Hoy

img
De espías y espiados
img
Juan Domingo Fernández | 09-03-2017 | 20:20| 0

Las noticias diarias sobre ciberespionaje y pirateo masivo de teléfonos, ordenadores e incluso el del televisor de la sala de estar me resultan inquietantes no por la vertiente tecnológica sino por el lado moral.
La famosa humorada de Woody Allen: «En el examen final de metafísica hice trampa y copié. Miré dentro del alma del chico que estaba sentado a mi lado», ha dejado de ser un chiste de ciencia ficción para convertirse en una hipótesis más que verosímil en manos de quienes se dedican a la ‘minería de datos’ y conocen mejor que usted cuáles son sus gustos más íntimos, sus hábitos culinarios, musicales, artísticos o higiénicos. Cualquiera de ellos si se lo propone puede escudriñar los itinerarios que recorre a diario, el contenido de sus mensajes, la intensidad y el carácter de sus pasiones; los destinatarios favoritos de sus fotos, de sus vídeos y de sus bromas más íntimas. Lo que consume en electricidad, en gas, en agua; las ocasiones en que ha acudido al cine, al gimnasio, al restaurante…
Antes, en materia de espionaje, las cosas eran mucho más sencillas: el mundo se dividía entre ‘buenos’ y ‘malos’, en bloques separados por aquel telón de acero en uno de cuyos lados habitaba la libertad (con todas sus limitaciones) y en el otro la dictadura (con todas sus servidumbres). El paradigma de aquel mundo quizás fuese la novela ‘El espía que surgió del frío’, de John le Carré. Un territorio con reglas que no se sobrepasaban y donde el trasfondo era esencialmente moral, no solo ideológico o político. Al margen de los instrumentos, de las herramientas, de la técnica, a los luchadores de aquellas batallas les animaba un espíritu ético –el que fuera– no el simple afán comercial, el desvelo venal del puro negocio.
Digamos que frente a los modelos antiguos de espionaje, con el barniz romántico y hasta ‘heroico’ de sus agentes, ahora estamos sometidos a la explotación masiva e industrial de los datos y las comunicaciones personales. El buen Yorick se dirá para sí ¿y bueno, a mí que me importa, si no tengo nada que ocultar? Esa es tal vez la primera trampa en que caemos. Porque sí que importa: ‘regalando’ todos esos datos contribuimos a que nos induzcan –sin ser conscientes de ello– pautas de consumo y modelos de comportamiento en los ámbitos relevantes de la existencia: la economía, la cultura, la política, la religión, la ciencia, el deporte, el urbanismo… Digamos que así acabamos sirviendo todos de modelo, de materia y finalmente de consumidores en el círculo perfecto surgido y multiplicado exponencialmente por las nuevas tecnologías. La voracidad a la que nadie puede sustraerse.
Cuando el mundo estaba dividido en bloques y no existían los populismos, los espías sabían para quiénes trabajaban. Las nuevas tecnologías nos abocan sin embargo a otra perversión paradójica de la modernidad: todos somos espiados y, aun sin quererlo, todos somos espías. Encima, la complejidad técnica y el carácter pasivo del ciberespionaje nos impide saber si estamos en el bando de los ‘buenos’ o de los ‘malos’. Solo números para consumo.

Ver Post >
El revés de la trama
img
Juan Domingo Fernández | 02-03-2017 | 19:09| 0

