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La vejez, la soledad y otros estragos
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Juan Domingo Fernández | 25-01-2018 | 18:54

LA vejez y la soledad crecen unidas igual que la enredadera que trepa por el árbol. A veces la soledad de la persona mayor –incluso rodeada de seres queridos permanentemente– no es tanto una realidad física sino un sentimiento de náufrago, de ‘robinsoncrusoe’ que le va alejando de ese ayer compartido con sombras que ya son ausencias y recuerdos que se diluyen en el calendario. Unos recuerdos que como bien advierte Flaubert «no pueblan nuestra soledad, como suele decirse, antes al contrario, la hacen más profunda». La soledad con casillas en blanco.
No la soledad buscada, sino la impuesta; no la que nos libera, sino la que nos condena. No aquella soledad de Henry David Thoreau satisfecho en su cabaña perdida en el bosque: «Jamás hallé compañía más sociable que la soledad».
Es un problema de tales dimensiones que la primera ministra de Reino Unido, Theresa May ha anunciado la creación de un departamento, dependiente del Ministerio de Sociedad Civil, para luchar contra el aislamiento que sienten nueve millones de británicos. Según informa Álvaro Soto, la soledad se ha convertido en una «epidemia nacional» en Reino Unido, donde los médicos atienden a una media de entre uno y cinco pacientes al día por esta causa. Los datos que revela el informe ministerial son inquietantes: de los nueve millones de británicos que se sienten aislados, la mayoría de quienes superan los 75 años viven solos (igual que los adultos con discapacidad) y 200.000 personas aseguran que pasan hasta un mes sin hablar con un amigo o con un familiar. «Porque la soledad mata», señala Álvaro Soto. «Quienes no mantienen contacto con nadie tienen más probabilidades de sufrir demencia, mortalidad temprana y alta presión arterial. Los médicos dicen que estar solo es peor que fumar quince cigarrillos al día».
En el caso de España el panorama también resulta alarmante. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE) el número de hogares unipersonales es de 4.6 millones, de los que el 41,7% corresponde a mayores de 65 años y de ellos, el 70,7% son mujeres. Cada año aumenta el número de personas que viven solas en nuestro país.
La decisión del gobierno británico, planteada en colaboración con voluntarios, empresas y otras instituciones, creo que constituye una magnífica referencia para el conjunto de las sociedades europeas, donde causa estragos la epidemia de la soledad. Todavía me conmueve la historia de aquellos ancianos italianos de 89 años ella y 93 su marido al que los vecinos llamaron a la policía ante los llantos desconsolados que salían de su piso. Cuando llegaron los agentes descubrieron que allí no se había producido ninguna otra violencia que la del golpe desgarrador de sentirse solos.
Quizás la mejor manera de medir la altura moral de una sociedad sea observando cómo trata a los ancianos y a los niños. Y de manera prioritaria a quienes padecen la soledad impuesta. Decía Joseph Joubert que «la vida es un país que los viejos han visto y en el que han habitado». Quién iba a suponer que ese país, ahora, lo pueblan en soledad.

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