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Más de cien veces al día

Cada cual tiene sus propias manías y quien crea que no las tiene es que tiene muchas, dice el proverbio. Imagino que el proverbio se refiere a esos gestos, costumbres o rarezas que van desde levantarse siempre con el mismo pie, subir los escalones de dos en dos, o evitar pisar las rayas de las aceras: «quien pisa la raya, pisa la medalla», canturreaban los muchachos cuando yo era chico. En realidad, bastantes manías o hábitos comunes han cambiado forzadas por el cambio de los tiempos. Recuerdo que hace años, si se caía un trozo de pan al suelo cuando estabas sentado a la mesa, lo recogías y le dabas un beso antes de devolverlo a su sitio. ¿Quién saludaría ahora en la calle levantando la gorra deportiva e inclinando ligeramente la cabeza como si llevara un sombrero de fieltro? Para nuestros abuelos, sin embargo, ese gesto no representaba una rareza sino la cortesía propia de las reglas de urbanidad. Había quien se relajaba entonces ejercitándose en la papiroflexia mientras que en este tiempo hay jóvenes que son incapaces de concentrarse en cualquier actividad intelectual si no hacen girar de manera compulsiva un bolígrafo entre los dedos.

Por mi parte, confieso que persisto en cierta costumbre que no sé si debo calificar de manía. Cuando toca cambiar la ropa de temporada, por ejemplo, me gusta dejar ‘olvidados’ en los bolsillos de las chaquetas, desde las entradas a un concierto, a un cine o a una exposición, hasta la lista de la compra semanal, la dirección de un amigo en otra ciudad, o la factura mínima de aquel restaurante en París… Pistas que son como las migas que Pulgarcito iba dejando al adentrarse en el bosque con la esperanza de señalar el camino de vuelta. Siempre el de la memoria.

Aunque acaso lo más grave de ciertas manías es cuando pierden su condición de tic irrelevante para transformarse en adicción. Es decir, cuando esa extravagancia que en otro tiempo solo te hubiera acarreado un daño colateral –digamos un apodo– en nuestra época deviene en síndrome. Por ejemplo, quien se hacía un tatuaje y desde ese momento pasaba a ser ‘el legionario’, frente a las legiones que en esta época anhelan, por encima de todo, que la tinta cubra cada centímetro de su piel.

Sin embargo, creo que los hábitos y manías en verdad inquietantes ahora están vinculados a las nuevas tecnologías y al móvil. Al peligro de la hiperconectividad. Algunos datos recientes son para echarse a temblar: la mitad de los menores de 25 años pasan más de 3 horas diarias consultando las redes sociales o el WhatsApp; una de cada tres personas mira el móvil más de 100 veces al día; el 95% de los españoles pertenece como mínimo a un grupo de WhatsApp y un tercio tiene de 5 a 10 grupos. Casi el 90% somos conscientes, además, de que el uso indiscriminado de internet erosiona las relaciones presenciales, las que se hacen en familia, mirándose a la cara. ¿El móvil al volante? Se sabe que multiplica por 23 el riesgo de accidente. Y luego dirán que si la abuela fuma.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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