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Humor negrísimo

Podría creerse que el humor negro es un invento español, sobre todo si se recuerda aquel chiste de Gila en que unos mozos desnucan al boticario de la aldea con un cepo para lobos y cuando la mujer del pobre hombre se queja y les reprocha el disparate, los energúmenos entre risotadas se limitan a exclamar: «¡Pues si no sabe aguantar una broma, que se vaya del pueblo!». O aquel otro chiste gráfico de Mingote en los años de la barbarie etarra en el que se ve a un hombre en el suelo al que acaban de disparar y junto a él un niño que exclama: «¡Han matado a mi papá, han matado a mi papá!», mientras que dos tipos con sus ‘txapelas’ contemplan la escena y uno de ellos sentencia: «Fíjate tú, tan pequeño y ya chivato».
Humor negro de alta concentración. En esa veta también trabajaron de mineros Quevedo, el autor del Lazarillo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y luego otros muchos autores, desde el creador de ‘Gil Blas de Santillana’ hasta Jonathan Swift, que es a donde yo quería llegar. Aparte del famosísimo ‘Los viajes de Guilliver’, Swift, escribió uno de esos textos que puede considerarse el paradigma del humor negro de todas las épocas y que le valió más de un disgusto, quizás porque en su pueblo, como le ocurrió al personaje de Gila, tampoco sabían aguantar una broma.
El texto –aproximadamente igual de largo que un discurso de Fidel Castro– se titula «Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público».
Se trata en apariencia de la propuesta bienintencionada de alguien que reflexiona en torno a un problema grave y que quiere brindar al mundo la mejor de las soluciones. Pero ahí está el quiebro a la lógica que supone toda acción humorística. El sarcasmo. La dinamita para los pollos. A medida que avanzamos por las páginas se descubre que la ‘modesta’ proposición de Swift consiste en que los pobres (cargados de hijos a los que no pueden mantener) los vendan de niños para que los ricos se los coman; de este modo además de poner fin a un inquietante problema demográfico se contribuye con eficacia a la producción gastronómica…
Sin derivas derrotistas, habrá quien establezca semejanzas (¡y maldita la gracia!) entre la proposición teórica de Swift y la que se está aplicando en la práctica a raíz de la crisis económica y la globalización. ¿Qué otra cosa están haciendo los más pobres sino entregar ‘bienes’ a los más ricos para que los ‘consuman’? ¿Cómo se explica si no el crecimiento desbocado de la desigualdad en los últimos años?
Jonathan Swift consiguió a través de la ironía y del humor negro desvelar las miserias y vergüenzas de una sociedad en exceso injusta y desigual. Muchos le recriminaron su «mal gusto» y no repararon en la Luna, sino en el dedo que la señalaba. Ahora, con la crisis y el crecimiento de la desigualdad no ha lugar ni al sarcasmo: se da por hecho que siempre hubo ricos y pobres y el que no aguante una broma, que se vaya del pueblo. Si no se ha pirado ya.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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