Hoy
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El cebo y el pez
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Juan Domingo Fernández | 17-01-2014 | 20:32| 0

Hace varias décadas el sociólogo Alberto Moncada solía recurrir a un relato muy gráfico para subrayar nuestro secular retraso en materia pedagógica. Si a través de la máquina del tiempo nos visitara un ciudadano de la antigua Roma, –explicaba Moncada– en el único lugar en el que ese viajero no se sentiría extraño es en una escuela española. En las calles de cualquier ciudad le sorprenderían los vehículos, los edificios, los semáforos, los luminosos… En las viviendas, los electrodomésticos, los materiales plásticos, las fotografías… En el aula escolar, sin embargo, estaría en su mundo, en un ámbito que le resultaría conocido, familiar, cercano: una pizarra, un maestro y un grupo de muchachos en sus pupitres recitando cansinamente la tabla de multiplicar o la lista de los reyes godos… La escena, algo caricaturesca, es verdad, funcionaba perfectamente para revelar de manera sencilla las contradicciones de un modelo pedagógico que, a pesar de las limitaciones y vaivenes zigzagueantes, ha evolucionado mucho y creo que hacia mejor.
Pero si el ciudadano de la antigua Roma viajara ahora a nuestro tiempo hay un ámbito donde sí que se encontraría como en su propia casa, en un escenario reconocible y familiar: el mundo de la política. Me refiero a la política como estrategia, como la forma en que se vincula el poder con el gobernado, no a la política como gestión, como servicio desinteresado por la sociedad.
En cuanto se bajara de la máquina del tiempo y pusiera un pie en tierra, el ciudadano de la antigua Roma reconocería el parentesco esencial que existe entre el ‘Panem et circenses’ con el que los emperadores romanos mantenían ‘distraída’ y adormecida a la población y las prácticas de ‘política espectáculo’ con que se distrae la atención en nuestros días de los asuntos verdaderamente trascendentes. Unas prácticas que van desde la propia utilización de los medios como simples ‘adormideras’ y placebos contra la crisis hasta la multiplicación de la llamada política de declaraciones, según la cual lo importante no es lo que se hace, lo que trasciende de manera objetiva y comprometida; es lo que se ‘visualiza’ en el instante, al margen de lo que suceda finalmente. Igual que predicar y dar trigo.
La falta de controles efectivos y el escaso ‘recuerdo’ entre la ciudadanía del bombardeo de mensajes publicitados (¿quién pierde el tiempo recorriendo las hemerotecas?) se traduce en una intuición que refuerza la tranquilidad de ciertos políticos, esos que están convencidos de que «es igual ocho que ochenta, lo que importa es el espectáculo y llevarse los titulares». Con el cebo pica el pez. Lo demás no cuenta.
En la antigua Roma muchos de los problemas se olvidaban o pasaban a un segundo plano si la plebe podía acudir al Circo y además recibir el obsequio de un pan. En la sociedad del espectáculo y de la globalización –que es la nuestra– el circo ha sido sustituido por distracciones múltiples, vicarias e igual de efectivas a la hora de cumplir con su función básica: servir al poder. El pan ya no necesitan ni regalarlo.

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¿Y nuestro Hitchcock?
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Juan Domingo Fernández | 11-01-2014 | 01:01| 0

