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Fecha: junio, 2017
De Séneca a Azarías
Juan Domingo Fernández 29-06-2017 | 8:10 | 0

Me parece que Internet y el universo de las redes sociales se asemeja a los tiempos de los pasquines y de las pintadas. Una época en que el rumor, las medias verdades y la información descontextualizada circulaban igual que la moneda de curso legal. En determinadas circunstancias (bajo una feroz censura o un poder absoluto) supongo que los pasquines cumplieron su papel –valga la expresión– igual que las pintadas en las paredes. Para difundir eslóganes nada mejor que un muro, de ladrillo o de Facebook. Que se lo cuenten a los jóvenes de Mayo del 68 cuando pedían «¡Levantad los adoquines que debajo está la playa!» o a esos precursores de Banksy que ironizaron en el Londres de 1975 con otra pintada memorable: «Dios no está muerto: está vivo, saludable y trabajando en un proyecto mucho menos ambicioso».
El universo de las redes sociales suscita firmes reticencias porque la información que nos llega a través de nuestras cuentas no suele estar jerarquizada (su carácter en un porcentaje altísimo es aleatorio, azaroso, circunstancial); puede tratarse de datos no confirmados y para muchos usuarios, además, las redes sociales ‘ocupan’ un espacio y un tiempo que no pueden dedicar a otras propuestas informativas o de comunicación mejor estructuradas, más fiables y rigurosas. Menos líquidas.
En mi opinión las redes sociales están destinadas a convertirse
–probablemente lo son ya– en grandes herramientas de entretenimiento y diversión. Muy aptas para la propagación de memes, chistes, chascarrillos, nimiedades y otros subproductos de bajo coste. Por decirlo como Paco el Bajo en ‘Los santos inocentes’ cuando disculpaba a su cuñado Azarías: desengáñese, señorito Iván, para la paloma vale pero para la perdiz es corto de entendederas.
Una de las cosas que peor llevo en las redes sociales es la práctica del machaqueo: esos profesionales del Twitter o del Facebook que se pasan el día con el mismo sonsonete. En modo martillo pilón o picador de almendrilla. Entusiastas del bombo y de la propaganda a los que jamás les entraría en la cabeza aquel famoso reproche de Alberto Moravia: «Curiosamente los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado».
Sin embargo, reconozco que me gusta Internet en general aunque solo sea por lo que ha aportado al mundo de la comunicación y sus enormes potencialidades. Debo insistir también en que mis reticencias respecto a las redes sociales tienen que ver más con el uso furtivo que se hace de ellas que con su carácter.
Así como Séneca decía al hablar de los vicios que son propios «de los hombres, no de los tiempos» puede decirse que el problema de las redes sociales no radica en su naturaleza sino en la utilización que hacemos de ellas, en el fin al que las destinamos. Aunque sospecho que si Séneca viviera en el siglo XXI y observara a millones de personas en todo el mundo consultando ensimismadas cada poco tiempo un dispositivo móvil, tal vez cambiaba de opinión.

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De la inteligencia y la astucia
Juan Domingo Fernández 22-06-2017 | 8:21 | 0

