Hoy
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Autor: JDF8453
De inmundicias públicas y otros males
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Juan Domingo Fernández | 23-03-2017 | 6:50| 0

Las redes sociales son pequeñas fuentes de las que a veces brota agua cristalina pero también descomunales alcantarillas que transportan todo tipo de inmundicias, una especie de doctor Jekyll y míster Hyde multiplicado y global. Cronológicamente las redes son un medio joven –tal vez en plena adolescencia– sometido a las transformaciones y crisis propias de la edad. En España existe una sensibilidad a flor de piel con cualquier aspecto relativo al terrorismo que me parece más que justificada después de sufrir durante décadas los brutales asesinatos de la ETA y el mayor atentado hasta la fecha del terrorismo islamista radical en Europa.
Por eso resultan incomprensibles y difíciles de disculpar ciertos tuits o mensajes pretendidamente humorísticos alusivos a víctimas de ETA como Irene Villa, Ortega Lara, Miguel Ángel Blanco o hace pocos días tras la muerte de Bimba Bosé a causa de un cáncer de mama. Infamia sin humor.
¿A qué viene este largo preámbulo?, te preguntarás, mi buen Yorick. Pues a que ayer asistimos al penúltimo episodio de este sarampión de ‘excesos’ que solo deriva en malestar, ofensas gratuitas, gasto público y más trabajo para los jueces.
Me estoy refiriendo al caso de Cassandra Vera, la tuitera de Murcia que hizo chistes sobre Carrero Blanco y que fue juzgada ayer en la Audiencia Nacional, acusada de un delito de humillación a las víctimas del terrorismo por el que se le pedía dos años y medio de prisión, ocho años y seis meses de inhabilitación absoluta así como tres años de libertad vigilada. Durante el juicio el fiscal rebajó la petición de pena a un año de prisión, por lo que en caso de ser condenada no ingresará en la cárcel. Según ella, «un chiste no es enaltecimiento del terrorismo» y comentarios similares a los que ella hizo sobre el atentado a Carrero Blanco se vienen haciendo en España desde hace décadas.
En el otro extremo argumental: la posición de la Fiscalía General del Estado, que no consideró delito alguno las declaraciones del portavoz del PP en el Congreso, Rafael Hernando, cuando aludiendo a las víctimas del franquismo dijo que «esto de estar todos los días con los muertos para arriba y para abajo» es «el entretenimiento de algunos».
Cada procedimiento es único y la justicia no equivale a barajar fichas cuadriculadas. Pero con el horizonte europeo y mundial de casos de terrorismo de verdad graves, me parece un dispendio dedicar tiempo, dinero y esfuerzo a episodios menores como el de la tuitera murciana, que alimenta encima asimetrías poco estéticas respecto al rigor de los tribunales.
Soy el primer convencido de que las redes sociales tienen que limpiarse para que no se difundan impunemente excesos verbales como los sufridos por las víctimas de ETA o Bimba Bosé. Sin embargo, con la tarea pendiente en el ámbito de la corrupción política o la lucha contra el fraude fiscal, entretenerse en tal menudeo es depurar sólo un cubito del mar de basura que fluye por las redes. Lo prioritario es sanear el conjunto de la finca, no solo limpiar los establos.

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Roma, Trump y el vídeo viral de la BBC
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Juan Domingo Fernández | 16-03-2017 | 8:58| 0

