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Dentro o fuera

Sonó ‘craaaaaccc’, como si el engranaje de una caja de cambios se descuajaringara de forma catastrófica. Sentí un relampagueo en el estómago y un temblor de piernas incontrolable. Había luz. Pero la sensación de rebasar un tope y caer al vacío me dejó sin aire. Debía de estar a la altura de la séptima planta aunque, para mayor alarma y desconcierto, el visor marcaba la primera. No podía ser. Desde que entré y pulsé el botón habían transcurrido varios segundos. Aquel número debía obedecer a otro fallo, no se correspondía con la realidad.

Enseguida busqué el móvil y, con nervios, acerté a seleccionar la opción ‘teléfono’ para llamar al número del servicio técnico. Mentalmente calculé el tiempo que podría permanecer conectado si el móvil se quedaba sin batería. A la vez, intentaba recordar las recomendaciones sobre la posición más adecuada para reducir daños en caso de que la cabina se precipitase al vacío. ¿Sentarse en el suelo, junto a una esquina, o era preferible mantenerse en cuclillas para que la columna vertebral pudiera amortiguarse? Mientras marcaba los números de teléfono que figuraban junto a los pulsadores, reparé en que el espejo de la cabina podía convertirse en un elemento cortante al desprenderse por un choque violento. Lo que faltaba.

Durante un rato que se me hace eterno, el móvil suena pero salta una señal grabada anunciándome que no pueden atenderme en ese momento porque todos los terminales están ocupados. Marco de nuevo y vuelve a saltar la grabación. En el otro teléfono, también. Intento mantener la calma y me sorprendo gratamente al constatar que, por lo menos, no siento claustrofobia.

Quizás para darme ánimos, tomo de nuevo el móvil y me hago una foto de medio cuerpo reflejándome en el espejo. «Si no salgo de esta», me digo en voz baja, «verán el último selfi que me hice». Procuro componer un gesto relajado y una mueca sonriente. Pero nada más pulsar la cámara me arrepiento porque al observar la foto, concluyo que la expresión de mi cara no sería la más aconsejable para convertirse en imagen postrera… «Menudo recuerdo, si les dejo este selfi como despedida». Lo borro.

Cuando hablo con el técnico, aludo a que he padecido algún problema cardiovascular, para que se apresure… Me tranquiliza con comentarios sobre la seguridad de los ascensores y lo poco que falta para el rescate.

Mientras llega, ya más sereno, pienso en lo que puede cambiarnos la vida en un segundo. «Tampoco creo que sea para tanto», me digo al reparar en el exceso de solemnidad que atribuyo al episodio. «No te pongas estupendo». Así que me limito a meditar, mi buen Yorick, sobre la diferente percepción del tiempo según estés dentro o fuera de un ascensor averiado en la séptima planta. Cuando llega mi ‘salvador’, al que casi atropello al salir del cubículo, tengo claras dos cosas. La primera, que debo contar la experiencia para tranquilidad de asustadizos. Y la segunda, que el episodio va a contribuir sin duda a mejorar mi forma física porque los próximos días no pienso coger el ascensor, ni para subir, ni para bajar. Benditas escaleras.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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