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No vuelva mañana
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Juan Domingo Fernández | 27-05-2010 | 22:49

Desde antes que a Larra se le ocurriera trazar aquella pesimista caricatura de la administración española en su artículo ‘Vuelva usted mañana’, los empleados públicos no gozan de buena fama en nuestro país. Ni en muchos otros. Proverbio ruso: «Si hablas a un funcionario, haz que los rublos hablen por ti». En Francia, el periodista Paul Masson aún se permitía matices en el siglo XIX: «Los funcionarios son como los libros de una biblioteca: los situados en los lugares más altos son los más inútiles». Hasta el presidente Reagan ironizó sobre el asunto: «El contribuyente es una persona que trabaja para el Gobierno, pero sin haber hecho las oposiciones a funcionario».

Antes incluso de que la Guardia Civil creara esas agrupaciones de Tráfico que acabarían multando por exceso de velocidad al coche del propio presidente de la Junta de Extremadura, la sabiduría popular despachaba su pesimismo sobre la eficiencia de aquellos vigilantes de la época con una frase que es un lamento y un reproche: «¡A buenas horas, mangas verdes!»

Por no hablar de los chistes: «¿Quiénes son los trabajadores más rápidos? Los funcionarios, porque terminan de trabajar a las 15.00 horas y a las 14.30 ya están en casa». O ese otro, tan repetido: «¿Por qué los funcionarios públicos son ateos? Porque no creen que después haya una vida mejor».

¿Quién no se ha cruzado alguna vez con un funcionario ineficiente y desatento? ¿Quién no ha sentido la tentación de despotricar contra su molicie? Supongo que casi todos. ¿Pero quién cuando ha recibido un trato que excedía el puramente reglamentario y obligatorio se ha apresurado a pregonarlo a los cuatro vientos?

La campaña publicitaria de una operadora de teléfonos invita estos días a llamar para dar las gracias a todas aquellas personas a quienes debemos algo y nunca se lo hemos dicho. ¿Quién ha llamado al sanitario que le atendió, generosamente, mejor de lo que estaba obligado por los límites de la profesionalidad? ¿Quién le ha dado las gracias a aquel maestro o profesor que se mostró comprensivo y tolerante a pesar de nuestra desfachatez y falta de interés? ¿Quién le ha agradecido al agente de la autoridad su trato familiar y cordial –no solamente profesional– en cualquier trance enojoso?

Hace poco tuve que renovar mi DNI. Había pedido cita por Internet y me dieron fecha y hora para un mes después. Antes de ese día me surgió un compromiso, imprevisto e ineludible, para la misma jornada y la misma hora en que estaba citado, pero en otra ciudad. Algo temeroso, decidí acudir el día antes de la cita a la oficina del DNI. Expliqué mi situación. Un agente de la Policía Nacional me atendió con una corrección digna de encomio y me invitó a esperar mientras consultaba con los funcionarios responsables del trámite la posibilidad de solucionar el problema en ese mismo momento. Así fue.

Al cabo de unos minutos salía de aquellas dependencias con el flamante DNI. Reparé en la fotografía del carnet y traté de consolarme: «Pues no parece que hayan pasado tantos años», dije para mí. Y mientras regresaba al trabajo no me acordé de Larra, sino de todos esos funcionarios, cumplidores y anónimos, a los que también les va a pillar el ‘tijeretazo’ de Zapatero.

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