Hoy

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¿Matar al padre y robar el fuego?
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Juan Domingo Fernández | 10-12-2015 | 20:38| 0

Observo el panorama político y creo que en estos momentos siento más curiosidad que inquietud. ¿Sobrevive el bipartismo? ¿Llega el tetrapartidismo? ¿Acabará la retroalimentación demoscópica torciéndole el brazo a la propia realidad; es decir, conformando encuesta a encuesta una realidad que dejará de ser ‘virtual’ para materializarse como real, como fruto verdadero pasado por las urnas? El sueño de la razón crea monstruos, pero también los sueños demoscópicos, que se lo digan si no a los venezolanos de la nomenclatura y del presidente Maduro.
Otra de las ideas recurrentes estos días de refriega política es el principio freudiano de «matar al padre», con un reparto habitual en el que Podemos hace el papel de adolescente rebelde obligado a madurar para convertirse en adulto y el PSOE el papel de progenitor. Quizás porque la historia se repite primero como tragedia y después como farsa o acaso por la barahúnda que se percibe en camerinos, a mí me parece que Pablo Iglesias-Podemos en vez de matar a su auténtico padre ‘freudiano’: a Pedro Sánchez-PSOE, se ha cargado a Izquierda Unida y ha relegado al bueno de Alberto Garzón al papel de epígono solitario. Casi anecdótico.
En esto de «matar al padre» Julio Cortázar advierte (él lo hace en referencia a las generaciones literarias) que «hay que matar al padre; es decir, al maestro, al modelo. Pero hay que matarlo en buena ley y no con golpes bajos». Te dejo la cita, mi buen Yorick, yo renuncio a la glosa.
Mi impresión es que en vez de «matar al padre» Podemos únicamente ha ‘navajeado’ (freudianamente, insisto) a varios parientes cercanos aunque sin consecuencias graves… La mayor incógnita ahora es saber si Pedro Sánchez-PSOE se aplicó para sí alguno de los famosos consejos que Polonio da a Laertes en ‘Hamlet’: «Debes ser afable, pero no vulgar en el trato. Une a tu alma con vínculos de acero aquellos amigos que adoptaste después de examinada su conducta; pero no acaricies con mano pródiga a los que acaban de salir del cascarón y aún están sin plumas. Huye siempre de mezclarte en disputas; pero una vez metido en ellas, obra de manera que tu adversario huya de ti».
¿Y en el caso de Albert Rivera-Ciudadanos se registra también un parricidio freudiano respecto a Rajoy-PP? En mi opinión, no. Rivera no sueña tanto con ‘cargarse’ a Rajoy, a quien me parece que políticamente considera más que ‘amortizado’, sino a convertirse en una especie de nuevo Prometeo que robe a los dioses el fuego del ‘centro político’ y se lo quede para su partido como marca de la casa…
¿Teatrapartidismo? En el conjunto de España, tal vez. En Extremadura me parece que seguirá triunfando una especie de bipartidismo ‘con modificaciones’ fruto de la sensatez y de ese viejo y previsor (y si se quiere realista y ‘extremeño’) sentido común que proclama: «Los experimentos, con gaseosa».

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Pintadas e Internet
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Juan Domingo Fernández | 03-12-2015 | 20:27| 0