La última novela de Tomás Martín Tamayo, ‘El secreto del agua’, narra varias historias que arrancan en la Extremadura de posguerra y en el pueblecito Pajar de los Encinares, inundado por una presa que los terratenientes impusieron en el lugar que beneficiaba a sus intereses por encima de las protestas y la voluntad de los vecinos.
Centrada en la figura de un maestro de escuela que capitanea la oposición y que muere en extrañas circunstancias, ‘El secreto del agua’ recrea la vida de aquella Extremadura rural dominada por ribetes de pobreza y la densa sombra del autoritarismo y la posguerra.
Treinta años después, el hijo de aquel maestro –convertido en presidente de una de las grandes multinacionales del mundo del petróleo– decide aclarar la trágica desaparición de su padre y ajustar cuentas con el pasado…
No voy a desvelar la historia (eso que ahora se denomina con el anglicismo hacer ‘spoiler’), entre otras cosas porque más allá del entramado argumental en la novela de Martín Tamayo me parece que destaca el valor de una prosa eficaz y la mirada de quien pergeña personajes (especialmente cuando se trata de tipos populares) tal vez muy característicos de aquella Extremadura rural.
Aunque la historia avanza en varios planos narrativos y múltiples escenarios, confieso que para mí la aportación más sobresaliente y una de las claves argumentales es la descripción pormenorizada de cómo puede manipularse la opinión pública y cuáles son algunos de los mecanismos consustanciales a la corrupción. A la corrupción como estrategia, como procedimiento, en cualquier nivel. La mirada novelística de Tomás Martín Tamayo en esta materia no resulta cínica, si acaso descreída y seguramente propia de quien ha conocido las amarguras del desengaño en la política y en la condición humana.
En determinado momento un personaje, experto internacional en comunicación y asesor del protagonista, explica que la publicidad y la propaganda se basan muchas veces en la compasión, en la indignación, en el miedo…
Alguien le contesta:
–«La política tiene poco que ver con todo esto…».
Y él responde:
–«Es igual. La política, la presa, Miterrand, la Coca-Cola o una compañía aérea, son productos que hay que vender y para nosotros las diferencias son meras sutilezas. Igual que se convence a la gente de que no es buena la sacarina, se la puede convencer de que no es buena la presa. El mercado compra lo que está en el mercado, y si en el mercado vendemos indignación, la gente compra indignación. Lo haremos escalonadamente, de menos a más y administrando los tiempos. Es un plan que no ha fallado en ningún sitio. El miedo se vende muy bien».
Quevedesco a ratos, Tomás Martín Tamayo maneja en ‘El secreto del agua’ la pincelada elocuente, enérgica, realista… Extremadura es aquí el escenario originario, pero el plano narrativo de fondo es universal y además está diseñado por alguien que conoce bien la condición humana y el revés de la trama donde el hombre –desde la noche de los tiempos– aviva sus pasiones.