Las investigaciones sobre el desarrollo de la inteligencia incluyen campos tan distintos como el de la inteligencia artificial y la genética. El propio concepto de inteligencia es complejo y poliédrico. En realidad no cabe hablar de una sola inteligencia sino de varias. De hecho los científicos sostienen que existen al menos doce ‘inteligencias’ distintas, entre ellas la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la musical, la emocional, la intrapersonal, la interpersonal, la colaborativa…
Percibida como un valor característico de la ‘mente’ y opuesto al ‘corazón’, a la inteligencia solemos vincularla con la frialdad, la reflexión o el rigor frente a la pasión de lo sentimental y espontáneo, frente a esa efervescencia que resume el adjetivo ‘romántico’. De ahí que a través de la historia el prestigio del concepto ‘inteligencia’ haya fluctuado como los valores en la bolsa. De la Rochefoucauld advierte que «todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia», que a mí me parece además de una aguda observación psicológica un compendio (guasón) de experiencia histórica.
Y más de veinte siglos antes uno de los siete sabios griegos sentenciaba: «El deseo de lo imposible es una enfermedad de la inteligencia», que también se nos revela como una fórmula breve y sentenciosa para incitarnos a la reflexión realista, racional, quizás estoica.
Otra idea muy extendida en el imaginario colectivo respecto a la inteligencia es que reconocerla en los demás exige que uno mismo la posea. Es decir, una variación del principio teórico según el cual únicamente los iguales se reconocen entre sí. Goethe lo formuló también con pocas palabras: «todas las inteligencias son invisibles para el que no tiene inteligencia él mismo».
En la vida cotidiana casi todos conocemos ejemplos en los que antes de calificar a una persona de ‘inteligente’ preferimos definirla como ‘lista’. Es una manera de matizar y también de rebajar el valor del concepto ‘inteligencia’, revestido de atribuciones positivas, encomiables, frente al de ‘listeza’, vinculado con aspectos como egoísmo, ambición, interés, avidez… En el mundo de la política (y conste que no deseo hablar de ningún político en concreto) los ejemplos de ‘listos’ frente a los ‘inteligentes’ seguro que darían para completar una enciclopedia.
Me temo que una de las fatalidades de las políticas populistas que ensombrecen el porvenir es la abundancia de listos frente a inteligentes. Y más que listos, profesionales de la astucia, es decir, del maniobrerismo, de esa mediocridad que busca ganar batallas inmediatas porque en el fondo no confían en su capacidad para ganar la guerra…
Lo terrible de las políticas populistas no es su falta de respeto a la verdad (desde las mentiras del ‘brexit’ hasta los tuits de Trump; desde la hipocresía de los dirigentes independentistas catalanes hasta las manipulaciones del régimen chavista o de Le Pen en Francia) lo descorazonador son las propuestas endebles y la abundancia de contradicciones. El porvenir concebido como una política de gestos contada por un astuto lleno de ruido y de furia.

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De diagnósticos y trenes que pasan
Juan Domingo Fernández 15-06-2017 | 7:18 | 0

Ahora que de casi todo hace ya veinte años, que decía Jaime Gil de Biedma, resulta que de las primeras elecciones libres de la etapa democrática no hace veinte sino cuarenta, que ya son años. La ruleta del calendario ha bordeado otra carambola: emparejar aquel 15-J iniciático e ilusionante con este 13-J terminal y previsible en que se representó la postrera moción de censura del Parlamento español.
En un artículo publicado en su sección de ‘ABC’ en mayo de 1977 el periodista Carlos Luis Álvarez escribe sobre la presentación que Rafael Alberti hizo de sus apuntes de ‘El Adefesio’, encuentro al que también acudieron Dámaso Alonso, Gerardo Diego «y mucha más crema de la intelectualidad». El periodista añade una anécdota deliciosa: «Mi amigo Manolo Vicent me contó en lo de Alberti que había visto a una joven ácrata rechazar ‘Mundo Obrero’ porque decía que era un periódico monárquico. ¿Cabe mayor indicativo de lo que es una situación moderada?», se preguntaba Carlos Luis Álvarez con la revolera de la ironía.
Vista con perspectiva, la moción de censura del 13-J me parece que es también la prueba de que vivimos una situación moderada, solo que en vez de jóvenes ácratas juzgando con desdén y displicencia a ‘Mundo Obrero, (entonces nada menos que el periódico del ‘partido’ por antonomasia durante el largo paréntesis franquista, es decir, el PCE, el Partido Comunista de España) por el tablero político se mueven fuerzas ‘antisistema’ o ‘independentistas’ más o menos conformes con la Constitución, aunque sea bajo la formalidad del «por imperativo legal».
No sé si debido a aquella «situación moderada» que se vivía en los primeros años de la Transición o debido al carácter cíclico de la historia, el caso es que la moción de censura del 13-J ha tenido algo de movimiento en bucle y tránsito por el túnel del tiempo. O eso me ha parecido a mí.
Oyendo a Pablo Iglesias (y sobre todo a Irene Montero) creo que no hemos regresado al 15-J de 1977 sino al 15-M de 2011; es decir, al movimiento de los indignados. Supongo que nadie con dos dedos de frente y algo de corazón negará lo acertado que resulta el diagnóstico que hicieron acerca de la corrupción y el capitalismo de las ‘élites extractivas’ consustancial a la ‘casta’. Pero compartir el diagnóstico no quiere decir que se compartan las soluciones. Al contrario. Buena parte de los ciudadanos se solidarizan con las protestas pero discrepan, y mucho, respecto a los remedios para que aparte de acabar con las prácticas corruptas se arbitren expectativas de progreso razonables. No puede ser, como sostiene el adagio popular, que acabe costando más el collar que el perro…
La moción de censura creo que ha aportado escasas novedades. Si en la vida hay trenes que solo pasan una vez, acaso la principal constatación que habrá hecho ya Pablo Iglesias es que tuvo la oportunidad de subirse a ese tren –aliándose con el PSOE y Ciudadanos– pero prefirió dejarlo pasar y él sabrá las razones.