Las pintadas han desaparecido de la paredes, aunque algunas sobreviven como okupas en las redes sociales. Con menos riesgos y tal vez con más repercusión. La pintada siempre ha representado un ejercicio de rebeldía, conserva algo de clandestino, el brochazo apresurado de los proscritos del poder. De cualquier poder.
Con el combustible de la transgresión, quien deja su mensaje incendiario en los muros o en las puertas de los servicios públicos está satisfaciendo antes que una reivindicación, esa necesidad tan primaria de proclamar: «Fulanito de tal estuvo aquí». No quiero decir que las antiguas pintadas no tuvieran una clara intencionalidad política, poética, sindical, humorística…, sino que en la naturaleza del impulso primaba acaso el carácter testimonial sobre el reivindicativo.
Alguna vez he contado la impresión que me produjo en los años previos a la transición democrática la pintada que leí en el lavabo de una cafetería salmantina. Alguien había escrito con rotulador negro: «Lee a Marx». Y en otra línea: «Lee a Marcuse». Pasados unos días apareció, escrito en rotulador rojo y como tercer renglón: «Lee Van Cleef». (Para los más jóvenes aclararé que esa tercera recomendación no es ninguna sugerencia lectora sino el nombre de un actor –de ahí el quiebro– entonces muy famoso por películas de éxito como ‘La muerte tenía un precio’ o ‘El bueno, el feo y el malo’.
Años después, en 1978, leí un libro que todavía conservo y que me resultó una revelación: ‘La libertad en el W.C. Para una sociología del graffiti’, de Federico Gan Bustos. En el prólogo del libro Román Gubern escribe unas palabras que podrían aplicarse en estos momentos a algunos comentarios y mensajes en las redes sociales. «El graffiti es probablemente de todos los medios de expresión», señala Gubern, «el más libre y espontáneo, el que remite a un automatismo más puro, protegido como está por el anonimato y libre de toda censura externa. Con su caudal de confesiones, exabruptos o improperios, el grafiti ofrece elementos riquísimos para una sociología del submundo que yace bajo las apariencias y conductas sociales ‘respetables’, que son las que todos –o casi todos– adoptamos en la vida de intercomunicación cotidiana».
En ese libro pueden leerse auténticos disparates y verdaderas joyas de humor. Grafitis y pintadas de gente capaz de reírse de los nacionalismos, de la filosofía, de la represión sexual y por supuesto de la atmósfera política de la época: «La única pasión de mi vida ha sido el miedo (Hobbes) y comerme una rosca pero no lo he conseguido».
Yo sigo prefiriendo la contundencia comunicativa de la pintada, como en la película ‘El Sur’, cuando el jovencito Carioco escribe con tiza en la pared de su amada: «Te quiero» y lo acompaña a modo de firma con su autocaricatura. O esa pintada setentera que con la crisis nos resulta surrealista: «¡Libertad para mi padre, cuarenta años en una fábrica!». Y la última, recién aparecida en una carretera española: «Rajoy, rajao». Para que luego digan que ya todo es Internet.

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El arte de la guerra
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Juan Domingo Fernández | 26-11-2015 | 21:00| 0

