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Creencias

El escepticismo se diluye a medida que avanza la humanidad. Al menos en la ciencia. Por eso hemos dejado de creer que la Tierra es plana o que todos los astros giran alrededor de nuestro planeta. Sin embargo, cerca del 20% de los congéneres siguen pensando que somos el centro del universo y en España un 30% de la población desconoce que la Tierra gira alrededor del Sol. Se me dirá que las consecuencias de tales lagunas solo afectarían en el ámbito de los concursos televisivos o en el del expediente escolar. Existen desde luego otras falsas creencias mucho más trascendentes pero de las que somos menos conscientes. Esta semana publicaba ‘El País’ un amplio reportaje sobre la escasa cultura financiera de los españoles y algunos de los datos son para echarse a temblar. Por ejemplo, apenas el 58% de la población comprende el concepto de inflación y sus repercusiones en el bolsillo. Y otro más: «Las familias ahorran poco y los activos que poseen son tan conservadores que el billón de euros colocados entre todos no es rentable», circunstancia en la que probablemente influya el hecho de que casi el 90% de los productos de inversión se distribuyen a través de las sucursales bancarias a pie de calle y en la desconfianza ante el sistema por la cadena de «fiascos financieros».

¿Y en la política es mucho mejor? En la reciente conmemoración del homenaje a Mandela, el presidente Obama resumió las que él considera enseñanzas de la historia de los últimos 70 años: cualquier apuesta de futuro debe evitar el capitalismo descontrolado, inmoral y el socialismo «de la vieja escuela» que todo lo controla desde arriba. La parte teórica creo que está más o menos clara y casi nadie la cuestiona. En la práctica, sin embargo, me parece que el arco que se extiende entre esos dos extremos a los que alude Obama –capitalismo salvaje y socialismo dogmático– es demasiado amplio. En realidad, el territorio ocupado por la socialdemocracia y el estado de bienestar que erosionan ahora, por desgracia, la globalización, los populismos y los nacionalismos étnicos o supremacistas, capaces de imponer supercherías históricas o supersticiones emocionales frente a la razón y al progreso del hombre.

Así que me escandaliza más que los viajes en avión oficial del presidente del Gobierno para asistir a un concierto (decisión que no considero edificante, por otro lado) la manipulación histórica de la voluntad popular que representa el ‘procés’, subterfugio para un ‘golpe de Estado’ contra la propia Cataluña y la legalidad que la sostiene y ‘garantiza’ sus instituciones. Igual que me escandaliza más que el máster de Casado (al margen también de la opinión que me merezcan su vanidad y su titulitis) el populismo de Trump y sus decisiones frente a la Unión Europea. Por no hablar del escándalo que suscitan la política expansionista y de hechos consumados de la Rusia de Putin y del Israel de Netanyahu. O la Italia de Mateo Salvini, la Venezuela de Maduro o la Nicaragua de Ortega. Y sin embargo, se mueve.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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