Hoy

img
Categoría: General
Héroes cotidianos

Sobre las cinco de la tarde en la calle
Camino Llano la vida transcurre plácida, monótona, sin más guiños que el runrún
de la telebasura buceando en el morbo. Pero al rato todo cambia. En la casa de
al lado una mujer grita pidiendo ayuda. El fuego amenaza las vidas de un
matrimonio de ancianos rescatados de las llamas fortuitamente por los vecinos.

La historia la contaban ayer en estas
páginas Sergio Lorenzo y los fotógrafos Lorenzo Cordero y Jorge Rey. A algunos
lectores les ha impresionado el pelo chamuscado de la mujer y la fuerza de las
llamas desbordando las ventanas. Otros se han conmovido por el abrazo con el
que el hijo mayor del matrimonio le agradecía a Antonio Pino haber salvado a
sus padres de una muerte segura. Algún lector se ha enternecido también con la
imagen de esa joven que intentó mediante la respiración ‘boca a boca’
devolverle la vida a un perrillo muerto en el incendio.

Recuerdo que en una entrevista que le
hice a Javier Cercas, el autor de ‘Soldados de Salamina’ afirmaba: «El héroe es
el que tiene el instinto de la virtud. El hombre que acierta». A mí me gusta
mucho también la forma en que Savater concibe al héroe: aquel que no olvida su
destino, que no olvida su misión.

Hace menos de 48 horas, en el territorio
universal de una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera, dos hombres
tuvieron el instinto de la virtud y el arrojo necesario para no quedarse de
brazos cruzados ante la tragedia inminente.

Eso es lo que me conmueve. Y más
conociendo la posición irónica y descreída de mi admirado Laurence Sterne,
quien sostenía que la temeridad cambia de nombre cuando obtiene éxito y
entonces pasa a ser heroísmo. No importa. La otra tarde en Camino Llano,
durante un peligroso incendio, temeridad y heroísmo fueron palabras sinónimas y
hermanas. Es lo que cuenta.

Ver Post >
Regalos de invierno

Cuando yo era niño y el invierno un
regalo de carámbanos en las fuentes y en los charcos, no había más dios ni más
reyes que los del portal de Belén y los Magos de Oriente. La luz de las
vacaciones, del tiempo libre, iluminaba nuestros juegos en la calle, por las
plazas, dispuestos a disfrutar chamuscando al guarro en la matanza o poniendo
cepos al amanecer para cazar aguanieves. Aún llevábamos pantalones cortos, las
rodillas llenas de rasguños y las manos rojas, a pesar de los guantes de lana.
Los abrigos nos parecían un engorro, pero en los bolsillos encontrábamos sitio
para guardar la peonza, el clavo (¿alguien juega todavía al clavo?) y los
bolindres de barro y de ‘china’: las piezas más cotizadas en el gua de la
niñez.

La primera bicicleta -compartida, por
supuesto- se convirtió enseguida en un bien comunal, lo mismo que los patines,
los balones ‘de reglamento’ y el campamento de Fort Apache.

La calle era nuestro territorio sagrado y
el escenario de los juegos. La casa era para los juegos reunidos y las
historias que escuchábamos embobados a los mayores, al calor de la lumbre;
cuando todavía se hablaba y se conversaba en familia.

?Cada vez escribes con más nostalgia,
-dice mi hijo, que acaba de llegar y ha echado un vistazo a mi ordenador.

?Quizás es que me estoy haciendo mayor, o
que es verdad que están cambiando los tiempos -le contesto.

?Mi generación  -responde como si anunciara una teoría
incuestionable-  es la última que ha
jugado en la calle y a la vez juega en casa. Para mí también cambian los
tiempos.

Estoy
decidido. Añado peticiones a la lista de los Reyes Magos: otra Play, un nuevo
MP3, crear otro ‘blog’, abrir una cuenta de ‘facebook’, más juegos para la Wii y ver cómo se forma otra
vez el carámbano en las fuentes.

