Hoy

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No es serpiente, es Pesesín
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Juan Domingo Fernández | 13-07-2017 | 18:28| 0

En periodismo hay un género clásico que sobrevive a la propia evolución de los medios: la serpiente de verano. Me refiero a ese tipo de noticias sin excesiva relevancia, vinculadas a las vacaciones y bastante llamativas, a las que en casi todas las Redacciones se acudía en socorro ante la escasez de hechos destacados. La ‘serpiente de verano’ podía ser el avistamiento de ovnis, los excesos de ciertas fiestas ancestrales en lugares remotos o las noticias alarmantes sobre el abandono de mascotas en periodo estival.
En estos tiempos de plena transición entre el soporte papel y los soportes digitales, el periodismo no ha renunciado a las serpientes de verano, aunque tal vez sí reclama para ellas un carácter esencialmente de entretenimiento y una procedencia preferente: el universo digital y las redes sociales. Más que en las páginas impresas de los periódicos el hábitat ideal para reproducirse la especie son las redes sociales. La galaxia digital.
¿Por qué digo todo esto? Por la historia de Pesesín, de la que ayer se hacía eco ‘El País’. En pocas palabras: el dueño de un pez (que resultó ser dueña) se va de vacaciones y deja en el descansillo del edificio donde vive un pececito en su pecera junto a un bote de comida y un cartel con instrucciones sobre cómo cuidarlo: «¡Hola vecinos! me voy de vacaciones y no me dejan llevarme a PESESÍN. Necesito vuestra ayuda para que le deis de comer. Solo se le debe echar una vez al día. Dejo la comida y un cuadro para saber cuándo comió». Hasta ahí los primeros datos. ¿Pero en qué momento el cartel y el pez se convierten en algo más que la anécdota de una comunidad de vecinos? Justo en el instante en que la tuitera @Nuria_GMz, vecina también de ese bloque de pisos, decide subir a la Red un tuit con un par de fotos contando la historia que hasta ahora, mientras escribo, ha logrado ya más de mil comentarios, 50.000 retuits y 87.000 ‘me gusta’.
Aparte de otros detalles sobre las opiniones de los tuiteros respecto al comportamiento de la persona dueña del pez, ‘El País’ informa también de que hasta la Policía Nacional a través de su perfil de Twitter se hace eco de la historia recordando (con humor y emoticono incluido) que «¡Siempre hay una alternativa al abandono animal!».
Desde luego, mil veces mejor estas ‘noticias’ que las habituales también durante julio y agosto de ancianos ‘abandonados’ en sus domicilios o en los hospitales de las grandes ciudades porque sus familias no pueden hacerse cargo de ellos en vacaciones…
Los dioses me libren de la demagogia o de la argumentación tramposa. Yo no critico que asuntos tan ‘ligeros’ como el de Pesesín conciten el interés de miles de tuiteros y dediquen su tiempo a comentar y entretenerse con la historia del pececito. Aunque se asemeje a las serpientes de verano. ¿Cómo no preferir, por ejemplo, esta historia frente al espectáculo indecoroso del grupo de dirigentes independentistas catalanes que se empeñan en disparatar hoy menos que mañana?

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A Miguel Ángel Blanco, en el recuerdo
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Juan Domingo Fernández | 06-07-2017 | 17:37| 0

