Desde hace años, a mis amigos escritores jóvenes les recomiendo una novela de Henry James, no demasiado conocida, que se titula ‘La lección del maestro’. No voy a desvelar aquí cuál es esa lección, pero sí que tiene mucho que ver con la vocación literaria y con la pasión que aturde a cualquier adolescente ‘letraherido’.
El mundo de la literatura admite muchas variantes respecto a la consideración del más allá, de ese tramo indefinido de tiempo que llamamos futuro. El extremo más descreído del espectro lo ocupa sin duda el poeta inglés Thomas Gray: «En cuanto a la posteridad, ¿qué ha hecho por mí que me obligue para con ella?». En el otro extremo debe situarse aquel escritor bohemio, amigo de Julio Camba, que obligado a pasar frecuentemente las noches al raso decía: «¡Ya me las pagaréis todas juntas, canallas de burgueses! En vida no tiene uno dónde caerse muerto; pero en cuanto me muera no os quedará más remedio que hacerme un panteón de mármol».
Nunca ha dispuesto la sociedad de más medios para reproducir y grabar, en multitud de soportes, sus obras artísticas, de libre creación. ¿Pero ha crecido en la misma proporción la voluntad de trascender, el deseo de asentarse, aunque sea temporalmente, en la posteridad? Creo que no. Al contrario. Frente a la cultura de la memoria oral y después de la palabra escrita, vivimos una época dominada por la imagen y los testimonios escritos cada vez más breves. Las nuevas tecnologías han hecho crecer exponencialmente el número de autores, de lectores y de espectadores. ¿Pero ha crecido también el deseo de que perduren esos contenidos? Liviandad, banalidad o trascendencia, he ahí la cuestión.

