Hoy

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Con Juan de Mairena
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Juan Domingo Fernández | 15-11-2013 | 18:58| 0

Se ha repetido muchas veces que vivimos en una sociedad que posee cada día más información pero está cada día menos informada. Nos avasallan los datos, la documentación, pero eso no significa que poseamos más conocimiento, que seamos más ‘sabios’. Diría que, seguramente, ocurre lo contrario.
La sociedad de nuestros días está disparando las cifras de los ‘solitarios urbanos’, atenazados en un modelo de vida donde el tiempo de convivencia se reduce porque hasta las tareas del ocio son cada vez más individuales, menos compartidas: los teléfonos móviles y las tabletas están ganando la partida incluso a las sesiones familiares de televisión y de cine. Pero tal situación, en teoría proclive para fomentar una introspección que condujera al razonamiento y a la ‘pasión filosófica’ lo que alimenta es el gusto por la pura evasión y el espectáculo. Quiero decir que este modelo en vez de producir unas generaciones con miles de sabios lo que produce a espuertas son tuiteros…
El chasco es mayor si reparamos en otros aspectos. Por ejemplo, el sentido crítico frente a lo que podemos llamar el ‘pensamiento dominante’. En nuestra sociedad se fagocitan igual las ideas buenas, malas o mediopensionistas. Y todas con una vigencia que no viene marcada por su valor o su importancia, sino por las leyes internas de un mercado que se mueve en función de tendencias, de intereses, que establecen las grandes corporaciones de las nuevas tecnologías de la comunicación y la banca, que además de estar globalizadas no tienen, como el dinero, ni patria ni alma.
Recomienda Antonio Machado a través de Juan de Mairena que se huya de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. «Nunca perdáis contacto con el suelo; porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura». Y hablando de lo saludables que son las posiciones escépticas, aún es más explícito: «Confieso mi escasa simpatía –habla Juan de Mairena a sus alumnos– hacia aquellos pensadores que parecen estar siempre seguros de lo que dicen. Porque si no lo están bien lo simulan, son unos farsantes; y si lo están, no son verdaderos pensadores, sino, cuando más, literatos, oradores, retóricos, hombres de ingenio y de acción, sensibles a los tonos y a los gestos, pero que nunca se enfrentaron con su propio pensar, propicios siempre a aceptar sin crítica el ajeno».
Tratados como ‘masas’ (encima con la facilidad prestidigitadora de hacernos creer que somos cada vez más ‘únicos’) los ciudadanos estamos obligados especialmente ahora a desarrollar el sentido crítico y la distancia cordial y saludable con quienes en verdad manejan los hilos de las marionetas.
Yo me reconozco radicalmente machadiano en esta materia. Y entusiasta de las enseñanzas de Juan de Mairena, que lo explica mejor que nadie: «El escepticismo a que yo quisiera llevaros es más fuente de regocijo que de melancolía. Consiste en haceros dudar del pensamiento propio, aunque aceptéis el ajeno por cortesía y sin daño de vuestra conciencia». Y luego les aclara: hay que pensar, en suma, sabiendo que los callejones tienen salida. Tienen salida.

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Cumbres desastrosas
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Juan Domingo Fernández | 08-11-2013 | 20:05| 0

