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Fecha: abril, 2017
De la corrupción y su naturaleza
Juan Domingo Fernández 27-04-2017 | 8:33 | 0

No quisiera caer en el tópico pero tal vez la reflexión más oportuna ante el delirio de corrupción e irresponsabilidad políticas que sufre España la resume la conocida frase de Bertolt Brecht: «Qué tiempos serán los que vivimos que es necesario defender lo obvio».
Los árboles nos impiden ver el bosque. Todos critican, naturalmente, la corrupción, pero juzgándola con sentido sectario, cuando no interesado. Si reprochas ante alguien de derechas los excesos que está causando la corrupción, lo primero que hará no será reconocerlo sino contrargumentar y recordar que los de izquierdas hicieron o hacen lo mismo… El cainita discurso del «…y tú más». O en el mejor de los casos optar por la equidistancia, reduciendo la naturaleza del mal a un problema general. «Es que toda la vida los políticos han hecho y hacen lo mismo…», vendrá a decir.
Lo terrible es que la corrupción cuando deja de ser un problema anecdótico o circunstancial, cuando supera ese porcentaje digamos… ‘natural’ de manzanas podridas que entran en todos los cestos, se convierte en la gangrena incontenible que acaba devorando al propio sistema democrático.
Por eso resulta incomprensible que en los partidos o en las instituciones en que se descubren ‘manzanas podridas’ la primera respuesta consista en ocultar el hecho y si ‘te han pillao con el carrito del helao’ jugar al despiste o aventurar justificaciones vergonzantes. La ocultación es otra forma de complicidad.
La corrupción es la carcoma que destruye el andamiaje de la casa común. Y además de un problema con nefastas repercusiones económicas inmediatas –el agujero en las cuentas públicas asciende a miles de millones de euros– es una lacra moral de efectos devastadores a medio y largo plazo.
Cuando se trata de corrupción de cuello blanco, promovida por dirigentes de primerísimo nivel, la gravedad crece de forma exponencial. Serían precisos millones de corruptos para sumar, migaja a migaja, las cifras que se manejan en las grandes operaciones contra la podredumbre de las últimas décadas en España.
Por otra parte, vista la cuestión desde la perspectiva de una comunidad autónoma como Extremadura, me parece al menos tranquilizador el hecho de que los niveles de corrupción nunca alcanzarían, por la propia dimensión económica de la tierra, las cotas escandalosas de otras comunidades.
¿Alguien se imagina que dirían de nosotros, los extremeños, si alguno de los presidentes de esta región hubiera sido acusado de enriquecimiento ilícito y de la retahíla de presuntos delitos a los que se enfrentan el expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González; el expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol o el exministro Rodrigo Rato, entre otros?
Es cierto que nadie debe derribar la presunción de inocencia y que la última palabra la tiene la justicia. Pero tampoco conviene olvidar la propia naturaleza de los delitos (no es igual meter la mano que meter la pata) ni olvidar lo que decía Albert Camus: «Inocente es quien no necesita explicarse». Así de simple.

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La corrupción y otras conmemoraciones
Juan Domingo Fernández 20-04-2017 | 7:21 | 0