En el relato de Borges ‘Utopía de un hombre que está cansado’, una especie de guía turístico va mostrando a los visitantes las instalaciones de un viejo campo de concentración nazi. Cuando divisan la torre que tiene una cúpula alguien señala: «Es el crematorio». «Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler».
Esas palabras de un relato de ficción le acarrearon a Borges numerosas acusaciones de ‘filonazi’, cuando es de suponer que su intención, precisamente, no era otra nada más que subrayar el peligro que representa sepultar la historia en el olvido, dejar que tragedias como las del holocausto judío acaben reducidas a una placa en una pared y que un personaje como Adolfo Hitler pueda llegar a ser identificado –de ahí el requiebro irónico– con un filántropo por el simple hecho de que, al cabo de los años, se le identifica con quien debió de financiar la construcción de aquellas instalaciones letales.
No solo no se puede olvidar la historia, sino que es preciso conocerla bien. Lo razonablemente bien, quiero decir, que pueden llegar a conocerse unos hechos cuando el conocimiento está guiado por el afán de verdad y ecuanimidad, no por el afán tergiversador y sectario. Si se olvida la historia corremos el riesgo de creer que Hitler era un filántropo o que las víctimas de la banda terrorista ETA solo fueron daños ‘multilaterales’ de un ‘conflicto’ inhumano y añejo.
El exterminio injusto de cerca de mil personas durante medio siglo a manos del terrorismo etarra ha causado un sufrimiento gratuito en millones de seres humanos que no solo han convivido con el riesgo azaroso de las guadañas, sino contemplado, con más o menos proximidad, la pavorosa indiferencia –cuando no el desprecio– que esas muertes causaban muchísimas veces entre los propios convecinos de los verdugos. Gentes de pueblos y localidades vascas donde el terror empujó a buena parte del censo a ponerse de perfil y mirar para otro lado y a otros tantos a jalear y a homenajear a los asesinos con infame desparpajo.
En 1945 Alfred Hitchcock rodó, a petición de su amigo y mecenas Sidney Bernstein, un documental sobre los campos de concentración y el Holocausto. Olvidado durante años, el documental ha sido restaurado y completado en el Imperial War Museum de Londres, donde se conservaban las imágenes grabadas por operadores de la Unidad de Cine del Ejército Británico. Aquellos episodios que «traumatizaron» durante una semana al propio Hitchcock cuando los visionó por primera vez, podrán verse de nuevo en salas de cine y en festivales de todo el mundo para que no se olvide la tragedia.
Quizás en España algún día tengamos un Hitchcock capaz de reconstruir con imágenes de cine el éxodo de soledad y miedo vivido por quienes aguantaron el pulso al terrorismo etarra durante medio siglo. Un documental donde se restaure la auténtica memoria de sufrimiento y alguien pueda preguntar «¿quiénes son los auténticos responsables?» de todos esos crímenes. Y si hay perdón, que se rompa el silencio.

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Silbando espero
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Juan Domingo Fernández | 10-01-2014 | 09:42| 0

Asuntos tan espeluznantes como el caso Gürtel y otros que ocupan el platillo opuesto de la balanza deberían mostrar la importancia de la división de poderes en las sociedades democráticas; sin embargo, me parece que lo que están consiguiendo es multiplicar el descreimiento en dicha división. ¿Eso qué significa? Que se extiende la idea de que por encima de los tres poderes definidos por Montesquieu: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, existe un ‘suprapoder’ con múltiples ramificaciones capaz de conformar una realidad que trasciende los límites y potestades del ejecutivo, del legislativo y del judicial. Una especie de superpoder ‘fáctico’ capaz de sobrevolar las formalidades y de saltarse las reglas del juego. ¿Conclusión? Ningún poderoso verdadero (llámese partido político o fulanito de tal) será ‘justamente’ castigado si existe proximidad o fuerte vinculación con el ‘suprapoder’ de turno. Aunque los asuntos –graves todos– causen alarma e irritación. ¿Y eso que significa? Pues lo que intuye el hombre de la calle: cuando se trata de ciertos ‘peces gordos’, nunca pasa nada. Así de simple.
Y que conste que cuando hablo de poderes no incluyo, por supuesto, al mal llamado ‘cuarto poder’, una fórmula coloquial más engañosa que precisa. Creo que durante los últimos años ese ‘cuarto poder’ se ha reducido a un cautivo fagocitado masivamente por la tiranía del mercado, a excepción de algunos irreductibles que prosiguen con su tarea casi heroica de ofrecer información y opinión plurales en vez de simple propaganda o género de matute.
Como sostenían los alquimistas: lo de arriba es igual a lo de abajo; es decir, el microcosmos es igual al macrocosmos. Las derrotas morales y los abusos que se registran en la política nacional también tienen su traslación en la internacional, en la europea. Así que si nos anima el sentido práctico, más nos valdría enseñar a nuestros escolares que la tradicional división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) es un mero formulismo que se ha quedado obsoleto, fuera de juego, y que la tripleta que cuenta de verdad es la Troika, formada por la Comisión, el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI): tres personas distintas y un solo dios verdadero: el dinero, cuyo profeta son los mercados.
Aunque hace ya casi dos décadas que se atribuye a Alfonso Guerra la frase: «Montesquieu ha muerto», la verdad es que nunca como ahora ha existido tan poco pudor a la hora de plantear la independencia de los poderes; o mejor, a la hora de constatar la distancia que hay entre lo que dice la teoría y lo que prueban los hechos. En las sociedades democráticas todos los poderes requieren contrapesos, medidas de control. Si la percepción en la calle es que uno de ellos (pongamos que el ejecutivo, por ejemplo) consigue romper el blindaje que garantiza la independencia de los otros poderes… apaga y vámonos. Especialmente cuando los conflictos no son simples anécdotas sino casos que afectan a la propia estabilidad del sistema. Es un asunto serio. Y más serio aún cerrar los ojos y ponerse a silbar.