Según los resultados del último Eurobarómetro que ha dado a conocer esta semana la Comisión Europea, algunos hábitos culturales de los españoles están por debajo de la media de los 28 países de la UE. En concreto, cuando se les pregunta por la asistencia al cine y al teatro, por las visitas a monumentos y museos o si han leído un libro en el último año. En esas parcelas culturales, el argumento que se utiliza aquí para justificar el resultado es la falta de presupuesto (no hay dinero y son actividades caras, alega la mayoría de nuestros compatriotas) mientras que en los otros países comunitarios lo que se argumenta es falta de interés. Sin embargo, hay una parcela en la que, según el Eurobarómetro, los españoles ganamos por goleada: cuando se trata de ver o escuchar programas culturales en cadenas de televisión y de radio que sean gratis o asistiendo a bibliotecas públicas, también gratuitas. Menos es nada.
Acabo de leer en Pura Tura, el blog del profesor y crítico Miguel Ángel Lama, un amplio artículo del catedrático Miguel Ángel Garrido Gallardo con motivo del congreso mundial titulado ‘La Biblioteca de Occidente en contexto hispánico’, en el que se estableció un canon con cien obras literarias ‘imprescindibles’: desde la Biblia, ‘La Divina Comedia’, ‘El Quijote’, ‘Moby Dick’, de Herman Melville; Crimen y castigo’, de Dostoievski, pasando por las ‘Rimas’ de Bécquer; ‘Guerra y Paz’, de Tolstoi, hasta ‘Trafalgar’, de Galdós; ‘Campos de Castilla’, de Antonio Machado; ‘El Aleph’, de Borges o ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo.
Con anterioridad a ese congreso, en una entrevista publicada en ‘Abc’ en 2011, le preguntaron a Miguel Á. Garrido Gallardo, catedrático de Universidad en la especialidad de Teoría de la Literatura, si en su condición de profesor universitario percibía que el nivel cultural de los alumnos había bajado en los últimos años. Y esta fue su respuesta: «El nivel cultural, desde el punto de vista de los contenidos, del conocimiento de contenidos, yo no creo que haya bajado tanto como se dice. Hay una gran competencia por buscar un puesto de trabajo y eso lleva a empollar. Lo que ha bajado ostensiblemente es el interés por la cultura en sí. La Universidad no es ajena a la sociedad, y la sociedad europea, y la española de forma muy particular, está enferma de superficialidad».
Se me ha quedado grabada esa expresión: «enferma de superficialidad». Qué acertado diagnóstico. La cultura como entretenimiento y espectáculo, la cultura como banalidad.
La encuesta del Eurobarómetro de esta semana constata también, desgraciadamente, que el interés que sentimos los españoles por otros productos culturales del resto de Europa es menor que el interés recíproco de nuestros vecinos. Y no solo a la hora de visitar monumentos o viajar por otros países, sino a la hora de interesarnos por las películas, por los libros o por las obras de teatro concebidas fuera de la península. Nuestro saldo es negativo. Me temo que más que ‘Cumbres borrascosas’, de Emily Brontë (también incluida, por cierto, en el citado ‘canon’) por estos lares lo que resulta bien familiar es ‘Ambiciones’ y una tal Belén Esteban.

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A ras de suelo
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Juan Domingo Fernández | 01-11-2013 | 20:04| 0