La semana que viene se cumplen 20 años del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA. Yo recuerdo muy bien aquellos momentos del sábado 12 de julio de 1997 porque ese fin de semana estaba trabajando y cuando el joven concejal de Ermua se encontraba todavía entre la vida y la muerte me puse a teclear un artículo para la sección que durante años firmé con el seudónimo de Tristán Buendía en las páginas de HOY de Cáceres. En aquel artículo, titulado «Cabezazos contra el muro de la historia», no solo defendía el valor de la palabra para el progreso humano frente al señuelo de la violencia que consagra la sentencia de Marx: «La violencia es la partera de la historia»; en aquel artículo contaba precisamente cómo la gente de bien de la ciudad al conocerse por la tarde la barbarie de ETA era capaz de sobreponerse a la indignación y al ‘natural’ instinto de venganza, conscientes de que sucumbir a la tentación de una respuesta ‘impulsiva’ sería volver atrás y otra forma de hacerles el juego a los terroristas.
El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco se producía apenas una semana después de que la Guardia Civil liberase al funcionario de prisiones Ortega Lara tras permanecer 532 días dentro de un zulo. La ETA acusó el golpe de aquella brillante liberación y buscó un golpe de efecto fácil en la figura del concejal Miguel Ángel Blanco.
Me parece que es importante no perder la perspectiva. En 1997 la sociedad observaba a ETA sobre todo con miedo y desprecio. Pero por otra parte la vida continuaba con la precisión que impone la naturaleza, la rutina y esa cierta indiferencia que suscitan los problemas que no nos afectan demasiado de cerca…
En aquella época por ejemplo aún existía el servicio militar obligatorio, la famosa mili, y como cualquier sábado previo a la jura de bandera en el Cimov nº 1, la ciudad se llenaba de reclutas y familiares que aprovechaban la tarde del 12 de julio de 1997 paseando felices y ajenos a la tragedia. «Esa imagen de normalidad», escribí entonces «contribuía más aún a subrayar lo absurdo de las acciones de ETA, instalada en la ‘irrealidad’ de unos presos, víctimas a su vez de ese torbellino infeliz que ellos han alimentado, y de una minoría tozuda que se empeña en dar chocazos con su cabeza contra el muro de la realidad, de la historia, de la libertad, de la justicia, del progreso y, lo que es peor para ellos, contra el muro de la inteligencia. No sólo son menos sino que además son más torpes. La historia, que es inexorable, les pasará factura».
Lo que ocurrió después es de sobra conocido. El punto de inflexión que supuso el asesinato de Miguel Ángel Blanco desató una oleada de indignación y protestas en toda España como no se habían vivido antes. A los historiadores les corresponde fijar y analizar la trascendencia de aquella dramática muerte.
En mi caso, si vuelvo la mirada a ese sábado de julio de 20 años atrás, lo primero que constato es el valor de la palabra como elemento esencial de progreso, como única arma de la historia –lejos de cualquier quijada de burro– para los hombres que aspiran a vivir en sociedad.

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De Séneca a Azarías
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Juan Domingo Fernández | 29-06-2017 | 19:10| 0

Me parece que Internet y el universo de las redes sociales se asemeja a los tiempos de los pasquines y de las pintadas. Una época en que el rumor, las medias verdades y la información descontextualizada circulaban igual que la moneda de curso legal. En determinadas circunstancias (bajo una feroz censura o un poder absoluto) supongo que los pasquines cumplieron su papel –valga la expresión– igual que las pintadas en las paredes. Para difundir eslóganes nada mejor que un muro, de ladrillo o de Facebook. Que se lo cuenten a los jóvenes de Mayo del 68 cuando pedían «¡Levantad los adoquines que debajo está la playa!» o a esos precursores de Banksy que ironizaron en el Londres de 1975 con otra pintada memorable: «Dios no está muerto: está vivo, saludable y trabajando en un proyecto mucho menos ambicioso».
El universo de las redes sociales suscita firmes reticencias porque la información que nos llega a través de nuestras cuentas no suele estar jerarquizada (su carácter en un porcentaje altísimo es aleatorio, azaroso, circunstancial); puede tratarse de datos no confirmados y para muchos usuarios, además, las redes sociales ‘ocupan’ un espacio y un tiempo que no pueden dedicar a otras propuestas informativas o de comunicación mejor estructuradas, más fiables y rigurosas. Menos líquidas.
En mi opinión las redes sociales están destinadas a convertirse
–probablemente lo son ya– en grandes herramientas de entretenimiento y diversión. Muy aptas para la propagación de memes, chistes, chascarrillos, nimiedades y otros subproductos de bajo coste. Por decirlo como Paco el Bajo en ‘Los santos inocentes’ cuando disculpaba a su cuñado Azarías: desengáñese, señorito Iván, para la paloma vale pero para la perdiz es corto de entendederas.
Una de las cosas que peor llevo en las redes sociales es la práctica del machaqueo: esos profesionales del Twitter o del Facebook que se pasan el día con el mismo sonsonete. En modo martillo pilón o picador de almendrilla. Entusiastas del bombo y de la propaganda a los que jamás les entraría en la cabeza aquel famoso reproche de Alberto Moravia: «Curiosamente los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado».
Sin embargo, reconozco que me gusta Internet en general aunque solo sea por lo que ha aportado al mundo de la comunicación y sus enormes potencialidades. Debo insistir también en que mis reticencias respecto a las redes sociales tienen que ver más con el uso furtivo que se hace de ellas que con su carácter.
Así como Séneca decía al hablar de los vicios que son propios «de los hombres, no de los tiempos» puede decirse que el problema de las redes sociales no radica en su naturaleza sino en la utilización que hacemos de ellas, en el fin al que las destinamos. Aunque sospecho que si Séneca viviera en el siglo XXI y observara a millones de personas en todo el mundo consultando ensimismadas cada poco tiempo un dispositivo móvil, tal vez cambiaba de opinión.