Ver Post >
Arte e historia
img
Juan Domingo Fernández | 23-02-2017 | 13:17| 0

Una de las ventajas de vivir en una ciudad Patrimonio de la Humanidad como Cáceres es la posibilidad de gozar diariamente de un conjunto histórico artístico en el que destacan valiosos monumentos de época medieval y renacentista. Pero en Cáceres también convive la modernidad con el pasado. Quizás el ejemplo paradigmático de esa convivencia lo represente la Fundación Mercedes Calles, en cuya sede del Palacio de los Becerra (siglo XV) puede visitarse hasta el próximo mes de abril la exposición ‘Miradas de un coleccionista’, que reúne casi 50 obras del medio millar que atesora la colección Himalaya de Julián Castilla.
Desde que abrió sus puertas hace diez años, por la casa palacio de los Becerra ha pasado ya más de millón y medio de visitantes, según Luis Acha, director de la Fundación Mercedes Calles. Visitantes y turistas que aparte de admirar el patrimonio permanente que se exhibe, han disfrutado de exposiciones artísticas temporales de primerísimo nivel con obras de Sorolla, Zuloaga, Goya, Rembrandt, Andy Warhol, Narbón, o aquella muestra singularísima de cuadros escogidos de pintores rusos que habían sido rechazados por el régimen comunista.
Las casi cincuenta obras que reúne ‘Miradas de un coleccionista. Colección Himalaya’ son una buena oportunidad para acercarse, como señala en el catálogo la comisaria de la muestra, Marisa Oropesa, a varias de las corrientes que perfilan las tendencias artísticas desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Tendencias que arrancan con la abstracción surgida tras la II Guerra Mundial, el informalismo, el arte Pop o Nueva Figuración –como se denominó en España–, las creaciones contraculturales de ‘la movida’ hasta «esos jóvenes polifacéticos que se universalizan», como señala Marisa Oropesa cuando cita las obras de tres artistas: Miquel Barceló, Jaume Plensa o el desaparecido Juan Muñoz.
Reflexionando acerca de la colección de Julián Castilla, recuerda el crítico y profesor Fernando Castro Flórez que Sacha Guitry habla de dos clases de coleccionistas: «los que esconden sus tesoros y los que los enseñan, los coleccionistas de alacena y los de vitrina». Por suerte para Cáceres, la Fundación Mercedes Calles lleva ofreciendo su espacio expositor a coleccionistas de arte (en su mayoría privados) favorables generosamente a mostrar sus tesoros.
En cualquier caso, creo que lo más atractivo de la colección Himalaya es lo que tiene de antología de toda una época. Por eso me parece que no es preciso sentir una desmesurada afición por el arte moderno o contemporáneo para disfrutar con la visita. La simple relación de nombres es apabullante: Ràfols Casamada, Juan Genovés, Eugenio Granell, Xavier Valls, Amalia Avia, Carmen Laffón, Hernández Pijuan, Plensa, Luis Gordillo, Canogar, J. Ugalde, Manolo Valdés, Alcaín, Úrculo, Alfonso Albacete, Quejido, Dis Berlin, Soledad Sevilla, Pérez Villalta, José M. Sicilia, Cristina Iglesias, Juan Muñoz, Uslé, Pelayo Ortega, Navarro Baldeweg, Ceesepe, Miquel Barceló, Ouka Leele, Ángel Mateo Charris, Martín Begué, Paco Pomet, José Ramón Amondaráin o Bosco Sodi, entre otros. Una lección de arte y de historia.

Ver Post >
De la despoblación y de los tópicos
img
Juan Domingo Fernández | 19-01-2017 | 20:32| 0

Algunas de las injusticias más sangrantes que se han cometido con Extremadura tienen su origen en tópicos repetidos hasta la náusea, tópicos cultivadores de una imagen denigratoria, de brocha gorda. Tópicos como los versos de Quevedo: «Vinieron extremeños a cuadrillas / bien cerrados de barba y de mollera», que contribuyeron a perfilar un imaginario colectivo donde encajaban a la perfección la manida y falsa figura de un Francisco Pizarro cuidando cerdos antes de irse a la conquista de Perú; las ficciones tremendistas del Pascual Duarte, que Cela sitúa en la región; los Azarías y ‘santos inocentes’ que poblaban nuestras dehesas; aquellas Hurdes de hambre y de miseria que Buñuel enturbió –a pesar de su buena voluntad– o ese cliché colectivo por el cual durante años se ha vinculado a esta tierra con la truculencia de Puerto Hurraco… (Hubo hasta periodistas, de prestigio, que para despreciar a los dirigentes políticos de entonces se inventaron el remoquete: «Socialismo de Puerto Hurraco». Mira tú qué talento.
Justo estos días en que Fitur contribuye a difundir una imagen bien distinta de Extremadura, –una de las regiones con índices de delincuencia más bajos de España y una provincia, Cáceres, de las más seguras de Europa– los episodios truculentos solo se registran afortunadamente en la ficción de las diversas películas y series televisivas que se ruedan aprovechando su patrimonio natural, histórico y monumental. Los tópicos o los falsos diagnósticos puede hacer que los árboles nos impidan ver el bosque. Por eso son insustituibles las acciones que disuelvan los viejos clichés que operaron históricamente contra la imagen de Extremadura. En contra de la imagen y de la realidad.
Las Hurdes de nuestros días no tienen nada que ver con las que ‘pintó’ Buñuel no tanto por las campañas publicitarias o de imagen acometidas en las últimas décadas, sino por las formidables inversiones públicas y privadas para mejorar infraestructuras, viviendas, carreteras… La realidad extremeña alberga bastantes similitudes y a la vez bastantes diferencias con la del resto de España. El paro, desde luego, es el primer problema, pero a corto y medio plazo tiene otro que pende sobre la cabeza de los extremeños con especial gravedad. Me refiero a la despoblación. Cada día somos menos y más viejos. Como en el resto de España, me dirán ustedes; y sí, es así, pero con un factor en contra de las dos provincias extremeñas: su gran extensión.
De ahí que en el nuevo modelo de financiación pública a elaborar tras la VI Conferencia de Presidentes Autonómicas los criterios de despoblación y dispersión geográfica sean determinantes. Una medida cuya necesidad quedó patente el pasado mes de octubre en Montánchez con la ‘Declaración sobre Despoblamiento del Medio Rural’ que firmaron Diputaciones de toda España y la Junta de Extremadura.

