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El museo de todos

A mis veintitantos años, las mañanas de los domingos madrileños incluían, casi siempre, visitas a la Cuesta Moyano y al Museo del Prado. En la banda sonora de aquellos días resuenan los versos de Pablo Guerrero: «Hoy que te amo dejará de ser / la libertad una palabra escrita en la pared», acaso porque esa canción nos traslada también al museo que ahora celebra su bicentenario: «Estaba yo, ¿te acuerdas?, cantándote estas cosas / junto a la puerta del Museo del Prado. / Un hombre se acercaba, muy amable nos dijo: / “Está prohibido que estén aquí sentados”».

El programa ‘Ahora Extremadura’, de la televisión autonómica, emitió el pasado martes una encuesta donde preguntaba a doce personas de edades muy distintas si habían ido alguna vez al Museo del Prado y si lo sentían cercano… o les quedaba lejos. Más allá de las razones expuestas, las cifras del sondeo me parecen reveladoras: ocho contestaron que ‘no’ lo habían visitado, mientras cuatro dijeron que ‘sí’, y estar dispuestas a visitarlo de nuevo. Curiosamente, quien mostró más entusiasmo era una mujer con rasgos asiáticos y acento extranjero. En ese momento me acordé de la frase de Manuel Azaña: «El Museo del Prado es más importante para España que la República y la Monarquía juntas». Y también me acordé del extremeño Timoteo Pérez Rubio, a quien Azaña encomendó poner a salvo de los bombardeos de la guerra las obras de la pinacoteca madrileña a través de la Junta de Defensa del Tesoro Artístico, como bien rememoraba ayer en HOY Ángela Murillo con su reportaje ‘El extremeño que salvó el tesoro del Prado’. El propio museo reproduce en su magnífica web las palabras que Ramón Gaya escribe –todavía desde el exilio– en el ensayo ‘Roca española’: «Cuando desde lejos se piensa en el Prado, este no se presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria», vinculando la palabra patria con un lugar que suscita sentimientos de pertenencia.

Supongo que al igual que ocurre con la música o con los libros, el paso del tiempo hace que cambie nuestra pasión por algunas obras. En mis primeras visitas al Museo del Prado siempre dedicaba un rato a las ‘pinturas negras’ de Goya, incluidas ‘Perro semihundido’, tan inquietante y ‘Duelo a garrotazos’, tan pesimista. Y también a los cuadros de El Bosco y ‘Las Meninas’. Digamos que esas obras eran fijas. Después los itinerarios se hicieron más azarosos: desde el ‘Descendimiento’ de Van der Weyden hasta ‘La anunciación’, de Fra Angélico, pasando por Velázquez, El Greco, Zurbarán.

Sin embargo, al Museo del Prado le debo además de sus joyas permanentes, el regalo de grandes antológicas como la dedicada a Velázquez en 1990; ‘El siglo de Rembrandt’, en 1985, cuando se pudo admirar por primera vez en España ‘La joven de la perla’, de Vermeer; o en 2003 la apabullante ‘Vermeer y el interior holandés’, con esa obra maestra tan admirada por Dalí y titulada ‘El arte de la pintura’. Más los homenajes a Rubens, El Bosco, Fortuny, Sorolla, al retrato español, al bodegón en el Prado… Un patrimonio de todos que nos enriquece desde hace dos siglos.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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