Tom Holland, el británico autor del superventas ‘Rubicón’ subraya estos días en España –donde promociona su nuevo libro ‘Dinastía. Auge y caída de la casa de César’– algunos de los paralelismos históricos entre el Imperio Romano y la realidad actual. Al margen de las simetrías que permiten asociar a Trump con personajes como Nerón y Calígula, el historiador británico ha insistido ante los periodistas en una idea general: buena parte de la actividad política no era otra cosa que entretenimiento y espectáculo tanto en la antigüedad clásica como en nuestros días.
«Igual que Suetonio decía que Calígula estaba loco, ahora todos pensamos que Trump lo está. Pero no es así, en absoluto. Aunque sus declaraciones, sacadas de contexto, nos parezcan inauditas, en el fondo sus palabras son una ‘performance’, una actuación muy inteligente que le permite hablar con su votante», afirma Holland, para quien el paradigma de ese modelo lo encarna Berlusconi, «el más cesariano de los dirigentes europeos», sabedor de que «vivimos en la cultura del espectáculo» y que al pueblo hay que darle precisamente eso.
Mientras pienso en cuánta razón le asiste a Holland, presentador también en la BBC del programa ‘Making History’, la prestigiosa cadena británica salta al olimpo de las redes sociales al colgar en Youtube la entrevista que hizo en directo a un profesor universitario experto en política internacional en la que irrumpen dos niños pequeños que él intenta alejar de cámara hasta que al fin accede una mujer con rasgos orientales y se los lleva, semiocultándose, de la sala…
El vídeo se convirtió enseguida en viral y la página de la BBC News fue vista millones de veces. Como suele ocurrir con este tipo de contenidos, muchos de los comentarios anónimos disparataban dando por información (hechos), lo que tan solo eran hipótesis gratuitas o meras suposiciones racistas. Por ejemplo: que la mujer con rasgos orientales que rescata a los pequeños era la ‘niñera’ y que la habían despedido por su negligente actitud al cuidarlos e impedir que interrumpieran al profesor universitario durante la conexión en directo…
Ante semejantes desvaríos, la BBC decide acabar con las tergiversaciones y entrevistar al profesor con los niños (sus propios hijos) y con su esposa (a la que algunos habían convertido erróneamente en ‘niñera’). Hay que decir que el profesor Robert Kelly, de la Universidad Nacional de Pusan (Corea del Sur) explicaba en el momento de la primera entrevista su posición sobre la realidad política que vive aquel país.
La rueda gira. Al poco tiempo de hacerse viral circulaban por Internet otros ‘memes’ (réplicas humorísticas) que incorporaban como personajes del vídeo a Trump, Pablo Iglesias, Errejón, Echenique o Irene Montero. La política como espectáculo y ‘performance’. La rueda girando. La vida misma.

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De espías y espiados
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Juan Domingo Fernández | 09-03-2017 | 9:20| 0

Las noticias diarias sobre ciberespionaje y pirateo masivo de teléfonos, ordenadores e incluso el del televisor de la sala de estar me resultan inquietantes no por la vertiente tecnológica sino por el lado moral.
La famosa humorada de Woody Allen: «En el examen final de metafísica hice trampa y copié. Miré dentro del alma del chico que estaba sentado a mi lado», ha dejado de ser un chiste de ciencia ficción para convertirse en una hipótesis más que verosímil en manos de quienes se dedican a la ‘minería de datos’ y conocen mejor que usted cuáles son sus gustos más íntimos, sus hábitos culinarios, musicales, artísticos o higiénicos. Cualquiera de ellos si se lo propone puede escudriñar los itinerarios que recorre a diario, el contenido de sus mensajes, la intensidad y el carácter de sus pasiones; los destinatarios favoritos de sus fotos, de sus vídeos y de sus bromas más íntimas. Lo que consume en electricidad, en gas, en agua; las ocasiones en que ha acudido al cine, al gimnasio, al restaurante…
Antes, en materia de espionaje, las cosas eran mucho más sencillas: el mundo se dividía entre ‘buenos’ y ‘malos’, en bloques separados por aquel telón de acero en uno de cuyos lados habitaba la libertad (con todas sus limitaciones) y en el otro la dictadura (con todas sus servidumbres). El paradigma de aquel mundo quizás fuese la novela ‘El espía que surgió del frío’, de John le Carré. Un territorio con reglas que no se sobrepasaban y donde el trasfondo era esencialmente moral, no solo ideológico o político. Al margen de los instrumentos, de las herramientas, de la técnica, a los luchadores de aquellas batallas les animaba un espíritu ético –el que fuera– no el simple afán comercial, el desvelo venal del puro negocio.
Digamos que frente a los modelos antiguos de espionaje, con el barniz romántico y hasta ‘heroico’ de sus agentes, ahora estamos sometidos a la explotación masiva e industrial de los datos y las comunicaciones personales. El buen Yorick se dirá para sí ¿y bueno, a mí que me importa, si no tengo nada que ocultar? Esa es tal vez la primera trampa en que caemos. Porque sí que importa: ‘regalando’ todos esos datos contribuimos a que nos induzcan –sin ser conscientes de ello– pautas de consumo y modelos de comportamiento en los ámbitos relevantes de la existencia: la economía, la cultura, la política, la religión, la ciencia, el deporte, el urbanismo… Digamos que así acabamos sirviendo todos de modelo, de materia y finalmente de consumidores en el círculo perfecto surgido y multiplicado exponencialmente por las nuevas tecnologías. La voracidad a la que nadie puede sustraerse.
Cuando el mundo estaba dividido en bloques y no existían los populismos, los espías sabían para quiénes trabajaban. Las nuevas tecnologías nos abocan sin embargo a otra perversión paradójica de la modernidad: todos somos espiados y, aun sin quererlo, todos somos espías. Encima, la complejidad técnica y el carácter pasivo del ciberespionaje nos impide saber si estamos en el bando de los ‘buenos’ o de los ‘malos’. Solo números para consumo.