Ver Post >
Cultura corta y recorta
img
Juan Domingo Fernández | 12-01-2017 | 20:19| 0

LA noticia mala es que cuatro de cada diez españoles no leen nunca, según el informe ‘La lectura en España, 2017’ que ha presentado esta semana la Federación de Gremios de Editores. La noticia buena es que al menos el 36% de la población compra libros. La noticia pésima sin embargo es que casi el 40% no coge un libro en su vida. Jamás. Ni por prescripción facultativa.
En lo sustancial creo que el informe presenta pocas novedades respecto a otros años. Lo que sí me parece innovador es que en los colegios se vaya a dedicar a la lectura el mismo tiempo que a la educación física, objetivo que prevé según el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, el futuro Plan de Fomento de la Lectura. Dejaremos de confundir la gimnasia con la magnesia.
El panorama cultural no es homogéneo y las generalizaciones siempre son injustas. Sé también que en España hay muchos niños, jóvenes y adultos que son ya buenos lectores y apadrinarán en el futuro a otras generaciones de lectores. Desde pequeñito se cría el arbolito. Lo que me resulta devastador son episodios –por muy anecdóticos que se consideren– como el de esos dos concursantes del programa ‘Ahora caigo’ que necesitaron 10 pistas para adivinar el tema ‘la guerra civil española’. El vídeo del concurso superó enseguida el millón de reproducciones en la página de Facebook ‘Spanish Revolution’ y arrasó en las redes sociales.
No se trata de estigmatizar a esos dos concursantes ni tampoco a los singulares personajes que participan en los ‘reality show’ de la telebasura. Quiero creer que no son representativos de nada ni de nadie, salvo de ellos mismos; entre otras cosas porque estoy convencido de que hay muchos jóvenes que sí hubieran acertado la respuesta sin necesidad de pistas tan evidentes…
Lo paradójico de verdad es que en estos años en que el estado del bienestar ha permitido cotas de desarrollo como jamás conoció ninguna otra sociedad en el mundo, se produzcan desfases culturales y de formación tan estratosféricos e injustificados.
Al margen del tropezón, seguro que los concursantes que se eternizaron en descubrir la respuesta correcta atesoran otras habilidades sociales y se defienden de maravilla escribiendo y leyendo textos cortos como los tuits y los mensajes propios de las redes sociales.
Quizás no desmerezcan por ejemplo de aquel G. C. Lichtenberg, escritor y profesor de física en Gotinga del que cuenta Eugenio Baroncelli que un día le preguntó a un amigo si conocía el modo más simple de desaparecer el aire de un vaso, «y apenas el otro le dijo que no lo sabía, llenó el vaso de vino y repitió el experimento durante toda la noche». Lichtenberg, según Baroncelli, amaba sobre todo la brevedad y escribió un cuaderno de aforismos «porque de un incendio no apreciaba su duración, sino la chispa que lo produce». Así que de vivir ahora, es probable que además de tuitero a Lichtenberg le hubiera dado también por concursar en televisión. Pero eso sí, sería para triunfar.

