lo que quiero hablarles es de dos aspectos, quizás anecdóticos, que descubrí durante el recorrido por las muestras. Pongámonos en situación. Visitantes desfilando ante los cuadros y que pocas veces se detienen. Pero ante alguna de las obras, una joven profesora sienta a un grupo de ocho o diez niños de primaria y les adentra, con preguntas y sugerencias muy inteligentes, en la atmósfera y el universo del  cuadro elegido. Qué envidia, pienso para mí, acceder a la comprensión y al disfrute del arte mediante esa vía. A ratos el verdadero espectáculo es el círculo que forman la profesora y sus pequeños alumnos. Muchos espectadores lo confirman siguiendo, embobados, las explicaciones de la maestra y las respuestas, llenas de ingenuidad y también de sentido común de los pequeñajos.

Segundo acto. Al fondo de unas de las salas, el famoso cuadro ‘Un rincón de mesa’, de Henri Fantin-Latur, cubre casi toda la pared. A la izquierda, en la parte inferior, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud parecen mirar, ajenos al grupo, sus propios pensamientos. Tal vez el ensimismamiento de los geniales y  ‘malditos’ poetas franceses me induce a plantearme otras preguntas. ¿Por qué ha desaparecido el motivo ‘retrato de grupo literario’ en la pintura contemporánea? ¿Por qué los pintores siguen pintando por ejemplo marinas, bodegones o praderas con montañas y pajaritos pero ya no pintan a escritores o a artistas formando un grupo? ¿Después de ‘La tertulia del Café Pombo’ de Gutiérrez Solana, ha desaparecido el género, al menos en España? ¿La liquidación hay que atribuírsela a la popularización de la fotografía o a la imposibilidad de reunir a más de dos escritores hermanados para la posteridad? Exceptuando alguna inusual fotografía en los reportajes ‘generacionales’ que a veces publican los suplementos literarios de los periódicos, no recuerdo ninguna imagen contemporánea que pueda equipararse a ‘Un rincón de mesa’ de Fantin-Latur. Sigo con mis cavilaciones. Tengo que preguntar por el asunto a mis amigos escritores y pintores. Igual pueden aclarármelo.

 

Hacia la sabiduría

La destrucción de miles de negativos y diapositivas que el fotógrafo Daniel Mordzinski almacenaba en unas dependencias del diario ‘Le Monde’, en París, devuelve a la actualidad el viejo tema de las hecatombes patrimoniales, la desaparición de las cosas queridas, ya sean la Biblioteca de Sarajevo, el Museo de Bagdad o los miles de yacimientos expoliados en cualquier rincón del mundo.
Cuando la desaparición afecta a objetos a los que no nos sentimos vinculados por razones sentimentales o geográficas quizás el pesar sea más tolerable, menos intenso. Ojos que no ven, corazón que no sienten. Pero cuando lo que perdemos pertenece al ámbito íntimo de nuestro trabajo o de nuestras emociones, la sensación de pérdida debe de resultar tan dolorosa como la que agobia a Daniel Mordzinski estos días.
¿Quién no se ha sentido mutilado, incompleto, al darse cuenta de que nunca más verá aquella fotografía de su niñez o de su juventud cuya pérdida le daña y desconsuela diariamente? Y no por el valor material del patrimonio, a pesar de la cínica sentencia de Maquiavelo: «Los hombres olvidan más fácilmente la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio».
En mi caso, desde luego, añoro más la primera pluma estilográfica que me regalaron de niño –y que sé extraviada para siempre– que las decenas de libros o los cuadros, por ejemplo, perdidos en el laberinto del olvido (propio y ajeno) y que nunca volveré a disfrutar aunque, con seguridad, en el mercado la etiqueta del precio marque una cifra considerablemente más alta.
Supongo que esa sensación de pérdida está emparentada con la que embarga al protagonista de ‘Ciudadano Kane’ cuando en los instantes postreros de su vida la única palabra que balbucea es ‘Rosebud’, el enigmático nombre del trineo con el que jugaba de pequeño en la nieve. ¿Cómo es posible que el rico magnate que posee un imperio y ha gozado de todos los tesoros y bienes del mundo recuerde tan solo el humilde patrimonio de un juguete?
Sospecho que en cualquier sociedad y en cualquier época se registran a veces sensaciones parecidas. ¿Eso hace que las sociedades sean más dinámicas? Imagino que sí. Evolucionar, avanzar, exige dejar atrás, arrumbados en el baúl de los recuerdos, todos esos aspectos de la vida que únicamente comportan automatismos inútiles, viejas inercias cuyo sentido nadie comprende y que conducen directamente a la extinción… La dificultad radica, claro está, en determinar qué parte de la carga es superflua y que parte resulta esencial para que una generación tras otra avance y progrese.
Así como cada hombre debe aprender qué ‘tesoros’ del pasado no pueden extraviarse jamás, cada sociedad debe averiguar también, colectivamente, qué factores comunes son imprescindibles para la supervivencia, para la conquista del presente y del futuro. «¿Buscar la verdad? Sí, si sólo se trata de saber. Pero ¿y si se trata de vivir? Entonces es preferible la sabiduría». Esas palabras de Joubert siguen siendo uno de los anhelos vitales más inteligentes que conozco.

