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Lo urgente y lo importante

El cometa de la moción de censura ha dejado una estela en la que Rajoy cumple con su vocación de estatua, Pedro Sánchez su condición de resucitado y el problema catalán ahonda y persiste en el supremacismo sectario del ‘procés’, la apoteosis de sus contradicciones: basta reparar en cómo han recibido por ejemplo el nombramiento de Borrell para ministro de Asuntos Exteriores o cómo maniobran dentro del filibusterismo jurídico belga con su airada pretensión de convertir a Llarena en reo en vez de en juez. ¿Será por dinero? ¿O por retorcer la verdad?

Sin embargo, en estos días de acontecimientos vertiginosos en la política nacional, ha sido una noticia medio perdida en el mosaico de las páginas de sucesos la que me ha conmovido y llenado de inquietud: el hallazgo de una mujer en su casa de Valencia que llevaba cuatro años muerta sin que nadie la echara de menos. Cuando los periodistas escarban en la noticia se topan con historias muy similares a las de otras personas que también murieron tras años viviendo en soledad. Los testimonios jalonan las hemerotecas: «Le iban a desahuciar y por eso descubrieron el cadáver». «Pensamos que se había ido con algún familiar». «Era poco habladora, no nos extrañó que se hubiera marchado sin despedirse». «Apenas salía de casa y con los vecinos se limitaba a los saludos de rigor». «Es la muerte de un hombre solo en una sociedad en la que no prestamos atención a nuestro vecino». Detrás de esas historias existe la minuciosa trama de circunstancias que caracterizan la existencia de cualquier ser humano que llega a la edad adulta: desde los tonos encendidos del blanco y las alegrías a los contumaces negros de la tristeza y los desencuentros, pasando por los grises y la gama variada de colores que admite una vida. Pero detrás de esas historias lo que siempre aparece es un denominador común: la soledad. El mal de una sociedad que cada año precisa más residencias de ancianos y menos guarderías infantiles.

Un horizonte poco esperanzador. Según el INE, sigue aumentando el número de españoles que viven solos, cifra que alcanzó los 4,6 millones de hogares (uno de cada cuatro) en 2016. Cuando la soledad no es deseada sino impuesta, algo no funciona bien. Quizás en esta semana en que se han vivido acontecimientos nacionales como el cambio de Gobierno por una moción de censura y la amenaza latente del ‘procés’ ilegal y supremacista, la noticia del hallazgo de una anciana que llevaba cuatro años fallecida sin que nadie hubiese reparado en ello puede parecer un asunto doméstico y menor, pero yo creo que no es así. Visto con perspectiva, los cambios y crisis en los gobiernos acaban por resolverse y los relojes terminan poniéndose en hora. Son asuntos que suceden en la superficie de la sociedad y siempre escampa. Pero el problema de una sociedad envejecida y con una soledad galopante no es doméstico ni anecdótico, sino estructural. Y me temo que hace falta algo más que unas elecciones cada cuatro años para resolverlo.

Temas

'procés', Borrell, cataluña, democracia, demografía, envejecimiento, españa, Llarena, separatismo, soledad

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

junio 2018
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