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De la inteligencia y la astucia
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Juan Domingo Fernández | 22-06-2017 | 19:21| 0

Las investigaciones sobre el desarrollo de la inteligencia incluyen campos tan distintos como el de la inteligencia artificial y la genética. El propio concepto de inteligencia es complejo y poliédrico. En realidad no cabe hablar de una sola inteligencia sino de varias. De hecho los científicos sostienen que existen al menos doce ‘inteligencias’ distintas, entre ellas la inteligencia lingüística, la lógico-matemática, la espacial, la musical, la emocional, la intrapersonal, la interpersonal, la colaborativa…
Percibida como un valor característico de la ‘mente’ y opuesto al ‘corazón’, a la inteligencia solemos vincularla con la frialdad, la reflexión o el rigor frente a la pasión de lo sentimental y espontáneo, frente a esa efervescencia que resume el adjetivo ‘romántico’. De ahí que a través de la historia el prestigio del concepto ‘inteligencia’ haya fluctuado como los valores en la bolsa. De la Rochefoucauld advierte que «todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia», que a mí me parece además de una aguda observación psicológica un compendio (guasón) de experiencia histórica.
Y más de veinte siglos antes uno de los siete sabios griegos sentenciaba: «El deseo de lo imposible es una enfermedad de la inteligencia», que también se nos revela como una fórmula breve y sentenciosa para incitarnos a la reflexión realista, racional, quizás estoica.
Otra idea muy extendida en el imaginario colectivo respecto a la inteligencia es que reconocerla en los demás exige que uno mismo la posea. Es decir, una variación del principio teórico según el cual únicamente los iguales se reconocen entre sí. Goethe lo formuló también con pocas palabras: «todas las inteligencias son invisibles para el que no tiene inteligencia él mismo».
En la vida cotidiana casi todos conocemos ejemplos en los que antes de calificar a una persona de ‘inteligente’ preferimos definirla como ‘lista’. Es una manera de matizar y también de rebajar el valor del concepto ‘inteligencia’, revestido de atribuciones positivas, encomiables, frente al de ‘listeza’, vinculado con aspectos como egoísmo, ambición, interés, avidez… En el mundo de la política (y conste que no deseo hablar de ningún político en concreto) los ejemplos de ‘listos’ frente a los ‘inteligentes’ seguro que darían para completar una enciclopedia.
Me temo que una de las fatalidades de las políticas populistas que ensombrecen el porvenir es la abundancia de listos frente a inteligentes. Y más que listos, profesionales de la astucia, es decir, del maniobrerismo, de esa mediocridad que busca ganar batallas inmediatas porque en el fondo no confían en su capacidad para ganar la guerra…
Lo terrible de las políticas populistas no es su falta de respeto a la verdad (desde las mentiras del ‘brexit’ hasta los tuits de Trump; desde la hipocresía de los dirigentes independentistas catalanes hasta las manipulaciones del régimen chavista o de Le Pen en Francia) lo descorazonador son las propuestas endebles y la abundancia de contradicciones. El porvenir concebido como una política de gestos contada por un astuto lleno de ruido y de furia.

