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Wolf Vostell

En la tumba de Wolf Vostell, en el cementerio civil de La Almudena, en Madrid, figura un epitafio escrito en español y en hebreo: «Son las cosas que no conocéis las que cambiarán vuestra vida».
Estos días se conmemoran los 40 años del proceso de creación del Museo Vostell de Malpartida de Cáceres, cuando el artista berlinés-extremeño
–como le gustaba definirse a sí mismo– sintió curiosidad por conocer la tierra que reflejaba Buñuel en su película sobre las Hurdes, la belleza de los ‘zurbaranes’ del Monasterio de Guadalupe y, sobre todo, tras el momento fundacional en que decide instalar, octubre de 1976, en el paraje granítico de Los Barruecos –para él todo un deslumbramiento– la escultura de un antiguo Opel incunstrado en un bloque de hormigón y titulada ‘V.O.A.E.X’. (’Viaje de (H)ormigón por la Alta Extremadura’). El choque entre el progreso y la naturaleza.
Por entonces Vostell ya había declarado a Los Barruecos «Obra de Arte de la Naturaleza» y se daban los primeros pasos para que el antiguo y semiderruido lavadero de lanas de tiempos de la Mesta acabara convertido en Museo Vostell con la Junta de Extremadura vinculada al proyecto tras emprender en 1992 la restauración de las instalaciones junto a la charca grande del singular paraje.
El resto de la historia es bien conocido. La consolidación del museo se produjo con la restauración de 1994, que permitió incorporar al recinto las obras de la colección Wolf y Mercedes Vostell y la de 1998, con la restauración de la antigua ‘Nave de la Estriba’, destinada a las colecciones Fluxus-Donación Gino Di Maggio, más otras de artistas españoles, portugueses y polacos que, por desgracia, ya no pudo ver inaugurada Vostell porque le sorprendió la muerte el 3 de abril de 1998 en Berlín.
Aunque he tenido la suerte de asistir como periodista y aficionado al arte a bastantes momentos significativos de ese museo, mi intención ahora no es detallar los pormenores de su evolución, sino reflexionar acerca de aspectos tangenciales que suelen pasar inadvertidos. ¿Alguien se pregunta qué ocurriría hoy si Malpartida de Cáceres no tuviera el Museo Vostell? ¿Se valoran debidamente los beneficios que aporta a la proyección cultural y turística de la localidad, de Cáceres y de Extremadura? ¿Se tiene conciencia clara de cuántos apostaron sin reservas por ese proyecto?
Es indudable que el hoy declarado Monumento Natural de Los Barruecos y el Museo Vostell Malpartida (MVM) forman un binomio que se complementa y enriquece mutuamente. Pero no surgió por azar. Ni de la nada. ¿Son posibles otros proyectos equivalentes en otras partes de Extremadura?
El MVM –un ‘antimuseo’ que no puede convertirse en un ‘mausoleo’, según dijo el propio Juan Carlos Rodríguez Ibarra en 2001, al inaugurar la exposición conmemorativa de los 25 años– sigue interrogándonos, transgrediendo, innovando y cumpliendo la tarea que Wolf Vostell atribuye al arte según la famosa frase del filósofo Adorno: «Solamente la forma radical de romper el arte convencional nos puede decir nuevas verdades».

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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