Hoy

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Autor: JDF8453
Empecinado
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Juan Domingo Fernández | 02-11-2017 | 7:50| 0

AUNQUE al huido Puigdemont le moleste, la prueba irrefutable de su ‘españolismo’ está en la inclinación firme al «sostenella y no enmendalla» que suele atribuirse al empecinamiento patrio. Con el agravante en su caso de ser un lastre que aplica con carácter retroactivo, es decir, su obstinación a la hora de negar la realidad, de cuestionarla, se extiende al pasado, al presente y me temo que al futuro.
El empecinamiento de Puigdemont se funda en la ‘irrealidad’ de una Cataluña que únicamente ha existido en la geografía e historia fantástica de los deseos. De los «sentimientos», como se denomina ahora piadosamente a esa coartada contra la razón. La topografía por la que deambula Puigdemont está emparentada con la leyenda, con la mera ficción, no con la realidad. A quien le interese saber cómo nacen las ‘mitologías nacionalistas’, le bastará para entenderlo con mirar alrededor de nuestro día a día en Cataluña y reflexionar acerca del trajín de mentiras, engaños, ‘astucias’ y versiones de los hechos (y de las opiniones y de los sentimientos y hasta de las emociones) que se cuentan de lo que ha venido ocurriendo por esa tierra. Pensar en la verdad, la realidad y la simple mentira.
Cuando pasado el tiempo pueda describirse con calma y perspectiva la secuencia de los acontecimientos nos parecerá que en estos años hemos asistido a una soberbia comedia de enredo, a una descomunal ‘farsa’ colectiva en la que se implicó a buena parte de la sociedad catalana más crédula y leal con la élite dirigente empecinada en acabar –«sostenella y no enmendalla»– con un magnífico modelo de convivencia y progreso. Supongo que esa mirada retrospectiva y desapasionada, o sea, con vocación de objetividad, nos servirá también para descubrir la dimensión del teatro, el revés de la trama. Aunque supongo que nada de ello ocurrirá mientras no se extingan los incendios que prendieron al calor de las soflamas antidemocráticas, excluyentes y cebadas con la hipocresía de la falsedad. Hasta que la realidad no baje el telón del esperpento y acabe el espectáculo.
«La gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?», se pregunta Gandhi con la lógica lúcida de quien distingue lo banal de lo relevante; lo auténtico de lo impostado. Parafraseándole yo preguntaría a Puigdemont por qué en vez de mirar por su solo interés no piensa, con perspectiva histórica, en los intereses colectivos de la sociedad a la que dice representar? Ya sé que es, claro, una pregunta retórica.
No hay peor obstinado que el que se empeña en seguir la linde cuando esta ha llegado a su fin. O el que quiere seguir echando cartas sobre el tapete cuando alguien ha cantado las cuarenta y las diez de monte. La historia de Puigdemont no lleva camino de terminar bien. Es tan ominosa que probablemente requiera tratamiento externo. A lo grave de su error hay que añadir la voluntariedad. No es un dirigente que se equivoca por azar o de forma imprevista, lo hace de manera alevosa y premeditada. Por eso no le saldrá gratis la jugada y por eso va a necesitar de colaboradores directos para que le ‘rescaten’ del «sostenella y no enmendalla» en que está empecinado.

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Dersu y los parceleros
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Juan Domingo Fernández | 26-10-2017 | 7:18| 0

