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Autor: JDF8453
La carta traspapelada
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Juan Domingo Fernández | 08-06-2017 | 8:00| 0

CUENTA el poeta, crítico y profesor José Luis García Martín que el otro día encontró, «traspapelada en el libro de un poeta que frecuento poco» una postal que había recibido hace más de cuarenta años y que había olvidado. La postal (elegante acuse de recibo de una revista literaria) se la envió Vicente Aleixandre en 1976.
Este episodio del documento traspapelado me resulta cercano por la arraigada costumbre de guardar entre las páginas de los libros diversas notas, reseñas, cartas, entrevistas… relativas a la obra o al autor. Mi último ‘hallazgo’ de una carta oculta o traspapelada tiene que ver con el novelista Juan García Hortelano y también, me parece, con el oficio del periodismo. Se lo voy a contar.
A finales de 1986 tuve que cubrir informativamente un seminario internacional sobre el puente romano de Alcántara que se celebraba en esa localidad cacereña. Un trabajo digamos que rutinario, sin relieve especial… Cumplida la tarea, la jornada me reservaba sin embargo un regalo imprevisto: entre los invitados al encuentro figuraba un escritor famoso no por sus publicaciones sobre las estructuras de puentes y acueductos sino por ser el autor de obras tan apreciables como ‘Tormenta de verano’, ‘El gran momento de Mary Tribune’, ‘Los vaqueros en el pozo’ o ‘Gramática parda’. He tenido suerte, pensé.
Resulta que Juan García Hortelano asistía a las jornadas en calidad de jefe de publicaciones del Centro de Estudios Históricos del MOPU (Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo). El caso es que a mí me faltó tiempo para proponerle una entrevista y a él le sobró cordialidad y disposición para aceptarla de inmediato, gustosamente. «Si te parece» dijo mientras me tomaba del brazo, «charlamos y paseamos un rato».
Así que caminando sobre las lanchas lustrosas y las lápidas del claustro del Conventual de San Benito, Juan García Hortelano me habló de su experiencia novelística, de su trayectoria narrativa, de sus manías o de su incredulidad respecto a la muerte de la novela. Desgranó opiniones sobre la generación del medio siglo y los novelistas del socialrealismo, recordó anécdotas divertidas de la amistad con Carlos Barral, habló de sus lecturas habituales o de su interés por hacer novelas bien escritas pero sin aburrir…
Funcionario público desde el año 1953, García Hortelano aseguraba entonces que su trabajo en un organismo oficial era la constatación «clarísima» de que en España no se puede vivir de la literatura. Y lo reconocía sin poses ni rimbombancias afectadas, sino a la inversa, confesándose partidario del «trabajo de ‘ganapán’, que se ha dicho toda la vida…».
A los pocos días publiqué una amplia entrevista con el autor de ‘Gramática parda’ y se la envíe a Madrid, a su domicilio de la calle Gaztambide. Poco después me remitió una carta dándome las gracias por la entrevista y felicitándome «por tu oficio, tan difícil de ejercer a la hora de la página impresa». Esa carta ha dormido ‘traspapelada’ entre las hojas de ‘El gran momento de Mary Tribune’ desde diciembre de 1986. Hasta ayer mismo.

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Moix y la tórtola con el tiro en el ala
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Juan Domingo Fernández | 01-06-2017 | 5:35| 0