Cáceres, 3 de enero de 2014.

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Sobre el humor y la brevedad
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Juan Domingo Fernández | 27-12-2013 | 20:47| 0

HE visto estos días en una avenida cacereña una pintada bastante ingeniosa: «Papa Noel son los Reyes Magos». Habrá quienes piensen que se trata de una simple humorada, del chiste apresurado de un bromista. A mí me parece sin embargo que esas seis palabras son mucho más: nada menos que un denso y sutil editorial. A bordo del humor recorremos gran cantidad de espacio en muy poco tiempo, y nos ahorramos la fatiga tediosa de polémicas y diatribas que ocuparían decenas de páginas en los periódicos y un tiempo precioso en las tertulias.
Al autor de la pintada le bastan media docena de palabras para determinar a quién le corresponde la primogenitura en ese ámbito de leyendas navideñas. ¿Papá Noel? ¿Los Reyes Magos? Un veredicto claro: «Papa Noel son los Reyes Magos». No hay nada tan serio que no pueda decirse con una sonrisa. Y como sostiene Thackeray, «el humor es una de las mejores prendas que se pueden vestir en sociedad». En esta época de soporíferas peroratas, de alocuciones solemnes y plúmbeas, dos de las ventajas incuestionables de las redes sociales son precisamente la brevedad de sus mensajes y –en general– el tono humorístico de los mismos. Es cierto que también proliferan los malajes, los trols y los mochuelos vacuos, pero ya se sabe que no hay reglas sin excepciones.
La vinculación entre el humor y la brevedad funciona también en el terreno de la poesía. Y bien que lo sabían los alumnos de Juan de Mairena. Solo hay que recordar aquello que le dicta el profesor de Retórica a uno de sus escolares: «Salga usted a la pizarra y escriba: ‘Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa’». El alumno lo hace. Y el profesor le dice: «Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético». Tras meditar un momento el alumno escribe: «Lo que pasa en la calle». El profesor: «No está mal».
Casi dos siglos antes que el Mairena de Antonio Machado, el francés Joseph Joubert abundaba, con similares palabras, en la misma tesis. Decía Joubert: «Conciso como un poeta. Concisión poética. Lo que caracteriza al poeta es ser breve, es decir, perfecto, ‘absolutus’, como decían los latinos. En cambio, lo propio del orador es ser fluido, abundante, espacioso, extenso, variado, inagotable, inmenso». Paradójicamente, la poesía está rodeada en nuestra época de un halo de ‘oscuridad’ compleja que la convierten, a ojos del ciudadano común, en palabras y mensajes más difíciles de entender que el lenguaje, por ejemplo, de ciertos políticos y personajes públicos. Un maleficio que me resulta además de contradictorio, injusto.
Del mismo modo que para Ortega y Gasset «la claridad es la cortesía del filósofo», en nuestro tiempo la brevedad, la elegancia y el buen humor deberían ser las normas básicas de la convivencia política; al menos de las expresiones públicas… habituales de esa convivencia. El día que asista a un diálogo entre adversarios políticos y muestren la concisión de los buenos poetas o el humor de los alumnos de Juan de Mairena empezaré a cambiar de opinión. Mientras tanto, ya pueden adivinar con qué género literario entretendré mis horas.