DICE Diego Algaba Mansilla en su reciente artículo ‘Parceleros’ que se acordó de esos personajes tan característicos de la Extremadura rural «después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora», en Badajoz. La magnífica evocación que hace Diego Algaba de aquellos hombres –algunos de los cuales han terminado yéndose a vivir con sus hijos o nietos a la ciudad, entre las cuatro paredes de un piso «al que hay que subir en ascensor»– a mí me recordó al instante la peripecia de un personaje legendario: el viejo cazador ‘Dersu Uzala’, obra maestra de Akira Kurosawa.
Esa película, que retrata la vida en libertad de un cazador en plena naturaleza (la tundra y los bosques siberianos) es también la conmovedora historia de una amistad entre el capitán Vladimir Arseniev, explorador del ejército ruso y el viejo cazador Dersu Uzala. No voy a desvelar cómo acaba la película, sólo me detendré en algunos pasajes de la historia. Tras las expediciones, Arseniev decide llevarse a vivir a su casa en la ciudad al viejo Dersu, al que le empieza a fallar la vista.
La vida en el hogar transcurre dulce y confortable para el capitán, para su mujer y para su hijo. Pero el viejo Dersu Uzala se asfixia entre aquellas cuatro paredes y se pasa el día sentado en el suelo, embelesado ante las llamas de la chimenea. Dersu es la metáfora de un pájaro enjaulado, de un ser libre abatido.
Su mundo y sus valores no son los de la ciudad. Tan es así que un buen día el capitán tiene que acudir a rescatarle porque al bueno de Dersu, viendo que se necesitaba leña en casa, no se le ocurrió otra idea que salir al parque y ponerse a cortar un árbol… que él consideraba de todos, no de nadie en concreto, igual que los del bosque o la taiga. Otro día se enfada con el hombre que suministra agua a las viviendas transportándolas en una cuba. Le afea que cobre dinero por algo que está en la naturaleza y no pertenece a nadie sino a todos. «¿Por qué dar dinero por agua? Mucha agua hay en río», le pregunta a la mujer del capitán, mientras el aguador le mira como si no estuviera en sus cabales y le dice: «No entiendes nada», a lo que Dersu resume enfadado: «¡Tú eres una mala persona!». Y para su escala de valores, que son los de un hombre que ha vivido en libertad, pegado a la naturaleza, claro que lo es. Dersu Uzala posee la ‘sabiduría instintiva’ de quien ha aprendido a vivir en armonía con la naturaleza: caza únicamente lo que necesita; comparte; piensa en otros cazadores que podrán necesitar también la cabaña del bosque; le acechan miedos e inseguridades; desconoce por ejemplo su edad exacta y otros muchos detalles mundanos pero sentencia en su sencillez: «Aprendo todo cuanto necesito saber y tengo todo cuanto necesito tener».
Además de la ‘sabiduría instintiva’ que desprende la historia de Dersu Uzala, a mí me conmueve –como en el caso del parcelero de Diego Algaba– la pura necesidad de armonía con lo que nos rodea que supone coger las aceitunas de un olivo urbano, o conocer de sobra las cosas que de verdad importan en la vida.

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El arroz con leche y el ladrillo
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Juan Domingo Fernández | 19-10-2017 | 8:17| 0

