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Autor: JDF8453
Escapadas
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Juan Domingo Fernández | 17-10-2014 | 8:49| 0

Cuenta Alonso Zamora Vicente en su libro ‘Primeras hojas’ cómo un personaje se enfurruña y un buen día decide irse de casa. ‘Escapada’ se titula el capítulo. «En una bolsa de tela puse, escogiéndolos, unos calcetines y un pañuelo, y el metro metálico que se cerraba a manivela». Episodio propio de la niñez. A mí me llama la atención el escuálido equipaje con que se marcha el personaje y en especial ese metro metálico «que se cerraba a manivela» y que debía de ser, primer tercio del siglo XX, un verdadero prodigio para la época. Tesoro sentimental para su dueño. Cuando yo era joven, un amigo también protagonizó una fuga de casa. Su escapada le llevó algo más lejos que al personaje de Zamora Vicente, que apenas deambuló durante varias horas alrededor de su barrio. Mi amigo, viajando como polizón en un autobús, consiguió llegar a otra ciudad alejada cientos de kilómetros de la suya. A los amigos nos sorprendió más que la escapada en sí, el hecho de que portaba como único equipaje un viejo despertador de cuerda del tamaño de un tazón de desayuno… En realidad aquella escapada nos pareció extraordinaria, legendaria, sobre todo por el despertador. ¿Para qué necesitaba un adolescente rebelde y airado aquel objeto? ¿Acaso para mantener una última conexión directa, mecánica, con el orden y la disciplina de la que parecía escapar? Nosotros nunca lo supimos. Ni nos atrevimos a preguntárselo. Él simplemente nos explicó, al regreso, que el despertador había sido su único compañero de viaje y que en ningún momento lo perdió de vista.
Las cosas han evolucionado. Supongo que los niños siguen expresando su rebeldía pero ahora en vez de dar un portazo y correr a la calle para escaparse de quienes les llevan la contraria, se encierran en el ‘territorio libre’ de su habitación y se refugian en la realidad virtual del ordenador, del teléfono móvil o de la tableta digital. Un espacio, por desgracia, más peligroso que las azarosas calles de anteayer. Escapar sin salir de casa.
Si hablamos de jóvenes ya es otro cantar. Sus escapadas no son fruto de conflictos generacionales sino hijas de la necesidad. Y no escapan temporalmente, sino que se ven abocados a dejar su casa en busca de un futuro que les regatea la propia tierra. Es verdad que no marchan con la maleta de cartón como sus padres o sus abuelos, se van con un titulo universitario bajo el brazo y la esperanza con hambre de futuro. Gente joven afectada por lo que la ministra Báñez llamaría «movilidad exterior» o por lo que la secretaria general de Inmigración y Emigración, Marina del Corral, atribuyó al «impulso aventurero», en vez de a la cruda necesidad de un puesto de trabajo. Las escapadas de esos jóvenes, decía, no inquietan por dirigirse a lugares ignotos, sino por parecer inevitables y multiplicarse como una maldición. En casi todos los pueblos y en casi todas las ciudades de Extremadura. Por suerte, los jóvenes no tienen que cargar con ningún reloj despertador. Les basta el calendario perpetuo y el GPS del móvil por si en algún instante la palabra regreso representa algo más que una palabra y cobra sentido.

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A cántaros
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Juan Domingo Fernández | 10-10-2014 | 8:36| 0