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Los otros cuentos de Navidad
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Juan Domingo Fernández | 20-12-2013 | 20:13| 0

Acaba el año y el columnismo tradicional vive el momento de temas cíclicos: los resúmenes, más o menos prolijos, de lo ocurrido en los últimos 12 meses; la conveniencia o no de incluir inocentadas el 28 de diciembre en la prensa escrita; el amplísimo catálogo de asuntos navideños, con sus derivadas dulzonas o melancólicas: belenes, villancicos, aguinaldos y reencuentros familiares anhelados o imposibles; la apoteosis de la Lotería de Navidad y el Gordo presentido; la nueva cosecha de frases célebres y pensamientos filosóficos que poblarán las agendas y almanaques de 2014; la doble y callada pugna entre Papá Noel y el árbol con el belén y los Reyes Magos; la posibilidad de ahorrar o no ahorrar con la iluminación navideña en las calles; la desaparición de los antiguos concursos de escaparates que se organizaban con motivo de estas fiestas; el abuso de turrones, mazapanes y figuritas en la dieta diaria; las recomendaciones sobre libros, música y prendas de vestir para regalar en Navidades y Reyes; el exceso de regalos que reciben los niños y del que siempre culpamos a los abuelos y a los tíos que los malcrían; la multiplicación de las cenas de empresa, a pesar de las crisis y de los recortes; la práctica desaparición de las tarjetas postales manuscritas ante la llegada, imparable, de las felicitaciones a través del correo electrónico y de las redes sociales; los programas televisivos de fin de año y los cotillones y fiestas para jóvenes; los maratones benéficos y el reparto de las cestas navideñas; la subida y la bajada de los combustibles; las escapadas a la nieve de los más pudientes; las elucubraciones sobre el campeón de invierno en la liga de fútbol; las apuestas caseras sobre cuál será en las televisiones el último anuncio del año…
Cuando era más joven, a mí me gustaban mucho los artículos que recreaban los cuentos navideños de Charles Dickens y la ironía con retranca de Julio Camba, sobre todo la antología donde refulge el de la lotería nacional: «El pueblo español invierte sus ahorros en la Lotería en lugar de dedicarlos a la industria, de la misma manera que, en vez de canalizar sus ríos, organiza rogativas durante las épocas de sequía. El trabajo no le inspira ninguna confianza, y, además, le resulta incómodo. Que trabajen los pueblos de poca fe; pero no aquellos que creen en la Providencia», apostillaba.
La lotería era el tema por antonomasia. Y el momento de recordar aquella ocurrencia que se atribuye a Cela: «Media España cree Dios y la otra media en la lotería». Ahora parece distinto, como hemos visto. Hay más variedad de asuntos para llenar las casillas del imaginario popular. Descreídos en materia de culto (aunque no tanto en materia religiosa), el bajo ‘tono anímico’ del personal está para pocos cuentos de Dickens cuando la realidad golpea diariamente con historias mucho más dramáticas que en la ficción. Tan dramáticas que hasta existe un programa que aprovecha las tardes para potenciar la ‘caridad-solidaridad’ televisada en directo. Otra manera de confiar en la suerte, –en el azar de la audiencia– ante la anemia enfermiza del estado del bienestar.

