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La pintura serena de Charo Mirat

He visitado la exposición de Charo Mirat (Madrid, 1950) en la sala de arte Nevacam de Cáceres. Cuarenta obras, paisajes y bodegones al óleo sobre lienzo o tabla, reunidos bajo un título certero: ‘La levedad del pincel’. El ‘cuadro príncipe’ de la muestra, el bodegón ‘Claveles blancos’, fechado en 2006, despliega sobre quien lo contempla el magnetismo inconfundible de la belleza clásica, de esas obras en las que la sensibilidad y la naturalidad se rigen por igual denominador común. Acaso la belleza intemporal de sus paisajes, nada aparatosos ni ‘escenográficos’, si cabe decirlo así.

Confieso que a mí me emocionan singularmente esos paisajes en que se percibe la ligereza del apunte –del aparente esbozo– y, a la vez, la contundencia de la pincelada firme, suelta, confiada. Cuadros, en la mayoría de los casos de pequeño formato, como ‘Playa de Portugal’ (41 por 33 centímetros); ‘Espinho’, (33 por 24) o los extraordinarios ‘Camino de Las Huertas’ y ‘Puerta de campo’, con los que Charo Mirat nos sumerge en la sobriedad viva y conmovedora de los paisajes extremeños. Obras que se abren a una ‘atmósfera’ entrañable, inconfundible para el observador familiarizado con el horizonte de la penillanura trujillano-cacereña y con la luz de los campos abiertos.

Charo Mirat estudió Bellas Artes en la universidad, en la academia de Amadeo Roca y con el prestigioso pintor Antonio López. Ha sido copista en el Museo del Prado y ha trabajado bajo el patrocinio del pintor Fernando Zóbel en Sevilla, Madrid y Cuenca. Afincada desde hace años en Trujillo, está casada con el pintor Pancho Ortuño. Precisamente, Pancho Ortuño se refería hace pocos días en su blog ‘El crítico constante’ a esta exposición en Cáceres. «Es probable que muy pocos la entiendan», aventura, «pues nada hay tan complejo como la sencillez. La complicada sencillez del vaso de agua, que gustaba de citar Z. Hay obras que no se hacen para el presente, pocas, y no está en manos del autor cambiar eso».

Yo discrepo con la primera parte de la oración. Tras visitar ‘La levedad del pincel’, estoy convencido de que cualquier aficionado al arte que se detenga ante esos cuadros se sentirá atraído por su fuerza expresiva, por la sinceridad de unas composiciones que, incluso en las más ‘barrocas’, en las más elaboradas, huyen de lo teatral y desprenden autenticidad. Entre otras cosas, porque apenas una obra, el bodegón ‘Navidad’, apuesta por un planteamiento narrativo más complejo y minucioso. Al visitante se le van los ojos enseguida a la colección de bodegones donde la clave maestra radica en lo modesto, en lo escueto, en lo esencial de la propuesta: ‘Cacharros de cocina con laurel’, donde un mortero amarillo nos transporta a la cotidianidad de muchas casas de Extremadura; el cuenco con seis membrillos sobre fondo gris, o los bodegones ‘Postre’ (solo unos gajos de naranja con unos cubiertos modernos) y ‘Botella de cristal y frutero con melocotones’, de resonancias clásicas. En fin, una exposición donde un sencillo vaso con azucenas o un humilde paquete de claveles blancos y una tijera de cocina le bastan y sobran a Charo Mirat para deslumbrarnos con su pintura serena.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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