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La generosidad del perdón

LA madre del pequeño Gabriel ha demostrado ante el dolor insoportable de la muerte de su hijo una grandeza de espíritu que está agigantando su imagen y consiguiendo, precisamente, que sean unánimes las muestras de solidaridad, empatía y cariño de la gente. En vez de sucumbir al vendaval de dolor y rabia que ha dinamitado su vida y la de su familia, elige la vía del perdón y rechaza el odio. Ha pedido, según sus propias palabras, «que esto termine con el corazón de la gente calentito y no con la rabia que esta señora nos ha sembrado». Con apelaciones a no dejarse llevar por el odio ni empañar la imagen de su hijo junto a la ‘bruja mala’ del cuento que ya no existe…
Ante sucesos terribles como el del pequeño Gabriel, que conmueven al conjunto de la sociedad, es cuando se comprende en toda su dimensión el viejo adagio: «Errar es humano, perdonar es divino». Y aunque el mensaje cristiano se sustenta justamente sobre la necesidad del perdón, cualquiera intuye la grandeza sobrehumana que se precisa para otorgarlo. En el caso de España, por ejemplo, basta volver un poco la vista para que nos desborden las tormentas de odio desatadas por ETA en los años de la ignominia y lo difícil que resulta, a pesar del tiempo transcurrido, otorgar el perdón. «Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonando, se muestra superior a él», dice Francis Bacon. El perdón libera. Y por eso la madre del pequeño Gabriel superará mejor el duelo de su muerte, de su ausencia, al no permitir que anide en ella el resentimiento del odio, tan humano y a la vez tan devastador.
El perdón, sin embargo, siempre es personal, aunque pueda ser compartido con otros seres cercanos. La potestad del perdón, si puede decirse así, siempre está residenciada en las víctimas que sobreviven a la propia víctima, es decir, los familiares directos o aquellas personas a quienes la onda expansiva del dolor alcanza de lleno. Por eso decía Saavedra Fajardo que «la multitud no disimula, ni perdona, ni compadece». Y aunque se trata de palabras escritas en el siglo XVII, siguen igual de vigentes.
Si fuera por la multitud (ahora en lugar de ‘multitud’ podemos escribir ‘redes sociales’), la reacción ante un caso como el del pequeño Gabriel sería la condena inmediata a la responsable de la muerte. Pero no quiero que se me malinterprete. Yo no disculpo ni me compadezco ni exonero de toda su responsabilidad a quien ha cometido un acto tan execrable y monstruoso como acabar con la vida de un niño de ocho años. Traigo a colación las palabras de Saavedra Fajardo precisamente para constatar dos cosas: primera, que la reacción ‘natural’ de la multitud, del colectivo, ante un hecho criminal, injusto, siempre es la misma: ni perdona ni compadece; y segunda, que quien está autorizada a perdonar es aquella que se encuentra más próxima a la víctima, en este caso la madre y el padre del pequeño Gabriel. Solo desde ese patíbulo al que les ha conducido el azar de la desgracia tiene mérito conceder el perdón.
Por todo eso me parece reconfortante en su humanidad, ejemplar en su sacrificio, el gesto de Patricia y Ángel, los padres del ‘pececito Gabriel’. Ojalá que su generosidad se vuelva bálsamo para sus corazones.

Juan Domingo Fernández

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