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Autor: JDF8453
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Juan Domingo Fernández | 05-02-2006 | 7:12| 0

No sé si es necesario o no el aviso, pero la ‘entrada’ anterior en este blog, ‘¡Qué felicidad!, estaba escrita en clave irónica. Aunque torpemente, creo que se comprendía en casi todos sus términos. Y la referencia al texto de Jonathan Swift no era simplemente marginal o de ‘letraherido’, pues en su ‘Modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y para el país’ la tesis central (un Himalaya del humor negro) es que los padres se coman a los hijos… para acabar con el hambre. Pura ironía, señoría.

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¡Qué felicidad!
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Juan Domingo Fernández | 03-02-2006 | 1:30| 0

Hay días en que la felicidad no parece una meta inalcanzable. En miles de ordenadores ha entrado el virus ‘Kamasutra’, que tiene un nombre engañosamente atractivo ?de sexo para gimnastas? y que aspira a exterminar los discos duros.
En el mundo crece como un reguero de pólvora el enfurruñamiento Oriente-Occidente por las caricaturas de Mahoma, a pesar de que en la vieja Europa, al menos desde la Revolución Francesa para acá, la separación entre los poderes terrenales y celestiales parece un asunto incuestionable.
Así que después de releer a Jonathan Swift y su ‘Modesta proposición para impedir que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y para el país’, escrito en 1726, se me ocurre pensar que acaso nuestra felicidad resultaría menos esquiva si prohibiésemos radicalmente las escuelas de idiomas y el tráfico de personas entre países. Es una idea.

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El pecado original
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Juan Domingo Fernández | 26-01-2006 | 10:22| 0

Un fantasma recorre las redacciones de prensa (y no me refiero a la recua de los reality shows), sino a los errores y a las erratas. De las erratas se han llegado a escribir incluso antologías, y hay quien sostiene que siempre mejoran al original.
Cuando hablo de errores no me refiero a las humildes, contumaces e imprevisibles faltas de ortografía, sino a los errores en toda su extensión: errores garrafales, chungos, de choto con tembladera.
Hace años, durante uno de los premios literarios Felipe Trigo, el escritor Fernando Sánchez-Dragó nos contó a varios miembros del jurado que él presidía en aquella edición una anécdota que se ha convertido en el error más legendario del que guardo memoria.
Ocurre que el escritor había dado una conferencia en una localidad del levante español y al finalizar su charla accedió a responder a unas cuantas preguntas para una entrevista en un diario local. Ante el magnetófono de la joven periodista, Sánchez-Dragó defendió con verbo encendido y entusiasmo, la necesidad de poner pasión en cualquier creación del espíritu, y citó el caso paradigmático de Orígenes, el viejo filósofo que se hizo castrar para tener menos ‘distracciones’ en su afán diario.
Uno se imagina la verborrea apasionada de Dragó y a la joven redactora dándole a la grabadora para adelante y atrás tratando de adivinar qué era exactamente lo que decía.
El caso es que a la mañana siguiente, el escritor se quedó turulato al ver que el titular de la entrevista proclamaba a cinco columnas: «Fernando Sánchez-Dragó: A los escritores había que castrarlos como aborígenes», (el subrayado es mío).
Cada vez que me acuerdo comienza a dolerme cierta zona íntima y aún no sé si es por las risas o sólo de pensar en esa terapia ‘draconiana’ que le atribuyeron a Dragó.

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Ni por compromiso
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Juan Domingo Fernández | 22-01-2006 | 12:42| 0

   Aunque parezca extraño, hay cuestiones que son recurrentes en literatura -y en periodismo- desde hace más de un siglo. ¿Por ejemplo? La del compromiso del artista (en literatura, pintura, cine…) La semana pasada era la escritora mexicana Elena Poniatowska quien lo recordaba por última vez en un suplemento literario: “Creo que un escritor comprometido es un mal escritor. Le hace daño al compromiso y a la literatura. Lo que tiene que hacer un escritor es escribir bien lo que escribe”, respondió.

   Cuando los años duros del ‘caso Padilla’ en Cuba, a raíz de su libro ‘Fuera de juego’, alguien tuvo que recordar ese mandamiento olvidado: “Lo más revolucionario que puede hacer un poeta es un buen poema”.

   Obvio ¿no? Pues parece que hay que volver a recordarlo, en tiempos en los que se reclama más que compromiso acaso ‘militancia’.

   ¿Mi opinión? Permítame, señora, que acuda al nutricio Borges, siempre tan por libre o al aire de su pensamiento: “¿Compromiso? No. No tengo mensaje. No soy un evangelista”. Y si hay que ampliar, ahí va esa otra perla del argentino: “Yo tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante”.

   ¿Y ahora qué?

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Insultos
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Juan Domingo Fernández | 16-01-2006 | 10:10| 0

Fui un niño flaco que aprendió a convivir con desaires del tipo «tienes menos carne que un guisado de alambre», pero esos agravios no me traumatizaron ni me resultaron insufribles. Lo que no he soportado nunca, ni entonces ni ahora, es el insulto gratuito, el exabrupto cerril y asilvestrado.

La historia de la política y de la literatura están trufadas de vituperios llenos de ingenio e inteligencia. Borges, que reflexionó acerca de esta cuestión en ‘Arte de injuriar’, reúne toda una antología, desde aquel quiebro que se atribuye al doctor Johnson: «Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando», hasta la que él consideró la injuria más singular: «Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo, muriendo en él. Ahí está vivo, después de haber fatigado la infamia». Menudas perlas.

Y si se repasa la obra del autor de ‘El Aleph’ daría para todo un tratado. Sus puyas contra García Lorca, Américo Castro, los catalanes o los vascos son legendarias. Eso sí, siempre con un humor sutil, irónico, de trazo fino, no como esas andanadas de Quevedo contra Góngora: «Yo te untaré mis obras con tocino, / porque no me las muerdas, Gongorilla», en las que le acusaba de judío, quizás de lo más suave que le dijo, si se compara con esos otros versos en los que le describe como: «esta cima del vicio y del insulto; / éste, en quien hoy los pedos son sirenas, / éste es el culo, en Góngora y en culto, / que un bujarrón le conociera apenas». Ni la condición de sacerdote de Góngora le libró de otras rechiflas, por ejemplo cuando le llama: «sacerdote de Venus y de Baco» o «La sotana traía / por sota, mas que no por clerecía».

Yo creo que al lado de todos esos dicterios, los exabruptos que se oyen en algunos foros actuales son tan pobres como los insultos mostrencos que se expelen contra un mal árbitro o en un atasco de tráfico.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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