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‘Chernobyl’ y el ‘procés’

Algunas de las escenas que más me han impresionado de la serie ‘Chernobyl’ no son, paradójicamente, aquellas en que se recrea, con realismo y verosimilitud, los efectos devastadores de un accidente nuclear. Ni las que reflejan la generosidad y la heroicidad anónima de miles de bomberos, soldados, mineros o científicos ‘inducidos’ a movilizarse para atajar la catástrofe. Las dos escenas para mí reveladoras apenas reflejan acción: se limitan a unas pocas frases cortas. La primera, la respuesta que les da a los operarios de la central el ambicioso Anatoli Diátlov, –empeñado a toda costa en completar la prueba que condujo a la catástrofe– cuando se le advierte del peligro de esa operación y de contravenir las normas: «No me hables de normas», le espeta a uno de ellos. Un comportamiento que el profesor Valery Legasov, el científico que sirve de hilo conductor del relato, resume con un juicio inapelable: «Diátlov rompió todas las reglas». Saltarse la ley. Hacerse trampas en el solitario. La otra escena pertenece a la vista oral que se celebra para dirimir los hechos. Tras explicar las claves científico-técnicas del accidente, el profesor Valeri Legásov habla de algunas carencias de los reactores empleados en la antigua URSS y reflexiona en voz alta sobre las terribles consecuencias de ocultar ciertos aspectos o detalles para no perjudicar, supuestamente, el prestigio del sistema… «Cada mentira que decimos supone una deuda a la verdad. Tarde o temprano esa deuda se paga».

Yo creo que la lección de ‘Chernobyl’ no radica tanto en el plano de los problemas técnicos (de hecho, solucionados poco después de la catástrofe), sino en el plano moral, de los comportamientos. Ese plano que tiene que ver con la condición humana y con determinados valores éticos y democráticos. Según Amiel, el peligro de un error está en proporción a la cantidad de verdad que contiene. La dimensión siempre es relevante.

Por eso me parece significativo descubrir cuánta verdad y cuánta mentira registrarían los medidores de errores éticos –si se hubieran inventado– para casos como el del ‘procés’. ¿Cuánto combustible políticamente ‘radiactivo’ se ha destinado a multiplicar en el imaginario colectivo la falsa especie de que España ‘robaba’ a Cataluña? ¿Cuántas falsedades han sido precisas para enturbiar la convivencia entre las gentes de Cataluña, ignorando que en cualquier sistema democrático moderno son las personas, no los territorios, quienes pagan impuestos? ¿Cuántas iniciativas políticas se han planteado para huir hacia delante, pura tramoya, y disfrazar los desmanes de la corrupción y el latrocinio?

Creo que en Cataluña, igual que en la serie ‘Chernobyl’, además de los detalles técnicos es preciso conocer los auténticos comportamientos políticos y las bases éticas y democráticas que los inspiraron. Su compromiso con la verdad, no con la leyenda, la propaganda o el interés sectario. No se trata de dar vueltas a la noria del error. «Esperar que la verdad salga del razonamiento», decía Hannah Arendt, «es confundir la necesidad de pensar con la urgencia de conocer». Si se hace una serie sobre el ‘procés’, espero que lo revelador sea, justamente, las verdades que es urgente conocer, no cuántos Dyatlov siguen dispuestos a envenenar el reactor y a repetir el desastre.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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