CUENTA Andrés Trapiello que cuando se compró una vieja casa cerca de Trujillo encargó al cantero que grabara sobre la puerta de entrada unos versos de Virgilio: «Laudato ingentia rura exiguum colito» («Alaba las fincas grandes, cultiva la pequeña»). En estos días tan propicios para meditar sobre la fugacidad de la vida, el ‘carpe diem’ y el sentido de la existencia, yo estoy por imitar a Trapiello y hacer grabar, –no sobre la puerta de entrada a mi casa, pero sí en lugar bien visible y destacado– una frase de Joseph Joubert que he citado otras veces y que me parece digna del mármol: «Si la fortuna quiere hacer estimable a un hombre, le da virtudes. Si quiere hacerlo estimado, le da éxitos».
Tengo la impresión de que esa máxima posee la fuerza de las leyes en vigor, de las sentencias cuya validez ha sido contrastada en diferentes tiempos y circunstancias. No sé en quién pensaba Joubert cuando la escribió hace dos siglos, pero imagino que no le faltarían ejemplos entre los muchos ‘figurones’ que conoció a caballo entre finales del siglo XVIII y el primer tercio del siglo XIX, entre quienes habían asistido a la brillantez de Voltaire y de los enciclopedistas y el nuevo mundo que alumbraría la Revolución Francesa y sus secuelas.
Yo creo que en Joubert opera de manera natural la prudencia y, como los auténticos filósofos que parten de una mirada ‘moral’, trascendiendo los espejuelos de lo epidérmico, sus reflexiones suelen desembocar en juicios valiosos; quiero decir que las palabras de Joubert nunca son simple cháchara, envoltura barata, sino pequeños tesoros de sabiduría y de verdad. Y de bondad.
En nuestros días caminamos aceleradamente hacia una sociedad donde el valor de referencia, la moneda de curso legal se llama ‘éxito’, no ‘virtud’. Y no me refiero únicamente a la consideración pública que se concede a quienes relucen y tintinean en los diversos escaparates mediáticos; estoy pensando también en todas esas personas a quienes distinguimos con nuestro aprecio en la política, en la economía, en la ciencia, en la justicia, en el deporte, en la sanidad, en la educación, en la cultura, en los diferentes ámbitos laborales… por el simple hecho de que ‘triunfan’ y encabezan el correspondiente escalafón. «Tanto tienes, tanto vales», dice el adagio popular. Y a más éxito, más valor.
La sentencia de Joubert, sin embargo, es una invitación a la humildad, a rebajarnos los humos para no perder la brújula en el desierto. Recapacitando sobre el pulso que libran diariamente el éxito y la virtud, Joubert nos proporciona en realidad un antídoto contra el error, una vacuna para sortear la falsedad, un remedio para no creernos mejores de lo que somos o para no aplaudir al que consigue sus éxitos a cualquier precio. Para no equivocarnos, como si fuéramos los profesores del examen a la hora de poner la nota definitiva. Para no darle el sobresaliente al que considera mejor al rico que al sabio, al ambicioso que al justo, al poderoso que al humilde. Así es probable que nos compliquemos el día, pero seguro que dormimos mejor todas las noches.

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Te conozco, pajarito
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Juan Domingo Fernández | 25-10-2013 | 22:08| 0

LA otra tarde volvía en coche de asistir al funeral de una persona entrañable. Para distraerme de la melancolía de la pérdida, puse la radio. Entrevistaban a José Luis Balbín, el veterano periodista que dirigió y presentó un programa muy recordado de TVE, ‘La clave’. Alejado de complacencias y me parece que suficientemente lúcido, Balbín explicaba que no le interesan los debates en las tertulias «de ahora» porque además de que los invitados se gritan e insultan entre sí, se conoce de antemano lo que van a decir. Todo es aburrida y disparatadamente previsible.
A mí me ha invadido también esa sensación al oír o escuchar a quienes participan de forma habitual como tertulianos, contertulios o invitados en programas de radio y televisión. Es la sensación de estar escuchando intervenciones de «periodismo de camiseta», por utilizar la expresión que ha importado al universo informativo español el Tata Martino, entrenador del Barça. A Balbín le aburren ese tipo de programas y a mí me aburren y en cierto modo también me escandalizan. La política está fagocitando diariamente a decenas de periodistas, informadores y publicistas a quienes convierte en papagayos reproductores de sus consignas y argumentarios, reduciéndolos, en una palabra, a la condición de simples voceros.
Cuando se creía superada históricamente la etapa del periodismo militante o periodismo de partido, se reavivan las malas artes del ‘periodismo de camiseta’ pero no solo en el universo futbolístico, sino en el de los medios en general; un ‘periodismo militante’ me temo que cada día con seguidores más ‘forofos’ y entusiastas. Con seguidores que renuncian a la incertidumbre de lo que van a ver o a escuchar y prefieren las anteojeras, el prejuicio ideológico o el lugar común. Seguidores que prefieren rendirse ante la dosis de su menú conocido. Seguidores que al contrario de lo que les ocurría a quienes disfrutaban con ‘La clave’, no quieren correr el riesgo de aventurarse por los caminos que desbrozan la razón y los debates abiertos, sin apriorismos impuestos.
Cuántas veces se ha citado el ejemplo de Walter Cronkite, el legendario presentador de la CBS, del que nadie, ni demócratas ni republicanos, podía decir nunca que supiera en realidad a quién se sentía más próximo. Intente hacer, amigo lector, un ejercicio de imaginación y piense en los periodistas, informadores, publicistas, contertulios, etcétera, a quienes ve, escucha o lee de manera habitual. Hágase después la pregunta que se hacían los norteamericanos ante la figura de Walter Cronkite.
Las emociones que despierta la palabra no pertenecen de ninguna manera a la realidad, «pues la realidad no es de índole emocional», como bien señalaba hace años el periodista Carlos Luis Álvarez, ‘Cándido’, que abundaba en esa idea: «Cuando decimos que la realidad es evidente, no hacemos sino teñir de subjetivismo la realidad. Lo que es evidente es la idea que nosotros tenemos de la realidad». Es la diferencia, aclaro yo, entre la realidad que opera en un fajo de billetes verdaderos y la realidad de un fajo de billetes falsos para el timo del ’tocomocho’.