Ser realista equivale a ser precavido. La sabiduría popular lo formula con una paradoja que parece un retruécano: «El pesimista es un optimista informado». No hace falta recurrir a ningún gurú de la autoayuda para ser consciente de que en las batallas de la vida tan recomendables son las dosis de precaución como de arrojo. El año pasado, cuando se conmemoraron los cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial muchos de los reportajes y artículos subrayaban la alegre despreocupación, la inconsciente insensatez con que los jóvenes europeos festejaban la oportunidad de batallar. Marchaban alegres y entusiastas como si se tratara únicamente de una excursión triunfal a los Campos Elíseos… No sospechaban que a la vuelta del camino les esperaba el horror de las trincheras, las mutilaciones, el gas mostaza, la barbarie, las alambradas, la crueldad, la desolación y la muerte. A ellos les dominaba antes de partir el mismo entusiasmo que a los agricultores el primer día del Diluvio Universal: «¡Qué buena cosecha vamos a tener este año!».
Sin embargo, no hay conflicto que se disuelva simplemente por el recurso a las invocaciones ni sociedad que sobreviva a una amenaza grave metiéndose bajo la cama para no escuchar los truenos. En cualquier situación es preciso conocer el tamaño del atacante y la condición del enemigo. O del adversario, que a veces son términos sinónimos. En esta época inquietante que vive Europa y en general los países de tradición y cultura occidentales se están registrando fenómenos que enfrentan a los gobiernos y a la ciudadanía con realidades que no cabe ignorar ni a las que nadie se puede sustraer. Época en que es preciso ‘mancharse las manos’ y tener claro la dimensión del compromiso.
Bastantes de los conflictos que ensombrecen el futuro son de escala internacional –la globalización ha dejado de ser un mero concepto– pero tampoco faltan los de ámbito doméstico. Y aunque se trate de desafíos no equiparables en su gravedad y trascendencia, probablemente sí comparten similitudes en cuanto a las estrategias y el espíritu con que deben afrontarse.
Porque en las guerras pueden variar las armas, los métodos de ataque, los planes de resistencia…, pero nunca dejarán de ser, en cuanto a productos de la condición humana, idénticas en lo esencial.
A pesar de que en un tratado tan sabio y tan antiguo como ‘El arte de la guerra’ se diga que «La mejor victoria es vencer sin combatir», la experiencia demuestra que no es posible permanecer en todo momento de perfil ni confiar en que el paso del tiempo se convierta en el principal aliado cuando no en el único ejército. La experiencia prueba asimismo que cuando no se afrontan los conflictos el resultado no es que se evaporan sino que se pudren. Por mi parte, confieso que me gusta mucho el tratado del general chino Sun Tzu y estos días le doy vueltas a una de sus más populares sentencias: «Cualquiera que tenga forma puede ser definido, y cualquiera que pueda ser definido puede ser vencido». ¿Lo sabrán nuestros dirigentes de España y de Europa?

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Efemérides íntimas
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Juan Domingo Fernández | 19-11-2015 | 20:40| 2

Los aniversarios y efemérides son habituales en los medios de comunicación. Jalonan las páginas de la prensa con temas más o menos relevantes que se convierten en generales cuando brillan las cifras redondas de los aniversarios: hoy hace diez, veinte, treinta… años que sucedió tal cosa o tal otra. Mañana por ejemplo, 20 de noviembre, hará cuarenta años que murió Franco. Y hoy jueves se cumplen 14 años del asesinato de cuatro periodistas occidentales, entre ellos el español Julio Fuentes, de ‘El Mundo’, cerca de Kabul. También hoy, jueves, hace 25 años la OTAN y el Pacto de Varsovia firmaron la declaración que ponía fin a la ‘Guerra Fría’. Y el 19 de noviembre de 1933, es decir, hace hoy 82 años, la República celebró las primeras elecciones generales en que las mujeres pudieron ejercer en España su derecho al voto…
No obstante, creo que mi lista personal de aniversarios y efemérides memorables no tiene que ver tanto con estos ‘acontecimientos relevantes’ que reseñan los periódicos sino con otros de ámbito más íntimo que perfilan –como supongo que les ocurre a todas las personas– la propia educación sentimental.
Así que en mi memoria habita el recuerdo, claro que sí, de la muerte de Franco, pero relucen con más fuerza otras teselas del mosaico: la primera vez que vi surcar el aire a un trapecista en el circo; aquel verano en que curamos con yodo el ala de una tórtola herida; mis primeros deslumbramientos ante los dibujos de Antonio López; los grabados de José Hernández, la pintura de Equipo Crónica y Lichtenstein o los primeros cuadros de Vermeer en el Museo del Prado. El día que visité la casa de José Bergamín y observé sobre su mesa de trabajo una reproducción del cuadro ‘La familia de Carlos IV’ de Goya; la mañana en que hablé con el mexicano Juan Rulfo sobre la novela que ya no iba a escribir…
Aniversarios esenciales como el de la lectura en el café La Universitaria del cuaderno donde escribiste aquella larga y temblorosa declaración de amor. Y luego, las fechas luminosas del nacimiento de tus hijos; y las conversaciones con Claudio Rodríguez o con José Ángel Valente. Recuerdos de infancia y juventud: el rodaje en Trujillo de ‘El tulipán negro’ o las capeas en su Plaza Mayor. Y las horas y horas habitando películas como ‘El mensajero’, de J. Losey o ‘Barry Lyndon’, de Kubrick.
El aniversario de mi primer viaje a París y el descubrimiento de las obras de Borges y de Bioy Casares. Y antes la desolación de ‘Un día en la vida de Ivan Denisovich’, de Alexander Solzhenitsyn y las obras de Delibes y de Cela y de Gabriel García Márquez. El capítulo VIII de ‘Paradiso’, de Lezama Lima, que compré en la Librería Cervantes de Salamanca un año antes de que muriera Franco, precisamente, y ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa. Y los aniversarios de otras lecturas que pueblan también mi parnaso sentimental: ‘La saga / fuga de J.B.’, de Torrente Ballester; ‘Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy’ y ‘Viaje sentimental por Francia e Italia’, del genial Laurence Sterne. La historia, también aquí, podría ser interminable.

