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Fecha: noviembre, 2017
De la literatura como refugio y consuelo
Juan Domingo Fernández 30-11-2017 | 7:29 | 0

ES un consuelo que la actualidad reserve huecos, pequeños refugios donde guarecerse del cansino asunto del separatismo catalán y sus matracas colaterales. En los últimos días ese consuelo –al menos en mi caso– llega en forma de libros, varios de ellos relacionados con autores de la Generación del 27, que están resultando ser más trascendentes y memorables que muchos personajes políticos de aquella época de la que no quedan, como se dice popularmente, ni los rabos…
Uno de esos libros ‘Gerardo Diego-Juan Larrea. Epistolario, 1916-1980’, edición de Juan Manuel Díaz de Guereñu y José Luis Bernal, se presentó el pasado martes en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, que lo publica dentro de su proyecto Epístola y en coedición con la Fundación Gerardo Diego.
El volumen, de 1050 páginas, reúne más de 414 cartas que se cruzaron Diego y Larrea entre 1916 y 1980, aunque la mayoría son anteriores a junio de 1937 cuando la guerra civil interrumpe la correspondencia. Según señalan los editores, el periodo más intenso del epistolario documenta la estrecha amistad entre ambos poetas –que se remonta a sus años en Bilbao como alumnos de la Universidad de Deusto– y «desgrana el vivo diálogo poético y personal que mantienen entre ellos durante su etapa de formación y primera madurez», con numerosos datos inéditos sobre el proceso creativo de sus obras y de versiones tempranas de poemas que luego vieron la luz.
Es una garantía que junto a Juan Manuel Díaz de Guereñu, catedrático de Comunicación en la Universidad de Deusto y autor de monografías sobre Diego y Larrea, se haya encargado de la edición José Luis Bernal Salgado (Cáceres, 1959), poeta, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Extremadura, decano de su Facultad de Filosofía y Letras, autor de varias ediciones y estudios de la obra del santanderino, entre ellos ‘La biografía ultraísta de Gerardo Diego’ y ‘Manual de espumas. La plenitud creacionista de Gerardo Diego’, con el que obtuvo precisamente la séptima edición del Premio Internacional Gerardo Diego de investigación poética.
Mil páginas de un epistolario con el fondo de esa España que seguía desperezándose del siglo XIX y por la que desfilan decenas de nombres que van de Rubén Darío a Juan Ramón, de Antonio Machado a Ortega y Gasset, de César Vallejo a Neruda, más los de Bergamín, Salinas, Huidobro, Guillén, Dámaso Alonso, Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda, Alberti… El universo de la ‘Edad de Plata’, como la bautizó José-Carlos Mainer.
Un libro enriquecido con poemas en el que los autores del epistolario no solo desvelan la complicidad de sus guiños creativos sino el deslumbrante escenario intelectual y artístico por el que transitan las figuras clave de ese paréntesis español.
La colección Epístola, de la Fundación Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes, ha publicado ya entre otros los epistolarios de Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y el cruzado entre Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Buena ruta.

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De la fatal intolerancia
Juan Domingo Fernández 24-11-2017 | 11:55 | 0

Lo peor del intolerante emboscado es la aspiración a que comulgues con ruedas de molino y le agradezcas encima la generosidad del gesto. Como en el mundo de los toros, los intolerantes más peligrosos son los mansos, no los bravos; es decir, aquellos que se camuflan tras la sonrisa meliflua mientras ‘de facto’, infringen la legalidad y violentan la convivencia. Un ejemplo prototípico de intolerante emboscado es el diputado Rufián, que simula escandalizarse al tiempo que agita unas esposas desde el escaño o finge asombros ante divertidas columnas de opinión como ‘La vía mística de Fray Junqueras’, de Rubén Amón en ‘El País’.
El intolerante emboscado opera en estos casos igual que aquel energúmeno que acompasaba los bofetones al adversario con la frase: «¡Que no te estoy pegando…! ¡Que no te estoy pegando…!», intentando desmentir con palabras lo que proclamaban sus manos. Vamos, el no afirmativo…
Para el intolerante emboscado las respuestas nunca son contestaciones, son agresiones; el hecho de que el vecino se defienda siempre lo considerará un ataque y la exposición de argumentos en su contra (aunque se formulen de la manera más educada e inteligente posible) lo juzgará como un mero desprecio a lo que ha decidido que son ‘sus’ derechos o ‘su’ santa voluntad.
Hipocresía y contumacia. El intolerante emboscado retorcerá el argumento y la historia hasta que el espejito mágico se olvide de Blancanieves y confiese que la más guapa del reino (o de la república) es la reina bruja de su coalición…
El intolerante emboscado suele ser de piel delicada, lleva mal que se le lleve la contraria y sobre todo lleva mal que le den de su misma medicina. Dice Pope que «Nuestros prejuicios son igualitos a nuestros relojes: nunca están de acuerdo, pero cada uno cree en el suyo». Para el intolerante fatal no hay sin embargo más relojes ni más huso horario que los de su aldea. Los otros siempre son «los otros». La oposición, por ejemplo. Y más si están en minoría.
Frente a los intolerantes emboscados no cabe la equidistancia ni la indiferencia, a riesgo de incurrir en complicidad. Cuando un dirigente político se considera ‘con derecho’ e investido no se sabe con qué mandato de los dioses para subvertir la legalidad y dinamitar una convivencia de siglos, más que un representante público es una amenaza pública para la democracia. Para una democracia del siglo XXI, no para una ‘república emocional’ en la era de la posverdad. Al igual que otros muchos separatistas crecidos al calor del ‘procés’, Rufián es más un síntoma que un problema. Por eso encaja tan mal que haya quien desvele la tramoya del insostenible ‘procés’ y proclame, como el niño del cuento, que el emperador está desnudo…
Por desgracia, los primeros damnificados no son los dirigentes políticos sino muchos ciudadanos de Cataluña legítimamente esperanzados en un proyecto de sociedad democrática y con futuro que se disipa por el capricho insensato de quien solo mira su ombligo. Ante este vértigo se entienden mejor que nunca las palabras del siempre sabio Joseph Joubert: «Es mejor que haya muchas personas engañadas a que haya muchos granujas».