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De diagnósticos y trenes que pasan
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Juan Domingo Fernández | 16-06-2017 | 19:53| 0

Ahora que de casi todo hace ya veinte años, que decía Jaime Gil de Biedma, resulta que de las primeras elecciones libres de la etapa democrática no hace veinte sino cuarenta, que ya son años. La ruleta del calendario ha bordeado otra carambola: emparejar aquel 15-J iniciático e ilusionante con este 13-J terminal y previsible en que se representó la postrera moción de censura del Parlamento español.
En un artículo publicado en su sección de ‘ABC’ en mayo de 1977 el periodista Carlos Luis Álvarez escribe sobre la presentación que Rafael Alberti hizo de sus apuntes de ‘El Adefesio’, encuentro al que también acudieron Dámaso Alonso, Gerardo Diego «y mucha más crema de la intelectualidad». El periodista añade una anécdota deliciosa: «Mi amigo Manolo Vicent me contó en lo de Alberti que había visto a una joven ácrata rechazar ‘Mundo Obrero’ porque decía que era un periódico monárquico. ¿Cabe mayor indicativo de lo que es una situación moderada?», se preguntaba Carlos Luis Álvarez con la revolera de la ironía.
Vista con perspectiva, la moción de censura del 13-J me parece que es también la prueba de que vivimos una situación moderada, solo que en vez de jóvenes ácratas juzgando con desdén y displicencia a ‘Mundo Obrero, (entonces nada menos que el periódico del ‘partido’ por antonomasia durante el largo paréntesis franquista, es decir, el PCE, el Partido Comunista de España) por el tablero político se mueven fuerzas ‘antisistema’ o ‘independentistas’ más o menos conformes con la Constitución, aunque sea bajo la formalidad del «por imperativo legal».
No sé si debido a aquella «situación moderada» que se vivía en los primeros años de la Transición o debido al carácter cíclico de la historia, el caso es que la moción de censura del 13-J ha tenido algo de movimiento en bucle y tránsito por el túnel del tiempo. O eso me ha parecido a mí.
Oyendo a Pablo Iglesias (y sobre todo a Irene Montero) creo que no hemos regresado al 15-J de 1977 sino al 15-M de 2011; es decir, al movimiento de los indignados. Supongo que nadie con dos dedos de frente y algo de corazón negará lo acertado que resulta el diagnóstico que hicieron acerca de la corrupción y el capitalismo de las ‘élites extractivas’ consustancial a la ‘casta’. Pero compartir el diagnóstico no quiere decir que se compartan las soluciones. Al contrario. Buena parte de los ciudadanos se solidarizan con las protestas pero discrepan, y mucho, respecto a los remedios para que aparte de acabar con las prácticas corruptas se arbitren expectativas de progreso razonables. No puede ser, como sostiene el adagio popular, que acabe costando más el collar que el perro…
La moción de censura creo que ha aportado escasas novedades. Si en la vida hay trenes que solo pasan una vez, acaso la principal constatación que habrá hecho ya Pablo Iglesias es que tuvo la oportunidad de subirse a ese tren –aliándose con el PSOE y Ciudadanos– pero prefirió dejarlo pasar y él sabrá las razones.