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Aprendices de brujo
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Juan Domingo Fernández | 13-12-2013 | 20:50| 0

CUALQUIER persona que haya conocido con detalle los sustratos que alimentan el sentimiento nacionalista –y me refiero a cualquier nacionalismo– sabe que un factor imprescindible para mantener viva esa hoguera es la mitificación. Sin mitos no hay nación. De hecho, ‘mitificación’ y ‘nacionalismo’ deben de ser palabras sinónimas. Al menos a mí me lo parecen.
En el instante en que opera el factor ‘mitificación’ la ‘mecánica humana’, si puede decirse así, deviene en algo distinto. Por explicarlo con un ejemplo. Si hasta ese día el hombre ha respirado a pulmón libre, desde el instante en que se ve dominado por el sentimiento nacionalista ocurre algo inusual: es como si su sistema de respiración sufriera de pronto una metamorfosis vertiginosa y se viera impelido a respirar por branquias de forma que en vez de seguir moviéndose en la atmósfera de aire puro y pulmón libre estuviera condenado a transformar su naturaleza y acabara en un medio acuático, convertido en una especie de pez que se moverá ya siempre, con firme instinto gregario, junto a los demás componentes del banco…
Ahora nos sorprende la aceleración vertiginosa que ha adquirido el proceso de ‘mitificación’ que promueven ciertos nacionalistas catalanes, bastante aficionados a hacer de aprendices de brujos no con gaseosa, sino con gasolina. ¿Qué quieren que les diga? No me gustan nada las nuevas vísperas…
Supongo que es muy difícil alcanzar acuerdos, establecer puntos de encuentro cuando en vez de hechos históricos se contraponen leyendas, tergiversaciones, visiones interesadas o simplemente mitos. Es muy difícil reconocer al ‘otro’ cuando uno se empeña en reparar únicamente en lo diverso y no en lo común. Cuando aspiras a subrayar lo que separa en vez de lo que une.
Habrá quien crea que esos principios obedecen a estrategias políticas y que sobre ellos se puede edificar con futuro… Qué error. Únicamente los principios morales, cívicos, que trascienden las miserias y las contingencias del instante permiten confiar en obras de carácter intemporal y duradero; proyectos sobre los que edificar, en resumen, una sociedad. Lo demás es filfa, tramoya, cañahejas con las que levantar un chamizo que se vendrá al suelo al primer vendaval.
Por eso lo disparatado, lo endeble, lo inconsistente del proyecto nacionalista catalán. No porque se trate de una aspiración injusta o alimentada de mitos, sino porque se trata de una aspiración injustificada; es decir, no argumentada, no construida sobre principios de valor universal: la justicia, la solidaridad con los débiles, la generosidad con el contrario…
Se han citado muchas veces los versos del poema ‘Spoon river, Euskadi’, del libro ‘Suma de varia intención’, (1987), de Jon Juaristi, en los que revolotea la sombra de la barbarie terrorista en el País Vasco: «¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo».
Cuánto siento que para los nuevos aprendices de brujo, vengan como anillo al dedo esos versos de Jon Juaristi.

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El robo rentable
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Juan Domingo Fernández | 06-12-2013 | 13:38| 0

