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La Edad del Bronce y el Gordo
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Juan Domingo Fernández | 22-12-2016 | 18:00| 0

Mientras Cela alumbraba aquello de «media España cree en Dios y la otra media en la lotería», Julio Camba se pasó la vida escribiendo cada Navidad su artículo sobre la superstición del Gordo y las pedreas. Camba confesó incluso la necesidad que sentía de escribir sobre el tema nada más acercarse las Pascuas. Y razonaba con ironía galaica sobre el carácter de los españoles en relación a los juegos de azar. «Que trabajen los pueblos de poca fe, pero no aquellos que creen en la Providencia. Al pueblo español ningún negocio le parece tan saneado como el de comprar un billete del sorteo de Navidad y ganar en unas horas quince millones de pesetas sin arriesgar más que dos mil».
Aunque saneado de verdad el negocio resulta para Hacienda, que como la banca en el casino nunca arriesga y siempre gana. A mí lo que más me sorprende no es la parte económica del negocio, si puede decirse así, sino la espiritual. Ayer, 21 de diciembre, asistimos al espectáculo que supone la entrada de los primeros rayos de luz que marcan el solsticio de invierno en el corredor y el sepulcro prehistóricos de la Huerta Montero, en Almendralejo, una construcción que se remonta a la Edad del Bronce y en la que nuestros antepasados, como bien explica Israel J. Espino en HOY, rezaron y celebraron ritos funerarios desde hace más de 4500 años y al menos durante un milenio.
Vistas con los ojos y la perspectiva de nuestra época, habrá quien piense que tales celebraciones van unidas de forma indisoluble a la mentalidad prehistórica. Pero yo creo que no es así. Basta repasar algunas de las supersticiones a que se aferran precisamente los jugadores de la lotería de Navidad para descartar la hipótesis de inmediato. Según cuenta la web especializada en venta de lotería Ventura24.es, entre las manías y ritos de los compradores españoles figuran extravagancias que van desde pasar el décimo por la barriga de una embarazada, la cabeza de un calvo, la espalda de un jorobado, hasta situarlo junto a una herradura, la figura de un santo o caminar antes del sorteo con una moneda de oro en el bolsillo, un alfiler en la chaqueta…
Creo que muchas personas conservan rarezas, hábitos inconscientes, tics…, que les emparentan si no con supersticiones en sentido estricto, sí con alguna forma de manía difícil de encajar en un propósito estrictamente racional. De modo que no hay que dejarse llevar por inercias invisibles, entre otros motivos porque como avisa Umberto Eco, la superstición trae mala suerte. En resumen, ¿quiénes eran más supersticiosos, los antepasados que habitaban en la zona del yacimiento de Huerta Montero hace miles de años o quienes idean modos y maneras inimaginables para atraerse la suerte del Gordo en la lotería de Navidad?
Yo no sé la respuesta. Pero si viviera Julio Camba seguro que su tesis en el fondo –al margen de humoradas– sería la que sostuvo siempre: en España se juega a la lotería mientras no se juega en algunos otros países sencillamente porque aquí se organizan sorteos y en otros países no. Cosa diferente es que por estos pagos seamos más superticiosos que el gato de Curro Romero.

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Del poder y las sombras
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Juan Domingo Fernández | 15-12-2016 | 19:20| 0