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La carta traspapelada
Juan Domingo Fernández 08-06-2017 | 8:00 | 0

CUENTA el poeta, crítico y profesor José Luis García Martín que el otro día encontró, «traspapelada en el libro de un poeta que frecuento poco» una postal que había recibido hace más de cuarenta años y que había olvidado. La postal (elegante acuse de recibo de una revista literaria) se la envió Vicente Aleixandre en 1976.
Este episodio del documento traspapelado me resulta cercano por la arraigada costumbre de guardar entre las páginas de los libros diversas notas, reseñas, cartas, entrevistas… relativas a la obra o al autor. Mi último ‘hallazgo’ de una carta oculta o traspapelada tiene que ver con el novelista Juan García Hortelano y también, me parece, con el oficio del periodismo. Se lo voy a contar.
A finales de 1986 tuve que cubrir informativamente un seminario internacional sobre el puente romano de Alcántara que se celebraba en esa localidad cacereña. Un trabajo digamos que rutinario, sin relieve especial… Cumplida la tarea, la jornada me reservaba sin embargo un regalo imprevisto: entre los invitados al encuentro figuraba un escritor famoso no por sus publicaciones sobre las estructuras de puentes y acueductos sino por ser el autor de obras tan apreciables como ‘Tormenta de verano’, ‘El gran momento de Mary Tribune’, ‘Los vaqueros en el pozo’ o ‘Gramática parda’. He tenido suerte, pensé.
Resulta que Juan García Hortelano asistía a las jornadas en calidad de jefe de publicaciones del Centro de Estudios Históricos del MOPU (Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo). El caso es que a mí me faltó tiempo para proponerle una entrevista y a él le sobró cordialidad y disposición para aceptarla de inmediato, gustosamente. «Si te parece» dijo mientras me tomaba del brazo, «charlamos y paseamos un rato».
Así que caminando sobre las lanchas lustrosas y las lápidas del claustro del Conventual de San Benito, Juan García Hortelano me habló de su experiencia novelística, de su trayectoria narrativa, de sus manías o de su incredulidad respecto a la muerte de la novela. Desgranó opiniones sobre la generación del medio siglo y los novelistas del socialrealismo, recordó anécdotas divertidas de la amistad con Carlos Barral, habló de sus lecturas habituales o de su interés por hacer novelas bien escritas pero sin aburrir…
Funcionario público desde el año 1953, García Hortelano aseguraba entonces que su trabajo en un organismo oficial era la constatación «clarísima» de que en España no se puede vivir de la literatura. Y lo reconocía sin poses ni rimbombancias afectadas, sino a la inversa, confesándose partidario del «trabajo de ‘ganapán’, que se ha dicho toda la vida…».
A los pocos días publiqué una amplia entrevista con el autor de ‘Gramática parda’ y se la envíe a Madrid, a su domicilio de la calle Gaztambide. Poco después me remitió una carta dándome las gracias por la entrevista y felicitándome «por tu oficio, tan difícil de ejercer a la hora de la página impresa». Esa carta ha dormido ‘traspapelada’ entre las hojas de ‘El gran momento de Mary Tribune’ desde diciembre de 1986. Hasta ayer mismo.