Cada día tiene su afán y la ONU por su parte un surtido calendario para conmemorar causas justas. Algunas de esas jornadas son tan conocidas como el Día Mundial contra el Cáncer, el Día Internacional de la Mujer o el Día Mundial del Libro y de los derechos de autor, que se celebra precisamente el próximo domingo, 23 de abril. Otros días internacionales se nos antojan menos relevantes, aunque es probable que la cercanía o los vínculos con el tema de que se trate condicionará nuestra opinión.
Se establecen días tan de sobra justificados como el de los Refugiados o el de la Salud, pero la programación oficial incluye también algunos más singulares: el de la Diversión en el Trabajo, el del Beso, el de la Felicidad o el Día Internacional de los Asteroides, por ejemplo. Salvo este último, cuya necesidad específica me queda algo a trasmano, la conveniencia de los demás estoy dispuesto a defenderla de forma entusiasta, sobre todo los de la Diversión en el Trabajo y el Beso, cuya culminación habría que celebrar, supongo, el Día Internacional de la Felicidad.
No quiero pecar de tiquismiquis porque es obvio que la mayoría de las conmemoraciones se establecen para el ámbito sanitario, de la salud, la ciencia, el desarrollo económico y los avances sociales. Sin embargo, me desconciertan algunas propuestas de la ONU. El 11 de diciembre se fijó como Día Nacional del Tango (es de suponer que en Argentina), pero ¿por qué no su equivalente en México para las rancheras o los corridos; y en España para las bulerías, los fandangos y la jota aragonesa? ¿No da lugar a discriminaciones la reserva oficial de jornadas conmemorativas? ¿Vivimos ya bajo el imperio de lo políticamente correcto a toda costa?
Cuando repaso el calendario de días internacionales y mundiales no me atrevo a borrar ninguno, al contrario, subrayaría varios imprescindibles: el 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa; el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz; el 7 de abril, Día Mundial de la Salud; el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer…
Y bueno, me siguen sorprendiendo algunos recordatorios bien peculiares: el Día del Orgullo Zombie, el del Soltero, el del Pistacho o el Día del Orgullo Friki. ¿Significa que vivimos en una sociedad fértil en conquistas y plural en matices sociales? ¿La apoteosis del postureo? Desde luego la nómina de días raros alberga joyas de museo: Día del Bolígrafo, del Cannabis, de Star Wars, de los Calcetines desparejados…
Aunque pueda parecer que todas las causas cuentan con su correspondiente cumpleaños, echo de menos bastantes aniversarios. ¿Cuándo es por ejemplo el Día de la Corrupción, afán al que miles de personas se entregan frenéticamente en España desde hace años? ¿Cuándo el Día nacional de la Irresponsabilidad, de quienes dicen «yo no sé nada» o «a mí que no me pregunten»? ¿Cuándo el Día de la Ley del Embudo? Me parece que alguien tendría que ir avisando a la ONU.

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Verdad y hologramas
Juan Domingo Fernández 13-04-2017 | 8:19 | 0

Ante la abundancia de ‘posverdades’ o directamente ‘mentiras’ que pululan en el ecosistema informativo resulta urgente separar los hechos de las opiniones, las voces de los ecos, la realidad de la tramoya. Imprescindible y forzoso.

‘Le Huffington Post’ da cuenta esta semana de cómo Jean-Luc Mélenchon, eurodiputado y candidato a las elecciones presidenciales del movimiento Francia insumisa se dispone a organizar grandes mítines con su imagen multiplicada sobre el escenario por medio de hologramas. Del acontecimiento se hace eco en twitter Nacho Sánchez Amor: «Los mítines con hologramas pasan de Turquía a Francia. Pronto no ya el orador, también el público en hologramas. Al tiempo», profetiza el diputado socialista en el Congreso.

Nadie duda que la política tiene una parte de teatro, de escenificación… no solo durante los periodos electorales sino en la práctica diaria. Pero el uso de forma habitual de hologramas (imágenes tridimensionales que se ‘materializan’ mediante holografías) es un salto cualitativo, la apoteosis del juego de espejos donde disputan su partida la verdad y las apariencias, la realidad y lo que ahora se denominan ‘hechos alternativos’.

Aunque quizás no haya lugar al asombro ni deba considerarse extraordinario el mitin con protagonista y público holográficos pues bien pensado ¿qué otra cosa son las redes sociales y la multiplicación virtual de mensajes, mantras y argumentarios? ¿Qué más holograma que los vídeos políticos de promoción o las intervenciones enlatadas en platós? ¿Acaso no es la propia realidad virtual en la que suceden esas ‘acciones’ una masiva y prodigiosa escenificación holográfica? El eco robotizado de un cartel.

Para millones de seguidores de la saga cinematográfica ‘Star Wars’ hay un ‘momento holograma’ inolvidable justo cuando la princesa Leia suplica: «Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza». Se trata de un instante dramático en la historia y del último recurso que la princesa tiene para comunicarse con el maestro jedi, a millones de kilómetros entonces de ella.