Supongo que la banda sonora para la crónica de este tiempo es la canción ‘A cántaros’, de Pablo Guerrero: «Hay que doler de la vida / hasta creer / que tiene que llover a cántaros». Habrá quien se acuerde de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía…» y muchos de aquella España, «Me duele España», de la que se dolió Unamuno y los integrantes de la generación golpeada por los desastres de 1898 y de un mundo verdaderamente en decadencia. En descomposición.
Como ahora. Bajo unas élites dirigentes amorales, que no reconocen más dios que el dinero y con los modos desvergonzados de quienes se atrincheraron en la impunidad, el españolito de a pie lucha por sobrevivir a una crisis que tiene su origen en la voracidad financiera de mercados distintos… y distantes. Una crisis que a la mayoría le ha llegado ‘sobrevenida’ y no por vivir –como se ha insistido injustamente, tantas veces– por encima de sus posibilidades. Ese españolito que no ha hecho otra cosa que trabajar cuando ha encontrado trabajo, se enfrenta ahora a un doble esfuerzo titánico: resistir los vendavales de la crisis y la podredumbre de los que se aprovechan del poder económico para enriquecerse con el dinero ajeno. La corrupción política apesta.
Supongo que antes o después tendrá que producirse una catarsis, una purificación que rehabilite modos y procedimientos en una sociedad, la nuestra, que ha sido invadida por el virus de la corrupción social. Un virus lento e implacable que actúa como las termitas, un virus que va socavando el edificio general, la casa de lo común, de todo lo público, hasta convertirlo en algo endeble, hueco, carcomido por galerías inmundas.
No basta con lamentarse. Frente a la corrupción hay que mantener posiciones activas: denunciando, rehuyendo formar parte de ese ‘juego’ y sobre todo, defendiendo posiciones morales –valores, en una palabra– ajenos al albañal de los intereses espurios. Supongo que el rearme moral exigirá bastante tiempo y colosales esfuerzos. Conseguir que en la ética ciudadana no aniden comportamientos como los que subyacen en los escándalos de los casos Gürtel, ERE, ‘tarjetas opacas’ de Caja Madrid, Bárcenas, Pujol, Noós, Malaya, Fabra… no se logrará de la noche a la mañana.
Requerirá el convencimiento general de que «no todo vale», y de que la picaresca está bien para la historia de la literatura pero no como filosofía de vida española. Exigirá desechar la tolerancia y la aceptación de ese lema tan asumido por algunos de nuestros próceres: «Lo primero, la familia» y «Por la familia, cualquier cosa». Esos lemas que probablemente alimentaron casos como el de Baltar, Fabra, Pujol, Malaya…
Contra la corrupción no valen las medias tintas. Por otra parte, no creo que la ciudadanía soporte una deriva que incremente de manera progresiva la situación actual. La cuerda está a punto de romperse. No puede estirarse mucho más. Quienes no quieran darse cuenta de la situación es que están ciegos o no viven en este mundo. Tiene que llover a cántaros y hay riesgo –grave– de inundaciones y temporales.

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¿Qué es eso del arte?
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Juan Domingo Fernández | 03-10-2014 | 8:16| 0

Pocos conceptos habrán suscitado tanta controversia, tanta polémica, tantos debates y discusiones como el de la naturaleza del arte. ¿Qué es arte? Al calor de esa pregunta se han edificado teorías, se han escrito tratados, se han declarado guerras, se han abierto rutas comerciales y se han aprovechado los amantes de las emociones profundas desde hace siglos. Basta repasar los catálogos de joyas que se encuentran en las tumbas etruscas o en las de los faraones.
De joven, algún amigo solía advertir en las reuniones que jamás hablaba de mujeres, de literatura o de Dios para evitar conflictos. Bien pudo incluir al arte entre los temas tabú. Yo creía que las rivalidades más feroces, que el ‘odio africano’ por antonomasia era el que se profesaban los poetas de cualquier corriente y los profesores de cualquier universidad hasta que me topé con los primeros artistas (fundamentalmente plásticos) y sus correspondientes planetas, satélites y demás corpúsculos tangenciales.
La tolerancia e incluso la generosidad con que se ha otorgado históricamente el estatus de arte a ‘productos’ que no deberían haber pasado de la condición (por muy dignísima que fuera) de ‘ocurrencia’, me temo que más que un pecado de omisión es una culposa dejación de responsabilidades que ha venido a enturbiar el panorama.
Entre las pocas consecuencias benéficas que hay que agradecer a la crisis económica está el adelgazamiento obligado de la burbuja artística, de la que se han evaporado ‘ocurrencias’, performances, instalaciones y otras ingeniosidades livianas. Un recorte en favor de lo esencial, «a menos bulto, más claridad», similar al de bastantes cartas de restaurantes, donde se ha vuelto a poner el acento en la enjundia y autenticidad de su cocina y no tanto en la retórica con la que se describen o bautizan los platos…
No conviene engañarse. El debate no se detendrá. El juicio o el valor acerca del arte es como el río de Heráclito, en el que no podemos bañarnos dos veces en las mismas aguas porque no dejan de fluir. ¿Qué es arte? Pues según la época, una cosa; y dependiendo del lugar, otra. Siempre ha sido así y seguirá siendo, a pesar de la globalización. «Si se vende, es arte», zanjaba Frank Lloyd.
Lo bueno de ahora es que a la par de comportamientos tan poco edificantes como los del expresidente de Caja Madrid, Miguel Blesa –con ese estilo de vida y aficiones propias de nuevo rico– perviven trayectorias como las del empresario y financiero Juan Abelló, del que estos días la Sala CentroCentro de Madrid expone la colección de pintura que ha reunido con su esposa, Anna Gamazo, y en la que figuran obras de los grandes artistas de todos los tiempos, desde Zurbarán a Murillo o Canaletto hasta Picasso, Van Gogh, Modigliani o Bacon, entre otros muchos.
Y mirando a Cáceres, por hablar de la ciudad desde la que escribo, yo diría que lo bueno es poder disfrutar de todo el arte contemporáneo que nos regala la Fundación Helga de Alvear y ahora mismo también, de la impresionante muestra de obras de Barjola que exhibe la Fundación Mercedes Calles en pleno corazón de la ciudad monumental.

