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Ángel Campos, la luz de la semilla
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Juan Domingo Fernández | 12-12-2008 | 11:03

Al fecundo poeta extremeño le hubiera bastado con su libro ‘La semilla en la nieve’ para entrar en la historia de la literatura contemporánea

JUAN DOMINGO FERNÁNDEZ

VIVIÓ la infancia y juventud entre mujeres, junto a su madre y su abuela, echando de menos la figura del padre, muerto cuando él tenía cuatro o cinco años. Sobre el laberinto de aquellos recuerdos y de aquella casa en su pueblo natal, San Vicente de Alcántara, escribió un libro de poemas, ‘La semilla en la nieve’, con el que obtuvo el Premio Extremadura a la Creación en 2005 y con el que le hubiera bastado para entrar en la historia de la literatura española contemporánea. A raíz de su aparición en 2004 publiqué una entrevista en HOY con el siguiente título: Ángel Campos consagra una conmovedora elegía a su madre con el libro ‘La semilla en la nieve’. Perdón por la autocita, pero en aquella ocasión ya me permití advertir al lector que no iba a encontrar en sus páginas «esa sensiblería tan propia del ‘día de las alabanzas’ ni la tristeza grandilocuente de la retórica necrológica. Nada más lejos de la profunda intensidad de estos versos, hijos del dolor luminoso de quien intenta que no se desvanezca la figura de la madre como algo leve, desdibujado, entre la música de la infancia, de la juventud y de la madurez».

«Mientras pueda pensarte / no habrá olvido». Con esos versos arranca ‘La semilla en la nieve’ (guiado por las citas de cuatro poetas: César Vallejo, T.S. Eliot, Paul Celan y Antonio Gamoneda) que él afrontó además de como la elegía y el elogio a una madre «con un corazón espléndido, bondadosísimo», como un intento de recuperar en el poema, «la sensación de mi vida compartida», según sus palabras. Editado por Pre-Textos, ‘La semilla en la nieve’ supone una cierta ruptura con el texto en prosa y breve pues se presenta como un solo poema, sin puntuación, dividido en los 20 epígrafes o sintagmas nominales que resumen la voluntad del autor, los capítulos de la historia. Durante la entrevista, Ángel Campos confesó que su intención era siempre llegar «a la esencia» de las posibilidades que tiene una palabra o un verso y que en este libro trataba de acercarse «a la intensidad de los versos de Vallejo». Y fue certero. En el poema ‘Tu secreto’ escribe: «…traía tantas cosas que contarte / que me he sentado solo / en el sofá de mimbre de la abuela / ahí frente al chinero / que guarda todavía / la porcelana del día de tu boda / y me he puesto a decírselas / a tu lugar vacío».

Desde el inicio se propone repasar la vida que compartió con su madre y la casa como lugar central, pero transitando por los recuerdos sin caer en un excesivo sentimentalismo. Ese es uno de los grandes logros de ‘La semilla en la nieve’, la contención de las emociones, aunque tras las palabras descarnadas, esenciales, anide la ternura de un hijo que sube a la madre a la alcoba reformada a la que nunca regresará, o que medita ante los libros que él acumula en el desván sin que ella pueda ya verlo, inquieta porque no sabe si todo está desordenado…

Una elegía donde la casa tiene el valor metafórico del refugio, y de la propia creación poética. En ‘El patio’, el poeta conversa con la madre y en la descripción de la realidad deja ver el pavor de la pérdida: «han brotado sin ti / un par de rosas nuevas en el patio». La ausencia adquiere una dimensión casi corpórea en el poema titulado ‘La ceguera’: «me haces falta de pronto / para dar forma a esas cosas / que fueron tuyas / y ahora andan / por casa desvalidas / como páginas blancas / que ya no se numeran».

En otras ocasiones la metáfora deja paso a la imagen entrañablemente cercana, doméstica, extremeñísima, como en los primeros versos de ‘El aniversario’, cuando el hijo vuelve a dirigirse a la madre: «te andas ocultando / pero sé / que sigues a la puerta / aguardando que amaine la calor / para salir al fresco».

