Hoy

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Autor: JDF8453
Premiar y premiarse
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Juan Domingo Fernández | 06-11-2015 | 1:36| 0

En el ámbito de la ciencia aumenta el conocimiento pero a la vez persisten ideas erróneas en la cultura popular que son difíciles de eliminar y combatir, como explicaba hace poco Mauricio-José Schwarz en un reportaje de ‘El Correo’ donde aludía a diez ‘mitos’ o ideas erróneas que se repiten como ciertas. Ideas tales como que solo usamos el 10 por ciento de nuestro cerebro, que en verano hace calor porque estamos más cerca del sol, que hay gente que usa más uno de los dos hemisferios del cerebro, que hay más partos y delitos en luna llena, que las vacunas causan enfermedades… Mitos, en una palabra. Tópicos.
Del mismo modo, en el imaginario popular perviven dichos y refranes cuya validez no parece universal. Por ejemplo, eso de «nadie es profeta en su tierra», fórmula muy socorrida para resumir las injusticias habituales con aquellos a quienes tenemos más cerca y acaso en menor consideración. ¿Siempre ha sido así? No creo. Basta repasar determinados periodos históricos de cualquier comunidad o grupo humano para percatarnos de que en la galería de retratos ilustres algunos desmienten el dicho: entre ellos todos los que lucen la orla de profetas y triunfadores en su tierra, aunque es verdad también que en esa galería siempre aparecerán, inevitablemente, huecos en blanco…
Ocurre que en ocasiones los reconocimientos llegan tarde y hay que esperar décadas o siglos para que se produzcan. O no llegan jamás, como esas piedras humildes del poema de León Felipe que no han servido «para ser ni piedra / de una lonja, / ni piedra de una audiencia, / ni piedra de un palacio, / ni piedra de una iglesia».
En el ámbito de nuestra región no conozco ningún instrumento social que haya contribuido con más intensidad que este diario al reconocimiento público de aquellas personas, empresas o instituciones volcadas en favor de Extremadura. Los Premios ‘Extremeños de HOY 2015’ que se entregan esta tarde en Mérida son una buena prueba de ello. Y sobre todo la labor diaria y el compromiso que desde hace más de ochenta años mantiene con la región.
Premiar, reconocer, es una forma de hacer pedagogía social. Más aún cuando se trata de reconocer méritos y valores vinculados a aspectos perdurables, no circunstanciales o perecederos. Si se repasa la nómina de galardonados durante las últimas décadas resulta obvio que no se trata de simples ‘triunfadores’ sino de personas o entidades que constituyen por sí mismas verdaderos referentes en sus parcela social. Triunfos conseguidos a través de la pasión, no fruto del azar o del oportunismo. Éxitos explícitos, evidentes, fáciles de explicar y de entender. Nada de postureo, como se dice ahora. Ni de superficialidad.
Yo creo que en la acción de ofrecer un reconocimiento público se produce también una cierta simetría pues quien premia aspira a verse reflejado, de alguna manera, en los valores y méritos de quien recibe el premio; es decir, en la defensa de la honradez profesional, la obra bien hecha y la elegante discreción.

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Vísperas del delirio
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Juan Domingo Fernández | 29-10-2015 | 9:07| 0

Los acontecimientos en el ámbito de la política autonómica catalana evolucionan a una velocidad uniformemente acelerada. Supongo que es debido a lo que denominan los independentistas con el eufemismo «el proceso». El proceso de secesión, para entendernos. Pero en física, según prueba la tercera ley de Newton –y me parece que también en política– a toda acción le corresponde una reacción. En consecuencia, cuando alguien echa un pulso debe esperar que en el otro lado de la mesa alguien reaccione y empuje para torcerle el brazo y vencer. Aunque a ratos nos domine la sensación de que en el otro lado de la mesa no hay nadie (¿hay alguien ahí, señor Rajoy?) quienes le están echando el pulso a la España democrática tienen que ser conscientes de a quiénes en realidad se enfrentan para no caer en el error fatal de despreciar al contrincante.
Entre otras cosas porque al contrincante, una joven democracia pero de un país muy antiguo y diverso, le indignan los tejemanejes del nacionalismo rampante y saqueador.
Solo cuando el latrocinio sistemático se enquista bajo el blindaje de la ‘anomalía social’ que es el nacionalismo resulta fácil entender que la casta de corruptos piense «de perdidos, al río» y emprenda una huida suicida hacia adelante. Con el motor cada vez más revolucionado. ¿Las consecuencias? Imprevisibles. Pero seguro que no se despeñan únicamente los responsables del estropicio sino otras muchas personas a quienes el delirio de unos cuantos convertirá en víctimas colaterales. Si el famoso «choque de trenes» llega a producirse no creas mi buen Yorick que la vida se va a detener, pasado un tiempo (¿una generación, acaso dos?) todo volverá a su ser. El día antes de los dramas también sale el sol. Igual que al día siguiente.
Pasado el tiempo, estoy seguro asimismo que la historia ofrecerá una nueva versión de la famosa frase de Churchill: «Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos». Y espero que sus nombres (y los nombres de quienes se sumaron de forma interesada al desvarío) no se pierdan por el sumidero del olvido. Ni les salga gratis.
Un síntoma muy evidente del hartazgo que provoca la desvergüenza y la irresponsabilidad antidemocráticas del bloque secesionista catalán son las frases populares con las que el hombre de la calle resume estos días el conflicto: «Mejor ponerse una vez colorado que cien amarillo». Lo que puede traducirse por medidas legales enérgicas y nada de medias tintas.
Yo creo sin embargo que frente a la orgía sibilina de las élites nacionalistas durante las últimas décadas la ‘respuesta’ por parte del resto de España, incluida Cataluña, no puede ser ¡eso les gustaría a ellos! cualquier medida que alimente de forma explícita su muy rentable victimismo… La respuesta tiene que ser únicamente la que se deriva de la ley y de la democracia, es decir, de la Constitución. Que se aplique con mano de hierro en guante de seda es una cuestión secundaria. Lo importante es que se aplique.

