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Autor: JDF8453
Frases para el mármol
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Juan Domingo Fernández | 23-01-2015 | 1:08| 0

Durante muchos meses yo visité a un familiar ingresado en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid (entonces conocido popularmente como ‘El Piramidón’) y leí la frase del genial científico español que corona el vestíbulo principal: «Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». Me encanta la idea. Memoricé esa frase igual que se memorizan los versos en la adolescencia o esos lemas y pintadas que sin saber bien por qué se resisten a escurrirse por el sumidero del olvido. Durante mucho tiempo encontré también en la estación de Metro que debía tomar para acudir a la Facultad de Periodismo la pintada que sigue: «¡Libertad para mi padre, 40 años en una fábrica!», y debajo, solo la clásica A mayúscula rodeada de un círculo con que firmaban sus pintadas por entonces los entusiastas de la acracia, el personal anarquista.
Mientras la pintada del Metro era únicamente una pirueta reivindicativa e irónica, propia de aquella España que empezaba a desperezarse de la larga dictadura y se adentraba por la transición política a la democracia, la frase de don Santiago Ramón y Cajal me parecía entonces y me sigue pareciendo ahora un mantra de valor permanente, una verdad no perecedera.
«Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». ¿Qué mejor invitación a superarse de forma constante? ¿Qué mejor remedio contra el derrotismo? ¿Qué mejor consejo para afrontar por uno mismo el envidiable trabajo de formarse y cultivar las parcelas de saber? Esas trece palabras me parecen luz contra la sombra de la pereza, contra el desánimo y los desafíos de la vida cotidiana. Recordarlas probablemente no sirve para transportarnos de manera automática a un mundo mejor, pero sí para balizarnos el camino y hacernos menos ignorantes.
En la sociedad de ‘cultura mosaico’ que nos ha tocado vivir, donde nos ‘bombardean’ a diario miles de mensajes en miles de soportes y plataformas –desde el universo de los medios de comunicación de masas hasta el universo de la publicidad, pasando por el ‘aleph’ de las redes sociales–, a mí me gustaría toparme más a menudo con frases como la de Ramón y Cajal. Juicios que equivalen a una rosa en el desierto.
Si estuviera en mi mano exigiría que en los futuros edificios públicos se colocase en lugar destacado la frase de algún autor relevante en vez de la consabida plaquita de la autoridad encargada de su inauguración. Para esos, bien servidos irían con la cortinilla y la foto propagandística. Porque a la posteridad le sientan mucho mejor los pensamientos lúcidos que las placas protocolarias. Mejor patrocinar la sabiduría que la vanidad o los oropeles. Entre otras cosas porque la frase del sabio le pertenece a él, mientras que en las placas oficiales suele registrarse el nombre de los responsables políticos a pesar de que quienes sufragan las obras no son ellos sino nosotros, los contribuyentes. Así que a partir de ahora, mejor ir acopiando antologías de reflexiones dignas del mármol antes que las agendas de altos cargos y su previsión de inauguraciones.

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Los fanatismos y la ley
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Juan Domingo Fernández | 16-01-2015 | 11:37| 0

