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Del poder y las sombras
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Juan Domingo Fernández | 15-12-2016 | 19:20

A quien consigue el poder hay dos cosas que le preocupan sobremanera: conservarlo y asegurarse que la imagen que pasará a la posteridad concuerda con sus pretensiones. En la antigüedad y en nuestros días. De ahí proceden los miles de monumentos públicos que salpican las civilizaciones del mundo, desde los coliseos hasta los grandes templos, pasando por las pirámides o los arcos de triunfo. En ese afán por aposentarse en la historia con el maquillaje adecuado está el origen también de los primitivos cronistas, de los biógrafos y de los muchos medios de comunicación de masas, incluidas las redes sociales.
La historia del poder (del signo que sea) nunca es ajena al correspondiente ejercicio de agitación y propaganda, aunque con las técnicas y los avances disponibles se van actualizando los procedimientos.
La experiencia prueba sin embargo que es más difícil garantizarse el juicio favorable de la historia que la propia supervivencia en el poder. Sucedía así en los tiempos de los imperios históricos y también en los más recientes. A Stalin, Mao o Hitler les resultó más fácil mantenerse en el poder que garantizarse el aplauso de la posteridad. La historia –a pesar de lo que Fidel Castro proclamó– casi nunca absuelve a quien encarna el poder de manera dictatorial o autoritaria… Pocos cruzan impunes el puente de la memoria.
El sabio proverbio griego «el destino es el carácter» lo amplió Horace Greeley siglos después: «La fama es un efluvio; la popularidad, un accidente; las riquezas, efímeras. Solo una cosa perdura: el carácter».
Durante el tiempo que los poderosos gobiernan el destino de su obra, es decir, ejercen el poder, se levantan estatuas en su honor y los ditirambos se multiplican en las biografías oficiales y oficiosas. Hasta que el otoño no alcanza a los patriarcas, la obsesión de todos ellos siempre es doble: conservar el poder y procurar que la historia les dispense un trato de favor. Pero nadie salta sobre su propia sombra. El carácter tiránico, despiadado, ególatra, mendaz… acabará asomando la patita y corroerá el brillo de las estatuas.
Ahora, con un ecosistema ‘comunicativo’ muy distinto al tradicional tras la eclosión de las redes sociales y la galaxia digital, los grandes líderes políticos no son ajenos a la dinámica de endiosamiento que les acaba distanciando de la realidad ciudadana. Solo que el mecanismo para consolidar su fuerza no consiste ya en sembrar un país de estatuas, ni en inaugurar coliseos, pantanos o ‘aldeas de potemkin’, sino en garantizarse una significativa presencia en los grandes medios de comunicación y sobre todo en el algoritmo de Google.
Por eso los nuevos líderes –las nuevas encarnaciones del poder– tendrán necesariamente una naturaleza ‘híbrida’: mitad virtual, mitad real. Y aunque no sé si son conscientes del carácter de su destino, su función equivale de algún modo a la del electrodoméstico que se enchufa para que funcione (se le suministra vida en las redes sociales) pero al que también se puede… desconectar cuando lo marque la obsolescencia programada o sencillamente, cuando interese. Mientras sirva.

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