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De Jaime Gil de Biedma a Confucio
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Juan Domingo Fernández | 29-12-2016 | 18:18

Esta que lees aquí será mi última columna del año 2016. He repasado amigo lector las escritas en las postrimerías de años precedentes y compruebo que en varias de ellas invoco al Jaime Gil de Biedma de ‘Píos deseos para empezar el año’ y ‘De vita beata’, dos poemas acaso apropiados para tiempo de balances como es siempre el mes de diciembre.
Así que este año tampoco quiero olvidar los versos de Gil de Biedma: «Un orden de vivir es la sabiduría», ni la vieja sentencia de Laurence Sterne, el padre de ‘Tristram Shandy’: «La ciencia se puede aprender de memoria, pero la sabiduría no». Las escuelas y las facultades te conceden un título –con aplicación y suerte facilitan el aprendizaje de materias y contenidos infinitos– pero la sabiduría es una cima que únicamente puedes escalar en tu interior. En la conquista de la sabiduría podrán ayudarte los porteadores, te resultarán de utilidad los sherpas, pero nadie podrá sustituirte en la sacrificada tarea de recorrer la ruta con tesón y esfuerzo.
La sabiduría es una cumbre que no se gana por el simple discurrir del tiempo. «La sabiduría de los ancianos es un gran error. No se hacen más sabios, sino más prudentes», decía Hemingway, un escritor para quien el valor relevante de la vida estuvo vinculado siempre a la acción antes que al conocimiento. A su modo él también podría decir lo que Gil de Biedma: «Un orden de vivir es la sabiduría», aunque fueran órdenes muy distintos.
Al filo del año nuevo, miro hacia atrás y no me parece que el 2016 resulte especialmente memorable. Desde luego no en lo político. Siento temblores solo de pensar que en estas fechas podríamos estar discutiendo aún sobre los resultados de las terceras elecciones y la perspectiva en el horizonte de unas cuartas y tal vez unas quintas…
Miro hacia atrás y veo una España con la izquierda real dividida y obsesionada por la ‘dramatización’ de la acción política. Tras el paso de Pedro Sánchez por la Secretaría General del PSOE y el panorama de tierra desolada que se percibe aún en ese solar histórico, la única esperanza es que el paso de los días permita cerrar heridas o al menos enfriar las cabezas de modo que el odio que alimenta egos e intereses partidistas no sea decisivo a la hora de tomar las grandes decisiones. El principal partido de la oposición debe aprender también del espectáculo que está ofreciendo estos días ese pandemonium político que será Podemos mientras lo encabece Pablo Iglesias, un político ‘nuevo-viejo’, ejercitado en la egolatría y en el regate en corto.
Miro hacia atrás y veo un Partido Popular demasiado satisfecho de sí mismo y tal vez no consciente del formidable ‘obsequio’ que ha recibido del PSOE, aunque fuera en circunstancias forzadas por el sentido de la responsabilidad nacional y el realismo político. Porque si hasta ese precipicio el tiempo discurrió a favor del PP, en cuanto el PSOE se recomponga el reloj corre para todos.
Mis píos deseos en lo económico, progreso para España, y en lo político, apelo a la sabiduría de Confucio: «El mal no está en tener faltas, sino en no tratar de enmendarlas».

Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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