Ver Post >
El dios Neptuno y los robots
img
Juan Domingo Fernández | 05-01-2017 | 20:35| 0

EN Bolonia están escandalizados porque la red social Facebook se ha escandalizado a su vez –y además censurado– la imagen de una estatua, la del dios Neptuno desnudo, que preside una fuente que lleva cinco siglos abierta al público y constituye uno de los iconos famosos de la ciudad italiana. La historia reciente de Facebook está llena de bloqueos y censuras disparatadas. Desde unas manos carnosas que a sus ojos representaban otra cosa que lo que representan, la dramática imagen de la ‘niña del Napalm’ captada por Nick Ut durante la guerra de Vietnam, hasta las de una madre amamantando dulce y decorosamente a su bebé. Pero los encontronazos del arte y la censura vienen de antiguo. La actitud censora ha dependido bastante de la época y el momento cultural. La misma estatua del dios Neptuno, promovida por el cardenal Carlos Borromeo para rendir tributo a su tío, el papa Pío IV, hubo un tiempo en que no fue tan bien mirada por las autoridades eclesiásticas y debió lucir una especie de pantalones de bronce que ocultaban su anatomía. Suerte similar a la sufrida por los frescos de Miguel Ángel de la capilla Sixtina.

En Cáceres todavía se recuerda el escándalo que supuso, a mediados de los años setenta, la retirada de una imagen de la maja desnuda de Goya del escaparate de una librería.

La noticia del dios Neptuno me ha hecho sonreír. La que de verdad me ha inquietado en este principio de año es la que reproducía ayer este diario: «La inteligencia artificial comienza a sustituir a los administrativos». Ya saben, una empresa japonesa de seguros prescindirá a partir de enero de 34 administrativos cuyas tareas serán desarrolladas por diferentes robots basados en inteligencia artificial. A pesar de lo que supondrá implantar el nuevo sistema y el coste del mantenimiento, calculan que ahorrarán un millón de euros al año. En la noticia se recuerda que además de automóviles conduciendo solos y construidos en parte por robots, la inteligencia artificial pilota ya las acciones de algunos ‘brokers’ de empresas financieras, se aplica a los ‘bots’ que operan en las redes sociales y puede ensayarse con excelentes perspectivas en el sector de la prensa dedicada a la tecnología.

Tras todos estos proyectos está el interés económico. El debate no será entre apocalípticos e integrados, sino entre una mayor o menor rentabilidad. Y si un robot es más barato que un operario –del sector que sea–, ya saben a quien hay que ir dedicando el obituario. El debate no será entre filantropía y progreso. El litigio se ha resuelto y fue entre progreso y ganancia económica. Las demás controversias, pura poesía.

Quienes se quejan del desmantelamiento de puestos de trabajo emprendido por muchas entidades financieras a favor de cajeros automáticos y de la banca electrónica, ya saben también el futuro de ‘replicantes’ que les aguarda en este universo ‘Blade Runner’. Mi único consuelo es que los robots seguro que no censurarán tanto arte como los operarios de Facebook.

Ver Post >
De Jaime Gil de Biedma a Confucio
img
Juan Domingo Fernández | 29-12-2016 | 18:18| 0

