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Patria testicular

Con las banderas, hay que tener mucho
cuidado porque las carga el diablo. Te ilusionan haciéndote creer que son una
tela de abrigo, y en realidad son una mortaja. Entre sus hilachas se han
podrido millones de hombres antes de volver a la eternidad, esa estación
Términi donde no ondean banderas ni hay postes fronterizos. Al calor del
nacionalismo (un sentimiento atávico, usual en el hombre propenso a las
enseñas) se multiplican las muestras de ‘amor patrio’, por lo general bajo
intereses de dudosa bondad.

La primera vez que salí de casa de mis
padres para vivir en otra ciudad me eché al bolsillo un libro sobre mi tierra,
Extremadura (no quería perder su acento) y una cita de Antonio Machado para
‘vacunarme’ contra el nacionalismo excluyente o el patriotismo de cartón
piedra. «La patria», decía Machado, «es un sentimiento del que suelen jactarse
los señoritos. Cuando llegan los trances, los señoritos la invocan y la venden.
El pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera». La historia está
llena de pasajes que le dan la razón a Machado.

Algunos jóvenes creen que esa prevención
contra el ‘patrioterismo’ es cosa moderna, y enseguida tararean la canción de
Sabina en la película de Torrente: «La patria es una fulana…».

Pero la cosa viene de antiguo. El viejo
Herodoto -ahora puesto de actualidad por el maestro Kapuscinski- cuenta que
cuando vituperaron a unos soldados egipcios por haberse pasado a servir a otro
pueblo y al invocarles el nombre de la patria, los soldados se señalaron sus
zonas genitales y contestaron: «Donde va esto, va la patria». Aquellos ya
tenían la lección bien aprendida. Por lo que a mí respecta, si alguien sabe
decirme de qué patria es el dinero, que venga y me muestre esa bandera, que ya
sopesaré yo si me saco el pasaporte.

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Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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