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La carta traspapelada
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Juan Domingo Fernández | 08-06-2017 | 19:00| 0

CUENTA el poeta, crítico y profesor José Luis García Martín que el otro día encontró, «traspapelada en el libro de un poeta que frecuento poco» una postal que había recibido hace más de cuarenta años y que había olvidado. La postal (elegante acuse de recibo de una revista literaria) se la envió Vicente Aleixandre en 1976.
Este episodio del documento traspapelado me resulta cercano por la arraigada costumbre de guardar entre las páginas de los libros diversas notas, reseñas, cartas, entrevistas… relativas a la obra o al autor. Mi último ‘hallazgo’ de una carta oculta o traspapelada tiene que ver con el novelista Juan García Hortelano y también, me parece, con el oficio del periodismo. Se lo voy a contar.
A finales de 1986 tuve que cubrir informativamente un seminario internacional sobre el puente romano de Alcántara que se celebraba en esa localidad cacereña. Un trabajo digamos que rutinario, sin relieve especial… Cumplida la tarea, la jornada me reservaba sin embargo un regalo imprevisto: entre los invitados al encuentro figuraba un escritor famoso no por sus publicaciones sobre las estructuras de puentes y acueductos sino por ser el autor de obras tan apreciables como ‘Tormenta de verano’, ‘El gran momento de Mary Tribune’, ‘Los vaqueros en el pozo’ o ‘Gramática parda’. He tenido suerte, pensé.
Resulta que Juan García Hortelano asistía a las jornadas en calidad de jefe de publicaciones del Centro de Estudios Históricos del MOPU (Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo). El caso es que a mí me faltó tiempo para proponerle una entrevista y a él le sobró cordialidad y disposición para aceptarla de inmediato, gustosamente. «Si te parece» dijo mientras me tomaba del brazo, «charlamos y paseamos un rato».
Así que caminando sobre las lanchas lustrosas y las lápidas del claustro del Conventual de San Benito, Juan García Hortelano me habló de su experiencia novelística, de su trayectoria narrativa, de sus manías o de su incredulidad respecto a la muerte de la novela. Desgranó opiniones sobre la generación del medio siglo y los novelistas del socialrealismo, recordó anécdotas divertidas de la amistad con Carlos Barral, habló de sus lecturas habituales o de su interés por hacer novelas bien escritas pero sin aburrir…
Funcionario público desde el año 1953, García Hortelano aseguraba entonces que su trabajo en un organismo oficial era la constatación «clarísima» de que en España no se puede vivir de la literatura. Y lo reconocía sin poses ni rimbombancias afectadas, sino a la inversa, confesándose partidario del «trabajo de ‘ganapán’, que se ha dicho toda la vida…».
A los pocos días publiqué una amplia entrevista con el autor de ‘Gramática parda’ y se la envíe a Madrid, a su domicilio de la calle Gaztambide. Poco después me remitió una carta dándome las gracias por la entrevista y felicitándome «por tu oficio, tan difícil de ejercer a la hora de la página impresa». Esa carta ha dormido ‘traspapelada’ entre las hojas de ‘El gran momento de Mary Tribune’ desde diciembre de 1986. Hasta ayer mismo.

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Moix y la tórtola con el tiro en el ala
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Juan Domingo Fernández | 02-06-2017 | 18:52| 0