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El abuelo de Benny
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Juan Domingo Fernández | 23-10-2015 | 10:00| 0

“Mi abuelo no era capaz de recetar una píldora que hiciera correr más rápido a un galgo, pero podía hacer una que hiciera que los otros cinco fueran más despacio”. El autor de esa frase es Benny Green, un saxofonista británico que durante años fue conductor de programas musicales en la BBC y que sentía tal devoción por el escritor y humorista P. G. Wodehouse que llegó a dedicarle una biografía literaria.
Como algunas humoradas inteligentes, la capacidad que Benny Green le atribuye a su abuelo en materia de carreras de galgos trasciende la simple ironía y encierra una lección moral. O inmoral, según se mire. No es precisa una imaginación desbordada para constatar que las capacidades del abuelo de Benny se ponen en práctica diariamente en muchos otros ámbitos, entre ellos el de la política y la cosa pública.
¿Quién no ha conocido alguna vez a ese político que incapaz de avanzar con limpieza en su gestión va sembrando de minas el mañana para sus adversarios? ¿O ese político que al igual que los malos estudiantes pospone las tareas y trata de aprobar aprendiéndose la lección con alfileres en el tiempo de descuento? ¿O al que desvía la atención acerca de lo que importa con pantufladas ególatras y salidas de pata de banco?
En las carreras de galgos y en las trayectorias políticas hay que estar muy atentos no solo a la capacidad y mérito de los contrincantes, sino a la propia ‘limpieza’ con que se compite. ¿Alguien se acuerda de Bilardo? Para los no futboleros voy a recordar una pequeña historia que tal vez hubiera arrancado un guiño de complicidad al mismo abuelo de Benny Grenn. El asunto fue polémico y es muy conocido. Durante el Mundial de Italia de 1990, la selección de Argentina jugó en cuartos de final con Brasil. Eran los años gloriosos de Maradona, que ya había ganado el Mundial de México de 1986 pero en esta ocasión, 24 de junio de 1990, el partido no pintaba muy allá y las perspectivas de perder y no alcanzar la final hubieran sido catastróficas para el equipo que entrenaba Bilardo.
Todas las faltas directas de Brasil las lanzaba el lateral Branco. En un determinado momento, con motivo de una interrupción del juego varios jugadores de las dos selecciones se acercan a la banda y aprovechan –como suele ser habitual– para refrescarse y beber de los bidones que les facilitan los miembros del equipo técnico. El caso es que un subordinado de Bilardo se dio maña para que Branco bebiera, según relató años después el propio Maradona, ‘precisamente’ de la botella de agua que con generosidad le brindaba la selección Argentina y en la que antes se había introducido un sedante que ‘mareó’ al jugador brasileño…
Bilardo y otros implicados en el episodio negaron después los hechos. Pero las mentiras tienen las patas muy cortas, aunque sean de galgos… En política también ocurre igual. No vale ganar a cualquier precio. La victoria, si no es limpia y sin trampas, acaba convirtiéndose en un baldón. La historia, antes o después, pone a todos en su sitio.

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Humor negrísimo
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Juan Domingo Fernández | 15-10-2015 | 11:58| 0