Ante el caso Moix la división de opiniones que suele darse en el ruedo ibérico se ha transformado en unanimidad, pero las críticas en vez de a su familia, como en el chiste, se dirigen al partido que lo apadrina y que ‘formalmente’ lo sostiene en el puesto. Bueno, hasta este momento en que escribo, porque la historia de Moix me recuerda bastante los primeros capítulos de la historia del exministro José Manuel Soria y la maldición de Panamá.
Por lo visto, oído y leído, buena parte de los reproches al proceder de Moix y del PP giran alrededor de estos argumentos: «No es sostenible ni política, ni ética, ni estéticamente». «La mujer del César debe ser honrada y además parecerlo». «¿Qué credibilidad va a tener Moix si mantiene una empresa en un paraíso fiscal?». «Con qué autoridad moral va a seguir siendo fiscal jefe Anticorrupción?».
En las redes sociales, sin embargo, las críticas son menos convencionales y más demoledoras. Por ejemplo algunos tuits de Gerardo Tecé con munición de ironía: «El fiscal jefe Anticorrupción con empresa en paraíso fiscal no tiene intención de dimitir, porque si al español no lo toreas, se extingue». Y otro: «En un paso más en su lucha contra la corrupción, el PP quiere normalizar ahora que un jefe anticorrupción tenga una sociedad offshore».
Si se tratara de una serie televisiva o de un programa de humor diríamos: «Qué exagerados». Pero no es un programa de humor, si acaso un episodio propio de esta era de la posverdad en la que los acontecimientos o las noticias se consumen con tal velocidad que todas devienen en ‘dinamita p’a los pollos’ o en mera fruslería y banalidad de consumo rápido. El ritmo al que se mueve la máquina informativa (global) hará que cualquier «hecho», por relevante que sea, acabe convertido en almendrilla o en golosina para tomar como simple aperitivo. Hay que seguir pedaleando. Y «más madera, es la guerra», gritamos con Groucho Marx.
Acabe como acabe el caso Moix, «el tiro ya lo lleva», que dicen los cazadores de tórtolas. El tiempo corre en contra del fiscal jefe Anticorrupción y de quien tiene la potestad legal de mantenerlo en el puesto o removerlo. También operan en su contra las circunstancias en que fue nombrado y esas filtraciones donde Ignacio González (entonces en libertad) opinaba sobre él. La súplica de los mexicanos: «No me defiendas, compadre».
En cualquier caso, más que dañar al Partido Popular o a Rajoy la continuidad de Manuel Moix en estas circunstancias erosiona, en mi opinión, al propio sistema democrático, pues contribuye a que en la calle se perciba la separación de poderes como una entelequia más teórica que real mientras se intenta revestir de normalidad («¿Queremos que sea pobre de solemnidad?», «¿No tiene derecho a tener nada?», se preguntaba ayer ante los periodistas Celia Villalobos) el hecho insólito de que un fiscal jefe Anticorrupción posea el 25% de una empresa radicada en un paraíso fiscal… No es chiste.
Con los Presupuestos generales ya aprobados, cuánto va a durar Moix en el cargo. Hagan sus apuestas.

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Maneras de triunfar
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Juan Domingo Fernández | 25-05-2017 | 8:16| 0