A quien consigue el poder hay dos cosas que le preocupan sobremanera: conservarlo y asegurarse que la imagen que pasará a la posteridad concuerda con sus pretensiones. En la antigüedad y en nuestros días. De ahí proceden los miles de monumentos públicos que salpican las civilizaciones del mundo, desde los coliseos hasta los grandes templos, pasando por las pirámides o los arcos de triunfo. En ese afán por aposentarse en la historia con el maquillaje adecuado está el origen también de los primitivos cronistas, de los biógrafos y de los muchos medios de comunicación de masas, incluidas las redes sociales.
La historia del poder (del signo que sea) nunca es ajena al correspondiente ejercicio de agitación y propaganda, aunque con las técnicas y los avances disponibles se van actualizando los procedimientos.
La experiencia prueba sin embargo que es más difícil garantizarse el juicio favorable de la historia que la propia supervivencia en el poder. Sucedía así en los tiempos de los imperios históricos y también en los más recientes. A Stalin, Mao o Hitler les resultó más fácil mantenerse en el poder que garantizarse el aplauso de la posteridad. La historia –a pesar de lo que Fidel Castro proclamó– casi nunca absuelve a quien encarna el poder de manera dictatorial o autoritaria… Pocos cruzan impunes el puente de la memoria.
El sabio proverbio griego «el destino es el carácter» lo amplió Horace Greeley siglos después: «La fama es un efluvio; la popularidad, un accidente; las riquezas, efímeras. Solo una cosa perdura: el carácter».
Durante el tiempo que los poderosos gobiernan el destino de su obra, es decir, ejercen el poder, se levantan estatuas en su honor y los ditirambos se multiplican en las biografías oficiales y oficiosas. Hasta que el otoño no alcanza a los patriarcas, la obsesión de todos ellos siempre es doble: conservar el poder y procurar que la historia les dispense un trato de favor. Pero nadie salta sobre su propia sombra. El carácter tiránico, despiadado, ególatra, mendaz… acabará asomando la patita y corroerá el brillo de las estatuas.
Ahora, con un ecosistema ‘comunicativo’ muy distinto al tradicional tras la eclosión de las redes sociales y la galaxia digital, los grandes líderes políticos no son ajenos a la dinámica de endiosamiento que les acaba distanciando de la realidad ciudadana. Solo que el mecanismo para consolidar su fuerza no consiste ya en sembrar un país de estatuas, ni en inaugurar coliseos, pantanos o ‘aldeas de potemkin’, sino en garantizarse una significativa presencia en los grandes medios de comunicación y sobre todo en el algoritmo de Google.
Por eso los nuevos líderes –las nuevas encarnaciones del poder– tendrán necesariamente una naturaleza ‘híbrida’: mitad virtual, mitad real. Y aunque no sé si son conscientes del carácter de su destino, su función equivale de algún modo a la del electrodoméstico que se enchufa para que funcione (se le suministra vida en las redes sociales) pero al que también se puede… desconectar cuando lo marque la obsolescencia programada o sencillamente, cuando interese. Mientras sirva.

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El sacrificio del peón
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Juan Domingo Fernández | 08-12-2016 | 18:17| 0