Podría creerse que el humor negro es un invento español, sobre todo si se recuerda aquel chiste de Gila en que unos mozos desnucan al boticario de la aldea con un cepo para lobos y cuando la mujer del pobre hombre se queja y les reprocha el disparate, los energúmenos entre risotadas se limitan a exclamar: «¡Pues si no sabe aguantar una broma, que se vaya del pueblo!». O aquel otro chiste gráfico de Mingote en los años de la barbarie etarra en el que se ve a un hombre en el suelo al que acaban de disparar y junto a él un niño que exclama: «¡Han matado a mi papá, han matado a mi papá!», mientras que dos tipos con sus ‘txapelas’ contemplan la escena y uno de ellos sentencia: «Fíjate tú, tan pequeño y ya chivato».
Humor negro de alta concentración. En esa veta también trabajaron de mineros Quevedo, el autor del Lazarillo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y luego otros muchos autores, desde el creador de ‘Gil Blas de Santillana’ hasta Jonathan Swift, que es a donde yo quería llegar. Aparte del famosísimo ‘Los viajes de Guilliver’, Swift, escribió uno de esos textos que puede considerarse el paradigma del humor negro de todas las épocas y que le valió más de un disgusto, quizás porque en su pueblo, como le ocurrió al personaje de Gila, tampoco sabían aguantar una broma.
El texto –aproximadamente igual de largo que un discurso de Fidel Castro– se titula «Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público».
Se trata en apariencia de la propuesta bienintencionada de alguien que reflexiona en torno a un problema grave y que quiere brindar al mundo la mejor de las soluciones. Pero ahí está el quiebro a la lógica que supone toda acción humorística. El sarcasmo. La dinamita para los pollos. A medida que avanzamos por las páginas se descubre que la ‘modesta’ proposición de Swift consiste en que los pobres (cargados de hijos a los que no pueden mantener) los vendan de niños para que los ricos se los coman; de este modo además de poner fin a un inquietante problema demográfico se contribuye con eficacia a la producción gastronómica…
Sin derivas derrotistas, habrá quien establezca semejanzas (¡y maldita la gracia!) entre la proposición teórica de Swift y la que se está aplicando en la práctica a raíz de la crisis económica y la globalización. ¿Qué otra cosa están haciendo los más pobres sino entregar ‘bienes’ a los más ricos para que los ‘consuman’? ¿Cómo se explica si no el crecimiento desbocado de la desigualdad en los últimos años?
Jonathan Swift consiguió a través de la ironía y del humor negro desvelar las miserias y vergüenzas de una sociedad en exceso injusta y desigual. Muchos le recriminaron su «mal gusto» y no repararon en la Luna, sino en el dedo que la señalaba. Ahora, con la crisis y el crecimiento de la desigualdad no ha lugar ni al sarcasmo: se da por hecho que siempre hubo ricos y pobres y el que no aguante una broma, que se vaya del pueblo. Si no se ha pirado ya.

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Del CIS, la gente y el juicio de Gracián
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Juan Domingo Fernández | 08-10-2015 | 8:19| 0

En la vida de las personas la fama y el prestigio no tienen que ver tanto con la cantidad como con la calidad. Ocurre en literatura, en ciencia y creo que también en la política. Ningún escritor por el mero hecho de escribir muchos libros consigue acrecentar su fama y su prestigio. Es más, a veces ocurre lo contrario y para revalidarlo ahí está lo que dijeron T.S. Eliot de E.M. Forster o José Donoso de Juan Rulfo: «Su fama crece con cada libro que no escribe».
Ayer se conocieron los datos del último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), respecto a los cabezas de lista en las pasadas elecciones autonómicas. Según dicho estudio, el político extremeño mejor valorado es Guillermo Fernández Vara, del PSOE, con una media de 5,47 puntos. Tras él se sitúan María Victoria Domínguez, de Ciudadanos, (4,80); Álvaro Jaén, responsable regional de Podemos (4,46) y por último José Antonio Monago, del PP, con una media de 4,43 puntos.
El estudio del CIS se realizó entre el 27 de mayo y el 23 de junio de este año, es decir, conocida ya la palabra definitiva, la voz incuestionable de las urnas. En la memoria de quienes contestaron a la entrevistas del CIS probablemente perduraban imágenes como la del ‘culebrón Canarias’, con aquel disparatado volando voy, volando vengo, ahora sí, ahora no, que redujo la verosimilitud de las justificaciones a niveles bochornosos y que extendía la sensación entre los ciudadanos de estar siendo obligados a comulgar con ruedas de molino o considerando que el común de los mortales no tiene dos dedos de frente… En fin, aparte de aquel suceso revelador es casi seguro que en la memoria de los entrevistados del CIS perduraron otros episodios relativos a quien había encarnado la responsabilidad del poder autonómico durante los últimos cuatro años en Extremadura. Y el talante con que lo hizo.
Dentro del normal funcionamiento democrático tampoco deberíamos considerar inusitado, sin embargo, perder el crédito tras el paso por las responsabilidades del poder, sobre todo si esa actuación estuvo presidida por un planteamiento digamos que excesivamente ‘egocéntrico’, personalista, antes que corporativo… Y más si tras varias de las medidas adoptadas anidó un espíritu percibido por muchos extremeños tan solo como ‘postureo’ oportunista. Aunque de forma cínica suele decirse que más que el poder desgasta la oposición, Jefferson dejó dicho que «nadie abandona el cargo de presidente con el mismo prestigio y respeto que le llevó ahí». Y a la vista de la historia y de los últimos resultados del CIS debe de ser verdad.
Lo pasado, pasado. El tiempo trae nuevos afanes y expectativas. Te aseguro mi buen Yorick que por mí lo que la historia ha enterrado, bien sepultado está. Ahora lo que me interesa es qué nos depara políticamente el porvenir. Y para analizarlo tengo bien presente la sentencia de Gracián: «Señal de tener gastada la fama propia es cuidar de la infamia ajena», y cómo interpretan esas sabias palabras nuestros líderes políticos.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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