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Pararse a pensar
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Juan Domingo Fernández | 12-11-2015 | 20:21| 0

Recuerdo que en mis inicios periodísticos cuando planteaba hacerle una entrevista a algún personaje con relevancia política, literaria, universitaria… era habitual por parte de los entrevistados mostrar cierta reticencia a la entrevista grabada en directo, sin cuestionario. Su argumento solía coincidir: «Es que me gustaría responder con precisión, para decir algo con enjundia, sin tener que improvisar…». Ese deseo de precisión y relevancia me parece que ha sido fagocitado por un modelo de comunicaciones que pone el acento en la inmediatez, la claridad y sobre todo la brevedad. Me viene a la memoria aquella maldad que se atribuía a Fraga en sus años frenéticos de ministro de Información y Turismo dando órdenes a los funcionarios: «Haga usted lo que tenga que hacer pero hágalo deprisa, aunque sea nada».
Me parece que un hombre armado de un dogma y una verdad es más peligroso que la fiera que solo obedece a su instinto. Dios nos libre de quien no duda, del que se sabe poseído por certezas absolutas, sin resquicios ni matices. En ‘La rebelión de las masas’ dice Ortega del hombre-masa: «Ya no es sazón de escuchar, sino al contrario, de juzgar, de sentenciar, de decidir. No hay cuestión de vida pública donde no intervenga, ciego y sordo como es, imponiendo sus ‘opiniones’».
Frente a la reflexión y el debate, la consigna, cuando no el dicterio o incluso el chascarrillo. La falta de rigor, de sustancia, la falta de enjundia en los planteamientos que afectan a lo público es un modo de impostura que debería sancionarse. Recurrir a la demagogia, a la simpleza, equivale a fundir metal con una aleación defectuosa. Fraude y filfa.
En una situación como la que se vive ahora en España de grandes controversias públicas y libertad de expresión triunfan, paradójicamente, no los modelos más ‘reposados’ y profundos de análisis sino el vértigo epidérmico de las redes sociales y su ‘filosofía accesible’ en píldoras de 140 caracteres o el ‘pensamiento débil’ del abordaje tangencial y poco denso…
A más libertad, más pluralidad, ¿pero más debate? Creo que no. Vivimos una inflación de ‘declaraciones’, de meras opiniones, pero me parece que sin ahondar en los temas. Por decirlo de forma resumida y caricaturesca: en nuestros días se ha impuesto el modelo ‘Sálvame de Luxe’ al veterano ‘La clave’ de Balbín. Y conste que mi discrepancia no se limita al formato de los programas, sino al fondo de los mismos.
Un gran número de personas quiere escuchar, ver y leer solo lo que desea, lo que conoce y lo que piensa. Quiere sentirse reforzada en sus opiniones y creencias. Las certidumbres. Y los medios (todos, no me refiero a ningún en concreto) lo saben y procuran satisfacer la demanda. Así que al vértigo de las reflexiones –nunca hubo ‘acontecimientos’ más perecederos– hay que sumar la brevedad y me temo que la ligereza… En corto y a las claras. ¿El contenido? Da lo mismo. Hace más de trescientos años lo intuyó La Bruyere: «Hay personas que comienzan a hablar un momento antes de haber pensado». Y encima, triunfan.

