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Fecha: noviembre, 2017
De Gabo a Canetti con escala en Cáceres
Juan Domingo Fernández 16-11-2017 | 8:28 | 0

EN agosto de 1967, apenas mes y medio después de publicarse ‘Cien años de soledad’, Gabriel García Márquez confesaba en una entrevista periodística con el crítico literario Luis Harrs que la muerte de su abuelo materno, cuando el niño tenía 8 años, marcó una división definitiva en su existencia. «Después todo me resultó bastante plano», dice. Crecer, estudiar, viajar, «nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante».
Ese reconocimiento al territorio primigenio de la infancia se ha citado muchas veces como factor fundamental en la génesis creativa del novelista colombiano. Pero no es, claro está, exclusivo suyo; al revés: García Márquez no es la excepción sino la regla. Nada más universal que lo local y nada más universal tampoco que esos primeros años en Aracataca para el autor de ‘El coronel no tiene quien le escriba’, un tiempo que alimentó la biblioteca fabulosa de sus historias y el fervor imperecedero por el abuelo con el que pasó toda la niñez.
En la ‘Lengua absuelta’, el también premio Nobel de Literatura Elías Canetti escribe: «Todo lo que escribí después ya había ocurrido alguna vez en Rustschuck». ¿Y qué es Rustschuck? Pues la ciudad búlgara donde Canetti vive su infancia y primera juventud, que pervive siempre en su recuerdo como el paraíso de los descubrimientos esenciales y del color. Con una particularidad en este caso: solo al principio de ‘La lengua absuelta’ Canetti se refiere a Rustschuck como una ciudad «porque todo lo que cuenta después transcurre en una calle, en la casa familiar y el patio de la misma: un ámbito diminuto, que metonímicamente había convertido ‘la maravillosa ciudad’ en una aldea», escribe Tomás Salvador González (’50 escritores’, Papeles Mínimos, 2015), quien apunta una hipótesis para esa digamos concentración en lo local: «seguramente era más potente en su significación si el escenario donde todo ya ha ocurrido alguna vez era un pueblo y no una gran ciudad». Menos es más.
Respecto al mapa de los paraísos primigenios, en García Márquez no hay lugar a dudas: se llama Aracataca. Y a quien le apetezca aproximarse a ‘lo real maravilloso’ del fundador de Macondo tiene una oportunidad espléndida visitando en el Instituto de Lenguas Modernas en Cáceres la exposición «El mundo de Gabo en el cincuentenario de ‘Cien años de soledad’», organizada por la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste con material proveniente del Museo del Escritor en Madrid. La muestra permanecerá abierta hasta el 7 de diciembre.
De Gabriel García Márquez puede decirse lo que escribe Angélica Tanarro acerca de Flannery O’Connor: «Vio lo que otros miraban sin ver (¿qué otra cosa es la buena literatura?)». En la muestra ahora en Cáceres pueden vislumbrarse algunos de esos itinerarios invisibles que conducen desde el paraíso de la infancia al ‘realismo mágico’ de una obra magistral. Imperecedera.

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¿Cuándo regresarán a la realidad?
Juan Domingo Fernández 10-11-2017 | 9:41 | 0

LOS hechos son tozudos y las opiniones no le andan a la zaga. El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), elaborado tras el referéndum ilegal del 1 de octubre, revela que la crisis por la independencia de Cataluña se ha convertido en el segundo mayor problema para los españoles. La escalada ha sido meteórica: en el sondeo de julio el asunto inquietaba a un 2,6% de los encuestados mientras que ahora, tras la singular proclamación de independencia escenificada por Puigdemont, la preocupación se extiende al 29% de los españoles. La inquietud por el ‘procés’ alcanza tal nivel que desplaza a la corrupción al tercer puesto, con el 28,3 por ciento de menciones en el sondeo, a pesar de tratarse como es sabido de un mal endémico durante décadas en España. Otro ‘triunfo’ que se apuntarán –supongo– quienes desde posiciones separatistas consideran que cuanto peor para el conjunto de España, mejor para una Cataluña independiente…
Puede resultar paradójico pero en mi opinión es un consuelo que tras la escandalera del ‘procés’ y del separatismo delirante, el sondeo del CIS constate la ‘sensatez’ de los españoles juzgando lo que es importante de verdad. ¿Por qué lo digo? Por los datos del paro. Y por el hecho de que lo siguen considerando el problema más grave de España el 66,2% de los encuestados: el verdadero desafío y conflicto contra el que se debe luchar; no señuelos o problemas creados caprichosa y gratuitamente por unos dirigentes políticos concretos de una comunidad concreta y en un tiempo concreto. Un problema generado igual que esos virus artificiales que se diseñan en laboratorio para la guerra química.
También hay que felicitarse por el buen juicio que demuestran los españoles al situar en cuarto lugar del ranking de problemas: los partidos y la política en general (mencionados por el 27,5%) y por encima de los problemas económicos (que señalan un 21,9%).
Es probable que a la vista de los resultados del CIS Puigdemont y quienes le secundan alimenten la esperanza de estar ganándole la partida a la España constitucionalista. Si es así creo que son víctimas de otro espejismo. O sea, justo todo lo contrario. Elevar a segundo problema los conflictos del independentismo sirve para probar precisamente la oposición generalizada –por no decir unánime– que suscita en España, en Europa y en el resto del mundo civilizado los fuegos fatuos de la ‘reliquia’ separatista.
«El que tiene mala memoria se ahorra muchos remordimientos», dice John Osborne. Ese puede ser quizás uno de los consuelos que deberán aplicarse los «huidos hacia adelante» del desventurado ‘golpe de Estado’ separatista. Y cuando los hechos, siempre tozudos, les devuelvan a la realidad y las versiones de la historia sean homologables con realidades no manipuladas, sin mentiras y sin anteojeras, quizás alguno –Puigdemont seguro que no– recuerde que el éxito (igual que el fracaso) suele ser un impostor.