Sin embargo ahora, si se populariza el procedimiento holográfico, será ante todo por sentido utilitario y mediático, es decir, como recurso llamativo para contribuir a que los mítines refuercen su carácter de puro espectáculo, de placebo luminoso y superficial. De cumplirse la profecía de Sánchez Amor, quienes acudan a los mítines recibirán de los oradores peticiones holográficas similares a esta: «Ayúdame, votante mío, eres mi única esperanza». O cosas por el estilo.

Decía Machado que hay dos clases de hombres, los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas. Me parece que la llegada de los hologramas viene a complicar las cosas algo más. Si ya de por sí resulta arduo establecer cuándo un hombre realmente es virtuoso y no un simple impostor, con hologramas resplandeciendo sobre la tarima se me antoja peliagudo separar el trigo de la paja, la verdad de los hechos alternativos. En otro tiempo, además, a los malos actores se les podía tirar tomates en el teatro. ¿Pero qué le lanzas para acertar a un holograma?

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De Gibraltar a Torrente
Juan Domingo Fernández 06-04-2017 | 6:52 | 0

Parafraseando al Borges que elogiaba a Quevedo cabe decir que Gibraltar es menos un género noticioso que una dilatada y compleja literatura. Un clásico de los contenciosos enquistados, el paradigma de nuestros nudos gordianos. Durante los primeros años del franquismo el grito «¡Gibraltar español!» resumía el santo y seña del espíritu patrio. El heredero natural del viejo «¡Santiago y cierra España». A veces –supongo que cuando convenía al régimen– asomaba cual serpiente de verano por el horizonte político con la disimulada intención de distraer al personal de otras reivindicaciones más acuciantes…
Es famosa la anécdota de los estudiantes falangistas que se manifestaban en los años cuarenta del pasado siglo ante la embajada británica en Madrid. Ante los amenazantes insultos y gritos reclamando la soberanía de Gibraltar para España, el embajador llamó a Ramón Serrano Suñer para protestar por la actitud de los manifestantes. Serrano preguntó al diplomático si quería que le mandase más policías para proteger la embajada. «No, quiero que me mande menos manifestantes», respondió el británico.
Los tiras y aflojas sobre Gibraltar ocupan miles de páginas de nuestra historia. La controversia se remonta al minuto uno, es decir, a 1713. A partir de entonces se han abordado prácticamente todas las estrategias posibles para acabar con el ‘nudo gordiano’: desde acciones artilleras, referendos, cierre de la verja, apertura de la verja, actitudes colaboradoras, protestas enérgicas, protestas morigeradas, acciones diplomáticas en la ONU, rifirrafes con los pescadores en la bahía de Algeciras…
Hasta anteayer y el inesperado ‘brexit’, recibido en España como una ocasión de oro para modificar el estatus del Peñón y reactivar la tesis de un periodo transitorio de soberanía compartida.
Si en una guerra la primera víctima siempre es la verdad, en este conflicto
–antes incluso de enfrentamiento alguno– la primera víctima es el sentido común. ¡Cuánto se ha disparatado en los últimos días!, sobre todo desde el Reino Unido. Más que asombro, las salidas de tono invitan a la sonrisa: con ese exministro y miembro de la Cámara de los Lores, Norman Tebbit, que propone apoyar la independencia de Cataluña para presionar a España; con el antiguo líder del Partido Conservador, Michael Howard, insinuando que Theresa May llegado el caso se comportaría igual que Margaret Thatcher cuando la guerra de las Malvinas…
Por no hablar de periódicos de un amarillismo rabioso como ‘The Sun’, en cuyas páginas se alude a los españoles como «follaburros» (¡!) y se sugieren entre otras medidas de presión ‘decir adiós’ a los 125.000 españoles que trabajan en Reino Unido, poner un impuesto al vino de Rioja o cerrar el espacio aéreo a los vuelos españoles… «La roca no se toca».
Yo creo que lo mejor que los diplomáticos de España pueden hacer ahora es regalar a los exaltados ‘british’ una copia de la película ‘ Torrente 2’, esa en la que el héroe creado por Santiago Segura dirige un misil al Peñón mientras exclama: «Ya que estamos, Gibraltar español o ‘pa’ nadie». Y que se mueran de risa.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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