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El asco de Albert Pla
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Juan Domingo Fernández | 18-10-2013 | 18:57| 0

Al cómico catalán Albert Pla le han bastado nueve palabras: «A mí siempre me ha dado asco ser español» para levantar una polvareda mediática de rentables resultados publicitarios. Dio en la diana. Seguramente después de su ingeniosa salida de pata de banco no recibirá ofertas para convertirse en profesor de la Escuela Diplomática, pero qué duda cabe de que ha demostrado talento para publicitarse con garbo y desparpajo. De alguna manera Albert Pla funciona aquí como el contrapersonaje de Torrente, ese desastrado que creó Santiago Segura y que nos parece familia directa del Makinavaja que encarnó Pepe Rubianes, un actor, por cierto, que también se despachó hace años con intemperancias públicas de tono subido. ¿Quién no recuerda aquel exabrupto de «a mí, la unidad de España me suda la polla por delante y por detrás, que se metan a España en el puto culo»?, por el que más tarde pidió disculpas y aclaró que él insultaba a «la España que mató a Lorca», pero no a la España democrática y constitucional, de la que se consideraba un ciudadano más.
Condolerse por la tierra de uno (llámese patria, nación, pueblo, sociedad, familia, lengua, infancia…) es una reacción tan antigua como el hombre. Únicamente ante lo que nos importa, ante lo que queremos, reaccionamos: lo demás es desierto o indiferencia. Eso vale para la emoción de Ulises al regresar a Ítaca igual que para el lamento de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados», el sentimiento de Unamuno: «Me duele España», pasando por esa declaración de amor que es ‘Máter España’ de Joaquín Sabina o el título-test de un libro de Sánchez Dragó: «Y si habla mal de España… es español».
No hay que dejarse engañar, sin embargo, por las apariencias. No es más patriota ni mejor español aquel a quien no se le cae de la boca todos los días el nombre de la nación, pero sin que revalide con hechos, de modo coherente, tal sentimiento… Gente que hace como esos pájaros que dan los gritos en un lugar y en otro anidan y ponen los huevos. No necesitamos patriotas de los que «sienten asco» a la hora de pagar a Hacienda o de contribuir en su país. Ni de los que intentan imponer a todos ideas y circunstancias que no buscan el interés común, del conjunto, sino el particular o sectario.
Establecidos tales puntos de partida –en los que seguramente coincidimos la mayoría– también hay que insistir en la necesidad de respuestas ponderadas. Tanto derecho tiene Albert Pla a confesar su asco por ser español como el resto de los españoles a sentir lo que les pida el cuerpo por el hecho de que él albergue… tales sentimientos. Donde las dan las toman. Aunque, bien mirado, sus palabras me parecen cohetería verbal que se alzan como una gansada y un exabrupto más que como un ultraje imperdonable. En resumen, el cómico lo único que hace es confesar un sentimiento del que, paradójicamente, reconoce ser la principal víctima.
Si alguien quiere indignarse de verdad con infamias e insultos increíbles, que entre en cualquier web o foro donde admitan comentarios anónimos. Eso sí que da asco.