Un hijo que rememora el gesto de cortar las rosas en el patio cuando ella ya no podía moverse hasta donde estaba el rosal o que recuerda, –a raíz de la lectura de un poema de Nicanor Parra sobre el joven Pushkin a punto de morir asesinado en San Petersburgo–, aquella Navidad que nevó en San Vicente de Alcántara y el asombro de su madre llamándole por la mañana para que contemplara el prodigio de la nieve sobre la calle empedrada. La clave simbólica del libro: «la semilla en la nieve, esa simiente, esa semilla, que ya no puede volver a crecer y que simboliza un poco la muerte, la pérdida», según las palabras del poeta.

Un hijo que se blinda contra la desazón de que su madre no llega a conocer el mar, ni su casa de Lisboa, a la que él traslada sus manteles, sus cubiertos…

Ángel Campos Pámpano (siempre empeñado en que constara el segundo apellido, el de su madre, como bien recordaba estos días su amigo el profesor y antólogo Miguel Ángel Lama) ha muerto a los 51 años, una edad que nos parece indecente para dejar este mundo. Con una personalidad propia de los activistas culturales, en su medio siglo ha cubierto más etapas que las que serían capaz de vivir muchas personas en cien años. No exagero. Ahí queda el ejemplo de su magisterio para varias generaciones de alumnos; la nutrida relación de sus amigos; la fuerza de sus libros; la importancia de los premios recibidos; la sensibilidad de su trabajo como editor y director de revistas; su pasión por Portugal; el valor de sus traducciones; su promoción de la literatura…

Más la pintura y la fotografía. Nadie podrá entender la obra de este creador sin sus colaboraciones con varios pintores. Para empezar, Javier Fernández de Molina, tan inseparable de toda su obra de autor y editor; siguiendo por Luis Costillo y terminando por el desaparecido fotógrafo Antonio Covarsí, con quien elevó esa elegía al paraíso de Jola después de que el fuego incendiara el aire.

De la traducción a la edición, pero siempre en la poesía

J. D. F. Cáceres

Traductor y divulgador de la mejor literatura portuguesa: Fernando Pessoa, António Ramos Rosa, Carlos de Oliveira, Eugenio de Andrade, Al Berto, Sophia de Mello, Mário Cesariny, Saramago… su poesía no puede quedar solapada, como señalaba Manolo Pecellín, «bajo sus aciertos como traductor». Y no queda solapada tampoco bajo su valioso trabajo de editor en Del Oeste Ediciones o de director de aulas y revistas literarias. No recuerdo el momento exacto en que le conocí, pero sé que fue mucho antes de su inclusión en la polémica antología ‘Las ínsulas extrañas’, que promovió su admirado José Ángel Valente, con el que compartimos algunas confidencias. Sí recuerdo en cambio la presentación que hizo en Cáceres junto al poeta Felipe Núñez de la última novela de Jesús Alviz y el elogio que el propio Ángel Campos hizo de ambos por haber sido capaces de romper «con las antiguallas literarias de esta tierra». Y los encuentros como jurado en el Premio Felipe Trigo o su presentación en la Galería María Llanos de los libros ‘El cielo sobre Berlín’ con dibujos de Luis Costillo y ‘La voz en espiral’. Ángel Campos vivirá siempre en ese alarde de dominio poético con el que homenajea a su mujer y a sus hijas en ‘El cielo casi’ y en todos y cada uno de los 20 poemas de ‘La semilla en la nieve’. Quien quiera comprobarlo que lea, por ejemplo, el titulado ‘La espera’, donde sobrecoge hasta el dolor cómo el poeta echa en falta la presencia del padre.

Ángel Campos (San Vicente de Alcántara, Badajoz, 1957) murió en Badajoz el pasado 25 de noviembre.

(Este texto ha sido publicado en ‘TRAZOS’, suplemento cultural del diario HOY, el 30 de noviembre de 2008).

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