En la película ‘El sacrificio del peón’, que narra los días previos de Boby Fischer ante el legendario enfrentamiento por el campeonato del mundo de ajedrez frente al soviético Boris Spassky, en plena guerra fría, hay una escena que me resulta deslumbrante y reveladora.
Antes de esa escena, el espectador conoce a un niño que aprende a jugar solo con seis años de edad y que únicamente cultiva la obsesión por el ajedrez. «Si le quito las piezas sigue jugando en su mente día y noche», dice la madre ante el profesor al que ha acudido para intentar liberarle de esa invisible tiranía.
Seguía siendo un niño pero el Boby Fischer de 12 años –con un cociente intelectual superior al de Einstein, eso sí– era presentado ya como la estrella en ascenso del universo ajedrecístico norteamericano. Imparable. Con 15 años había ganado el título de Gran Maestro y conseguido el campeonato de su país con victorias aplastantes. Vence a todos los rivales, en todas las partidas y jugando rápido. Un prodigio. Los prolegómenos del genio. Sin embargo, la escena clave de ‘El sacrificio del peón’ se produce cuando el abogado que representa y acompaña a Fischer busca a un sacerdote católico y antiguo jugador (en la realidad, William Lombardy) para que convenza a Fischer que debe volver al ajedrez y prepararse para enfrentarse a los maestros rusos. Para encarnar el símbolo de EEUU frente al hasta entonces incuestionable poder soviético sobre el tablero.
El abogado confiesa a Lombardy que Fischer desea contar con él como compañero. Y para persuadirle, recuerda al sacerdote que fue él quien venció alguna vez de joven a Spassky y también al propio Boby… El cura-jugador se muestra remiso: «Eso fue hace muchos años, ahora me destrozaría». Pero da un paso y entra junto al abogado al salón donde está Fischer. Nada más verle, el genio le recuerda una partida de hace tiempo:
«Contra Petrosian sacrificó el peón del rey. Siempre juega muy cauteloso, y enloquece en la otra dirección. Le mostraré cómo podría haber ganado en 14 movimientos». En contrapicado, el espectador asiste al espectáculo de un Boby Fischer moviendo ágil, apasionado, las piezas. «Aquí es donde se equivocó. Se volvió ambicioso y cambió el caballo por el alfil; sacrificó su peón ¿no? ¿Qué tal si hubiera hecho esto…?».
La escena es dinámica. Rostros de asombro y satisfacción. Fischer habla mientras desplaza alfiles, torres, el caballo… «Los rusos son como boas constrictoras. Si no haces nada te estrangulan hasta la muerte. Pero si los confundes, si los atacas desde todos lados, todo lo que pueden hacer es reaccionar. Y aquí como ves tengo mi ametralladora lista, apuntando al rey. Ahora comienza el verdadero ataque». A esas alturas, al William Lombardy jugador no se le ocurre nada más que soltar un taco. Y Fischer bromea: «Oye, no sabía que un sacerdote podía decir palabrotas».
Está claro que Fischer no habla solo de ajedrez, es una metáfora del poder. Del camino a la victoria. De la cautela como estrategia, o del puro ataque. De la ambición contenida. Y de lo esencial, como él dice: «Se trata de ganar». Me gustaría saber quiénes son los rusos, los Lombardy y los Fischer de la política española. ¿Los habrá equivalentes? ¿Y peones?

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Mendoza y Trueba
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Juan Domingo Fernández | 01-12-2016 | 19:11| 0

Hay días en que reina la unanimidad en el panorama cultural español, signifique eso, como diría Millás, lo que signifique. Ayer fue una de esas jornadas. La concesión del Premio Cervantes a Eduardo Mendoza –un escritor precisamente de estirpe cervantina– es una de las alegrías que consienten la justicia poética, la del jurado y antes que ninguna la justicia de los lectores.
Mientras que muchos novelistas con gran número de seguidores se sienten estigmatizados por la ‘naturaleza’ que se atribuye a sus obras, en el caso de Eduardo Mendoza el éxito nunca cuestionó que la suya es literatura de calidad, nada de best seller para consumo rápido o novelas de leer y tirar.
Con otro valor añadido: el sentido del humor y la ironía recorren buena parte de su obra y ponderan el descreimiento como un camino certero para mirar y acercarse a la realidad. Incluida, por supuesto, la realidad de la ficción. Recordaba ayer con un amigo la sorpresa y el regocijo que sentí al leer a finales de los años setenta ‘El misterio de la cripta embrujada’, con aquellos personajes y situaciones primos hermanos del teatro del absurdo y perfilados con humor descacharrante.
Quizás no sean situaciones equivalentes, pero siento que la satisfacción unánime que suscita el Premio Cervantes a Eduardo Mendoza no haya tenido su correspondencia con la recepción tributada a la última película de Fernando Trueba, ‘La reina de España’, por la que ahora le pasan factura aquellas palabras desde luego inoportunas, tal vez improcendentes y en todo caso necesitadas de matizaciones… cuando Fernando Trueba proclamó: «Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida». Y por si fuera poco, la ‘boutade’ la dejó caer sobre el escenario en donde le galardonaban con el Premio Nacional de Cinematografía.
Yo no quiero entrar en si es proporcionado ‘boicotear’ a un creador por la impertinencia o inoportunidad de un discurso. Allá cada cual. Estoy convencido de que Trueba en vez de improvisar un monólogo digno de Woody Allen o de Billy Wilder se dejó llevar por la pendiente del humor fácil y le salió una ocurrencia más chusca que jocosa. Una humorada que podría festejarse en la barra del bar o en coloquios como el de Arrabal y su incitación a que se hablara sobre el ‘milenarismo’. En corto, un traspiés.
Según Billy Wilder, justamente el director al que Trueba confesó que consideraba ‘Dios’, hay que tener presente siempre que «eres tan bueno como lo mejor que hayas hecho en tu vida». Con Eduardo Mendoza la sentencia se ha cumplido a rajatabla pues el jurado del Cervantes y el público en general bendicen su trayectoria con ese premio. Pero en el caso de Fernando Trueba «lo mejor que ha hecho» no incluye sin embargo el recuerdo de películas extraordinarias como ‘Ópera prima’, ‘Belle Époque’ o ‘La niña de tus ojos’. En lo que se repara estos días es en las frases desafortunadas e inoportunas de un discurso. Y se las recuerdan, y le harán pagar por ello.