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Oh, la felicidad
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Juan Domingo Fernández | 11-10-2013 | 19:51| 0

YO creía que uno de los conceptos más relativos que existen en el mundo es el de la felicidad, una especie de dios intangible adorado por todos a pesar de que nadie conoce su rostro ni sabe con certeza el paraíso que habita. Sin embargo, después de oírle decir al ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, que en España «los salarios no bajan, suben con moderación», creo que los conceptos más relativos que existen en el mundo son dos: las estadísticas sobre los salarios y el criterio que utiliza Montoro para establecer lo que es verdad y lo que es mentira. «Ahora que vamos despacio, / vamos a contar mentiras, tralará, / por el mar corren las liebres, / por el monte las sardinas, tralará». Y así un buen rato. Incluso con letras adaptadas a la situación de cada cual.
La felicidad, sin embargo, es un asunto mucho más serio que las consideraciones –con todos los matices que se quiera– del singular ministro de Hacienda. Según el segundo Informe del Instituto Coca-Cola de la Felicidad, elaborado tras consultar a más de 3.500 personas, la felicidad de los españoles se hunde debido a la crisis económica. Las estadísticas son contundentes: en 2007 se declaraban felices el 82 por ciento de los encuestados, mientras que esa cifra desciende en 2013 hasta el 54 por ciento. Y podía ser peor: en 2010 la cifra se quedó en un raspado 52 por ciento… El informe constata una realidad confirmada por la tradición popular gracias al compositor argentino Rodolfo Sciammarella: «Tres cosas hay en la vida, / salud, dinero y amor. / El que tenga estas tres cosas, / que le dé gracias a Dios».
El informe analiza aspectos muy concretos y en lo relativo a comunidades autónomas, los extremeños somos por lo visto los más felices, seguidos por aragoneses, navarros y cántabros. El que no se conforma es porque no quiere. Se ve que Dios aprieta, pero no suelta.
La felicidad es una aspiración muy trascendental y muy arriesgada. Hay un poema tremendo de Borges titulado ‘Remordimiento’, en el que lamenta los vericuetos que han gobernado su existencia. «He cometido el peor de los pecados /que un hombre puede cometer. No he sido / feliz. Que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados. / Mis padres me engendraron para el juego / humano de las noches y los días, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego. / Los defraudé. No fui feliz» (…) No me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado».
Lo extraordinario de la felicidad es que a pesar de las tres cosas de la canción (salud, dinero y amor), de las singulares estadísticas de Montoro o de los informes demoscópicos sobre la cuestión, puede sorprendernos en cualquier instante. No es preciso poseerla, a veces basta con presentirla para ser felices, igual que esos aficionados a los juegos de azar para quienes el verdadero disfrute está en el tiempo que pasan aguardando la fortuna, imaginando lo que harán cuando les sonría la suerte. A Jacinto Benavente se le atribuye una frase que resume muy bien lo que quiero decir: «La felicidad no existe en la vida. Sólo existen momentos felices».

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Ideas como lanzas
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Juan Domingo Fernández | 04-10-2013 | 19:28| 0

