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La lealtad y el poder

En la película ‘La muerte de Stalin’, comedia negra dirigida por Armando Iannucci que indigna a Putin —quizás por lo verosímil de su relato—, se perfilan media docena de retratos geniales en sus trazos paródicos y caricaturescos. Uno de los personajes principales es Beria, entonces al frente de la terrible NKVD en los años de las devastadoras purgas estalinistas, y otros: Nikita Khrushchev, Malenkov, Molotov, el general Zhukov, los propios hijos del tirano…

No creo destripar el desenlace principal si cuento la escena que ahora me interesa. Acaba de celebrarse un concierto de música clásica cuya grabación Stalin quería escuchar en casa. Por un fallo absurdo la grabación no se efectúa y el director de la sala obliga a que se repita el concierto con público reclutado de la calle para que haga de ‘claque’ y aplauda entusiasta. La solista se niega en un primer momento a regresar al escenario pero finalmente acepta. Y cuando los mensajeros enviados por el tirano llegan al estudio para recoger la grabación ella se muestra decidida a introducir en la funda del disco un papel con un mensaje manuscrito. «Quiero que el camarada Stalin conozca la intensidad de mis sentimientos», exclama con pasión mientras forcejea por desprenderse del papelito. En ese instante, el director de la sala, nervioso por el retraso, intenta interponerse entre la pianista y los mensajeros con una advertencia: «¡No, esto es narcisismo no autorizado!».

Iannucci hace creer al espectador que la intención de la solista en aquella atmósfera de disciplina y terror es lisonjear al tirano Stalin, aunque resulta que no era ese el verdadero sentido de su mensaje y más tarde se desatan acontecimientos de consecuencias imprevisibles.

En cualquier caso, yo no quiero reflexionar ahora sobre la doblez de Beria y las maniobras de los otros integrantes del comité directivo del Partido Comunista de la URSS sino sobre la hipocresía disparatada y la falsedad (ese ‘no afirmativo’ al que me he referido en otras ocasiones) que hace exclamar al director del estudio: «¡No, esto es narcisismo no autorizado!» para oponerse a lo que él supone un elogio encendido a la cúspide de un régimen que estaba llevando al paroxismo, precisamente, el pecado desvergonzado del ‘culto al líder’, del ‘culto a la personalidad’. O sea, al revés te lo digo para que me entiendas, que proclama el garboso sintagma castellano.

Mi descreimiento respecto al funcionamiento de las llamémoslas ‘dinámicas profundas del poder’ es que en todos los regímenes (tal vez incluso en los supuestamente democráticos) a quien primero se miente no es a la ciudadanía sino a sus principales dirigentes. De ahí esas lealtades edificadas sobre el miedo o el clientelismo, en vez de sobre el pilar indestructible de la sinceridad. Y este mal se agrava especialmente en nuestros días porque la ‘realidad’ que llega a las cúspides políticas no depende ya del talento o de la perspicacia de sus órganos directivos sino de factores (sociopolíticos, económicos, estratégicos…) que les supera y a quienes no pueden ni siquiera sugerir sentido común. Una lealtad que no sabe de otro ‘narcisismo’ que el de la cuentas (globalizadas) de resultados.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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