Esta que lees aquí será mi última columna del año 2016. He repasado amigo lector las escritas en las postrimerías de años precedentes y compruebo que en varias de ellas invoco al Jaime Gil de Biedma de ‘Píos deseos para empezar el año’ y ‘De vita beata’, dos poemas acaso apropiados para tiempo de balances como es siempre el mes de diciembre.
Así que este año tampoco quiero olvidar los versos de Gil de Biedma: «Un orden de vivir es la sabiduría», ni la vieja sentencia de Laurence Sterne, el padre de ‘Tristram Shandy’: «La ciencia se puede aprender de memoria, pero la sabiduría no». Las escuelas y las facultades te conceden un título –con aplicación y suerte facilitan el aprendizaje de materias y contenidos infinitos– pero la sabiduría es una cima que únicamente puedes escalar en tu interior. En la conquista de la sabiduría podrán ayudarte los porteadores, te resultarán de utilidad los sherpas, pero nadie podrá sustituirte en la sacrificada tarea de recorrer la ruta con tesón y esfuerzo.
La sabiduría es una cumbre que no se gana por el simple discurrir del tiempo. «La sabiduría de los ancianos es un gran error. No se hacen más sabios, sino más prudentes», decía Hemingway, un escritor para quien el valor relevante de la vida estuvo vinculado siempre a la acción antes que al conocimiento. A su modo él también podría decir lo que Gil de Biedma: «Un orden de vivir es la sabiduría», aunque fueran órdenes muy distintos.
Al filo del año nuevo, miro hacia atrás y no me parece que el 2016 resulte especialmente memorable. Desde luego no en lo político. Siento temblores solo de pensar que en estas fechas podríamos estar discutiendo aún sobre los resultados de las terceras elecciones y la perspectiva en el horizonte de unas cuartas y tal vez unas quintas…
Miro hacia atrás y veo una España con la izquierda real dividida y obsesionada por la ‘dramatización’ de la acción política. Tras el paso de Pedro Sánchez por la Secretaría General del PSOE y el panorama de tierra desolada que se percibe aún en ese solar histórico, la única esperanza es que el paso de los días permita cerrar heridas o al menos enfriar las cabezas de modo que el odio que alimenta egos e intereses partidistas no sea decisivo a la hora de tomar las grandes decisiones. El principal partido de la oposición debe aprender también del espectáculo que está ofreciendo estos días ese pandemonium político que será Podemos mientras lo encabece Pablo Iglesias, un político ‘nuevo-viejo’, ejercitado en la egolatría y en el regate en corto.
Miro hacia atrás y veo un Partido Popular demasiado satisfecho de sí mismo y tal vez no consciente del formidable ‘obsequio’ que ha recibido del PSOE, aunque fuera en circunstancias forzadas por el sentido de la responsabilidad nacional y el realismo político. Porque si hasta ese precipicio el tiempo discurrió a favor del PP, en cuanto el PSOE se recomponga el reloj corre para todos.
Mis píos deseos en lo económico, progreso para España, y en lo político, apelo a la sabiduría de Confucio: «El mal no está en tener faltas, sino en no tratar de enmendarlas».

Ver Post >
La Edad del Bronce y el Gordo
img
Juan Domingo Fernández | 22-12-2016 | 17:37| 0

Mientras Cela alumbraba aquello de «media España cree en Dios y la otra media en la lotería», Julio Camba se pasó la vida escribiendo cada Navidad su artículo sobre la superstición del Gordo y las pedreas. Camba confesó incluso la necesidad que sentía de escribir sobre el tema nada más acercarse las Pascuas. Y razonaba con ironía galaica sobre el carácter de los españoles en relación a los juegos de azar. «Que trabajen los pueblos de poca fe, pero no aquellos que creen en la Providencia. Al pueblo español ningún negocio le parece tan saneado como el de comprar un billete del sorteo de Navidad y ganar en unas horas quince millones de pesetas sin arriesgar más que dos mil».
Aunque saneado de verdad el negocio resulta para Hacienda, que como la banca en el casino nunca arriesga y siempre gana. A mí lo que más me sorprende no es la parte económica del negocio, si puede decirse así, sino la espiritual. Ayer, 21 de diciembre, asistimos al espectáculo que supone la entrada de los primeros rayos de luz que marcan el solsticio de invierno en el corredor y el sepulcro prehistóricos de la Huerta Montero, en Almendralejo, una construcción que se remonta a la Edad del Bronce y en la que nuestros antepasados, como bien explica Israel J. Espino en HOY, rezaron y celebraron ritos funerarios desde hace más de 4500 años y al menos durante un milenio.
Vistas con los ojos y la perspectiva de nuestra época, habrá quien piense que tales celebraciones van unidas de forma indisoluble a la mentalidad prehistórica. Pero yo creo que no es así. Basta repasar algunas de las supersticiones a que se aferran precisamente los jugadores de la lotería de Navidad para descartar la hipótesis de inmediato. Según cuenta la web especializada en venta de lotería Ventura24.es, entre las manías y ritos de los compradores españoles figuran extravagancias que van desde pasar el décimo por la barriga de una embarazada, la cabeza de un calvo, la espalda de un jorobado, hasta situarlo junto a una herradura, la figura de un santo o caminar antes del sorteo con una moneda de oro en el bolsillo, un alfiler en la chaqueta…
Creo que muchas personas conservan rarezas, hábitos inconscientes, tics…, que les emparentan si no con supersticiones en sentido estricto, sí con alguna forma de manía difícil de encajar en un propósito estrictamente racional. De modo que no hay que dejarse llevar por inercias invisibles, entre otros motivos porque como avisa Umberto Eco, la superstición trae mala suerte. En resumen, ¿quiénes eran más supersticiosos, los antepasados que habitaban en la zona del yacimiento de Huerta Montero hace miles de años o quienes idean modos y maneras inimaginables para atraerse la suerte del Gordo en la lotería de Navidad?
Yo no sé la respuesta. Pero si viviera Julio Camba seguro que su tesis en el fondo –al margen de humoradas– sería la que sostuvo siempre: en España se juega a la lotería mientras no se juega en algunos otros países sencillamente porque aquí se organizan sorteos y en otros países no. Cosa diferente es que por estos pagos seamos más superticiosos que el gato de Curro Romero.