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Cercas en Salamina
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Juan Domingo Fernández | 26-09-2014 | 10:22| 0

La aceleración emocional que causan los procesos nacionalistas son como las tormentas de verano: en pocos minutos arrasan con todo lo que encuentran a su paso. A esa aceleración, especialmente perceptible en el caso de Cataluña, no escapa ninguna parcela o apartado de la vida social, desde los ámbitos públicos, comunes, a los de carácter privado. Así se explica que uno de los escritores españoles con más proyección internacional, comprometido con su tiempo y no un habitante remolón de su propia ‘torre de marfil’, tenga que salir al paso de burdas insidias tales como atribuirle frases y «barbaridades» que nunca ha dicho. Ese escritor se llama Javier Cercas y aunque nacido en Extremadura, concretamente en la localidad cacereña de Ibahernando, desde niño reside en Cataluña, a donde se trasladó su familia a mediados de los años sesenta del pasado siglo.
Aprovechando el ‘malentendido’ periodístico de una entrevista en el semanario italiano L’Espresso, en el que junto a la foto de Cercas aparecía el titular: «Una utopía asesina», la centrifugadora de las redes sociales y los entusiastas de triturar desde el anonimato le pusieron en el punto de mira y le convirtieron en la personalización del mal, en el pim-pam-pum del momento.
¿Por qué esta reacción contra Javier Cercas, un autor de éxito que habla y escribe catalán, profesor de la Universidad de Gerona, que ha enseñado también en universidades de Estados Unidos y que participa de manera regular en congresos y encuentros literarios de primerísimo nivel en países de Europa e Iberoamérica? Seguramente porque es un escritor que no se pone de perfil, que en sus colaboraciones quincenales en ‘El País Semanal’ ha insistido más de una vez en que ‘el emperador está desnudo’, o lo que es lo mismo: que «en democracia no existe el derecho a decidir sobre lo que uno quiere, indiscriminadamente» y que «la democracia consiste en decidir dentro de la ley».
Espadachín dialéctico casi imbatible, lúcido y tenaz cuando se trata de aplicar la lógica, la historia y la inteligencia, Cercas no es un escritor ‘moralista’ pero sí –acaso sin proponérselo– un escritor ‘moral’, quiero decir que se trata de una persona de la que no cabe esperar que se zampe sin rechistar los sapos con los que suelen desayunarse aquellos a quienes les importa un rábano, la lógica, la historia o la inteligencia. Por ahí no pasa. Os lo digo yo.
Al igual que en otros procesos similares, el caso de Javier Cercas es antes que una anécdota, un síntoma. De ahí que hayan saltado las alarmas y escritores, periodistas o analistas como Andrés Trapiello, Juan Cruz o José Antonio Zarzalejos se hayan hecho eco del asunto con bastante amplitud y titulares elocuentes en sus respectivos blogs: ‘Institut vs. Instituto’ (Trapiello); ‘Las cosas que Cercas nunca ha dicho’ (Juan Cruz) y ‘La ‘caverna catalana’ contra Javier Cercas’ (José Antonio Zarzalejos). Yo creo que son saludables las controversias apoyadas en razones y argumentos. Lo inquietante son las descalificaciones gratuitas o la atribuciones absurdas, inverosímiles incluso en la ficción. Menos aún cuando son interesadas.

