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El tren, Chamizo y Gabriel y Galán

El domingo, 6 de enero, se cumplen 114 años de la muerte de José María Gabriel y Galán y con ese motivo, como ocurre desde hace décadas, la Asociación Cultural Amigos de la estatua del poeta en el Paseo de Cánovas, de Cáceres, le organiza un homenaje que incluye lecturas de sus poemas y de quienes deseen intervenir. Al margen de valoraciones estrictamente literarias, yo creo que Gabriel y Galán es un poeta que perdura en la memoria de muchas generaciones de españoles y de hablantes de español. ¿Qué mejor prueba de que su obra se grabó –como la piedra que se lanza al estanque y produce ondas– en la memoria de Jorge Luis Borges o de Gabriel García Márquez? Aquí he recordado alguna otra vez el encuentro en el palacio de la Zarzuela de Madrid del autor de ‘El Aleph’ con José Miguel Santiago Castelo, quien tras un rato de conversación y confesarle al genio argentino, interesado en su acento, que era de Extremadura, Borges comenzó a recitarle ‘El Ama’, que se sabía de memoria. «La aprendí entera, sabe usted, allá en la Argentina, cuando era niño», le explicó a Castelo. O aquella anécdota, contada por el periodista Juan Cruz, en la que recuerda a García Márquez hablando incansable y recitando ‘El Cristu Benditu’.

Así que al hilo de la conmemoración anual ante su estatua en el Paseo de Cánovas, yo pensaba glosar la figura de un poeta como Gabriel y Galán, que fue admirado por los intelectuales de su época y sobre todo por gentes que se acercaban a su poesía y la leían (o escuchaban, pues muchos de ellos no sabían leer) con emoción nada impostada. Como el que escucha una música familiar, íntima, honda, que te llega al corazón. Yo pensaba aludir a Miguel de Unamuno y a Miguel Hernández y hasta al bueno de don Antonio Machado, alertándonos acerca de aquellos «pedantones al paño /
que miran, callan, y piensan / que saben, porque no beben / el vino de las tabernas»…

Así que yo pensaba hablar de Gabriel y Galán y su poesía, pero ocurre que Extremadura inaugura el año nuevo con el penúltimo agravio ferroviario, otro incidente del llamado ‘tren de la vergüenza’ que nos separa del resto de España, y más que en Gabriel y Galán pienso en Luis Chamizo y ‘El miajón de los castúos’, porque ni aquellos versos que abren su conocida rapsodia: «Corre’l tren retumbando por / los jierros / de la vía» se cumplen ya. Ni siquiera los sucesores de aquel tren decimonónico (con vías y traviesas, justamente, del siglo XIX) son capaces de «corre’l» retumbando; se averían y no avanzan. Vergüenza e indignación. A pesar de vivir en el siglo XXI, en vez de trasladar personas, ese tren acumula retrasos ominosos, impide enlazar con otros transportes y obliga a más de ciento cincuenta viajeros a permanecer a oscuras, a cuatro grados, en mitad del campo y la desesperación. Una realidad insoportable. Ese tren se desplaza por un túnel del tiempo que no viaja al futuro, sino al ayer. Vergüenza. Vergüenza. Vergüenza para España entera.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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