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Discuto con mi hijo

Hace cosa de un año, mi hijo y yo nos
enzarzamos en una disputa verbal sobre la buena vida que se pegan los jóvenes
de su edad, a quienes los padres se lo estamos dando todo hecho, permitiéndoles
que se pasen el día tumbados a la bartola sin pegar un palo al agua.

Recuerdo que entonces (a punto de
examinarse de selectividad) frenó en seco mis reproches con una cita de
Sócrates que me dejó desarmado porque con cuatro líneas demostraba que la
juventud, en esencia, siempre se comporta igual. Ahora o hace dos mil
quinientos años.

Aquella vez yo agaché la cabeza y me
limité a decir, como buen encajador: «tocado». Pero no olvidé el ‘directo’.

Anteayer volvimos a enzarzarnos en otra
discusión (esta vez de carácter muy general) acerca de la educación que hay que
dar a los hijos. Después de  horas de
acalorado debate, recordé el episodio de la cita de Sócrates y esta vez fui yo
el que se levantó a por un libro para darle a leer un texto que se titula ‘Las
pequeñas virtudes’, y que comienza así:

«Por lo que respecta a la educación de
los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las
grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero;
no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia,
sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al
prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de
saber».

?¿La autora? Natalia Ginzburg. La
traducción es de Celia Filipetto y hace el número 55 de la colección Ensayo de
la editorial El Acantilado, -dije.

?Está bien. Empate a uno -comentó a
regañadientes. ¿Y cómo dices que se llama el libro?

?Como el texto que has leído: ‘Las
pequeñas virtudes’. Y un empate me parece poco, creo que gano a los puntos.

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Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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