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Premiar y premiarse
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Juan Domingo Fernández | 06-11-2015 | 12:36| 0

En el ámbito de la ciencia aumenta el conocimiento pero a la vez persisten ideas erróneas en la cultura popular que son difíciles de eliminar y combatir, como explicaba hace poco Mauricio-José Schwarz en un reportaje de ‘El Correo’ donde aludía a diez ‘mitos’ o ideas erróneas que se repiten como ciertas. Ideas tales como que solo usamos el 10 por ciento de nuestro cerebro, que en verano hace calor porque estamos más cerca del sol, que hay gente que usa más uno de los dos hemisferios del cerebro, que hay más partos y delitos en luna llena, que las vacunas causan enfermedades… Mitos, en una palabra. Tópicos.
Del mismo modo, en el imaginario popular perviven dichos y refranes cuya validez no parece universal. Por ejemplo, eso de «nadie es profeta en su tierra», fórmula muy socorrida para resumir las injusticias habituales con aquellos a quienes tenemos más cerca y acaso en menor consideración. ¿Siempre ha sido así? No creo. Basta repasar determinados periodos históricos de cualquier comunidad o grupo humano para percatarnos de que en la galería de retratos ilustres algunos desmienten el dicho: entre ellos todos los que lucen la orla de profetas y triunfadores en su tierra, aunque es verdad también que en esa galería siempre aparecerán, inevitablemente, huecos en blanco…
Ocurre que en ocasiones los reconocimientos llegan tarde y hay que esperar décadas o siglos para que se produzcan. O no llegan jamás, como esas piedras humildes del poema de León Felipe que no han servido «para ser ni piedra / de una lonja, / ni piedra de una audiencia, / ni piedra de un palacio, / ni piedra de una iglesia».
En el ámbito de nuestra región no conozco ningún instrumento social que haya contribuido con más intensidad que este diario al reconocimiento público de aquellas personas, empresas o instituciones volcadas en favor de Extremadura. Los Premios ‘Extremeños de HOY 2015’ que se entregan esta tarde en Mérida son una buena prueba de ello. Y sobre todo la labor diaria y el compromiso que desde hace más de ochenta años mantiene con la región.
Premiar, reconocer, es una forma de hacer pedagogía social. Más aún cuando se trata de reconocer méritos y valores vinculados a aspectos perdurables, no circunstanciales o perecederos. Si se repasa la nómina de galardonados durante las últimas décadas resulta obvio que no se trata de simples ‘triunfadores’ sino de personas o entidades que constituyen por sí mismas verdaderos referentes en sus parcela social. Triunfos conseguidos a través de la pasión, no fruto del azar o del oportunismo. Éxitos explícitos, evidentes, fáciles de explicar y de entender. Nada de postureo, como se dice ahora. Ni de superficialidad.
Yo creo que en la acción de ofrecer un reconocimiento público se produce también una cierta simetría pues quien premia aspira a verse reflejado, de alguna manera, en los valores y méritos de quien recibe el premio; es decir, en la defensa de la honradez profesional, la obra bien hecha y la elegante discreción.