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Moix y la tórtola con el tiro en el ala
Juan Domingo Fernández 01-06-2017 | 5:35 | 0

Ante el caso Moix la división de opiniones que suele darse en el ruedo ibérico se ha transformado en unanimidad, pero las críticas en vez de a su familia, como en el chiste, se dirigen al partido que lo apadrina y que ‘formalmente’ lo sostiene en el puesto. Bueno, hasta este momento en que escribo, porque la historia de Moix me recuerda bastante los primeros capítulos de la historia del exministro José Manuel Soria y la maldición de Panamá.
Por lo visto, oído y leído, buena parte de los reproches al proceder de Moix y del PP giran alrededor de estos argumentos: «No es sostenible ni política, ni ética, ni estéticamente». «La mujer del César debe ser honrada y además parecerlo». «¿Qué credibilidad va a tener Moix si mantiene una empresa en un paraíso fiscal?». «Con qué autoridad moral va a seguir siendo fiscal jefe Anticorrupción?».
En las redes sociales, sin embargo, las críticas son menos convencionales y más demoledoras. Por ejemplo algunos tuits de Gerardo Tecé con munición de ironía: «El fiscal jefe Anticorrupción con empresa en paraíso fiscal no tiene intención de dimitir, porque si al español no lo toreas, se extingue». Y otro: «En un paso más en su lucha contra la corrupción, el PP quiere normalizar ahora que un jefe anticorrupción tenga una sociedad offshore».
Si se tratara de una serie televisiva o de un programa de humor diríamos: «Qué exagerados». Pero no es un programa de humor, si acaso un episodio propio de esta era de la posverdad en la que los acontecimientos o las noticias se consumen con tal velocidad que todas devienen en ‘dinamita p’a los pollos’ o en mera fruslería y banalidad de consumo rápido. El ritmo al que se mueve la máquina informativa (global) hará que cualquier «hecho», por relevante que sea, acabe convertido en almendrilla o en golosina para tomar como simple aperitivo. Hay que seguir pedaleando. Y «más madera, es la guerra», gritamos con Groucho Marx.
Acabe como acabe el caso Moix, «el tiro ya lo lleva», que dicen los cazadores de tórtolas. El tiempo corre en contra del fiscal jefe Anticorrupción y de quien tiene la potestad legal de mantenerlo en el puesto o removerlo. También operan en su contra las circunstancias en que fue nombrado y esas filtraciones donde Ignacio González (entonces en libertad) opinaba sobre él. La súplica de los mexicanos: «No me defiendas, compadre».
En cualquier caso, más que dañar al Partido Popular o a Rajoy la continuidad de Manuel Moix en estas circunstancias erosiona, en mi opinión, al propio sistema democrático, pues contribuye a que en la calle se perciba la separación de poderes como una entelequia más teórica que real mientras se intenta revestir de normalidad («¿Queremos que sea pobre de solemnidad?», «¿No tiene derecho a tener nada?», se preguntaba ayer ante los periodistas Celia Villalobos) el hecho insólito de que un fiscal jefe Anticorrupción posea el 25% de una empresa radicada en un paraíso fiscal… No es chiste.
Con los Presupuestos generales ya aprobados, cuánto va a durar Moix en el cargo. Hagan sus apuestas.

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