El otro día vi que un hombre de mediana edad, acompañado por un perro, estaba sentado, pidiendo limosna en una de las avenidas principales de la ciudad en que vivo. Había colocado junto a sus pies un sombrero con la copa hacia abajo, que le servía de escudilla para recoger las monedas. Al lado del sombrero, un trozo rectangular de cartón reclamaba la atención de los paseantes con un mensaje directo que probablemente le ahorraba tener que abrir la boca para mendigar: «Si quieres, puedes». Qué tipo más listo, pensé. No apela, como otros mendigos a su origen: «Soy andaluz…», o a sus circunstancias: «Padre de familia, acepto también comida…». Su estrategia es resumir en una frase la ‘idea’ y hacer que esta te golpee. Así de simple.
Arquímedes resumió el principio físico de la palanca con unas palabras que han pasado a la historia: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». Si en vez de situarnos en el terreno de la física lo hacemos en el de la política, parafraseando al matemático griego diríamos: «Dadme una idea y moveré el mundo». Ese es otro de los peligros que acechan a esta sociedad de ‘cultura mosaico’ que se está consolidando con las redes sociales y el prestigio de una sabiduría que pone el acento en la ‘brevedad’, en la síntesis del puro lema, del eslogan, en ese nuevo paradigma que representan los tuits…
Diréis que el empeño por la brevedad, el esfuerzo por el mensaje concentrado no es de ahora. La historia está repleta de casos en que las masas se movían a partir de que cristalizaba una idea en el imaginario público: los ‘salvajes’ no tienen alma y pueden ser atacados; el ‘enemigo’ es malo y hay que destruirlo para evitar que él nos ataque y arrase nuestras ciudades; los ‘capitalistas’ son inmorales y explotan sin piedad al género humano; los ‘rojos’ son diabólicos y quieren acabar con la propiedad privada; los ‘judíos’ aspiran al poder mundial; los ‘islámicos’ toleran el terrorismo; los nacidos en otra tierra son ‘diferentes’ y ‘peores’ que nosotros…
Basta abrir un manual de Historia Universal por cualquier página para encontrar ejemplos ilustrativos de lo que digo. Según la sabiduría popular, nada hay más peligroso que una idea, especialmente cuando es la única que se tiene. Yo desconfío de las ideologías, de las realidades complejas del mundo que pueden resumirse en cuatro palabras. Entre otras cosas porque más que ideas me parecen eslóganes, lemas, frases propagandísticas… De igual forma que resulta inimaginable un cuerpo humano que sólo tuviera una célula, parece increíble un cuerpo ideológico –una concepción racional del mundo, de nuestra realidad– con una sola idea.
El éxito de las fórmulas nacionalistas (en mi opinión una de las rémoras emocionales que sigue lastrando al hombre en pleno siglo XXI) es que consiguen alambicar la interpretación de su historia hasta obtener un producto depurado, una idea que puede utilizarse ya como arma arrojadiza. Así, la idea, el lema, el eslogan puede ser «somos diferentes y tenemos derecho a la independencia» o ese «España nos roba» que se empeñan en propalar los furibundos del independentismo catalán.

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Sobreactuaciones
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Juan Domingo Fernández | 27-09-2013 | 18:23| 0