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Rita Barberá, del purgatorio a la gloria
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Juan Domingo Fernández | 24-11-2016 | 18:12| 0

En nuestro país tiene mucho prestigio la muerte. Antes de hacer su aparición y sobre todo, después… «Dios nos libre del día de las alabanzas», avisa el proverbio popular. Por algo será. La muerte sirve para consagrar a una persona o para redimirla. Para procurar que perdure su memoria o para intentar que sucumba al olvido. Al amparo de su poder se han erigido mausoleos o se han sembrado las cunetas de sepulturas. Arriba y abajo.
Durante el antiguo Bachillerato nos enseñaban que el entierro de Larra sirvió, entre otras cosas, para que se diera a conocer un poeta como José Zorrilla. La prosa funeraria siempre ha gozado de buena salud en España. La prosa y a veces hasta los propios muertos. Ahí el poeta bohemio Pedro Luis de Gálvez, de quien Pío Baroja contó que se paseaba por los cafés de Madrid con una caja donde llevaba un niño muerto, pidiendo dinero para enterrarlo.
En España somos capaces de levantar panteones por suscripción pública a personajes populares y al mismo tiempo hacer humor negro sobre la muerte sin solución de continuidad. Recitamos de memoria las ‘Coplas a la muerte de su padre’ de Jorge Manrique y la ‘Elegía a Ramón Sijé’ de Miguel Hernández pero la Justicia se ve impelida a encausar a quienes hacen chistes sobre los judíos del Holocausto o sobre Irene Villa en las redes sociales… Para bastantes españoles el mayor agravio que puede proferirse no es atribuirles alguna condición inmoral o deshonesta, sino «cagarse en sus muertos».
Nuestro himno más íntimo y esencial debería inspirarse en el cuento ‘La oveja negra’ de Augusto Monterroso. (Quienes no lo conozcan, acudan a una librería y léanlo). Subraya ese carácter cíclico, inamovible, del ser tradicional.
Los episodios vividos ayer a raíz de la muerte repentina de Rita Barberá me parece que son una ilustración fidedigna de lo que significa morirse en España. Ayer, en el purgatorio; hoy, en la gloria. Diputados de Podemos alambicando argumentos para evitar un gesto tan humano como el de guardar sencillamente un minuto de silencio. Representantes del PP ‘acusando’ de la muerte a quienes habían expresado sus discrepancias políticas y críticas a Barberá. Otros colegas suyos, vertiendo lágrimas de cocodrilo después de haber forzado su salida del PP. El ‘oportuno’ Aznar, tratando de cobrarse con reproches ‘postmortem’ agravios de familia. Y las redes sociales a pleno rendimiento, convertidas una vez más en el gran albañal por el que discurren las inmundicias propias de atarjea.
Pero que nadie se llame a engaño. Dentro de unos pocos días la posición de Podemos será recordada tan solo como una anécdota (alguien añadirá que tampoco se guardó un minuto de silencio cuando murió Labordeta) y no faltará quien se ría con el chiste tuitero de que Barberá lo que ha hecho en el fondo es «un simpa». En su ciudad le tributarán homenajes y seguro que en las Fallas se acordarán de ella.

