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Fecha: julio, 2017
¿Quién escribirá los nuevos esperpentos?
Juan Domingo Fernández 27-07-2017 | 8:13 | 1

Sin ánimo de parecer frívolo, confieso que mi curiosidad mayor respecto al referéndum de octubre en Cataluña no se refiere tanto a cómo caerá la moneda (con perdón) sino a quién será el autor capaz de resumir para la posteridad esta época esperpéntica. Si Valle-Inclán inmortalizó en el primer tercio del siglo XX los disparates de una sociedad conquistada por sus propias caricaturas y Albert Boadella anticipó los excesos de Pujol and company en su genial ‘Ubu president’, lo que me gustaría conocer ya mismo es cuántos cuadernos de notas lleva emborronados el autor que inmortalizará los desvaríos del independentismo y el pandemónium del ‘procés’.
La vieja frase de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia se repiten primero como tragedia y luego como farsa se nos antoja también un calco profético de la situación catalana durante la II República (la fase trágica) y en estos últimos años del bucle soberanista (la fase cómica). Qué película ha perdido Berlanga.
La aparición sobre el escenario de la farsa de unas pocas figuras: Yoko Ono, Peter Gabriel o Hristo Stoichkov… –firmantes de la campaña soberanista «Dejad votar a los catalanes»– viene a poner la guinda foránea, la pincelada colorista en su afán por ‘internacionalizar’ el conflicto en busca de relevancia. Y es comprensible, pues la facción separatista procura así atenuar los rotundos rechazos cosechados en las instituciones europeas y en el resto del mundo democrático. Y me parece que persigue también contrarrestar las voces disidentes de nombres de prestigio como los de Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Javier Cercas, Jordi Évole, Javier Sardá, Isabel Coixet y tantos otros, que muestran estos días su rechazo o distancimiento con el fondo y las formas del referéndum separatista.
Por eso, si abrimos el foco, la comparecencia ayer de Mariano Rajoy declarando como testigo en la Audiencia Nacional por el ‘caso Gurtel’ resulta desde luego bochornosa y poco edificante por tratarse de la cabeza visible de un gobierno democrático europeo. Pero más allá de esas paradojas temporales, de la jugarreta del calendario, no cabe oponer la posible ‘ilicitud’ de su comportamiento político y personal para justificar o ‘legitimar’ la estrategia y los procedimientos de Puigdemont y cía. Entre otras cosas porque aun siendo relevante el problema de la corrupción en el PPy en el conjunto de España, se trata de un problema coyuntural, episódico, mientras que el llamado ‘procés’ es un problema estructural, no circunstancial, fundado en un desafío a la lógica, a la historia y a la ley del que tan solo caben esperar repercusiones imprevisibles y desde luego catastróficas.
Así que con este panorama acaso la mejor salida sea incurrir doblemente en el marxismo (el de Karl y el de los hermanos de Groucho), confiando en que la farsa del ‘procés’ y del referéndum del 1-O se resuelva con risas y sin llantos. Y que la escriba un autor con futuro.

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Promesas y paraísos
Juan Domingo Fernández 20-07-2017 | 8:26 | 0