Confieso que me acerco estos días a los asuntos de la actualidad política con algo de distanciamiento, buscando esa perspectiva que permite dotarnos de ecuanimidad y nos afina el juicio. Creo que de esa forma se hacen más llevaderos, más soportables, dos problemas relevantes para el conjunto de España: el llamado desafío del independentismo catalán y la necesaria ‘recomposición’ de un PSOE que acaba de elegir secretario general a Pedro Sánchez.
Respecto al ‘problema’ catalán –denominarlo la ‘cuestión’ catalana me parece que sería rebajar improcedentemente su importancia– creo que el ‘souflé’ empieza a bajar, aunque los aspavientos y el farfulleo de Puigdemont intenten convencernos de lo contrario. La prueba que lo resume son los datos de la encuesta de Metroscopia publicada ayer por ‘El País’, y según la cual dos de cada tres catalanes (el 66%) consideran que el proceso soberanista no va bien, que pierde fuelle cuando se acerca la teórica fecha del referéndum, mientras que solo uno de cada tres (34%) cree que la independencia será posible en un futuro más o menos cercano.
El descenso del ímpetu independentista (exacerbado en los últimos años por un puñado de dirigentes que emprendieron la huida hacia el abismo o el viaje hacia ninguna parte que no sea el ‘choque de trenes’) esa reducción de la calentura soberanista, decía, no justifica sin embargo la política de negativas absolutas; en consecuencia, ni el gobierno del PP ni ningún otro pueden violentar la legalidad para dar satisfacción a un grupo concreto, por nutrido que sea, de ciudadanos. Pero sí puede perseverar –y está obligado a ello– en posiciones dialogantes y negociadoras, siempre dentro del orden constitucional y democrático.
La encuesta de Metroscopia revela también el distanciamiento de una mayoría de catalanes respecto a ciertas propuestas del Gobierno de la Generalitat. Por ejemplo, cuando se les pregunta por la posibilidad de una declaración de independencia unilateral (como prevé la llamada ‘ley de ruptura’) únicamente el 35% de los catalanes apoyan esa opción, mientras que la rechazan de plano el 61%. ¿Funcionan los frenos o es una falso efecto?
En cuanto a la ‘recomposición’ del PSOE, un partido imprescindible en el sistema de contrapesos de la democracia española, mis temores no tienen que ver tanto con la propuesta ideológica o ponencia marco, casi seguro que en la línea socialdemócrata que todos esperan, sino con la forma y el fondo con los que Pedro Sánchez ejerza su ‘dirección’. Y escribo ‘dirección’ y no ‘liderazgo’ porque a mi parecer Pedro Sánchez es un dirigente pero no es un líder. Y creo que la forma en que ha sido aupado a la Secretaría General socialista tiene más relación con circunstancias externas que con méritos o capacidades personales.
Así que tanto en el ‘problema’ catalán como en el regreso triunfal de Pedro Sánchez supongo que la clave para una evaluación correcta es la conocida frase de Camus: «El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo». Que los mismos protagonistas se pongan nota.

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El derecho de picaporte y el ‘lobby’
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Juan Domingo Fernández | 18-05-2017 | 8:25| 0

CUENTAN que nada más salir elegido, un presidente mexicano le preguntó al amigo con el que mantenía viejos compromisos qué cargo o responsabilidad deseaba que le concediese. El interesado respondió raudo: «Solo quiero que me concedas el derecho de picaporte». En México, donde se decía que cada sexenio presidencial terminaba con diez mil nuevos millonarios, se denomina «derecho de picaporte» al privilegio o prerrogativa que se concede a alguien para que no tenga que hacer antecámara o contactar sin cita previa. El «derecho de picaporte» no equivale solo al salvoconducto que allana el paso sino que se convierte en símbolo de poder, en instrumento utilísimo para que ‘los demás’ sepan que se posee influencia y recursos para abrir las puertas que deben abrirse incluso sin necesidad de llamar.
He recordado esta anécdota porque el martes por la tarde en Cáceres, durante la gala de los Premios del Deporte Extremeño que organiza Canal Extremadura, el presidente de la Junta Guillermo Fernández Vara desveló el propósito de promover un ‘lobby’ de extremeños en Madrid para defender los intereses de la región. Vara, que aprovechó la presencia de uno de los galardonados, el dombenitense Juan Ignacio Gallardo, director del diario ‘Marca’, aseguró que piensa contar también con otros ilustres paisanos como el presidente y vicepresidente de Mapfre, Antonio Huertas y Antonio Núñez, respectivamente.
A mí me parece encomiable la iniciativa de constituir un ‘lobby’ o grupo de presión extremeño en la capital de España; entre otras cosas porque, como en el chiste, el no ya lo tenemos.
Imagino que debemos entender ‘lobby’ como un conjunto de profesionales notables cuyos miembros se han hecho merecedores en sus diversos ámbitos de trabajo del «derecho de picaporte»; es decir, que cuentan con capacidad y poder suficientes para abrir las puertas oportunas y tocar las teclas adecuadas.
Desde la mera teoría no alimento ninguna duda respecto a lo potencialmente beneficioso de la iniciativa. A Extremadura no le sobra ninguna ayuda que pueda recibir, sobre todo en el terreno industrial, de infraestructuras, de empleo… Mi descreimiento crece sin embargo cuando pienso en la escasa ‘masa crítica’ que nos caracteriza en el concierto nacional, con factores que operan en contra: baja población y diseminada (pocos votos y por tanto pocos representantes y escaso peso político), niveles de desempleo juvenil muy altos, carencia de tejido industrial…
No quisiera pecar de derrotista. Según John Stuart Mill, «aunque las circunstancias influyen mucho sobre nuestro carácter, la voluntad puede modificar en nuestro favor las circunstancias», que es una versión anticipada del dictamen de Gramsci: frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Así que no sé si encomendarme al potencial de quienes harán certero uso del ‘derecho de picaporte’ o dejarme llevar por el senequismo de aquel paisano que cuando querían sacar al santo para las rogativas decía: «Por mí sacarlo, pero el tiempo no está ‘lloveor’…».

