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Borges, medicinal

El escritor vasco Fernando Aramburu, uno de esos ‘hombres justos’ cuya trayectoria y decencia moral se han agigantado tras la noche tenebrosa del terrorismo etarra, acaba de inaugurar una nueva sección en el suplemento literario ‘Territorios’, de ‘El Correo’. La noticia –de la que el propio Aramburu daba cuenta en su blog y reproducía asimismo el escritor Álvaro Valverde en su bitácora– me parece una magnífica novedad. Todos los meses, Aramburu reflexionará acerca de poemas de autores célebres.
El primer trabajo de la serie lo dedica al texto ‘Los justos’, de Jorge Luis Borges. Un poema, como recuerda Fernando Aramburu, que Borges incluyó en su libro ‘La cifra’, y que vio la luz cuando el escritor argentino era ya una celebridad mundial, un octogenario «que en lugar de rechazar con resquemor de viejo el mundo vetado a sus ojos, del que pronto se despedirá, tiene la delicadeza de dedicarle unas palabras aprobatorias».
No pretendo (ni podría) resumir aquí la iluminadora reflexión y glosa que hace Aramburu de ‘Los justos’. Lo que sí hago fervientemente es recomendarles que la lean. Equivale a un curso completo de literatura. Un genio como Borges glosado por un escritor también excepcional.
A mí me emociona la capacidad de Borges para reunir en una docena de versos esa especie de ‘cosmogonía’ poética sobre la figura de los hombres justos; es decir, sobre los ‘héroes’ anónimos, cotidianos, que hacen que el universo, la vida, discurra sin cataclismos, sin anomalías insalvables. Borges enumera una serie de personas o de situaciones. Los dos primeros versos: «Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire. / El que agradece que en la tierra haya música»… y dibuja la esencia de esas cosas importantes en las que tantas veces no reparamos. Tras la enumeración, el oro de la sabiduría, el verso final: «Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo».
Yo creo que la lectura de los ‘Los justos’ supone un bálsamo muy recomendable para quienes se ven sometidos a las vicisitudes a veces absurdas e intrascendentes de la vida. ¡Cuántos desengaños y frustraciones podrían evitarse frecuentando la lectura de poemas como el de Borges! Lo digo en serio. Frente al energumenismo, a la insensatez o a la soberbia del que solo aspira a imponer sus razones, los versos de ‘Los justos’.
Del mismo modo que las ‘Bienaventuranzas’ nos invitan a mantener un punto de vista en el que la promesa de felicidad suele ser inversamente proporcional a la altura de nuestro pedestal, las enseñanzas de ese poema borgeano nos adiestran en el descubrimiento de lo trascendente, de lo esencial. Si yo pudiera influir en los contenidos de nuestros libros de texto, ese poema desde luego que figuraría en los manuales de Lengua y Literatura. Y lo recomiendo con entusiasmo asimismo a quienes tienen que tomar decisiones que trascienden el ámbito personal. Y a quienes dudan entre ‘ser’ y ‘tener’. Bien pensado, además de hacernos más cultos, la lectura de ‘Los justos’ nos ahorra desazones, nos acarrea paz y, sobre todo, nos hace mejores personas.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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