Quizás el daño colateral más relevante del proceso independentista catalán no sea el distanciamiento emocional, la desafección recíproca que se está produciendo entre buena parte de los españoles y quienes nutren las filas del sector separatista. La consecuencia más perjudicial del llamado ‘procés’ es la constatación de que cualquier sociedad, por desarrollada y culta que parezca a primera vista, resulta igualmente susceptible de ser influida y manipulada hasta extremos inimaginables. Cuando se habla de manipulación política solemos pensar en regímenes totalitarios extremos como la Alemania nazi, la Unión Soviética de Stalin o la Corea del Amado Líder…
Pero la experiencia demuestra que procesos intensos de sugestión colectiva se registran ahora y en nuestro país, como si se tratara de prodigios más cercanos a las creencias supersticiosas que a la lógica y la razón. Cómo se explica que en un periodo muy corto y en pleno siglo XXI las preocupaciones políticas, las prioridades sociales, las aspiraciones cotidianas de una sociedad desarrollada y caracterizada por su espíritu abierto y europeísta como la de Cataluña se ‘ensimisme’ con veleidades de ensueño igual que en la canción de Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió».
Dice Max Jacob que «el sentido común es el instinto de la verdad» y yo tengo la impresión de que ese sentido común tantas veces vinculado con la sociedad catalana se está diluyendo ante la presión descomunal de unas políticas públicas que han hecho bandera de la secesión y del sectarismo como si tales anhelos fuesen imprescindibles para la vida y vinieran a satisfacer las necesidades de una sociedad en la Europa de 2017.
Cuando digo cómo se explica este estado de cosas estoy haciendo, claro está, una pregunta retórica. Se explica por un conjunto de causas entre las que sobresale –más allá de la responsabilidad de cada cual– la de los dirigentes políticos que juegan la baza independentista al precio que sea, es decir, por encima del sentido común, de la verdad y de la razón. «Donde hay poca justicia es grave tener razón», afirmaba Quevedo, y yo deseo vivamente que nadie concluya lo mismo porque en Cataluña ciertos políticos independentistas antepongan deseos interesados a la justicia; es decir, a la ley, a la democracia y a la historia.
El ‘proceso de desconexión’ ha crecido a través de insistentes ejercicios de precalentamiento en el victimismo y la indignación («¡España nos roba!») y repicando desde los campanarios soberanistas la ‘promesa’ del fin de todos los males en el mismo instante en que Cataluña sea independiente de España y se convierta en la nueva tierra prometida donde mana leche y miel.
¿Cómo disolver el convencimiento de quien se cree víctima de un ogro inexistente y que además confía en habitar su paraíso en un mañana incierto? La verdad, no lo sé; pero acaso le consuele el viejo proverbio hindú: «No hay árbol que el viento no haya sacudido». Quiero decir que el resto de España también se siente víctima y no renuncia al paraíso en común.

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No es serpiente, es Pesesín
Juan Domingo Fernández 13-07-2017 | 7:25 | 0

En periodismo hay un género clásico que sobrevive a la propia evolución de los medios: la serpiente de verano. Me refiero a ese tipo de noticias sin excesiva relevancia, vinculadas a las vacaciones y bastante llamativas, a las que en casi todas las Redacciones se acudía en socorro ante la escasez de hechos destacados. La ‘serpiente de verano’ podía ser el avistamiento de ovnis, los excesos de ciertas fiestas ancestrales en lugares remotos o las noticias alarmantes sobre el abandono de mascotas en periodo estival.
En estos tiempos de plena transición entre el soporte papel y los soportes digitales, el periodismo no ha renunciado a las serpientes de verano, aunque tal vez sí reclama para ellas un carácter esencialmente de entretenimiento y una procedencia preferente: el universo digital y las redes sociales. Más que en las páginas impresas de los periódicos el hábitat ideal para reproducirse la especie son las redes sociales. La galaxia digital.
¿Por qué digo todo esto? Por la historia de Pesesín, de la que ayer se hacía eco ‘El País’. En pocas palabras: el dueño de un pez (que resultó ser dueña) se va de vacaciones y deja en el descansillo del edificio donde vive un pececito en su pecera junto a un bote de comida y un cartel con instrucciones sobre cómo cuidarlo: «¡Hola vecinos! me voy de vacaciones y no me dejan llevarme a PESESÍN. Necesito vuestra ayuda para que le deis de comer. Solo se le debe echar una vez al día. Dejo la comida y un cuadro para saber cuándo comió». Hasta ahí los primeros datos. ¿Pero en qué momento el cartel y el pez se convierten en algo más que la anécdota de una comunidad de vecinos? Justo en el instante en que la tuitera @Nuria_GMz, vecina también de ese bloque de pisos, decide subir a la Red un tuit con un par de fotos contando la historia que hasta ahora, mientras escribo, ha logrado ya más de mil comentarios, 50.000 retuits y 87.000 ‘me gusta’.
Aparte de otros detalles sobre las opiniones de los tuiteros respecto al comportamiento de la persona dueña del pez, ‘El País’ informa también de que hasta la Policía Nacional a través de su perfil de Twitter se hace eco de la historia recordando (con humor y emoticono incluido) que «¡Siempre hay una alternativa al abandono animal!».
Desde luego, mil veces mejor estas ‘noticias’ que las habituales también durante julio y agosto de ancianos ‘abandonados’ en sus domicilios o en los hospitales de las grandes ciudades porque sus familias no pueden hacerse cargo de ellos en vacaciones…
Los dioses me libren de la demagogia o de la argumentación tramposa. Yo no critico que asuntos tan ‘ligeros’ como el de Pesesín conciten el interés de miles de tuiteros y dediquen su tiempo a comentar y entretenerse con la historia del pececito. Aunque se asemeje a las serpientes de verano. ¿Cómo no preferir, por ejemplo, esta historia frente al espectáculo indecoroso del grupo de dirigentes independentistas catalanes que se empeñan en disparatar hoy menos que mañana?