Los problemas complejos suelen exigir soluciones complejas. Supongo que por eso aún no se comercializa el motor de agua ni la gente tiene excesiva fe en los crecepelos… Salvo el famoso nudo gordiano –que cortó Alejandro Magno con la espada– los problemas antiguos y complejos de la sociedad se desanudan con algo más que fórmulas mágicas.
Aunque nunca faltan intrépidos salvadores que proclaman: «Eso lo arreglaba yo con…» y escriba usted lo que corresponda sobre los puntos suspensivos, lo cierto es que no se conocen varitas mágicas para hacer surgir el milagro de la nada. El terrorismo yihadista está haciendo que afloren nuestros sentimientos más primarios, nuestros miedos, nuestros demonios interiores, nuestros prejuicios, nuestras contradicciones… Basta repasar las múltiples posturas defendidas con ardor en tertulias y debates públicos para percibir que se trata de uno de esos problemas complejos que no admiten soluciones fáciles, rápidas y unánimes.
En las redes sociales circula estos días el relato atribuido a un judío superviviente del holocausto nazi y en la actualidad psiquiatra forense en Estados Unidos. Se trata de un testimonio demoledor. Su tesis, sencilla y fácil de comprender: pocos alemanes eran nazis al principio, y a los verdaderos nazis los tomaban como tontos hasta que tomaron el control de todo. Con los musulmanes, –argumenta– ocurre igual: se dice que la mayoría solo quiere vivir en paz, pero los fanáticos son los que van dominando y provocando guerras, los que masacran a cristianos, los que ponen bombas, los que decapitan y degüellan… Fanáticos los que difunden la lapidación y la horca para las víctimas de violación y los homosexuales, los que enseñan a sus jóvenes a matar y a convertirse en terroristas suicidas… El relato incluye miradas igualmente descreídas a los ciudadanos que sólo querían vivir en paz en la Rusia y en la China comunistas, en el Japón anterior a la II Guerra Mundial o en la Ruanda de hace pocos años, pero cuyo silencio los convirtió en irrelevantes ante las acciones fanáticas de quienes acabaron causando carnicerías de millones y millones de seres humanos. Cuando quisieron reaccionar ya era tarde.
Quienes primero tienen que oponerse a los fanatismos son los miembros de la propia comunidad a la que pertenecen los fanáticos. No caben el silencio o la omisión. Y menos aún cuando la intolerancia, la exaltación, van acompañadas de violencia física. Contra el delito, la ley. Algunos, como es sabido, no aplican contra el delito la ley, sino el ojo por ojo y diente por diente. Y así es imposible abandonar el círculo vicioso de la violencia. Gente que ignora la sabia sentencia de Lanza del Vasto: «Ningún conflicto se resuelve con la violencia porque la violencia es el conflicto mismo».
Yo creo que Occidente no puede dar un paso atrás y renunciar a un derecho tan esencial como la libertad de expresión. No digamos el derecho fundamental a la vida; lo contrario equivaldría a callar, a bajar la cabeza ante los fanáticos. Pero tampoco debe alimentar ‘gratuitamente’, saltándose otros derechos, los nidos de las serpientes.

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Charlie y la libertad
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Juan Domingo Fernández | 09-01-2015 | 1:12| 0