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Más Zidanes que Pavones
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Juan Domingo Fernández | 17-11-2016 | 19:55| 0

Dice el escritor John Irving que un mal escritor es alguien cuya vida resulta más interesante que su obra. Si trasladamos el postulado al universo de la política lo más probable es que el fotomatón dispense al minuto el retrato robot de Pedro Sánchez…, o el de algún político similar, de esos en quienes cuenta más la gestualidad que el programa, de los que son percibidos con más carga anecdótica que enjundia.
En tal sentido se expresa Felipe González en la entrevista que publica la revista francesa ‘Politique Internationale’. El veterano líder socialista carga de forma sucinta y demoledora contra Pedro Sánchez: «Dudo que pueda hablar más de media hora sobre España». Quizás sea una maldad, pero no una exageración. Repasando la trayectoria de Pedro Sánchez desde que decide obviar su condición de ‘interino’ en la secretaría general socialista, mi impresión personal es coincidente con la de Felipe González. De ahí que, según creo, lo mejor que le ha podido pasar al PSOE en estas calamitosas circunstancias sea desprenderse del ‘lastre’ de un secretario general como él, y no por motivos personales, sino políticos. Estoy seguro de que nunca más en la historia del Partido Socialista podrá encaramarse hasta el cargo de máxima responsabilidad un dirigente con el ‘perfil’ político de Pedro Sánchez. Lección aprendida y tras la que el viejo partido fundado por Pablo Iglesias está pagando (y seguirá haciéndolo bastante tiempo) un precio altísimo, quizás excesivo incluso para el país. En tiempos de ‘calma chicha’ política y de estabilidad duradera, la irrupción de un cargo directivo como Sánchez hubiera sido metabolizada por el sistema sin mayores contratiempos. Pero en las circunstancias en que se encuentra España y buena parte de la política del occidente democrático, solo hay cabida para auténticos líderes, para eso que en la calle se denomina «animales políticos» y enfrentan, con capacidad y solvencia, los retos de una cancha de juego donde solo sobreviven las estrellas. Una encrucijada –por decirlo con jerga futbolera– en que se precisan más Zidanes que Pavones. Aunque nadie sobre en el equipo.
Empecinarse en análisis con base más sentimental que racional es la manera más directa de cebar la catástrofe. Nadie sana, o sea, nadie progresa, si el diagnóstico es erróneo, se trate de una persona, de una formación política, de una institución o de un país.
Respecto a Felipe González, me parece que se puede discrepar de la trayectoria que ha mantenido desde su etapa previa a la muerte de Franco, durante su etapa al frente de los gobiernos socialistas o tras su paso por la Moncloa. Pero cuestionar el peso específico de sus juicios políticos me parece que solo cabe en quien se ha familiarizado en exceso con las anteojeras ideológicas o con la negación de la evidencia. Basta leer unas pocas líneas de la entrevista en ‘Politique Internationale’ sobre los movimientos populistas para percibir que estamos ante opiniones contundentes y veraces.

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De la pasión y las obras nutricias
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Juan Domingo Fernández | 11-11-2016 | 11:08| 0