Para debatir, conversar, dialogar… es preciso que el emisor y el receptor (interlocutor) se presten atención y compartan al menos un código y un canal comunes. Ese principio vale tanto para un grupo de amigos como para el conjunto de la sociedad, incluidas las redes sociales. Y ahí quería llegar yo.
Una reciente macroinvestigación sociológica prueba que las redes sociales, y especialmente Facebook, «fomentan la hipersegmentación ideológica, el separatismo y la polarización de la opinión pública, lo que origina un deterioro de la calidad democrática», según señala Miguel Ormaetxea en ‘Media-tics’. Es sabido que muchos lectores, espectadores y oyentes buscan tan solo aquellos medios de comunicación que les provean de informaciones y opiniones donde sientan confirmadas o ‘reforzadas’ sus preferencias políticas, económicas, deportivas, culturales…
El advenimiento de las redes sociales –acogido como un ‘nuevo amanecer’ incluso por dirigentes políticos bienintencionados– no contribuye sin embargo a mejorar las posibilidades de diálogo y de debate, sino al contrario. Esa macroinvestigación lo que prueba es que las plataformas de redes sociales «crean burbujas de información y opiniones unilaterales, perpetuando opiniones sesgadas y disminuyendo las oportunidades para un discurso plural. Sistemas como los ‘me gusta’ o los retuits para medir la validez o apoyo masivo hacia un mensaje u organización crean un sistema distorsionado de evaluación de la información y proporcionan una imagen falsa sobre la popularidad», explica Ormaetxea. Sin entrar en que tales opiniones puedan ser asimismo obra de trols o de robots… La era apoteósica de la posverdad.
A mí lo que me me inquieta sobre todo es la tendencia –cada vez más extendida en las redes y en cualquier debate público– a sustituir en las discusiones políticas el arrojadizo «y tú más» por el ardid argumental del cambio de tema. Tú me hablas de ‘x’, pues yo te hablo de ‘y’. Alguien reprocha por ejemplo la falta de coherencia histórica de quien sirve objetivamente a los intereses del separatismo privilegiado, supremacista, y en vez de refutar la idea se dedica a hablarle de la corrupción de un tercer elemento en disputa. Tú puedes plantear un asunto de interés nacional o internacional, pero si el interlocutor piensa que no le conviene o beneficia la propuesta, dará una larga cambiada y con todos los aspavientos de que sea capaz sentenciará que «de lo que hay que hablar», pongamos por caso, es de un asunto local… Así todo.
En tal controversia dan ganas de preguntar: «¿Qué tiene que ver la velocidad con el tocino?» y regalarles como broche del ‘no-debate’ esa sentencia popular que resume un planteamiento absurdo: «Como sé que te gusta el arroz con leche, debajo de la puerta te dejo un ladrillo». Por eso me parece que las redes están bien para ciertos asuntos de utilidad doméstica (mensajes, avisos…) pero entrañan serios riesgos respecto a la promoción de la pluralidad y riqueza democráticas.

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¿Mentiras?, poca broma
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Juan Domingo Fernández | 12-10-2017 | 7:19| 0

Cuando un diplomático dice «sí» quiere decir «quizá»; cuando dice «quizá» quiere decir «no», y si dice «no» no es diplomático. Ese viejo dicho confirma mi buen Yorick que esta patulea de dirigentes políticos, ahora por desgracia en la mente de todos, son ajenos al cuerpo diplomático y por descontado, incompatibles con las mínimas normas de la decencia democrática y legal.
«Si me engañas una vez, tuya es la culpa. Si me engañas dos, la culpa es mía», dejó escrito el filósofo griego Anaxágoras.
A un país como España, experimentado en sufrir durante años ‘treguas trampas’ del terrorismo y otras iniquidades, las argucias de «sí, pero no» le causan forzosamente antes que indignación, vergüenza e hilaridad. Para comprobarlo basta entrar en las redes sociales y carcajearse con los abundantísimos ‘memes’ y parodias que suscitan los últimos episodios del innombrable y poco honorable protagonista.
Como en la vieja fábula, el parto de los montes fue un ridículo ratón. O si acaso, el par de cigüeñas que anida –en uno de los montajes humorísticos– sobre el pelucón del sujeto. O el camarote de los hermanos Marx simulando su salón de reuniones; o el acto de la firma del ¿acta? de la independencia; o al diputado que ganó en el sorteo una impresora portátil… Humor y desenfado. Quizás el mejor contrapunto al desbarre de quienes además de transgredir las normas legales del respeto y la convivencia democrática se obstinan en la mentira como arma política y estrategia partidista.
¿Alguien cree que puede edificarse una sociedad estable, justa y próspera sobre la base de la mentira, la tergiversación y el engaño? ¿Alguien puede creerse que siendo esa región una de las más desarrolladas y beneficiadas por todos los gobiernos de España desde tiempos inmemoriales se trata de una tierra «oprimida» política, cultural o socialmente? ¿Cuánto tiempo pueden sostenerse trolas tan descomunales sin causar sonrojo? Por no hablar de la ‘mitificación’ de un pasado que olvida u obvia detalles relativos a la convivencia sin los que resulta incomprensible o más falso que el cartón piedra de un decorado cinematográfico. «Nadie puede engañar a todos durante todo el tiempo», dijo el presidente Abraham Lincoln.
Hay un viejo poema de Jon Juaristi: ‘Spoon river, Euskadi’, de su libro ‘Suma de varia intención’ (1987) que a mí me encanta y que se ha citado más veces como explicación del ‘lavado de cerebro’ y de la atmósfera que propició el doloroso delirio terrorista en el País Vasco. Dice así:
«¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».
Salvando las evidentes –gracias a Dios– diferencias de muertes por terrorismo en una comunidad y otra, no conviene minusvalorar en cualquier caso el peligro de la mentira, del engaño, de la falsedad como origen y causa de las más graves enfermedades sociales; es decir, del progresivo envenenamiento de la convivencia. Ante ese riesgo (aunque sea latente) poca broma.