Ante el caso Moix la división de opiniones que suele darse en el ruedo ibérico se ha transformado en unanimidad, pero las críticas en vez de a su familia, como en el chiste, se dirigen al partido que lo apadrina y que ‘formalmente’ lo sostiene en el puesto. Bueno, hasta este momento en que escribo, porque la historia de Moix me recuerda bastante los primeros capítulos de la historia del exministro José Manuel Soria y la maldición de Panamá.
Por lo visto, oído y leído, buena parte de los reproches al proceder de Moix y del PP giran alrededor de estos argumentos: «No es sostenible ni política, ni ética, ni estéticamente». «La mujer del César debe ser honrada y además parecerlo». «¿Qué credibilidad va a tener Moix si mantiene una empresa en un paraíso fiscal?». «Con qué autoridad moral va a seguir siendo fiscal jefe Anticorrupción?».
En las redes sociales, sin embargo, las críticas son menos convencionales y más demoledoras. Por ejemplo algunos tuits de Gerardo Tecé con munición de ironía: «El fiscal jefe Anticorrupción con empresa en paraíso fiscal no tiene intención de dimitir, porque si al español no lo toreas, se extingue». Y otro: «En un paso más en su lucha contra la corrupción, el PP quiere normalizar ahora que un jefe anticorrupción tenga una sociedad offshore».
Si se tratara de una serie televisiva o de un programa de humor diríamos: «Qué exagerados». Pero no es un programa de humor, si acaso un episodio propio de esta era de la posverdad en la que los acontecimientos o las noticias se consumen con tal velocidad que todas devienen en ‘dinamita p’a los pollos’ o en mera fruslería y banalidad de consumo rápido. El ritmo al que se mueve la máquina informativa (global) hará que cualquier «hecho», por relevante que sea, acabe convertido en almendrilla o en golosina para tomar como simple aperitivo. Hay que seguir pedaleando. Y «más madera, es la guerra», gritamos con Groucho Marx.
Acabe como acabe el caso Moix, «el tiro ya lo lleva», que dicen los cazadores de tórtolas. El tiempo corre en contra del fiscal jefe Anticorrupción y de quien tiene la potestad legal de mantenerlo en el puesto o removerlo. También operan en su contra las circunstancias en que fue nombrado y esas filtraciones donde Ignacio González (entonces en libertad) opinaba sobre él. La súplica de los mexicanos: «No me defiendas, compadre».
En cualquier caso, más que dañar al Partido Popular o a Rajoy la continuidad de Manuel Moix en estas circunstancias erosiona, en mi opinión, al propio sistema democrático, pues contribuye a que en la calle se perciba la separación de poderes como una entelequia más teórica que real mientras se intenta revestir de normalidad («¿Queremos que sea pobre de solemnidad?», «¿No tiene derecho a tener nada?», se preguntaba ayer ante los periodistas Celia Villalobos) el hecho insólito de que un fiscal jefe Anticorrupción posea el 25% de una empresa radicada en un paraíso fiscal… No es chiste.
Con los Presupuestos generales ya aprobados, cuánto va a durar Moix en el cargo. Hagan sus apuestas.

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Maneras de triunfar
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Juan Domingo Fernández | 25-05-2017 | 19:20| 0