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El revés de la trama
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Juan Domingo Fernández | 02-03-2017 | 8:09| 0

La última novela de Tomás Martín Tamayo, ‘El secreto del agua’, narra varias historias que arrancan en la Extremadura de posguerra y en el pueblecito Pajar de los Encinares, inundado por una presa que los terratenientes impusieron en el lugar que beneficiaba a sus intereses por encima de las protestas y la voluntad de los vecinos.
Centrada en la figura de un maestro de escuela que capitanea la oposición y que muere en extrañas circunstancias, ‘El secreto del agua’ recrea la vida de aquella Extremadura rural dominada por ribetes de pobreza y la densa sombra del autoritarismo y la posguerra.
Treinta años después, el hijo de aquel maestro –convertido en presidente de una de las grandes multinacionales del mundo del petróleo– decide aclarar la trágica desaparición de su padre y ajustar cuentas con el pasado…
No voy a desvelar la historia (eso que ahora se denomina con el anglicismo hacer ‘spoiler’), entre otras cosas porque más allá del entramado argumental en la novela de Martín Tamayo me parece que destaca el valor de una prosa eficaz y la mirada de quien pergeña personajes (especialmente cuando se trata de tipos populares) tal vez muy característicos de aquella Extremadura rural.
Aunque la historia avanza en varios planos narrativos y múltiples escenarios, confieso que para mí la aportación más sobresaliente y una de las claves argumentales es la descripción pormenorizada de cómo puede manipularse la opinión pública y cuáles son algunos de los mecanismos consustanciales a la corrupción. A la corrupción como estrategia, como procedimiento, en cualquier nivel. La mirada novelística de Tomás Martín Tamayo en esta materia no resulta cínica, si acaso descreída y seguramente propia de quien ha conocido las amarguras del desengaño en la política y en la condición humana.
En determinado momento un personaje, experto internacional en comunicación y asesor del protagonista, explica que la publicidad y la propaganda se basan muchas veces en la compasión, en la indignación, en el miedo…
Alguien le contesta:
–«La política tiene poco que ver con todo esto…».
Y él responde:
–«Es igual. La política, la presa, Miterrand, la Coca-Cola o una compañía aérea, son productos que hay que vender y para nosotros las diferencias son meras sutilezas. Igual que se convence a la gente de que no es buena la sacarina, se la puede convencer de que no es buena la presa. El mercado compra lo que está en el mercado, y si en el mercado vendemos indignación, la gente compra indignación. Lo haremos escalonadamente, de menos a más y administrando los tiempos. Es un plan que no ha fallado en ningún sitio. El miedo se vende muy bien».
Quevedesco a ratos, Tomás Martín Tamayo maneja en ‘El secreto del agua’ la pincelada elocuente, enérgica, realista… Extremadura es aquí el escenario originario, pero el plano narrativo de fondo es universal y además está diseñado por alguien que conoce bien la condición humana y el revés de la trama donde el hombre –desde la noche de los tiempos– aviva sus pasiones.