HAY un dicho español muy expresivo para reflejar las situaciones doblemente humillantes: «Además de cornudo, apaleado». Millones de ciudadanos atenazados por una hipoteca y millones de ahorradores y de empresas descubren ahora que media docena de grandes bancos se dedicaron alegremente a manipular el euríbor y a ganar dinero a espuertas contraviniendo las normas de la competencia; es decir, pegándole cuatro largas cambiadas al becerro de oro o sanctasantórum del ‘paraíso’ capitalista. Si ya de por sí vivimos sometidos al imperio de los mercados, ese territorio inhóspito en el que los bancos son una especie de grandes casinos amparados bajo el mandamiento de «la banca siempre gana», solo faltaba que encima hicieran trampas. Y las han hecho.
La Comisión Europea les ha impuesto una multa de 1.700 millones de euros que supongo que no llegará ni a la categoría de chocolate del loro, sino que representará para las colosales ganancias acumuladas con sus trapacerías algo así como dos o tres granitos de alpiste entre las toneladas de grano que se han zampado estos pájaros… Por mucho que uno pretenda no atragantarse con la fe liberal, y por mucho que uno quiera ser comprensivo y tolerante con la mecánica operativa de las ‘citys’ financieras, noticias como las de esta semana te incitan a buscar un espray y a multiplicar por las paredes la sentencia de Bertolt Brecht: «Robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo».
Se nos dirá que la multa impuesta por la Comisión Europea es un síntoma de que todo no está perdido, de que aún se puede confiar en las instituciones y en los mecanismos de defensa del ‘sistema’. Allá cada cual con sus dosis de optimismo. Otros pensarán, sin embargo, que estos episodios son como gotas que un día –quizás sorpresivamente– hagan rebosar el vaso de la paciencia colectiva. Y qué difícil resulta después recoger el agua derramada. Y los vidrios rotos.
Las prácticas sancionadas ahora por Bruselas constituyen no solo un fraude que socava la economía de millones de empresas, de ahorradores y de titulares de hipotecas referenciadas a los índices objetos de manipulación, sino que representa una desvergüenza que expande la semilla de la desconfianza ante el conjunto de la banca y las entidades financieras internacionales.
«Hay muchos medios de hacerse rico, pero muy pocos de hacerlo con honradez; la economía es uno de los más seguros, a pesar de que tampoco es del todo inocente porque resta una parte a la caridad», decía hace cuatro siglos Francis Bacon. Estoy seguro de que si esa frase se la enviásemos como felicitación navideña –por ejemplo– a los consejeros de cualquier banco del mundo, las carcajadas que les provocaría serían propias de un cuento de Dickens.
Y lo malo, lo ignominioso, es que a la infamia se une el descaro. Estoy convencido de que nadie entre los damnificados (las empresas, los ahorradores y los millones de hipotecados) van a recibir una compensación económica; para resarcirse de sus pérdidas tendrán que pleitear y recurrir. Dicho en prosa: además de puta, a poner la cama.

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Elogio de lo breve
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Juan Domingo Fernández | 29-11-2013 | 22:07| 0