Ver Post >
Del poder y las sombras
img
Juan Domingo Fernández | 15-12-2016 | 19:16| 0

A quien consigue el poder hay dos cosas que le preocupan sobremanera: conservarlo y asegurarse que la imagen que pasará a la posteridad concuerda con sus pretensiones. En la antigüedad y en nuestros días. De ahí proceden los miles de monumentos públicos que salpican las civilizaciones del mundo, desde los coliseos hasta los grandes templos, pasando por las pirámides o los arcos de triunfo. En ese afán por aposentarse en la historia con el maquillaje adecuado está el origen también de los primitivos cronistas, de los biógrafos y de los muchos medios de comunicación de masas, incluidas las redes sociales.
La historia del poder (del signo que sea) nunca es ajena al correspondiente ejercicio de agitación y propaganda, aunque con las técnicas y los avances disponibles se van actualizando los procedimientos.
La experiencia prueba sin embargo que es más difícil garantizarse el juicio favorable de la historia que la propia supervivencia en el poder. Sucedía así en los tiempos de los imperios históricos y también en los más recientes. A Stalin, Mao o Hitler les resultó más fácil mantenerse en el poder que garantizarse el aplauso de la posteridad. La historia –a pesar de lo que Fidel Castro proclamó– casi nunca absuelve a quien encarna el poder de manera dictatorial o autoritaria… Pocos cruzan impunes el puente de la memoria.
El sabio proverbio griego «el destino es el carácter» lo amplió Horace Greeley siglos después: «La fama es un efluvio; la popularidad, un accidente; las riquezas, efímeras. Solo una cosa perdura: el carácter».
Durante el tiempo que los poderosos gobiernan el destino de su obra, es decir, ejercen el poder, se levantan estatuas en su honor y los ditirambos se multiplican en las biografías oficiales y oficiosas. Hasta que el otoño no alcanza a los patriarcas, la obsesión de todos ellos siempre es doble: conservar el poder y procurar que la historia les dispense un trato de favor. Pero nadie salta sobre su propia sombra. El carácter tiránico, despiadado, ególatra, mendaz… acabará asomando la patita y corroerá el brillo de las estatuas.
Ahora, con un ecosistema ‘comunicativo’ muy distinto al tradicional tras la eclosión de las redes sociales y la galaxia digital, los grandes líderes políticos no son ajenos a la dinámica de endiosamiento que les acaba distanciando de la realidad ciudadana. Solo que el mecanismo para consolidar su fuerza no consiste ya en sembrar un país de estatuas, ni en inaugurar coliseos, pantanos o ‘aldeas de potemkin’, sino en garantizarse una significativa presencia en los grandes medios de comunicación y sobre todo en el algoritmo de Google.
Por eso los nuevos líderes –las nuevas encarnaciones del poder– tendrán necesariamente una naturaleza ‘híbrida’: mitad virtual, mitad real. Y aunque no sé si son conscientes del carácter de su destino, su función equivale de algún modo a la del electrodoméstico que se enchufa para que funcione (se le suministra vida en las redes sociales) pero al que también se puede… desconectar cuando lo marque la obsolescencia programada o sencillamente, cuando interese. Mientras sirva.