Confieso que me acerco estos días a los asuntos de la actualidad política con algo de distanciamiento, buscando esa perspectiva que permite dotarnos de ecuanimidad y nos afina el juicio. Creo que de esa forma se hacen más llevaderos, más soportables, dos problemas relevantes para el conjunto de España: el llamado desafío del independentismo catalán y la necesaria ‘recomposición’ de un PSOE que acaba de elegir secretario general a Pedro Sánchez.
Respecto al ‘problema’ catalán –denominarlo la ‘cuestión’ catalana me parece que sería rebajar improcedentemente su importancia– creo que el ‘souflé’ empieza a bajar, aunque los aspavientos y el farfulleo de Puigdemont intenten convencernos de lo contrario. La prueba que lo resume son los datos de la encuesta de Metroscopia publicada ayer por ‘El País’, y según la cual dos de cada tres catalanes (el 66%) consideran que el proceso soberanista no va bien, que pierde fuelle cuando se acerca la teórica fecha del referéndum, mientras que solo uno de cada tres (34%) cree que la independencia será posible en un futuro más o menos cercano.
El descenso del ímpetu independentista (exacerbado en los últimos años por un puñado de dirigentes que emprendieron la huida hacia el abismo o el viaje hacia ninguna parte que no sea el ‘choque de trenes’) esa reducción de la calentura soberanista, decía, no justifica sin embargo la política de negativas absolutas; en consecuencia, ni el gobierno del PP ni ningún otro pueden violentar la legalidad para dar satisfacción a un grupo concreto, por nutrido que sea, de ciudadanos. Pero sí puede perseverar –y está obligado a ello– en posiciones dialogantes y negociadoras, siempre dentro del orden constitucional y democrático.
La encuesta de Metroscopia revela también el distanciamiento de una mayoría de catalanes respecto a ciertas propuestas del Gobierno de la Generalitat. Por ejemplo, cuando se les pregunta por la posibilidad de una declaración de independencia unilateral (como prevé la llamada ‘ley de ruptura’) únicamente el 35% de los catalanes apoyan esa opción, mientras que la rechazan de plano el 61%. ¿Funcionan los frenos o es una falso efecto?
En cuanto a la ‘recomposición’ del PSOE, un partido imprescindible en el sistema de contrapesos de la democracia española, mis temores no tienen que ver tanto con la propuesta ideológica o ponencia marco, casi seguro que en la línea socialdemócrata que todos esperan, sino con la forma y el fondo con los que Pedro Sánchez ejerza su ‘dirección’. Y escribo ‘dirección’ y no ‘liderazgo’ porque a mi parecer Pedro Sánchez es un dirigente pero no es un líder. Y creo que la forma en que ha sido aupado a la Secretaría General socialista tiene más relación con circunstancias externas que con méritos o capacidades personales.
Así que tanto en el ‘problema’ catalán como en el regreso triunfal de Pedro Sánchez supongo que la clave para una evaluación correcta es la conocida frase de Camus: «El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo». Que los mismos protagonistas se pongan nota.

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El derecho de picaporte y el ‘lobby’
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Juan Domingo Fernández | 18-05-2017 | 19:25| 0

CUENTAN que nada más salir elegido, un presidente mexicano le preguntó al amigo con el que mantenía viejos compromisos qué cargo o responsabilidad deseaba que le concediese. El interesado respondió raudo: «Solo quiero que me concedas el derecho de picaporte». En México, donde se decía que cada sexenio presidencial terminaba con diez mil nuevos millonarios, se denomina «derecho de picaporte» al privilegio o prerrogativa que se concede a alguien para que no tenga que hacer antecámara o contactar sin cita previa. El «derecho de picaporte» no equivale solo al salvoconducto que allana el paso sino que se convierte en símbolo de poder, en instrumento utilísimo para que ‘los demás’ sepan que se posee influencia y recursos para abrir las puertas que deben abrirse incluso sin necesidad de llamar.
He recordado esta anécdota porque el martes por la tarde en Cáceres, durante la gala de los Premios del Deporte Extremeño que organiza Canal Extremadura, el presidente de la Junta Guillermo Fernández Vara desveló el propósito de promover un ‘lobby’ de extremeños en Madrid para defender los intereses de la región. Vara, que aprovechó la presencia de uno de los galardonados, el dombenitense Juan Ignacio Gallardo, director del diario ‘Marca’, aseguró que piensa contar también con otros ilustres paisanos como el presidente y vicepresidente de Mapfre, Antonio Huertas y Antonio Núñez, respectivamente.
A mí me parece encomiable la iniciativa de constituir un ‘lobby’ o grupo de presión extremeño en la capital de España; entre otras cosas porque, como en el chiste, el no ya lo tenemos.
Imagino que debemos entender ‘lobby’ como un conjunto de profesionales notables cuyos miembros se han hecho merecedores en sus diversos ámbitos de trabajo del «derecho de picaporte»; es decir, que cuentan con capacidad y poder suficientes para abrir las puertas oportunas y tocar las teclas adecuadas.
Desde la mera teoría no alimento ninguna duda respecto a lo potencialmente beneficioso de la iniciativa. A Extremadura no le sobra ninguna ayuda que pueda recibir, sobre todo en el terreno industrial, de infraestructuras, de empleo… Mi descreimiento crece sin embargo cuando pienso en la escasa ‘masa crítica’ que nos caracteriza en el concierto nacional, con factores que operan en contra: baja población y diseminada (pocos votos y por tanto pocos representantes y escaso peso político), niveles de desempleo juvenil muy altos, carencia de tejido industrial…
No quisiera pecar de derrotista. Según John Stuart Mill, «aunque las circunstancias influyen mucho sobre nuestro carácter, la voluntad puede modificar en nuestro favor las circunstancias», que es una versión anticipada del dictamen de Gramsci: frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Así que no sé si encomendarme al potencial de quienes harán certero uso del ‘derecho de picaporte’ o dejarme llevar por el senequismo de aquel paisano que cuando querían sacar al santo para las rogativas decía: «Por mí sacarlo, pero el tiempo no está ‘lloveor’…».