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Vísperas del delirio
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Juan Domingo Fernández | 29-10-2015 | 20:07| 0

Los acontecimientos en el ámbito de la política autonómica catalana evolucionan a una velocidad uniformemente acelerada. Supongo que es debido a lo que denominan los independentistas con el eufemismo «el proceso». El proceso de secesión, para entendernos. Pero en física, según prueba la tercera ley de Newton –y me parece que también en política– a toda acción le corresponde una reacción. En consecuencia, cuando alguien echa un pulso debe esperar que en el otro lado de la mesa alguien reaccione y empuje para torcerle el brazo y vencer. Aunque a ratos nos domine la sensación de que en el otro lado de la mesa no hay nadie (¿hay alguien ahí, señor Rajoy?) quienes le están echando el pulso a la España democrática tienen que ser conscientes de a quiénes en realidad se enfrentan para no caer en el error fatal de despreciar al contrincante.
Entre otras cosas porque al contrincante, una joven democracia pero de un país muy antiguo y diverso, le indignan los tejemanejes del nacionalismo rampante y saqueador.
Solo cuando el latrocinio sistemático se enquista bajo el blindaje de la ‘anomalía social’ que es el nacionalismo resulta fácil entender que la casta de corruptos piense «de perdidos, al río» y emprenda una huida suicida hacia adelante. Con el motor cada vez más revolucionado. ¿Las consecuencias? Imprevisibles. Pero seguro que no se despeñan únicamente los responsables del estropicio sino otras muchas personas a quienes el delirio de unos cuantos convertirá en víctimas colaterales. Si el famoso «choque de trenes» llega a producirse no creas mi buen Yorick que la vida se va a detener, pasado un tiempo (¿una generación, acaso dos?) todo volverá a su ser. El día antes de los dramas también sale el sol. Igual que al día siguiente.
Pasado el tiempo, estoy seguro asimismo que la historia ofrecerá una nueva versión de la famosa frase de Churchill: «Nunca tan pocos hicieron tanto daño a tantos». Y espero que sus nombres (y los nombres de quienes se sumaron de forma interesada al desvarío) no se pierdan por el sumidero del olvido. Ni les salga gratis.
Un síntoma muy evidente del hartazgo que provoca la desvergüenza y la irresponsabilidad antidemocráticas del bloque secesionista catalán son las frases populares con las que el hombre de la calle resume estos días el conflicto: «Mejor ponerse una vez colorado que cien amarillo». Lo que puede traducirse por medidas legales enérgicas y nada de medias tintas.
Yo creo sin embargo que frente a la orgía sibilina de las élites nacionalistas durante las últimas décadas la ‘respuesta’ por parte del resto de España, incluida Cataluña, no puede ser ¡eso les gustaría a ellos! cualquier medida que alimente de forma explícita su muy rentable victimismo… La respuesta tiene que ser únicamente la que se deriva de la ley y de la democracia, es decir, de la Constitución. Que se aplique con mano de hierro en guante de seda es una cuestión secundaria. Lo importante es que se aplique.

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El abuelo de Benny
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Juan Domingo Fernández | 23-10-2015 | 09:00| 0