En el mundo hay libros y autores nutricios y autores y libros infecundos; juzgados, claro está, de manera personal, no con pretensión generalizadora. Para mí han sido fértiles y estimulantes por ejemplo los libros de Borges, de Monterroso, de Cervantes, de Laurence Sterne… entre otros muchos. Pero imagino que cada lector puede elaborar una lista de obras que le despertaron el afán creativo o la necesidad de acudir a nuevas historias para enriquecer su universo literario. Un fenómeno que no se limita únicamente a las creaciones de ficción sino que abarca cualquier fruto del espíritu humano, desde los tratados de filosofía y de historia hasta los manuales de ciencias humanas y las enciclopedias de arte. Desde la exposición o el cuadro que nos abre la puerta a estéticas insospechadas hasta la película o la música que literalmente nos traslada a un universo fértil, abonado al trabajo creativo.
Esa efervescencia y vitalidad que se adivina en la exposición ‘Los fauves. La pasión por el color’ que la Fundación Mapfre mantendrá abierta en Madrid hasta el 29 de enero de 2017. Una muestra donde se comprueba cómo la pasión por los colores puros y la intensidad en la pincelada condujo a un grupo de artistas entre los que estaban Matisse, Derain, Maurice de Vlaminck y Braque a romper con ciertos planteamientos estéticos periclitados, anhelantes de cambios para avanzar en nuevas formas de mirar la vida y plasmar las emociones.
Supongo que un cataclismo similar al de los ‘fauves’ debió sentir Elías Canetti cuando profundizó en el ‘Leviathan’ de Hobbes, al que considera –entre los pensadores no atados por ninguna religión– como el más importante y el que más le impresiona por la radicalidad de su pensamiento. Canetti, premio Nobel de Literatura de 1981, admira en Hobbes el hecho de que no esconde el poder bajo un velo pero tampoco lo glorifica, «lo deja simplemente como está». Dice de él que supo lo que es el miedo y que vivió «el primer período de la Historia Moderna, el siglo XVII», de «un modo consciente y reflexivo». «Desde que existe Hobbes, ocuparse de Maquiavelo tiene sólo sentido histórico», añade en su libro ‘La provincia del hombre. Carnet de notas 1942-1972’, obra deslumbrante y lúcida donde Elías Canetti se refiere fervorosamente a ‘Leviathan’ como uno de esos libros «que le aguzan a uno el ingenio, no libros que le paralizan por estar ya exprimidos y agotados desde hace tiempo». Fuentes nutricias.
De igual estirpe debe de ser la pasión que impulsó a Stefan Zweig a trazar los perfiles biográficos de Balzac, Nietzsche, Dickens, Stendhal, Tolstoi, Dostoiesvski… y a Fernando Savater a escribir su ameno y divulgativo ‘Aquí viven leones’, ocho viajes sentimentales a los lugares clave y a la obra de otros tantos maestros de la literatura universal: Shakespeare, Valle-Inclán, Allan Poe, Leopardi, A. Christie, Alfonso Reyes, Flaubert y Stefan Zweig. Libros y autores nutricios al cuadrado.

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De Eugenio D’Ors a Mark Zuckeberg
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Juan Domingo Fernández | 03-11-2016 | 20:56| 0

Un principio considerado valioso en nuestra sociedad es la aspiración a lo que Eugenio D’Ors resumía como «la obra bien hecha». Por encima de vanidades momentáneas o satisfacciones pasajeras, al final en la vida de cualquier persona lo que cuenta según el juicio dorsiano es la obra bien hecha. Lo que trasciende de cada hombre, lo que permanecerá en la memoria es la nota obtenida al intentar «la obra bien hecha». En el trabajo, en la profesión, en la vida. El de «la obra bien hecha» es un concepto recurrente en los homenajes de jubilación y en la glosa profesional a quien anda ya con un pie en el estribo… Y del mismo modo que en la reunión de cualquier empresa aparece antes o después la palabra ‘sinergia’, no hay elogio de una vida laboral más o menos intensa en que no se acuda al paradigma dorsiano de «la obra bien hecha».
Las cosas no obstante creo que están cambiando. Eugenio D’Ors formuló esa idea pedagógicamente tan fructífera en una conferencia pronunciada en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1915. Hace más de un siglo. Ha llovido desde entonces. Por medio mundo se han desarrollado –quizás desde mucho antes, tal vez desde siempre– valores y principios en clara contradicción con el ideal de D’Ors. Frente a dicho precepto no es que haya triunfado el paradigma de la chapuza, de lo liviano, de lo intrascendente o sin enjundia, pero es evidente que han prosperado objetivos incompatibles con él: las prisas (desde la comida basura hasta la cocina rápida, por ejemplo), lo perecedero (desde la obsolescencia programada hasta las malas copias) incluyendo millones de productos de serie ajenos al trato primoroso, personal, artesano.
Durante años conservé entre mis papeles la fotografía de una pieza tallada de marfil con un título revelador: ‘Bola que dura una vida’. Aquel objeto me transportaba hacia el concepto de arte excepcional, único, prodigioso. Contemplar aquella bola de marfil tallada con unas formas y geometrías imposibles constituía en sí mismo una aventura y me suscitaba imágenes y preguntas acerca de cómo sería el hombre que la talló, con qué instrumentos, durante cuánto tiempo, con qué finalidad… Tenía algo de astrolabio esférico y de miniatura china. La obra bien hecha. Más aún, la perfección.
Pero la aspiración a la excelencia ya no es referente en los mismos términos en que lo formuló D’Ors. Al menos en el ámbito de las nuevas tecnologías y de la sociedad de la información. Se atribuye a Mark Zuckeberg, creador y dueño de Facebook esta frase: «’Hecho’ es mejor que ‘perfecto’». No comparto ese principio. A esa frase no le daría el «me gusta» de Facebook. ‘Hecho’ es peor que ‘perfecto’. Sobre todo a la larga. La perfección, como la objetividad en periodismo, no existe en términos absolutos, por eso debe ser siempre una aspiración, pero renunciar a dicha meta equivale a cosechar antes de tiempo, sin el fruto granado. Dimitir de ese objetivo, de ese anhelo, es apostar por la provisionalidad y lo liviano. Puro humo, aunque rentable.