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De Gabo a Canetti con escala en Cáceres
Juan Domingo Fernández 16-11-2017 | 8:28 | 0

EN agosto de 1967, apenas mes y medio después de publicarse ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez confesaba en una entrevista periodística con el crítico literario Luis Harrs que la muerte de su abuelo materno, cuando el niño tenía 8 años, marcó una división definitiva en su existencia. «Después todo me resultó bastante plano», dice. Crecer, estudiar, viajar, «nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante».
Ese reconocimiento al territorio primigenio de la infancia se ha citado muchas veces como factor fundamental en la génesis creativa del novelista colombiano. Pero no es, claro está, exclusivo suyo; al revés: García Márquez no es la excepción sino la regla. Nada más universal que lo local y nada más universal tampoco que esos primeros años en Aracataca para el autor de ‘El coronel no tiene quien le escriba’, un tiempo que alimentó la biblioteca fabulosa de sus historias y el fervor imperecedero por el abuelo con el que pasó toda la niñez.
En la ‘Lengua absuelta’, el también premio Nobel de Literatura Elías Canetti escribe: «Todo lo que escribí después ya había ocurrido alguna vez en Rustschuck». ¿Y qué es Rustschuck? Pues la ciudad búlgara donde Canetti vive su infancia y primera juventud, que pervive siempre en su recuerdo como el paraíso de los descubrimientos esenciales y del color. Con una particularidad en este caso: solo al principio de ‘La lengua absuelta’ Canetti se refiere a Rustschuck como una ciudad «porque todo lo que cuenta después transcurre en una calle, en la casa familiar y el patio de la misma: un ámbito diminuto, que metonímicamente había convertido ‘la maravillosa ciudad’ en una aldea», escribe Tomás Salvador González (’50 escritores’, Papeles Mínimos, 2015), quien apunta una hipótesis para esa digamos concentración en lo local: «seguramente era más potente en su significación si el escenario donde todo ya ha ocurrido alguna vez era un pueblo y no una gran ciudad». Menos es más.
Respecto al mapa de los paraísos primigenios, en García Márquez no hay lugar a dudas: se llama Aracataca. Y a quien le apetezca aproximarse a ‘lo real maravilloso’ del fundador de Macondo tiene una oportunidad espléndida visitando en el Instituto de Lenguas Modernas en Cáceres la exposición «El mundo de Gabo en el cincuentenario de ‘Cien años de soledad’», organizada por la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste con material proveniente del Museo del Escritor en Madrid. La muestra permanecerá abierta hasta el 7 de diciembre.
De Gabriel García Márquez puede decirse lo que escribe Angélica Tanarro acerca de Flannery O’Connor: «Vio lo que otros miraban sin ver (¿qué otra cosa es la buena literatura?)». En la muestra ahora en Cáceres pueden vislumbrarse algunos de esos itinerarios invisibles que conducen desde el paraíso de la infancia al ‘realismo mágico’ de una obra magistral. Imperecedera.

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¿Cuándo regresarán a la realidad?
Juan Domingo Fernández 10-11-2017 | 9:41 | 0