“Mi abuelo no era capaz de recetar una píldora que hiciera correr más rápido a un galgo, pero podía hacer una que hiciera que los otros cinco fueran más despacio”. El autor de esa frase es Benny Green, un saxofonista británico que durante años fue conductor de programas musicales en la BBC y que sentía tal devoción por el escritor y humorista P. G. Wodehouse que llegó a dedicarle una biografía literaria.
Como algunas humoradas inteligentes, la capacidad que Benny Green le atribuye a su abuelo en materia de carreras de galgos trasciende la simple ironía y encierra una lección moral. O inmoral, según se mire. No es precisa una imaginación desbordada para constatar que las capacidades del abuelo de Benny se ponen en práctica diariamente en muchos otros ámbitos, entre ellos el de la política y la cosa pública.
¿Quién no ha conocido alguna vez a ese político que incapaz de avanzar con limpieza en su gestión va sembrando de minas el mañana para sus adversarios? ¿O ese político que al igual que los malos estudiantes pospone las tareas y trata de aprobar aprendiéndose la lección con alfileres en el tiempo de descuento? ¿O al que desvía la atención acerca de lo que importa con pantufladas ególatras y salidas de pata de banco?
En las carreras de galgos y en las trayectorias políticas hay que estar muy atentos no solo a la capacidad y mérito de los contrincantes, sino a la propia ‘limpieza’ con que se compite. ¿Alguien se acuerda de Bilardo? Para los no futboleros voy a recordar una pequeña historia que tal vez hubiera arrancado un guiño de complicidad al mismo abuelo de Benny Grenn. El asunto fue polémico y es muy conocido. Durante el Mundial de Italia de 1990, la selección de Argentina jugó en cuartos de final con Brasil. Eran los años gloriosos de Maradona, que ya había ganado el Mundial de México de 1986 pero en esta ocasión, 24 de junio de 1990, el partido no pintaba muy allá y las perspectivas de perder y no alcanzar la final hubieran sido catastróficas para el equipo que entrenaba Bilardo.
Todas las faltas directas de Brasil las lanzaba el lateral Branco. En un determinado momento, con motivo de una interrupción del juego varios jugadores de las dos selecciones se acercan a la banda y aprovechan –como suele ser habitual– para refrescarse y beber de los bidones que les facilitan los miembros del equipo técnico. El caso es que un subordinado de Bilardo se dio maña para que Branco bebiera, según relató años después el propio Maradona, ‘precisamente’ de la botella de agua que con generosidad le brindaba la selección Argentina y en la que antes se había introducido un sedante que ‘mareó’ al jugador brasileño…
Bilardo y otros implicados en el episodio negaron después los hechos. Pero las mentiras tienen las patas muy cortas, aunque sean de galgos… En política también ocurre igual. No vale ganar a cualquier precio. La victoria, si no es limpia y sin trampas, acaba convirtiéndose en un baldón. La historia, antes o después, pone a todos en su sitio.

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Humor negrísimo
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Juan Domingo Fernández | 15-10-2015 | 22:58| 0

Podría creerse que el humor negro es un invento español, sobre todo si se recuerda aquel chiste de Gila en que unos mozos desnucan al boticario de la aldea con un cepo para lobos y cuando la mujer del pobre hombre se queja y les reprocha el disparate, los energúmenos entre risotadas se limitan a exclamar: «¡Pues si no sabe aguantar una broma, que se vaya del pueblo!». O aquel otro chiste gráfico de Mingote en los años de la barbarie etarra en el que se ve a un hombre en el suelo al que acaban de disparar y junto a él un niño que exclama: «¡Han matado a mi papá, han matado a mi papá!», mientras que dos tipos con sus ‘txapelas’ contemplan la escena y uno de ellos sentencia: «Fíjate tú, tan pequeño y ya chivato».
Humor negro de alta concentración. En esa veta también trabajaron de mineros Quevedo, el autor del Lazarillo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y luego otros muchos autores, desde el creador de ‘Gil Blas de Santillana’ hasta Jonathan Swift, que es a donde yo quería llegar. Aparte del famosísimo ‘Los viajes de Guilliver’, Swift, escribió uno de esos textos que puede considerarse el paradigma del humor negro de todas las épocas y que le valió más de un disgusto, quizás porque en su pueblo, como le ocurrió al personaje de Gila, tampoco sabían aguantar una broma.
El texto –aproximadamente igual de largo que un discurso de Fidel Castro– se titula «Una modesta proposición: Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público».
Se trata en apariencia de la propuesta bienintencionada de alguien que reflexiona en torno a un problema grave y que quiere brindar al mundo la mejor de las soluciones. Pero ahí está el quiebro a la lógica que supone toda acción humorística. El sarcasmo. La dinamita para los pollos. A medida que avanzamos por las páginas se descubre que la ‘modesta’ proposición de Swift consiste en que los pobres (cargados de hijos a los que no pueden mantener) los vendan de niños para que los ricos se los coman; de este modo además de poner fin a un inquietante problema demográfico se contribuye con eficacia a la producción gastronómica…
Sin derivas derrotistas, habrá quien establezca semejanzas (¡y maldita la gracia!) entre la proposición teórica de Swift y la que se está aplicando en la práctica a raíz de la crisis económica y la globalización. ¿Qué otra cosa están haciendo los más pobres sino entregar ‘bienes’ a los más ricos para que los ‘consuman’? ¿Cómo se explica si no el crecimiento desbocado de la desigualdad en los últimos años?
Jonathan Swift consiguió a través de la ironía y del humor negro desvelar las miserias y vergüenzas de una sociedad en exceso injusta y desigual. Muchos le recriminaron su «mal gusto» y no repararon en la Luna, sino en el dedo que la señalaba. Ahora, con la crisis y el crecimiento de la desigualdad no ha lugar ni al sarcasmo: se da por hecho que siempre hubo ricos y pobres y el que no aguante una broma, que se vaya del pueblo. Si no se ha pirado ya.