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De la inteligencia artificial y los libros
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Juan Domingo Fernández | 11-05-2017 | 18:42| 0

Supongo que las elucubraciones sobre el futuro acompañan al hombre desde el mismo instante en que nuestros antepasados se bajaron del árbol y echaron un pie a tierra. Lo que vino después es más o menos conocido y puede rastrearse a través de las religiones, la arquitectura, las diversas ramas de la ciencia e incluso a través de intuiciones geniales como las de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick con su ‘2001, una odisea del espacio’.
Al pesimismo creciente respecto a las posibilidades de sobrevivir en un planeta que destruimos apresuradamente como prueba el cambio climático –que no es causa, sino efecto– hay que sumar también las prevenciones mostradas por el científico Stefan Hawking ante los peligros que entrañan la guerra nuclear, el calentamiento global, los virus genéticamente modificados y la inteligencia artificial.
Y ahí es donde yo quería llegar, a la famosa inteligencia artificial (IA). Porque frente a las ‘alertas’ y prevenciones de Hawking cabe oponer el optimismo de Geoffrey Hinton, el científico al que nadie discute el título de ‘padrino’ de la inteligencia artificial y convencido de la imposibilidad de establecer predicciones, más allá de 5 años, respecto al peligro de máquinas con IA susceptibles de ‘dominar’ y destruir al hombre.
Lo inquietante para mí de la IA no es que sea una técnica basada en la ‘intuición’, –como el cerebro humano– y no tan sólo en la ‘lógica’, como cualquier computadora convencional; ni que la inteligencia artificial se convierta a corto plazo en potencial amenaza por su capacidad para destruir puestos de trabajo; ni por los terremotos que desate en los mercados financieros mundiales; ni por hacer que una máquina se enamore como el replicante de ‘Blade Runner’, ahora que se estrena otra versión de la ideada por Ridley Scott. Lo más inquietante para mí de la inteligencia artificial es que ya existe el ‘software’ capaz de crear un relato, según cuenta Pablo Burgos en el digital ‘Bez’ e ilustra con varios ejemplos: aquella novela que superó la primera ronda de un premio literario en Japón; la versión coescrita en 2008 de ‘Anna Karenina’ con un nuevo ‘software’, o los algoritmos utilizados por Google para que otra máquina a la que previamente se le ha ‘familiarizado’ con más de 12.000 libros electrónicos, ‘escriba’ alguna obra de ficción con aspiraciones románticas y de superventas… Esos libros de los que hablaba ayer en su columna Alfonso Callejo, «escritos en una prosa escolar simple e insulsa con poca intención de buscar la belleza del lenguaje». Esos libros que terminarán inundando el mercado.
Así que las aplicaciones de la IA que de verdad me parecen inquietantes no son las derivadas de la realidad socioeconómica (que también) sino la devastación que pueden causar en el panorama literario futuro. ¿Qué será de nuestros genios cuando los algoritmos además de ganarte al ajedrez y al complejo Go sean capaces de escribir ‘La comedia humana’ «mejor» que el propio Balzac? O superar a Cervantes… Para que luego digan que los robots no tienen que pagar impuestos, como sugiere Bill Gates.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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