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Cataluña, la ley y la violencia
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Juan Domingo Fernández | 05-10-2017 | 7:09| 0

HACE poco me inquietaba si la farsa separatista en Cataluña derivaría en esperpento o en tragicomedia. Ahora lo que me inquieta es saber si el tren sin frenos acabará en la Padania o en los Balcanes…
Supongo que a la carcunda nacionalista y a sus esforzados compañeros de viaje les embargará (metafóricamente, claro) igual entusiasmo que a los agricultores el primer día del Diluvio Universal: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!». Quiero decir que tras los episodios del 6 y 7 de septiembre en el Parlament, el megaparipé del 1 de octubre, los engolados ‘autoaplausos’ por la ‘heroica’ proeza de pisotear la ley, la democracia y los derechos constitucionales del conjunto de la sociedad catalana igual esperaban que la respuesta del resto de España siguiera siendo más diálogo, subir la puja y una palmadita en la espalda.
Anoche Puigdemont arengó a los suyos como si se tratara del primer día del Diluvio Universal. ¿Piensa quizás que sus acciones van a quedar impunes? Alfonso Guerra ha sido el último que ha insistido en la evidencia del cuento sobre ‘El traje del emperador’. El veterano dirigente socialista ha tenido que insistir en esas verdades como puños que la ‘posverdad’ y ‘poslegalidad’ independentista tratan de presentar como género averiado. ¿Qué verdades? Pues el carácter esencialmente reaccionario de los nacionalismos (sobre todo de los nacionalismos identitarios o supremacistas), la interesada ‘confusión’ entre el conjunto de la sociedad (¡somos todo un pueblo!) y la ciudadanía con ánimo sectario; el desprecio ‘de facto’ a la soberanía nacional, representada por el conjunto de España y no por los habitantes de un territorio…
Es cierto que casi toda la culpa de lo que está ocurriendo hay que atribuírsela a los dirigentes nacionalistas y populistas que con ánimo transgresor han sepultado la Constitución para situarse –sin rodeos– fuera de la ley, es decir, al margen de la democracia. Y me da igual que lo hayan hecho forzados por sus nuevos ‘compañeros de viaje’ o como quien huye perseguido por la sombra alargada del latrocinio y las corrupciones. Es así, pero el porcentaje de culpa restante corresponde a quien consintió que el enfermo empeorara sin aplicarle medidas quirúrgicas cuando la operación resultaba menos traumática.
Creo que no tiene mucho sentido preguntarse a estas alturas si son galgos o son podencos. Lo hecho hecho está; procede resolver la avería: lo urgente y a la vez importante; retomar la senda constitucional y garantizar la única legalidad posible y democrática. ¿Cómo hacerlo? Ahí es donde todos los implicados directamente tendrán que mover ficha. El Gobierno de la nación y los representantes políticos de todas las administraciones en Cataluña. La gravedad es extrema. Las apelaciones a la responsabilidad, generales. ¿Límites? Acaso la conocida y sabia advertencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve por la violencia porque la violencia es el conflicto mismo». ¿Hay tiempo?

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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