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Del CIS, la gente y el juicio de Gracián
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Juan Domingo Fernández | 08-10-2015 | 19:19| 0

En la vida de las personas la fama y el prestigio no tienen que ver tanto con la cantidad como con la calidad. Ocurre en literatura, en ciencia y creo que también en la política. Ningún escritor por el mero hecho de escribir muchos libros consigue acrecentar su fama y su prestigio. Es más, a veces ocurre lo contrario y para revalidarlo ahí está lo que dijeron T.S. Eliot de E.M. Forster o José Donoso de Juan Rulfo: «Su fama crece con cada libro que no escribe».
Ayer se conocieron los datos del último estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), respecto a los cabezas de lista en las pasadas elecciones autonómicas. Según dicho estudio, el político extremeño mejor valorado es Guillermo Fernández Vara, del PSOE, con una media de 5,47 puntos. Tras él se sitúan María Victoria Domínguez, de Ciudadanos, (4,80); Álvaro Jaén, responsable regional de Podemos (4,46) y por último José Antonio Monago, del PP, con una media de 4,43 puntos.
El estudio del CIS se realizó entre el 27 de mayo y el 23 de junio de este año, es decir, conocida ya la palabra definitiva, la voz incuestionable de las urnas. En la memoria de quienes contestaron a la entrevistas del CIS probablemente perduraban imágenes como la del ‘culebrón Canarias’, con aquel disparatado volando voy, volando vengo, ahora sí, ahora no, que redujo la verosimilitud de las justificaciones a niveles bochornosos y que extendía la sensación entre los ciudadanos de estar siendo obligados a comulgar con ruedas de molino o considerando que el común de los mortales no tiene dos dedos de frente… En fin, aparte de aquel suceso revelador es casi seguro que en la memoria de los entrevistados del CIS perduraron otros episodios relativos a quien había encarnado la responsabilidad del poder autonómico durante los últimos cuatro años en Extremadura. Y el talante con que lo hizo.
Dentro del normal funcionamiento democrático tampoco deberíamos considerar inusitado, sin embargo, perder el crédito tras el paso por las responsabilidades del poder, sobre todo si esa actuación estuvo presidida por un planteamiento digamos que excesivamente ‘egocéntrico’, personalista, antes que corporativo… Y más si tras varias de las medidas adoptadas anidó un espíritu percibido por muchos extremeños tan solo como ‘postureo’ oportunista. Aunque de forma cínica suele decirse que más que el poder desgasta la oposición, Jefferson dejó dicho que «nadie abandona el cargo de presidente con el mismo prestigio y respeto que le llevó ahí». Y a la vista de la historia y de los últimos resultados del CIS debe de ser verdad.
Lo pasado, pasado. El tiempo trae nuevos afanes y expectativas. Te aseguro mi buen Yorick que por mí lo que la historia ha enterrado, bien sepultado está. Ahora lo que me interesa es qué nos depara políticamente el porvenir. Y para analizarlo tengo bien presente la sentencia de Gracián: «Señal de tener gastada la fama propia es cuidar de la infamia ajena», y cómo interpretan esas sabias palabras nuestros líderes políticos.

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