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De la inteligencia artificial y los libros
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Juan Domingo Fernández | 11-05-2017 | 7:42| 0

Supongo que las elucubraciones sobre el futuro acompañan al hombre desde el mismo instante en que nuestros antepasados se bajaron del árbol y echaron un pie a tierra. Lo que vino después es más o menos conocido y puede rastrearse a través de las religiones, la arquitectura, las diversas ramas de la ciencia e incluso a través de intuiciones geniales como las de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick con su ‘2001, una odisea del espacio’.
Al pesimismo creciente respecto a las posibilidades de sobrevivir en un planeta que destruimos apresuradamente como prueba el cambio climático –que no es causa, sino efecto– hay que sumar también las prevenciones mostradas por el científico Stefan Hawking ante los peligros que entrañan la guerra nuclear, el calentamiento global, los virus genéticamente modificados y la inteligencia artificial.
Y ahí es donde yo quería llegar, a la famosa inteligencia artificial (IA). Porque frente a las ‘alertas’ y prevenciones de Hawking cabe oponer el optimismo de Geoffrey Hinton, el científico al que nadie discute el título de ‘padrino’ de la inteligencia artificial y convencido de la imposibilidad de establecer predicciones, más allá de 5 años, respecto al peligro de máquinas con IA susceptibles de ‘dominar’ y destruir al hombre.
Lo inquietante para mí de la IA no es que sea una técnica basada en la ‘intuición’, –como el cerebro humano– y no tan sólo en la ‘lógica’, como cualquier computadora convencional; ni que la inteligencia artificial se convierta a corto plazo en potencial amenaza por su capacidad para destruir puestos de trabajo; ni por los terremotos que desate en los mercados financieros mundiales; ni por hacer que una máquina se enamore como el replicante de ‘Blade Runner’, ahora que se estrena otra versión de la ideada por Ridley Scott. Lo más inquietante para mí de la inteligencia artificial es que ya existe el ‘software’ capaz de crear un relato, según cuenta Pablo Burgos en el digital ‘Bez’ e ilustra con varios ejemplos: aquella novela que superó la primera ronda de un premio literario en Japón; la versión coescrita en 2008 de ‘Anna Karenina’ con un nuevo ‘software’, o los algoritmos utilizados por Google para que otra máquina a la que previamente se le ha ‘familiarizado’ con más de 12.000 libros electrónicos, ‘escriba’ alguna obra de ficción con aspiraciones románticas y de superventas… Esos libros de los que hablaba ayer en su columna Alfonso Callejo, «escritos en una prosa escolar simple e insulsa con poca intención de buscar la belleza del lenguaje». Esos libros que terminarán inundando el mercado.
Así que las aplicaciones de la IA que de verdad me parecen inquietantes no son las derivadas de la realidad socioeconómica (que también) sino la devastación que pueden causar en el panorama literario futuro. ¿Qué será de nuestros genios cuando los algoritmos además de ganarte al ajedrez y al complejo Go sean capaces de escribir ‘La comedia humana’ «mejor» que el propio Balzac? O superar a Cervantes… Para que luego digan que los robots no tienen que pagar impuestos, como sugiere Bill Gates.

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