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Las dimensiones del teatro

Del mismo modo que la literatura occidental está salpicada de referencias constantes a las leyendas mitológicas de Grecia y Roma, las series (y sus derivados audiovisuales) se están convirtiendo en mitologías e inspiraciones obligadas de la modernidad. Los discursos políticos y las columnas periodísticas no podrían sustentarse sin su recurso, desde ‘Juegos de Tronos’ a ‘El ala oeste de la Casa Blanca’, desde ‘El cuento de la criada’ hasta la interesada alusión, por ejemplo, al combate entre Mohamed Ali (Cassius Clay) y George Foreman que tuiteó esta semana el líder de Podemos para simbolizar el valor de la santa paciencia… Y en ocasiones las series son algo más que una referencia, que una cita en un discurso. Todavía recuerdo cómo un ‘spin doctor’ (ahora en una trinchera de distinto signo político) calcó literalmente cierto episodio de una serie americana para reivindicar, mediante una pila de documentos que los periodistas tan solo podían ver pero no copiar, la supuesta ‘inocencia’ de su entonces patrón y presidente.

Ocurre que en este veraniego paréntesis preelectoral he visto ‘La voz más alta’, una serie que recrea el nacimiento de la Fox News y de la televisión como instrumento imprescindible para la política y la manipulación. «Creo firmemente en el poder de la televisión. Cambia a la gente lo que quiere, aunque no sepa que lo quiere», dice Roger Ailes, el protagonista de la historia.

Aparte de la denuncia que la ‘La voz más alta’ hace de Ailes como depredador sexual, a mí me interesa la minuciosa radiografía acerca de cómo se transforma (cómo ‘degenera’, sería un verbo más preciso) un modelo televisivo con vocación informativa para terminar convirtiéndose en una implacable maquinaria de propaganda política. El huevo de la serpiente del populismo y de la telebasura. «La gente no quiere estar informada, quiere sentirse informada», proclama Ailes. Cuando un veterano del medio trata de frenarlo con el siguiente argumentos: «Somos una cadena de noticias. Necesitamos periodistas expertos», él replica tajante:«Lo que necesitamos son personas que el público quiera ver, porque es la puta televisión». «Le daremos al norteamericano una visión del mundo como es en realidad y… como ellos quieren que sea». «Tenemos que dirigir las noticias, no solo informar».

Después de ver esta serie televisiva los espectadores más jóvenes a lo mejor entienden que la idea de guionizar programas de entrevistas y debates; la decisión de fabricar ‘noticias falsas’ o de intentar que se transformen en virales simples ‘intrascendencias’ es otra forma, y bastante nociva, de manipulación. Ruido en un sistema laberíntico que cuenta con un penúltimo engranaje: las redes sociales.

Quizás vivimos dentro de un bucle permanente en el que la política y la realidad solo son, como en el poema de Gil de Biedma, las dimensiones del teatro, mientras nosotros somos, a la vez, personajes y espectadores. Un ‘matrix’ alimentado, desde luego, por ese modelo de predicadores laicos que el mexicano Paco Ignacio Taibo II califica de «ministros de culto sectario» que hablan «como si fueran los dueños de la verdad revelada» y ante los que el sentido común aconseja ponerse en guardia.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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