Historia renovada

Aparte de las consabidas chanzas sobre Messi, Maradona y la proverbial fama de rollistas ¿viste? que se atribuye a los latinochés, la verdad es que buena parte del mundo mostró el pasado miércoles a través de los medios de comunicación y de las redes sociales su interés por la elección de un cardenal argentino nacido en 1936 que se ha convertido en el primer papa latinoamericano, en el primer jesuita que llega al pontificado y en el primer sucesor de Pedro que opta por el nombre de un santo, Francisco, símbolo de la pobreza y de la humildad.
Tras conocerse la noticia, en las redes sociales triunfaban dos escuelas de monologuistas. La primera, la de los chistosos que  recordaban a la peña la ‘brasa’ que suelen dar los argentinos hablando de psiquiatría, de fútbol y de mujeres. La segunda, la de quienes expresaban su asombro (un poco con tono desganado, con fingida indiferencia) ante el ‘inusitado’ interés que despertaba la elección de un papa entre personas teóricamente alejadas de la condición de creyentes y del ámbito católico.
Ocurre que como es sabido, la elección de Sumo Pontífice no es solo un acontecimiento religioso. El simple nombre de Roma simboliza mucho más que una fe y una tradición. Los orígenes de la Iglesia se remontan veinte siglos atrás y se extienden, para lo bueno y para lo malo, sobre la historia de Europa y de los cinco continentes.
Según explicaba Indro Montanelli al relatar las vicisitudes de Roma tras el emperador Constantino, muchas de las estructuras de poder hasta entonces en manos de los prefectos, ya en declive, las asumían y desempeñaban mejor los obispos, que constituían un poder paralelo al civil más efectivo, organizado y disciplinado que el de la antigua Roma. «La Iglesia era notoriamente», escribe Montanelli, «la heredera designada y natural del Imperio en colapso. Los hebreos le habían dado una ética; Grecia, una filosofía y Roma le estaba dando su lengua, su espíritu práctico y organizador, su liturgia y su jerarquía». Quienes ayer se asombraban por la expectación que despierta en el mundo la elección de un nuevo papa deben tener en cuenta que ese ceremonial lo genera una institución sustentada en los pilares básicos de la historia occidental: el pasado judío, la sabiduría de Grecia y el poder de Roma.
La grandeza litúrgica de estos días en el Vaticano trasciende lo acertado o no de la elección que, por otra parte, ¿quién puede  establecerla ahora? Va más allá del ‘argumento’ de la obra, si cabe recurrir a tal analogía.   No atrae a las masas por la grandiosidad de la Capilla Sixtina y del propio Vaticano, ni por las resonancias del latín. No atrae por el fulgor de la liturgia; ni por el atractivo misterioso e inquietante de la misión que se le encomienda a un hombre –a un simple mortal– llamado a ser el siervo de los siervos de Dios. No atrae por nada de eso y por todo ello a la vez. La atracción seguirá funcionando, deslumbrando al mundo, en sucesivos cónclaves, a través de los siglos, aunque cambien detalles escenográficos, epidérmicos, funcionales… Es la renovación de una fe y de una institución con larga historia.

Hoy.es

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.