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Política real y de ficción
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Juan Domingo Fernández | 27-10-2016 | 20:20| 0

En España la filosofía política está más cerca de ‘Juego de Tronos’ que de Shakespeare o Isaiah Berlin. Y así nos va. Se percibe la realidad igual que si se tratara de episodios de una serie guionizada e interpretada por los principales líderes, que a ratos nos parecen personajes de los ‘Simpson’, de ‘Borgen’ o ‘Los Soprano’.
Así cristalizó la imagen de un Rajoy indolente cuya principal virtud sería sentarse a esperar y ver pasar el tiempo con la esperanza de que desfile también ante la puerta el cadáver de su enemigo… La consagración del viejo principio de Cela: «El que resiste, gana».
Decía el poeta chino Mei Yaochen que la condición invencible reside en la defensa, pero las oportunidades de victoria en el ataque. ¿Ha ganado Rajoy el primer asalto por su defensa? ¿Lo perdió el anterior secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, por no calcular bien ‘su’ ataque al pretender convertirse en secretario general permanente en vez de interino, ignorando quiénes eran y a qué agrupaciones ganadoras pertenecían los militantes que le habían puesto allí? «Lo que depende de mí puedo hacerlo; lo que depende del enemigo nunca está garantizado», concluye Mei Yaochen.
En nuestra realidad guionizada el líder de Podemos puede proclamar (reinterpretando a Marx) que el cielo no se toma por consenso sino por asalto, que la crisis terminará cuando el miedo cambie de bando o que hay que crear «poder popular» luchando en la calle antes que en el Parlamento. Pero no ha podido precipitar a un PSOE descabezado y dividido –a pesar de la hiperbólica campaña de reproches que mantiene activa desde hace meses– para que salte al vacío imprevisible de las terceras elecciones… Y Podemos seguirá siendo la tercera fuerza política, una concentración de siglas y corrientes sometidas por otra parte a potentísimas tensiones centrífugas cuya evolución es difícil de prever.
En nuestra política guionizada el ritmo de los acontecimientos puede ser vertiginoso. Pero a la misma velocidad que llegan los acontecimientos, se olvidan. ¿Quién recuerda ahora aquel famoso «No. Punto. No vamos a entrar en Podemos. Punto», de Tania Sánchez cuando pertenecía a la IU encabezada por Cayo Lara? ¿Quién recuerda la forma y las circunstancias en que fue fulminado nada menos que el secretario de Organización de Podemos Sergio Pascual? ¿‘Juego de Tronos’, ‘Borgen’ o ‘Los Soprano’». Da igual. Episodios que la actualidad consume y enseguida transforma en género perecedero, en mera anécdota.
La clave en el plano de la filosofía política y de nuestra propia realidad es diferenciar lo anecdótico de lo esencial, las voces de los ecos. Los movimientos puramente tácticos de los estratégicos. En todo el arco político. Las decisiones que conciernen a la mayoría constitucional del país, a los intereses de quienes representan más de dos tercios del Congreso de España. He citado otras veces la respuesta que me dio Savater cuando le pregunté por su definición de héroe: «Aquel que no olvida su destino, su misión». Espero que en la encrucijada actual los personajes de nuestra realidad política actúen como héroes o al menos estén a la altura del guión.