Ver Post >
A ver si nos aclaramos

Uno de mis mejores amigos cree que las
mujeres son grandes promotoras del «no afirmativo». Mi amigo defiende esta
teoría con desenfado y sin atisbos de machismo; quiero decir, que está
convencido de ello. ¿En qué consiste el «no afirmativo»? Hay múltiples
ejemplos, pero él suele ilustrarlo con situaciones cercanas al intercambio
amoroso. Episodios en los que la mujer ‘rechaza’ aparentemente al varón
mientras lo dispone todo para acceder a sus deseos. Ya me entienden.

Mi amigo se queja de que, a pesar de su
experiencia, esa manera de actuar le desconcierta, pues le obliga a elucubrar
sobre las verdaderas intenciones de la otra persona, sea hombre o mujer.

Yo también conozco varios casos que
sirven para ilustrar la teoría del «no afirmativo», aunque ninguno de ellos con
la variante amorosa que tanto le regocija a mi amigo.

Caso A). Dos interlocutores. Mientras uno
musita algo en voz baja, el otro grita: «¡Cállate ya, que me vas a despertar!»

Caso B). Dos interlocutores. Uno de ellos
empieza a golpear al otro, que le pide que no siga agrediéndole. El atacante no
cesa en sus empellones mientras responde: «¡…que no (zas, zas, zas,) te estoy
(zas, zas, zas) pegando…!»

Bien  pensado, los poetas además de fingidores
(Pessoa dixit) son también activos divulgadores del «no afirmativo». ¿Acaso no
lo era Jaime Gil de Biedma al insinuar: «que la vida iba en serio/ uno lo
empieza a comprender más tarde»? ¿No sucede igual en la política, en el
trabajo, en la familia? ¿Al revés te lo digo para que me entiendas? Los psicólogos
aconsejan espíritu positivo y asertividad. Pues yo creo que ante tanto mensaje
turbio y calendarios benéfico-escandalosos (¡oh!, hipocresía) es más
recomendable la claridad meridiana que las medias tintas del «no afirmativo».
Aunque no nos comamos una rosca.

Ver Post >
El pan de cada día

Es un hombre muy atareado que aprovecha
las primeras horas de la mañana para caminar. Durante su paseo ve cómo las
bandadas de aves migratorias forman puntas de flecha en el cielo del amanecer.
Anda solo mientras escucha a través de los cascos ‘El Moldava’, de Smetana. En
su itinerario se cruza con gente apresurada camino del trabajo; con escolares
cargados de libros y de sueño; con noctámbulos postreros, como murciélagos
sorprendidos por la luz.

Cuando se aproxima a la alameda descubre
que ante él caminan dos monjas. Duda si acelerar la marcha para sobrepasarlas,
pero no lo hace. Se mantiene a prudente distancia, detrás de las dos siluetas
estilizadas, ligeras, de una atractiva espiritualidad. «Seguro que son de las
pocas personas que no tienen el agobio de las prisas», se dice para sí,
imaginando su jornada de trabajo en el convento, plena de armonía, de
equilibrio y de paz interior. 

Como una de las monjas empieza a
gesticular con  determinación y vigor, él
cambia enseguida el escenario de sus elucubraciones. «Pues quizás su mundo no
es tan ideal. También sufrirán envidias, problemas personales,
enfrentamientos». Los gestos de la monja parlanchina se multiplican y a él le
pica la curiosidad. Acelera el paso para ponerse a su altura y salir de dudas.
«Falsa espiritualidad», piensa, seguramente le está echando una bronca». A
mitad de la alameda se encuentra ya a escasos metros de las dos hermanas. Pega
la oreja para oír la conversación. Y sale de dudas:

?«Hermana», le dice una a la otra, «para
aprobar la asignatura tiene que saberse al dedillo todas las maneras de llamar
al pan en España. Así que repítalo otra vez: libra, viena, barra, pistola,
mollete, rosca, libreta, candeal, integral, de centeno, hogaza…»

Él
sonríe al adelantarlas y cuando mira al cielo le parece que las aves
migratorias avanzan al mismo ritmo que la música de Smetana.