LOS hechos son tozudos y las opiniones no le andan a la zaga. El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), elaborado tras el referéndum ilegal del 1 de octubre, revela que la crisis por la independencia de Cataluña se ha convertido en el segundo mayor problema para los españoles. La escalada ha sido meteórica: en el sondeo de julio el asunto inquietaba a un 2,6% de los encuestados mientras que ahora, tras la singular proclamación de independencia escenificada por Puigdemont, la preocupación se extiende al 29% de los españoles. La inquietud por el ‘procés’ alcanza tal nivel que desplaza a la corrupción al tercer puesto, con el 28,3 por ciento de menciones en el sondeo, a pesar de tratarse como es sabido de un mal endémico durante décadas en España. Otro ‘triunfo’ que se apuntarán –supongo– quienes desde posiciones separatistas consideran que cuanto peor para el conjunto de España, mejor para una Cataluña independiente…
Puede resultar paradójico pero en mi opinión es un consuelo que tras la escandalera del ‘procés’ y del separatismo delirante, el sondeo del CIS constate la ‘sensatez’ de los españoles juzgando lo que es importante de verdad. ¿Por qué lo digo? Por los datos del paro. Y por el hecho de que lo siguen considerando el problema más grave de España el 66,2% de los encuestados: el verdadero desafío y conflicto contra el que se debe luchar; no señuelos o problemas creados caprichosa y gratuitamente por unos dirigentes políticos concretos de una comunidad concreta y en un tiempo concreto. Un problema generado igual que esos virus artificiales que se diseñan en laboratorio para la guerra química.
También hay que felicitarse por el buen juicio que demuestran los españoles al situar en cuarto lugar del ranking de problemas: los partidos y la política en general (mencionados por el 27,5%) y por encima de los problemas económicos (que señalan un 21,9%).
Es probable que a la vista de los resultados del CIS Puigdemont y quienes le secundan alimenten la esperanza de estar ganándole la partida a la España constitucionalista. Si es así creo que son víctimas de otro espejismo. O sea, justo todo lo contrario. Elevar a segundo problema los conflictos del independentismo sirve para probar precisamente la oposición generalizada –por no decir unánime– que suscita en España, en Europa y en el resto del mundo civilizado los fuegos fatuos de la ‘reliquia’ separatista.
«El que tiene mala memoria se ahorra muchos remordimientos», dice John Osborne. Ese puede ser quizás uno de los consuelos que deberán aplicarse los «huidos hacia adelante» del desventurado ‘golpe de Estado’ separatista. Y cuando los hechos, siempre tozudos, les devuelvan a la realidad y las versiones de la historia sean homologables con realidades no manipuladas, sin mentiras y sin anteojeras, quizás alguno –Puigdemont seguro que no– recuerde que el éxito (igual que el fracaso) suele ser un impostor.

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Empecinado
Juan Domingo Fernández 02-11-2017 | 7:50 | 0

AUNQUE al huido Puigdemont le moleste, la prueba irrefutable de su ‘españolismo’ está en la inclinación firme al «sostenella y no enmendalla» que suele atribuirse al empecinamiento patrio. Con el agravante en su caso de ser un lastre que aplica con carácter retroactivo, es decir, su obstinación a la hora de negar la realidad, de cuestionarla, se extiende al pasado, al presente y me temo que al futuro.
El empecinamiento de Puigdemont se funda en la ‘irrealidad’ de una Cataluña que únicamente ha existido en la geografía e historia fantástica de los deseos. De los «sentimientos», como se denomina ahora piadosamente a esa coartada contra la razón. La topografía por la que deambula Puigdemont está emparentada con la leyenda, con la mera ficción, no con la realidad. A quien le interese saber cómo nacen las ‘mitologías nacionalistas’, le bastará para entenderlo con mirar alrededor de nuestro día a día en Cataluña y reflexionar acerca del trajín de mentiras, engaños, ‘astucias’ y versiones de los hechos (y de las opiniones y de los sentimientos y hasta de las emociones) que se cuentan de lo que ha venido ocurriendo por esa tierra. Pensar en la verdad, la realidad y la simple mentira.
Cuando pasado el tiempo pueda describirse con calma y perspectiva la secuencia de los acontecimientos nos parecerá que en estos años hemos asistido a una soberbia comedia de enredo, a una descomunal ‘farsa’ colectiva en la que se implicó a buena parte de la sociedad catalana más crédula y leal con la élite dirigente empecinada en acabar –«sostenella y no enmendalla»– con un magnífico modelo de convivencia y progreso. Supongo que esa mirada retrospectiva y desapasionada, o sea, con vocación de objetividad, nos servirá también para descubrir la dimensión del teatro, el revés de la trama. Aunque supongo que nada de ello ocurrirá mientras no se extingan los incendios que prendieron al calor de las soflamas antidemocráticas, excluyentes y cebadas con la hipocresía de la falsedad. Hasta que la realidad no baje el telón del esperpento y acabe el espectáculo.
«La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?», se pregunta Gandhi con la lógica lúcida de quien distingue lo banal de lo relevante; lo auténtico de lo impostado. Parafraseándole yo preguntaría a Puigdemont por qué en vez de mirar por su solo interés no piensa, con perspectiva histórica, en los intereses colectivos de la sociedad a la que dice representar? Ya sé que es, claro, una pregunta retórica.
No hay peor obstinado que el que se empeña en seguir la linde cuando esta ha llegado a su fin. O el que quiere seguir echando cartas sobre el tapete cuando alguien ha cantado las cuarenta y las diez de monte. La historia de Puigdemont no lleva camino de terminar bien. Es tan ominosa que probablemente requiera tratamiento externo. A lo grave de su error hay que añadir la voluntariedad. No es un dirigente que se equivoca por azar o de forma imprevista, lo hace de manera alevosa y premeditada. Por eso no le saldrá gratis la jugada y por eso va a necesitar de colaboradores directos para que le ‘rescaten’ del «sostenella y no enmendalla» en que está empecinado.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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