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El Planeta y los piratas
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Juan Domingo Fernández | 20-10-2016 | 19:47| 0

El pasado fin de semana asistí en Barcelona a la celebración del 65 aniversario del Premio Planeta de novela. Durante la conferencia de prensa previa al fallo uno de los miembros del jurado desveló con calculado ‘suspense’ los temas y líneas argumentales de las diez novelas finalistas. Entre la multitud de periodistas y blogueros convocados a la cita en el Recinto Modernista de San Pau, la puesta en escena resultaba sugerente y distendida. Sin embargo, hubo un capítulo que me resultó inquietante: el que dedicaron José Creuheras, presidente del Grupo Planeta y Jesús Badenes, director del Área de Libros, a denunciar la piratería cultural.
Creuheras se refirió a la piratería como «la gran amenaza», «un atentado a la cultura y un robo». «No es justo», dijo, «que no se premie la labor de los escritores». Más allá de algún dato esperanzador: el repunte de un 3% en las ventas durante 2016 gracias al crecimiento de libros de ficción y de literatura infantil y juvenil, el verdadero desafío para un grupo como Planeta, –el primero de lengua española y entre los diez primeros del mundo– es ensanchar el número de lectores en español, es decir, extender los límites de un mercado de 500 millones de personas.
Al día siguiente el jurado desveló que la ganadora del Premio Planeta era Dolores Redondo con la novela ‘Todo esto te daré’, una historia ambientada en la Ribeira Sacra y sin relación directa con las tramas y personajes de su popular ‘trilogía del Baztán’. Y el finalista, Marcos Chicot, con ‘El asesinato de Sócrates’, ambientada en la Grecia clásica.
Tras la gala de entrega Dolores Redondo explicaba ante los periodistas que ‘Todo esto te daré’ es «una novela sobre la codicia», «sobre las alianzas que se forjan alrededor de la codicia» y asimismo «un alegato contra la impunidad» y sobre la búsqueda de la verdad y la amistad de hombres adultos. Una obra con la que rinde homenaje a sus primeras lecturas: ‘El Padrino’, de Mario Puzzo o las novelas de Agatha Christie, que retrata la historia de una familia y de sus secretos en un territorio, la Ribeira Sacra gallega, donde desde hace siglos «la gente ha sometido un paisaje».
Marcos Chicot reconoció que ha buscado el equilibrio entre el rigor que exige la realidad histórica y el ritmo de una trama de ficción a fin de «entretener y ser interesante». ‘El asesinato de Sócrates’ es «una novela de personaje». Alguien le preguntó si en estos momentos Sócrates entraría en política y Chicot descartó esa posibilidad. «Sócrates no era capaz de no decir lo que pensaba».
Habrá que aguardar a su publicación pero creo que ambas novelas plantean –como suele ocurrir con las creaciones literarias relevantes– dilemas morales profundos; conflictos característicos de la condición humana, por encima de la anécdota o de lo episódico. Observándolo sin apasionamiento también parece relevante el dilema moral que plantea la enésima denuncia de los directivos de Planeta contra la piratería cultural. ¿Pero servirá de algo? ¿Se quedará solo en largo lamento? ¿Tendrá esa historia un final feliz?

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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