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A Miguel Ángel Blanco, en el recuerdo
Juan Domingo Fernández 06-07-2017 | 6:37 | 0

La semana que viene se cumplen 20 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA. Yo recuerdo muy bien aquellos momentos del sábado 12 de julio de 1997 porque ese fin de semana estaba trabajando y cuando el joven concejal de Ermua se encontraba todavía entre la vida y la muerte me puse a teclear un artículo para la sección que durante años firmé con el seudónimo de Tristán Buendía en las páginas de HOY de Cáceres. En aquel artículo, titulado «Cabezazos contra el muro de la historia», no solo defendía el valor de la palabra para el progreso humano frente al señuelo de la violencia que consagra la sentencia de Marx: «La violencia es la partera de la historia»; en aquel artículo contaba precisamente cómo la gente de bien de la ciudad al conocerse por la tarde la barbarie de ETA era capaz de sobreponerse a la indignación y al ‘natural’ instinto de venganza, conscientes de que sucumbir a la tentación de una respuesta ‘impulsiva’ sería volver atrás y otra forma de hacerles el juego a los terroristas.
El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco se producía apenas una semana después de que la Guardia Civil liberase al funcionario de prisiones Ortega Lara tras permanecer 532 días dentro de un zulo. La ETA acusó el golpe de aquella brillante liberación y buscó un golpe de efecto fácil en la figura del concejal Miguel Ángel Blanco.
Me parece que es importante no perder la perspectiva. En 1997 la sociedad observaba a ETA sobre todo con miedo y desprecio. Pero por otra parte la vida continuaba con la precisión que impone la naturaleza, la rutina y esa cierta indiferencia que suscitan los problemas que no nos afectan demasiado de cerca…
En aquella época por ejemplo aún existía el servicio militar obligatorio, la famosa mili, y como cualquier sábado previo a la jura de bandera en el Cimov nº 1, la ciudad se llenaba de reclutas y familiares que aprovechaban la tarde del 12 de julio de 1997 paseando felices y ajenos a la tragedia. «Esa imagen de normalidad», escribí entonces «contribuía más aún a subrayar lo absurdo de las acciones de ETA, instalada en la ‘irrealidad’ de unos presos, víctimas a su vez de ese torbellino infeliz que ellos han alimentado, y de una minoría tozuda que se empeña en dar chocazos con su cabeza contra el muro de la realidad, de la historia, de la libertad, de la justicia, del progreso y, lo que es peor para ellos, contra el muro de la inteligencia. No sólo son menos sino que además son más torpes. La historia, que es inexorable, les pasará factura».
Lo que ocurrió después es de sobra conocido. El punto de inflexión que supuso el asesinato de Miguel Ángel Blanco desató una oleada de indignación y protestas en toda España como no se habían vivido antes. A los historiadores les corresponde fijar y analizar la trascendencia de aquella dramática muerte.
En mi caso, si vuelvo la mirada a ese sábado de julio de 20 años atrás, lo primero que constato es el valor de la palabra como elemento esencial de progreso, como única arma de la historia –lejos de cualquier quijada de burro– para los hombres que aspiran a vivir en sociedad.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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