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Fecha: agosto, 2017
La felicidad y el futuro
Juan Domingo Fernández 10-08-2017 | 11:49 | 0

Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos en una entrevista que le hace Íñigo Domínguez en ‘El País’ que el ser humano está programado para el optimismo y que esa es la mejor herramienta para afrontar el discurso del miedo tan vigente en nuestro tiempo. Poco días antes, en otra entrevista de Víctor M. Amela en ‘La Vanguardia’, Chökyi Nyima Rimpoché, monje y maestro de budismo tibetano en Nepal afirmaba que la bondad es la base de la felicidad y la salud. Y descendía a los detalles: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto». Es decir, la felicidad como un estado al que se llega cuando sabes apreciar lo que tienes, a través de la calma y la ‘bondad plena’ que equivalen a «querer lo mejor para el otro, regocijarte de sus éxitos y felicidad».

Reconozco que no siento particular inclinación por la literatura de autoayuda ni por esas filosofías multirremedios de manual. Pero es curioso, Rojas Marcos no se limita a enunciar una frase bonita, relaciona por ejemplo la importancia que tiene en Estados Unidos esa condición optimista frente a Europa, –más proclives a la «cultura de la queja»– en las tasas de suicidios: mientras en Europa siempre se sitúan entre un 8 o un 9 por 100.000, en los ‘optimistas’ y ‘felices’ USA esas tasas no aumentan. El valor antropológico de la felicidad.

En el caso del monje budista, su lección me resulta tan familiar como la gran recomendación cristiana: «ama a tu prójimo», o todas las tesis vinculadas a la felicidad (eterna) que se contienen en las bienaventuranzas.

Cuando releo una de las frases de Chökyi Nyima Rimpoché: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto»…  confieso sin embargo que enseguida esbozo una sonrisa no tanto porque descrea de la tesis sino porque imagino a cualquier estratega electoral de España recetando a sus huestes la medicina de la bondad con el adversario. Y la sonrisa asciende a carcajada si busco mentalmente algún ejemplo que pruebe de forma empírica la recomendación del tibetano…

Probablemente la relación entre felicidad y optimismo y entre bondad y felicidad esté ya siendo reformulada por la ciencia a través de algún algoritmo que nos alegrará la existencia, sin necesidad de psiquiatras o de monjes budistas… Algún programa o alguna aplicación que nos redirija, como el GPS del espíritu, hacia modos de vida placenteros: un país pongamos por caso donde los jóvenes obligados a marcharse por la crisis puedan regresar sin sucumbir en los ‘trabajos basura’; un país donde el cambio climático no sea considerado una ‘posverdad’; donde los populismos tengan fecha de caducidad; donde no haya crisis de crecimiento; donde el futuro no lo escriban las grandes plataformas tecnológicas. Un futuro en el que Trump o el líder norcoreano solo quepa imaginarlos dentro de un cómic y donde se castiguen por ley, –y de una vez por todas– las llamadas durante la siesta para que cambiemos de compañía telefónica.

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Del cónsul burlón y ozú con el Facebook
Juan Domingo Fernández 03-08-2017 | 9:02 | 0

La destitución fulminante del cónsul español en Washington por mofarse del acento andaluz y de Susana Díaz me recuerda aquella humorada de «no me importa que fume si a usted no le importa que le vomite encima». La justicia poética de la reciprocidad.
Ya saben la historia: con motivo de la visita de la Reina a Málaga el pasado 20 de julio el diplomático puso en su Facebook (solo para sus amigos) un post ridiculizando el habla andaluza y a la presidenta de la Junta de Andalucía: «Hay q ver q ozadia y mar gusto la de la susi, mira que ponerse igual que letirzia, cmo se ve ke n sabe na de protoculo ella tan der pueblo y de izquieida. Nos ha hecho quedar fatá a los andaluse dimicion ya».
Pocas horas después y tras haber exigido la Junta la reprobación por el comentario en la red social, el ministro de Exteriores, Alfonso Dastis, destituyó de inmediato a Enrique Sardá Valls como cónsul en Washington. Donde las dan las toman.
Reniego del falaz argumento de que el ya excónsul tiene derecho a título personal de mofarse de quien quiera aunque no le asista ese derecho cuando lo hace en su condición de responsable público. A mí me parece que lo alarmante de verdad no es que la mofa y el escarnio la cometan un albañil, un taxista o un diplomático; lo alarmante no es que la perpetre fulanito de tal o menganito de cual sino que se efectúe a través de las redes sociales. Aquí el medio también es el mensaje. Y la condición de responsable público un mero agravante.
Así que la pregunta no es ¿dónde hemos llegado que hasta los servidores públicos se mofan de forma improcedente de las autoridades o representantes del Estado? La pregunta sería ¿dónde hemos llegado que hasta los servidores públicos utilizan las redes sociales para burlarse en público?
Mi buen Yorick convendrá conmigo que tras el ejemplo de Donald Trump en lo relativo a redes sociales, la parodia supuestamente desenfadada del excónsul en Washington se queda casi en travesura infantil. Sin embargo lo alarmante sería aceptar como referencia o precedente válido ese tipo de exabruptos, tales comportamientos indebidos en las redes sociales. Ya se sabe que las redes son un albañal, una cloaca, pero han llegado para quedarse. Por esa razón especialmente, porque han venido para quedarse y no constituyen un fenómeno efímero es preciso conocer sus posibilidades y sus peligros.
Se ha repetido mil veces: las redes son un instrumento, una herramienta, y como tales no cabe juzgarlas ‘malas’ o ‘buenas’ en sí; depende del uso que hagamos de ellas. Una pared de la calle puede servirnos para fijar anuncios útiles o hacer pintadas insultantes. Con las cuentas de Facebook y Twitter ocurre igual. Tal vez sea cuestión de tiempo. Visto así, la destitución fulminante del cónsul contribuya a diluir la fatal sensación de impunidad en Internet. Quien la hace la paga.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

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