EL terrorismo es por principio la expresión de un fracaso. Apostar por el terror jamás fue una salida de futuro, al contrario, sólo es una vía de escape que conduce a la derrota. Nada más perecedero ni estéril que una victoria a través del terror. Ni siquiera pan para hoy y hambre para mañana, directamente hambre y muerte a la vez. La historia está llena de ejemplos. Y lo digo porque la etiqueta de ‘terrorista’ ha conocido infinidad de modelos en función de quiénes hayan sido las víctimas, quiénes los verdugos y quiénes los que escriban la historia. Los españoles tenemos recientes recuerdos por los que todavía sangra la memoria.
El terrorista no es únicamente un bárbaro, un salvaje, alguien que comete un crimen contra la humanidad. El terrorista es igual de iluso que aquel que pretende edificar sobre arenas movedizas. Sin cimientos. Casi al azar. Yo entiendo que todas estas palabras pueden sonar a retórica cuando aún nos conmueve el asesinato de trece personas en París por terroristas yihadistas. Pero mantienen la validez. Los terroristas ganarán batallas, sembrarán el pánico y el dolor pero nunca han ganado una guerra. Las agujas del reloj de la historia se mueven en sentido contrario al suyo.
El terror es también por principio azaroso e ‘imprevisto’. ¿Quién sabe cuándo estallará la bomba en el mercado, en el tren, en el autobús?, ¿quién conoce la hora definitiva del tiro en la nuca o del ametrallamiento despiadado? Al margen de las circunstancias temporales o del método empleado, el terror resulta especialmente abominable cuando se convierte en un arma de ataque no para derribar a determinados líderes o ideologías, sino para intentar acabar nada menos que con la libertad. Con la democracia. En ese sentido los crímenes contra el semanario satírico ‘Charlie Hebdo’ son además de un ataque a la libertad de expresión un ataque contra todas las libertades y todos los derechos del hombre.
Si en una guerra la primera víctima es la verdad, en cualquier ataque terrorista la víctima primera es la libertad y la segunda la convivencia. Las balas del terrorismo yihadista derribaron en París a trece personas pero han esparcido una onda explosiva de recelos, desconfianza y temores que afectará al conjunto de la sociedad. Incluida, claro está, la comunidad musulmana, la mayoría de cuyos miembros probablemente abomina de los terroristas igual que el resto de sus conciudadanos.
A corto plazo los efectos inmediatos del terror son muerte y desolación. A medio –como si se tratara de virus– una infección generalizada que acarrea desconfianza, es decir, temor en la sociedad a quienes no son ‘iguales’ que nosotros. Los atentados del terrorismo yihadista deteriorarán en Francia y en el conjunto de occidente la integración de todos los musulmanes, por mucho que se consideren personas pacíficas y socialmente irreprochables. Efecto colateral de la barbarie. No cabe pues bajar la guardia ante valores irrenunciables (el primero la libertad de expresión) pero tampoco confundir a justos con pecadores.

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Salomón y el poder
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Juan Domingo Fernández | 02-01-2015 | 11:53| 0

LA vida es un largo aprendizaje y aunque a nadie le dan un manual de uso, sobrevivir exige llevarse golpes y aprender también a convivir con las frustraciones. Nadie nace con el pasaporte universal a la felicidad.
Lo que en la vida personal, doméstica, nos parece tan evidente a veces no lo es en la esfera pública. Desde pequeño se cría el arbolito. Crecer exige esfuerzo, dinamismo. Y cuando uno se equivoca, se rectifica. Según Cicerón, cualquiera puede cometer un error pero solo los insensatos se aferran a él. En la vida diaria rigen esos principios. En la política desde luego que no. Persistir en el error, atrincherarse en la equivocación además de una torpeza puede ser un pozo sin final.
¿Quién no conoce a ese responsable público cuyo universo de intereses gravita por principio alrededor de lo personal? Me refiero a ese tipo de políticos envueltos en el egocentrismo y en el egoísmo más indisimulado; a esos políticos cuyas propuestas defienden ostensiblemente un objetivo: amarrarse a la poltrona, anclarse al poder.
Según el dicho, hay dos cosas que no pueden ocultarse: el dinero y la educación. Del mismo modo, resulta imposible camuflar a una persona cuyos intereses pivoten alrededor de la silla del poder. La gente lo detecta enseguida por mucho que proclamen su amor hacia el pueblo o por mucho que intenten ampararse en él de palabra, no con hechos. Se advierte en los gestos, en los momentos en que actúan, incluso en las sobreactuaciones. Prestidigitadores ensoberbecidos por las lisonjas de los aduladores que les jalean, no reparan en lo evidente: se les nota el truco. Y ante la ciudadanía son, aunque ellos no lo crean, transparentes.
Así como reconocemos enseguida a la verdadera madre del juicio de Salomón porque antepone la vida de su hijo al interés personal por ‘vencer al otro’, el hombre de la calle reconoce también –por mucho que se le atufe con propaganda y distracciones– al político generoso, al que de verdad está en política porque tiene un compromiso con los suyos, no con la poltrona.
En este nuevo año que empieza son necesarios más que nunca representantes públicos que encarnen valores de credibilidad y servicio al bien común. Será una de mis peticiones a los Reyes Magos.
¿Solo eso? No. Pediré también –«un orden de vivir es la sabiduría» (Gil de Biedma)– valor para afrontar los días y rectificar en caso de error; fuerza para exigir un mundo más justo; empleo para los miles de jóvenes españoles que han tenido que ejercitarse en la «movilidad exterior» (Fátima Báñez dixit) buscándose la vida; aguante para soportar la infamia de corrupción que campea aún libre de imputaciones y sobre todo esperanza en que el hambre, la insolidaridad y la injusticia se borren a nuestro alrededor.
No soy un iluso, ni un pesimista. A pesar de todo creo que el mundo va a mejor. Supongo que citar en estos días a Gramsci debe sonar, indefectiblemente, a Podemos; si es así, lo siento, pero yo lo vi antes. Ya saben: frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Les deseo a todos un feliz 2015. Incluido Salomón.