NO sé si un país capaz de convertir las peripecias de un partido de fútbol en el asunto público más apasionado es un país feliz, pero desde luego es un país blindado contra cualquier insurrección. Aquí no vende la revolución ni aquel viajante del que hablaba Camba que vendía revoluciones de bolsillo… Si un extraterrestre llega a España y asiste a los debates que encienden las tertulias en los bares concluirá que somos un país de futboleros que atravesamos dificultades económicas pero no trances tan graves que no se puedan amortiguar con varios programas de entretenimiento en la tele o con alguna polémica deportiva entre los grandes de la liga. En resumen, una balsa de aceite.
Un país donde se acaba disculpando el latrocinio o la incompetencia porque la fe en los políticos hace años que se perdió y, lloviendo sobre mojado, ha crecido la mala hierba argumental de que los políticos «son todos iguales» y van a las suyas. Del desencanto se pasa al distanciamiento y de ahí directamente a la desafección. Eso sí, dejando un espacio libre que ocuparán, –rentablemente– quienes sí saben aprovechar el ‘desinterés’ ajeno por la política.
Aunque el extraterrestre pueda pensar que aquí se ata a los perros con longanizas y que las mayores diatribas naufragan en la barra del bar porque las discrepancias se limitan a plantear si era penalti o no era penalti determinada jugada –por lo general, del Real Madrid o del Barça–, somos el país de los excesos y de las contradicciones. Un país donde son multitud los laicos que eluden displicentemente abordar cuestiones relacionadas con el Vaticano o con el Papa, salvo que el sumo pontífice diga algo a favor de sus tesis, y en ese lugar surgen los voluntarios, ahora sí, más papistas que el papa, para pegar capones dialécticos a sus adversarios aprovechando el viento favorable de alguna idea, de alguna declaración, que interpretan acorde a sus intereses.
Un ejemplo bien ilustrativo lo tenemos en las reacciones que ha suscitado la entrevista que el papa Francisco concedió a una revista jesuita. Juan Manuel de Prada expresaba en ABC su particular discrepancia con alguna de las reflexiones de Francisco respecto a las duras críticas contra el matrimonio homosexual y el aborto: «Estuve durante muchos años entregándome al martirio, en un combate con el mundo que me ha dejado hecho jirones, con mi carrera literaria tirada en la papelera y convertido en el hazmerreír de todos mis colegas», se lamenta Prada, porque «he sentido», añade, «que he hecho el canelo durante todos estos años».
¿Y cómo podía faltar en esta galería de excesos, en esta pasarela de sobreactuaciones, tan española, la aportación del ínclito Sánchez Dragó? Con su proverbial facundia, Dragó se refiere a Francisco como «el cura obrero que va camino de convertirse en el papa más cochambroso de la historia», mientras le pide que «¡… regale a un chatarrero el cuatro latas y devuelva a la Iglesia y a su cargo el decoro que merecen! ¿Un Papa en coche de hippie y con eccema? ¿Un Vaticano pobretón? ¡Compostura, amigo, compostura!», reclama Dragó, y se queda tan ancho…

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Vestir el muñeco
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Juan Domingo Fernández | 20-09-2013 | 18:20| 0

Con la excusa de los recortes, los españoles nos hemos visto empujados a rescatar los estandartes del estoicismo, una corriente filosófica muy consoladora para tiempos de vacas flacas. A la fuerza ahorcan. Séneca vuelve a ser el guía. Y Epícteto: «Engrandecerás a tu pueblo no elevando los tejados de sus viviendas, sino las almas de sus habitantes».
Se rescatan frases con poder estimulante: «¿Dificultades? Las de mi padre, o las de mi abuelo». «A vosotros os lo han dado todo hecho». «No valoráis lo que tenéis porque os lo han regalado, no es fruto del sudor y del esfuerzo». Cosas por el estilo.
Cada época genera sus mitologías y supersticiones. Los sociólogos saben muy bien que la España empobrecida y desangrada de la posguerra sólo podía consagrar, por ejemplo, a un torero enjuto como Manolete para encarnar al héroe de las masas, al signo de los tiempos… De la misma manera, en los años sesenta, la España que se sacudía bastantes penurias de todo tipo empezó a desperezarse del subdesarrollo y alimentó el toreo alegre y consumista de Manuel Benítez ‘El Cordobés’, los Seat 600, el turismo y hasta las divisas de la emigración. Yo creo que el mérito de las sucesivas generaciones es equivalente, lo que varía son las circunstancias económicas y sociales. Pero no me parece que existan saltos o irregularidades de modo que se pudiera exclamar: «¡Vaya generación de inútiles o de vagos la de los nacidos en tal o cual década!». Políticos al margen. Por eso no merece mi consideración quien se empeña en observar la realidad con las anteojeras del sectarismo y del afán propagandístico; esos especímenes cuyo eje argumental no es el estoicismo –en el fondo tan hispánico– sino lo que yo llamo la trampa del ‘reproche retroactivo’, que empieza por el «y tú más» y acaba por «como tú te equivocaste y lo hiciste mal, ni ahora ni nunca puedes afearme lo que yo decida». Ese planteamiento, que incendiaría los circuitos de cualquier sistema lógico, funciona, oh milagro, cuando se trata de psicología social, de ‘supersticiones’ políticas y opinión pública. Las estrategias de la falsificación. Vestir el muñeco.
Dado que ya existen, por ejemplo, programas informáticos que nos permiten descubrir –a través de una especie de barrido o escaneado– qué partes de un texto no son originales y están minadas con ideas plagiadas, confío en que llegue un día en que se pueda detectar, a través de mecanismos ‘objetivos’, todas esas argumentaciones bastardas, trufadas de sofisma y falsedad.
En España, por desgracia, esa manera de proceder entre doctrinos y currinches no es exclusiva de ninguna ideología en concreto. En todas partes cuecen habas. Sospecho, sin embargo, que la cantinela seguirá machacándonos un día y otro y otro…
Es una obviedad, pero hay que volverlo a decir: renegar de los ‘excesos’ cometidos (en los ámbito públicos y también en los privados) no nos legitima para santificar el ‘suicidio’. Swift lo dijo a su manera: «El esquema estoico de colmar nuestras necesidades rebajando nuestros deseos es como cortarnos los pies cuando queremos zapatos».