Ver Post >
El sacrificio del peón
img
Juan Domingo Fernández | 08-12-2016 | 18:11| 0

En la película ‘El sacrificio del peón’, que narra los días previos de Boby Fischer ante el legendario enfrentamiento por el campeonato del mundo de ajedrez frente al soviético Boris Spassky, en plena guerra fría, hay una escena que me resulta deslumbrante y reveladora.
Antes de esa escena, el espectador conoce a un niño que aprende a jugar solo con seis años de edad y que únicamente cultiva la obsesión por el ajedrez. «Si le quito las piezas sigue jugando en su mente día y noche», dice la madre ante el profesor al que ha acudido para intentar liberarle de esa invisible tiranía.
Seguía siendo un niño pero el Boby Fischer de 12 años –con un cociente intelectual superior al de Einstein, eso sí– era presentado ya como la estrella en ascenso del universo ajedrecístico norteamericano. Imparable. Con 15 años había ganado el título de Gran Maestro y conseguido el campeonato de su país con victorias aplastantes. Vence a todos los rivales, en todas las partidas y jugando rápido. Un prodigio. Los prolegómenos del genio. Sin embargo, la escena clave de ‘El sacrificio del peón’ se produce cuando el abogado que representa y acompaña a Fischer busca a un sacerdote católico y antiguo jugador (en la realidad, William Lombardy) para que convenza a Fischer que debe volver al ajedrez y prepararse para enfrentarse a los maestros rusos. Para encarnar el símbolo de EEUU frente al hasta entonces incuestionable poder soviético sobre el tablero.
El abogado confiesa a Lombardy que Fischer desea contar con él como compañero. Y para persuadirle, recuerda al sacerdote que fue él quien venció alguna vez de joven a Spassky y también al propio Boby… El cura-jugador se muestra remiso: «Eso fue hace muchos años, ahora me destrozaría». Pero da un paso y entra junto al abogado al salón donde está Fischer. Nada más verle, el genio le recuerda una partida de hace tiempo:
«Contra Petrosian sacrificó el peón del rey. Siempre juega muy cauteloso, y enloquece en la otra dirección. Le mostraré cómo podría haber ganado en 14 movimientos». En contrapicado, el espectador asiste al espectáculo de un Boby Fischer moviendo ágil, apasionado, las piezas. «Aquí es donde se equivocó. Se volvió ambicioso y cambió el caballo por el alfil; sacrificó su peón ¿no? ¿Qué tal si hubiera hecho esto…?».
La escena es dinámica. Rostros de asombro y satisfacción. Fischer habla mientras desplaza alfiles, torres, el caballo… «Los rusos son como boas constrictoras. Si no haces nada te estrangulan hasta la muerte. Pero si los confundes, si los atacas desde todos lados, todo lo que pueden hacer es reaccionar. Y aquí como ves tengo mi ametralladora lista, apuntando al rey. Ahora comienza el verdadero ataque». A esas alturas, al William Lombardy jugador no se le ocurre nada más que soltar un taco. Y Fischer bromea: «Oye, no sabía que un sacerdote podía decir palabrotas».
Está claro que Fischer no habla solo de ajedrez, es una metáfora del poder. Del camino a la victoria. De la cautela como estrategia, o del puro ataque. De la ambición contenida. Y de lo esencial, como él dice: «Se trata de ganar». Me gustaría saber quiénes son los rusos, los Lombardy y los Fischer de la política española. ¿Los habrá equivalentes? ¿Y peones?

Ver Post >
Sobre el autor Juan Domingo Fernández
Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

Otros Blogs de Autor