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Diálogos sostenibles
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Juan Domingo Fernández | 26-12-2014 | 8:09| 0

La pasada semana participaron en Cáceres en una iniciativa del Centro Unesco de Extremadura dos prestigiosos periodistas, Soledad Gallego-Díaz, exdirectora adjunta de ‘El País’ y José Julián Barriga, exdirector general de Servimedia. Bajo el título ‘Diálogos sostenibles’, ambos intercambiaron reflexiones y puntos de vista acerca de nuestra realidad política, económica, medioambiental… Soledad Gallego-Díaz, una de esas firmas que en el panorama periodístico nacional apuestan desde hace años por la lucidez y la sensatez antes que por la palabrería o la vanidad, expresó algunas discrepancias con quienes abominan del bipartidismo. «El bipartidismo no puede ser percibido como una amenaza sino como una incitación al cambio», dijo. Marcó también ciertas líneas rojas que no es conveniente rebasar: «La cultura democrática consiste en el respeto a las instituciones». «No es sostenible un país democrático con instituciones desprestigiadas».
Es verdad que no se trata de un riesgo reciente, el peligro ha crecido de forma exponencial con los escándalos de corrupción de políticos, empresarios y en los últimos tiempos con las derivadas estratégicas que tratan de convertir en cascotes instituciones que han sido básicas para la convivencia y el progreso de todos. El río revuelto de la corrucpción y la crisis económica tiene que llevarse por delante la podredumbre de los que encuentre a su paso –grandes y pequeños– pero no podemos ser como Abundio, que vendió el coche para comprar la gasolina.
Una de las circunstancias por las que probablemente la sociedad española atraviesa esta encrucijada es la «desaparición de la pedagogía política» para subrayar lo que Sol Gallego-Díaz denominó «la posibilidad de consensos». La pérdida en la práctica política habitual del acuerdo, del consenso como instrumento imprescindible para la convivencia democrática. Vivimos tiempos en los que ‘solo’ parece posible el enfrentamiento, el numantinismo partidista (a veces ni siquiera ideológico) desde posiciones marcadamente sectarias y alicortas. Basta echar una ojeada al panorama de instituciones del Estado que deben renovarse de acuerdo con los partidos, pongamos el Tribunal Constitucional, por si a alguien le caben dudas.
La necesidad de no confundir ‘corruptos’ o ‘políticos corruptos’ con instituciones democráticas es la misma que debe respetarse al considerar si el estado de bienestar europeo es sostenible. Según Gallego-Díaz «lo que no son sostenibles son las mismas catástrofes» de los últimos años: «el ansia de acumulación de capital» de muchos sectores o la «incapacidad de establecer mecanismos de control» que existían con anterioridad y a los que se renunció igual que se aceptaron «procesos asimétricos» que llevaban implícita la señal del fracaso.
¿Y en Extremadura? Me quedo con el argumento más sobresaliente a mi entender de José Julián Barriga: sin empleo no hay futuro. Si el empleo es a base de subvención, de trabajo dopado, también llevará implícita la señal del fracaso. La palabra mágica –aunque no suene muy bien– es ‘empleabilidad’. Habrá que empezar a usarla.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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