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La intrahistoria, claro
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Juan Domingo Fernández | 13-09-2013 | 19:20| 0

EL azar y los caprichos de la historia hacen que algunas efemérides se concentren en el calendario como fragmentos a su imán. El 11 de septiembre es una de esas fechas pródigas en conmemoraciones: desde el ominoso golpe de Pinochet en Chile, hasta los terribles ataques del terrorismo islamista en Estados Unidos, pasando por la celebración de la ‘Diada’ que organiza todos los 11 de septiembre el nacionalismo catalán.
Yo soy poco dado a las efemérides porque en muchos casos me parecen una convención injusta. Quienes estén familiarizados con esa obra monumental que se titula ‘Historia de la vida privada’ (son cinco tomos, pero valen por una biblioteca entera) saben que es relativamente habitual la falta de concordancia entre los acontecimientos que reseña la historia y los que debería ponderar el sentido común o la razón. ¿Quién festeja la efeméride del descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming? ¿O la efeméride del tratamiento de las aguas, por ejemplo, para el abastecimiento público? ¿Qué día se conmemora la llegada del primer documento impreso a una ciudad? ¿O el de las primeras lavadoras mecánicas a los hogares españoles?
No es que me haya convertido en un relativista empeñado en disentir de las interpretaciones convencionales de la historia y de las valoraciones que trascienden las páginas de los periódicos y quedan en los libros de texto. Allá cada cual con su manera de apreciar e interpretar los acontecimientos de la vida. Lo que quiero decir es que frente a quienes tienden a resumir el pasado en cuatro fechas y unos pocos nombres (generalmente de políticos o representantes públicos) yo prefiero fijarme en aquello que Unamuno llamaba la ‘intrahistoria’ y que son acontecimientos que posiblemente a la larga iluminen más aunque deslumbren menos. Uno de esos acontecimientos que ocupará desde ahora la casilla del 11-S en mi álbum invisible de efemérides es la noticia protagonizada por un equipo de científicos españoles del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) que ha logrado reproducir por primera vez células madre embrionarias en un organismo vivo, hallazgo publicado en la revista ‘Nature’ y con el que se abre, según los especialistas, un esperanzador campo de posibilidades a la llamada ‘medicina regenerativa’.
Más allá de las posibilidades científicas para la regeneración de órganos y otros avances cuya importancia técnica se me escapa, el hallazgo de los investigadores del CNIO me resulta ilusionador por lo que encierra de ejemplo a seguir. Su éxito es fruto del esfuerzo y de la experimentación tenaz, no el producto de un trabajo rutinario y repetitivo. Me resulta estimulante saber que, aun con la que está cayendo en el campo de la investigación y de la ciencia, existen equipos como el que lidera en el CNIO el director del Programa de Oncología Molecular y jefe del laboratorio de Supresión Tumoral, Manuel Serrano, para seguir trabajando por las cosas que son importantes para la sociedad. Sin distraerse, encima, por el relumbre de otras efemérides. Mi enhorabuena.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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