Ver Post >
A destajo en otoño

“Anuncian un 15% más de pensión a quien se jubile a los setenta años”

   (De los periódicos)

Si como sostienen el dicho y la
etimología, ‘jubilación’ viene de júbilo, que en la carrera de obstáculos de la
vida laboral te pongan cuando vas llegando a la meta unas cuantas vallas más,
no es para que te dé un ‘subidón’ -esa palabra que acaba de aceptar el
Diccionario de la Academia-,
sino para que te entre el ‘muermo’, vocablo de uso extendido y creo que
aceptado ya por la Academia.

La historia está llena de personajes con
amplia trayectoria profesional que no tienen que esperar a los 65 años para
dejar su trabajo: por ejemplo, la mayoría de los deportistas de élite, muchos
artistas, muchos brokers y supongo que algunos (pocos) jugadores de Lotería
Primitiva. También abundan los casos contrarios: el del personal empeñado en
prolongar su faena por los años de los quinquenios. Estoy pensando en una recua
de dictadores para quienes ‘jubilar’ es un verbo que no saben conjugar en
primera persona. ¿Fidel Castro? Pues sí, entre ellos.

Pero para el común de los mortales,
quiero decir para quienes no son brokers, ni Maradona, ni J.K. Rowling, ni
Vargas Llosa, ni Picasso, ni Pinochet, que le pongan la zanahoria delante para
que tirar del carro resulte más rentable es una faena tentadora. ¿Quién no
aspirará a mejorar la pensión? Ya sé que la iniciativa va dirigida a los
trabajadores que voluntariamente quieran alargar su edad de jubilación. Solo
faltaba que fuera obligatorio.

La
edad te hace más sabio. A la vista de esta iniciativa negociada por el
Gobierno con la patronal y los sindicatos, comprendo otras
cosas. Por ejemplo, el sentido profundo de aquella pintada ácrata en el Madrid
de los años setenta: «Libertad para mi padre, 40 años en una fábrica».

Ver Post >
A patadas en el tren

Quizás por ser periodista los amigos
recurren a uno para encasquetarle tareas de ayuda a sus hijos. Por ejemplo,
‘echar una mano’ en los comentarios de texto. En esta ocasión debía de ser un
profesor veterano, pues se trataba de un artículo de Azorín (¿y quién lee ya a
Azorín?), alusivo a las características del caballero. La noticia -y el vídeo,
tan Tarantino- del delincuente pateando en un tren a una joven «por ser
ecuatoriana» me invitan a escribir sobre el pavor de la violencia absoluta,
pero he pensado que no, que voy a escribir sobre las virtudes que adornan al
caballero según Antonio de Guevara y Azorín porque el asunto de fondo me parece
que es el mismo. Tener valor. Y valores.

Al hijo de mis amigos le ayudé con su
comentario de texto recordándole ejemplos de personajes históricos o pasajes
(muchas veces protagonizados también por gente anónima) en los que el valor de
la virtud triunfa y se impone frente a la adversidad del mal y la ignominia;
por ejemplo, el hombre que cumple con su responsabilidad sin necesidad de
vigilancia o recompensa; cuando el ciudadano es generoso con los suyos más allá
de lo que le impone la ley; cuando su mano izquierda da sin que se entere la
derecha; cuando se empeña en no coleccionar agravios sin confundir la
tolerancia con la debilidad. Tener valor. 
Al hijo de mis amigos le quedaron las ideas más claras, por ejemplo,
tras la iniciativa que Cáritas presentó ayer en Cáceres: un mapa de la ciudad
elaborado especialmente para inmigrantes, como esa ecuatoriana humillada y
ofendida en el tren.

«Lo que al caballero le hace ser
caballero», decía el texto a comentar «es ser medido en el hablar, largo en el
dar, sobrio en el comer, honesto en el vivir, tierno en el perdonar y animoso
en el pelear». Con valor. Y con valores. De eso es de lo que yo quería hablar
hoy.

Ver Post >
Sobre el autor Juan Domingo Fernández
Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

Categorías

Otros Blogs de Autor