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Arte e historia
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Juan Domingo Fernández | 23-02-2017 | 2:17| 0

Una de las ventajas de vivir en una ciudad Patrimonio de la Humanidad como Cáceres es la posibilidad de gozar diariamente de un conjunto histórico artístico en el que destacan valiosos monumentos de época medieval y renacentista. Pero en Cáceres también convive la modernidad con el pasado. Quizás el ejemplo paradigmático de esa convivencia lo represente la Fundación Mercedes Calles, en cuya sede del Palacio de los Becerra (siglo XV) puede visitarse hasta el próximo mes de abril la exposición ‘Miradas de un coleccionista’, que reúne casi 50 obras del medio millar que atesora la colección Himalaya de Julián Castilla.
Desde que abrió sus puertas hace diez años, por la casa palacio de los Becerra ha pasado ya más de millón y medio de visitantes, según Luis Acha, director de la Fundación Mercedes Calles. Visitantes y turistas que aparte de admirar el patrimonio permanente que se exhibe, han disfrutado de exposiciones artísticas temporales de primerísimo nivel con obras de Sorolla, Zuloaga, Goya, Rembrandt, Andy Warhol, Narbón, o aquella muestra singularísima de cuadros escogidos de pintores rusos que habían sido rechazados por el régimen comunista.
Las casi cincuenta obras que reúne ‘Miradas de un coleccionista. Colección Himalaya’ son una buena oportunidad para acercarse, como señala en el catálogo la comisaria de la muestra, Marisa Oropesa, a varias de las corrientes que perfilan las tendencias artísticas desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Tendencias que arrancan con la abstracción surgida tras la II Guerra Mundial, el informalismo, el arte Pop o Nueva Figuración –como se denominó en España–, las creaciones contraculturales de ‘la movida’ hasta «esos jóvenes polifacéticos que se universalizan», como señala Marisa Oropesa cuando cita las obras de tres artistas: Miquel Barceló, Jaume Plensa o el desaparecido Juan Muñoz.
Reflexionando acerca de la colección de Julián Castilla, recuerda el crítico y profesor Fernando Castro Flórez que Sacha Guitry habla de dos clases de coleccionistas: «los que esconden sus tesoros y los que los enseñan, los coleccionistas de alacena y los de vitrina». Por suerte para Cáceres, la Fundación Mercedes Calles lleva ofreciendo su espacio expositor a coleccionistas de arte (en su mayoría privados) favorables generosamente a mostrar sus tesoros.
En cualquier caso, creo que lo más atractivo de la colección Himalaya es lo que tiene de antología de toda una época. Por eso me parece que no es preciso sentir una desmesurada afición por el arte moderno o contemporáneo para disfrutar con la visita. La simple relación de nombres es apabullante: Ràfols Casamada, Juan Genovés, Eugenio Granell, Xavier Valls, Amalia Avia, Carmen Laffón, Hernández Pijuan, Plensa, Luis Gordillo, Canogar, J. Ugalde, Manolo Valdés, Alcaín, Úrculo, Alfonso Albacete, Quejido, Dis Berlin, Soledad Sevilla, Pérez Villalta, José M. Sicilia, Cristina Iglesias, Juan Muñoz, Uslé, Pelayo Ortega, Navarro Baldeweg, Ceesepe, Miquel Barceló, Ouka Leele, Ángel Mateo Charris, Martín Begué, Paco Pomet, José Ramón Amondaráin o Bosco Sodi, entre otros. Una lección de arte y de historia.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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