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Empecinado
Juan Domingo Fernández 02-11-2017 | 7:50 | 0

AUNQUE al huido Puigdemont le moleste, la prueba irrefutable de su ‘españolismo’ está en la inclinación firme al «sostenella y no enmendalla» que suele atribuirse al empecinamiento patrio. Con el agravante en su caso de ser un lastre que aplica con carácter retroactivo, es decir, su obstinación a la hora de negar la realidad, de cuestionarla, se extiende al pasado, al presente y me temo que al futuro.
El empecinamiento de Puigdemont se funda en la ‘irrealidad’ de una Cataluña que únicamente ha existido en la geografía e historia fantástica de los deseos. De los «sentimientos», como se denomina ahora piadosamente a esa coartada contra la razón. La topografía por la que deambula Puigdemont está emparentada con la leyenda, con la mera ficción, no con la realidad. A quien le interese saber cómo nacen las ‘mitologías nacionalistas’, le bastará para entenderlo con mirar alrededor de nuestro día a día en Cataluña y reflexionar acerca del trajín de mentiras, engaños, ‘astucias’ y versiones de los hechos (y de las opiniones y de los sentimientos y hasta de las emociones) que se cuentan de lo que ha venido ocurriendo por esa tierra. Pensar en la verdad, la realidad y la simple mentira.
Cuando pasado el tiempo pueda describirse con calma y perspectiva la secuencia de los acontecimientos nos parecerá que en estos años hemos asistido a una soberbia comedia de enredo, a una descomunal ‘farsa’ colectiva en la que se implicó a buena parte de la sociedad catalana más crédula y leal con la élite dirigente empecinada en acabar –«sostenella y no enmendalla»– con un magnífico modelo de convivencia y progreso. Supongo que esa mirada retrospectiva y desapasionada, o sea, con vocación de objetividad, nos servirá también para descubrir la dimensión del teatro, el revés de la trama. Aunque supongo que nada de ello ocurrirá mientras no se extingan los incendios que prendieron al calor de las soflamas antidemocráticas, excluyentes y cebadas con la hipocresía de la falsedad. Hasta que la realidad no baje el telón del esperpento y acabe el espectáculo.
«La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?», se pregunta Gandhi con la lógica lúcida de quien distingue lo banal de lo relevante; lo auténtico de lo impostado. Parafraseándole yo preguntaría a Puigdemont por qué en vez de mirar por su solo interés no piensa, con perspectiva histórica, en los intereses colectivos de la sociedad a la que dice representar? Ya sé que es, claro, una pregunta retórica.
No hay peor obstinado que el que se empeña en seguir la linde cuando esta ha llegado a su fin. O el que quiere seguir echando cartas sobre el tapete cuando alguien ha cantado las cuarenta y las diez de monte. La historia de Puigdemont no lleva camino de terminar bien. Es tan ominosa que probablemente requiera tratamiento externo. A lo grave de su error hay que añadir la voluntariedad. No es un dirigente que se equivoca por azar o de forma imprevista, lo hace de manera alevosa y premeditada. Por eso no le saldrá gratis la jugada y por eso va a necesitar de colaboradores directos para que le ‘rescaten’ del «sostenella y no enmendalla» en que está empecinado.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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