En una divertida reflexión acerca de la influencia de los libros, se planteaba el escritor mexicano Gabriel Zaid que si todo el mundo de habla española había esperado hasta 1966 para traducir al castellano la ‘Fenomenología del espíritu’ «sin que, mientras tanto se haya caído el mundo de habla española por falta de Hegel, y ahora que tenemos la traducción seguimos sin leerla», añadía zumbón, «¿de qué estamos hablando al hablar de la influencia de los libros, ya no digamos en las masas?».
He recordado las palabras de Zaid, escritas en su obra ‘La feria del progreso’ a raíz de la escandalera que se ha formado con el libro de memorias de Belén Esteban que, según fuentes del sector, está ‘tumbando’ en las librerías a obras supuestamente más enjundiosas, como son las de memorias de los expresidentes del gobierno Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Dejarla sola en el ruedo…
Gabriel Zaid, que es un descreído con humor, recordaba que el propio Sócrates no creyó en la importancia de escribir (a mí me parece que una cosa es hablar, o ‘perorar’, como bien intuye Belén Esteban) y otra publicar libros. Y existen autores, como también recuerda Zaid, que sencillamente dejaron de escribir: Rimbaud y Rulfo, por ejemplo
Si atendemos al signo de los tiempos yo no entiendo muy bien por qué sobrevive el prestigio de las obras amplias, densas, concienzudas… ¿O es que estoy equivocado y en realidad esos libros que huyen de las simplificaciones y banalidades hace tiempo que solo cuentan para los manuales académicos y los anaqueles de las buenas bibliotecas? ¿Es que acaso sigue habiendo lectores ávidos de sumergirse en historias que les trasladen –más allá del puro entretenimiento– a universos de reflexiones profundas y liberadoras que sean bálsamo para el espíritu y medicina para el alma?
Desengáñate, me digo en silencio, como única contestación posible. En realidad no asistimos a la apoteosis de lo breve en contraposición a esa ‘literatura profunda’, sino a la apoteosis de la liviandad, de lo frívolo. Cuánto me gustaría que obras maestras de la literatura breve como son los cuentos ‘El dinosaurio’, de Augusto Monterroso, o el menos conocido ‘Epitafio literal’, de Raúl Renán: «Murió al pie de la letra»; o el ensayo más breve del mundo, del propio Gabriel Zaid: «No hay ensayo más breve que un aforismo», tuvieran continuadores que engrandecieran el género a través de soportes tan accesibles como las redes sociales e Internet.
¿Sin embargo, qué es lo que triunfa? Tengo la impresión de que no es el ingenio, sino el chiste fácil; no la inteligencia, sino el interés; no la generosidad, sino la simpleza pedestre; no el esfuerzo, sino la comodidad y la pereza. No asistimos a la apoteosis del aforismo sino a una orgía de chascarrillos, nimiedades e insignificancias que antes se quedaban dentro de los límites de la barra del bar y ahora se multiplican, infinitos, en los muros y perfiles de las redes sociales. No quiero pecar de apocalíptico, pero el panorama es, como diría un antiguo director de este diario, «para mear y no echar gota».

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Amor sin daño
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Juan Domingo Fernández | 22-11-2013 | 21:42| 0

Decía Platón que todo hombre es un poeta cuando está enamorado, pero resulta que ahora, si se trata de un joven que posee un teléfono móvil o utiliza las tecnologías de la información y las redes sociales aumenta considerablemente la posibilidad de que además de enviar poemas de amor se dedique también a controlar a la destinataria de los mensajes.
Esta semana nos hemos enterado a través de los estudios ‘El ciberacoso como forma de ejercer la violencia de género en la juventud’, elaborado por Cristóbal Torres, catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid; y ‘La evolución de la adolescencia española sobre la igualdad y la prevención de la violencia de género’, dirigido por la catedrática de Psicología de la Educación de la Universidad Complutense María José Díaz-Aguado, que más del cincuenta por ciento de las jóvenes adolescentes, (concretamente el 61%) ha recibido en alguna ocasión mensajes con insultos y un 36 por ciento de ellas mensajes que les han hecho «sentir miedo». Según esos estudios, obtenidos a partir de datos facilitados por más de 8.000 adolescentes con edades entre 13 y 19 años, el 14,7% de las chicas que padeció esta violencia machista ha recibido también mensajes invitándoles a participar en actividades de tipo sexual.
Con ser alarmantes todos esos porcentajes, quizás haya un resultado que a mí me inquieta de manera especial: el 73,3 por ciento de los adolescentes españoles, según el estudio de la catedrática María José Díaz-Aguado, han recibido de un adulto el mensaje de que «los celos son una expresión de amor». Combustible para el fuego.
Supongo que a una sociedad como la española, a la que tanto le ha costado sacudirse la presión de tradiciones que consagraban a la mujer sometida al varón (obligadas a pedir permiso al marido para tomar ciertas decisiones, alcanzaban más tarde que los hombres, por ejemplo, la mayoría de edad), este ‘machismo’ vía tecnológica constituye a todas luces un peligroso paso atrás, una siniestra rémora, pues tiende a reproducir relaciones de poder intolerables, disparatadas.
Aceptar el principio «los celos son una expresión de amor» es aceptar una propuesta diabólica, un contrato leonino, emocionalmente hablando, para quien está dispuesto a no soltar el látigo. Aceptar el chantaje de «te controlo porque te quiero» es darle carta blanca a tu secuestrador, acaso el primer síntoma del síndrome de Estocolmo.
Más allá de la madurez que se precisa para cualquier tipo de relación amorosa (y el estudio promovido por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género advierte de otra tendencia alarmante: la edad de la primera relación de pareja ha pasado en España de los 13,5 años en 2010 a los 13,1 en 2013, ¡que ya es precocidad!), las nuevas tecnologías reclaman formación ciudadana y cívica. Los adolescentes deberán aprender a vivir y a defenderse en la selva de las redes sociales, pero no a cualquier precio. Tendrán que adiestrarse en los desafíos de la vida, incluidos los desafíos del amor, pero jamás bajo la ley del más fuerte.