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Edimburgo en la mirada
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Juan Domingo Fernández | 19-09-2014 | 10:14| 0

Edimburgo, la capital de Escocia, es una de las ciudades europeas más bellas. En su centro histórico los guías de turismo se entusiasman con historias de rivalidad en las que Inglaterra y sus reyes encarnan, invariablemente, a los malvados del cuento. La verdad, sin embargo, es que Edimburgo está salpicada de estatuas de personajes y de enclaves que trascienden con mucho ese pasado de afrentas. Quienes recorren la Royal Mile y alrededores podrán disfrutar con recreaciones de episodios truculentos en pasadizos (los famosos ‘closes’), casas embrujadas, cementerios o edificios cubiertos de años y horrores, pero satisfecha esa parcela de anécdotas –incluida la de Bobby, el perrillo que permaneció casi 15 años junto a la tumba de su dueño– lo cierto es que en Edimburgo los turistas se fotografían también junto al monumento a sir Walter Scott, al lado de las estatuas de Adam Smith y de Sherlock Holmes, o delante de la cafetería, ya reformada, donde J.K. Rowling se refugiaba para escribir las primeras aventuras de Harry Potter. Una ciudad en la que pueden rastrearse los ecos de Robert Louis Stevenson, de Arthur Conan Doyle, de Irvine Welsh, el exitoso autor de ‘Trainspotting’ o participar cada verano en las animadísimas y sugerentes sesiones de su Festival Internacional de Teatro, una de las citas culturales de primer nivel en Europa.
Es verdad que Escocia no son únicamente Edimburgo y su Parlamento; sería absurdo monopolizar en una ciudad de medio millón escaso de habitantes la complejidad de un territorio habitado por más de cinco millones de personas, que era el censo de Escocia en 2011. A pesar de ello, yo creo que Edimburgo es la metáfora de una convivencia superadora de mitos y de cortedad de miras. El ejemplo de una ciudad que ha convivido sin mayores problemas o inconvenientes con algunos de los símbolos principales de lo ‘british’ e incluso los ha encarnado. Quiero decir que ese pasado de humillaciones y episodios horrendos acaso lo percibe el turista necesitado de anécdotas que le amenicen la visita, pero ni mucho menos el habitante de una ciudad o de un viejo territorio que lleva más de tres siglos formando parte de una cultura, de unos valores y de un estilo de vida por voluntad propia y con todos sus derechos. Otra cosa son la economía y también la política, mi buen Yorick.
Si lo principal en el referéndum de ayer en Escocia es la economía, por lo primero que hay que preguntarse no es por los verdaderos intereses de los escoceses, sino por los planes, por las previsiones de quienes han pisado el acelerador político de la ruptura para ‘exacerbar’ el sentimiento independentista. ¿Por qué ahora? ¿Quién sale ganando con la jugada? Esa es la pregunta. ¿Le salen las cuentas al conglomerado financiero-político que tendría que gestionar de inmediato una victoria del ‘sí’? ¿Y en tal caso, le salen esas cuentas también al ciudadano de la calle? Si el objetivo del pulso con Londres era conquistar mejoras en el autogobierno, está claro que esta batalla, sea cual sea el resultado del referéndum, la han ganado los partidarios de la ruptura. Otra cosa es ganar la guerra. O simplemente, ganar.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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