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Diálogo y contención

Antes de que el sociólogo Zigmunt Bauman resumiera su diagnóstico sobre nuestro tiempo con una metáfora afortunada: ‘modernidad líquida’, coloquialmente se describía ese estado general de incertidumbre con una frase plena de ingenio: «Apenas conocíamos las respuestas y ya nos han cambiado las preguntas». Cuando Bauman explica que la nueva sociedad pivota, entre otros, sobre conceptos como fluidez, flexibilidad, cambios, fin de las rutinas, necesidad de la adaptación permanente…, es fácil comprender que lo que antes considerábamos certezas ahora nos parezcan incertidumbres, ya hablemos de política, de economía, de vida laboral, de la validez de ciertas titulaciones universitarias y hasta del concepto mismo de cultura.

Me parece que el caso del ‘procés’ catalán ejemplifica bastante bien el desasosiego que se produce en el conjunto de cualquier sociedad cuando las instituciones y las normas (democráticas) dejan de ser sólidas, metódicas, incluso previsibles, para transformarse en un torbellino azaroso, dominadas por la ‘sentimentalidad’ antes que por la ‘racionalidad’, en el sentido de la conocida frase de Ortega y Gasset: «Las ideas se tienen; en las creencias se está».

Victoria Camps recuerda esa frase precisamente en una tribuna periodística donde aboga por la necesidad de la contención en política. «La falta de contención», escribe, «lleva a ver al opositor como un enemigo al que hay que vencer como sea. La contención, en cambio, tiene una función tranquilizante y moderadora porque, cuando se posee esa virtud, no solo se aplica en la relación con el adversario, sino con uno mismo». La contención entendida como una virtud que «se aprende practicándola», es decir, como un ejercicio de negociación efectivo, de reconocimiento del rival, buscando convencerle, no solo pelearse con él. En fin, la posibilidad de la duda, de la tolerancia frente al fanatismo y el exterminio del ‘otro’, del oponente. Victoria Camps sostiene también que la voluntad negociadora debe probarse con hechos, no con simples palabras, y que «por eso no prosperan las declaraciones [las meras declaraciones, diríamos] a favor del diálogo».

¿Pero es aconsejable dialogar, conduce a algo hacerlo con alguien como los independentistas, a quienes solo les interesa hablar «sí o sí» de la autodeterminación y de la destrucción territorial de España? La duda que encierra esa pregunta se la ha planteado en voz alta el expresidente del Gobierno Felipe González. Aun reconociendo la necesidad del diálogo y de la distensión, el dirigente socialista se interroga acerca de si hay un diálogo con los independentistas que «conduzca a algo». Si las condiciones son el trágala de ‘lo tomas o lo dejas’, para ese viaje no hacen falta alforjas…

Lo terrible de este laberinto de nuestra modernidad es que más allá de la esfera política, las incertidumbres y desasosiegos que han multiplicado el ‘procés’ se extienden como un tsunami emocionalmente radiactivo por todos los intersticios de la vida cotidiana: en las casas, entre los familiares, en los colegios, en todos los puestos de las empresas, en los bares, en las tiendas, en la universidad, en las asociaciones, en las calles… Una convivencia cada vez más enturbiada y endeble debido a los continuos ultimátums del fanatismo político. Basta ya.

 

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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