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Con Juan de Mairena
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Juan Domingo Fernández | 15-11-2013 | 18:58| 0

Se ha repetido muchas veces que vivimos en una sociedad que posee cada día más información pero está cada día menos informada. Nos avasallan los datos, la documentación, pero eso no significa que poseamos más conocimiento, que seamos más ‘sabios’. Diría que, seguramente, ocurre lo contrario.
La sociedad de nuestros días está disparando las cifras de los ‘solitarios urbanos’, atenazados en un modelo de vida donde el tiempo de convivencia se reduce porque hasta las tareas del ocio son cada vez más individuales, menos compartidas: los teléfonos móviles y las tabletas están ganando la partida incluso a las sesiones familiares de televisión y de cine. Pero tal situación, en teoría proclive para fomentar una introspección que condujera al razonamiento y a la ‘pasión filosófica’ lo que alimenta es el gusto por la pura evasión y el espectáculo. Quiero decir que este modelo en vez de producir unas generaciones con miles de sabios lo que produce a espuertas son tuiteros…
El chasco es mayor si reparamos en otros aspectos. Por ejemplo, el sentido crítico frente a lo que podemos llamar el ‘pensamiento dominante’. En nuestra sociedad se fagocitan igual las ideas buenas, malas o mediopensionistas. Y todas con una vigencia que no viene marcada por su valor o su importancia, sino por las leyes internas de un mercado que se mueve en función de tendencias, de intereses, que establecen las grandes corporaciones de las nuevas tecnologías de la comunicación y la banca, que además de estar globalizadas no tienen, como el dinero, ni patria ni alma.
Recomienda Antonio Machado a través de Juan de Mairena que se huya de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. «Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura». Y hablando de lo saludables que son las posiciones escépticas, aún es más explícito: «Confieso mi escasa simpatía –habla Juan de Mairena a sus alumnos– hacia aquellos pensadores que parecen estar siempre seguros de lo que dicen. Porque si no lo están bien lo simulan, son unos farsantes; y si lo están, no son verdaderos pensadores, sino, cuando más, literatos, oradores, retóricos, hombres de ingenio y de acción, sensibles a los tonos y a los gestos, pero que nunca se enfrentaron con su propio pensar, propicios siempre a aceptar sin crítica el ajeno».
Tratados como ‘masas’ (encima con la facilidad prestidigitadora de hacernos creer que somos cada vez más ‘únicos’) los ciudadanos estamos obligados especialmente ahora a desarrollar el sentido crítico y la distancia cordial y saludable con quienes en verdad manejan los hilos de las marionetas.
Yo me reconozco radicalmente machadiano en esta materia. Y entusiasta de las enseñanzas de Juan de Mairena, que lo explica mejor que nadie: «El escepticismo a que yo quisiera llevaros es más fuente de regocijo que de melancolía. Consiste en haceros dudar del pensamiento propio, aunque aceptéis el ajeno por cortesía y sin daño de vuestra conciencia». Y luego les aclara: hay que pensar, en suma, sabiendo que los callejones tienen salida. Tienen salida.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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