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La carta traspapelada
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Juan Domingo Fernández | 08-06-2017 | 19:00| 0

CUENTA el poeta, crítico y profesor José Luis García Martín que el otro día encontró, «traspapelada en el libro de un poeta que frecuento poco» una postal que había recibido hace más de cuarenta años y que había olvidado. La postal (elegante acuse de recibo de una revista literaria) se la envió Vicente Aleixandre en 1976.
Este episodio del documento traspapelado me resulta cercano por la arraigada costumbre de guardar entre las páginas de los libros diversas notas, reseñas, cartas, entrevistas… relativas a la obra o al autor. Mi último ‘hallazgo’ de una carta oculta o traspapelada tiene que ver con el novelista Juan García Hortelano y también, me parece, con el oficio del periodismo. Se lo voy a contar.
A finales de 1986 tuve que cubrir informativamente un seminario internacional sobre el puente romano de Alcántara que se celebraba en esa localidad cacereña. Un trabajo digamos que rutinario, sin relieve especial… Cumplida la tarea, la jornada me reservaba sin embargo un regalo imprevisto: entre los invitados al encuentro figuraba un escritor famoso no por sus publicaciones sobre las estructuras de puentes y acueductos sino por ser el autor de obras tan apreciables como ‘Tormenta de verano’, ‘El gran momento de Mary Tribune’, ‘Los vaqueros en el pozo’ o ‘Gramática parda’. He tenido suerte, pensé.
Resulta que Juan García Hortelano asistía a las jornadas en calidad de jefe de publicaciones del Centro de Estudios Históricos del MOPU (Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo). El caso es que a mí me faltó tiempo para proponerle una entrevista y a él le sobró cordialidad y disposición para aceptarla de inmediato, gustosamente. «Si te parece» dijo mientras me tomaba del brazo, «charlamos y paseamos un rato».
Así que caminando sobre las lanchas lustrosas y las lápidas del claustro del Conventual de San Benito, Juan García Hortelano me habló de su experiencia novelística, de su trayectoria narrativa, de sus manías o de su incredulidad respecto a la muerte de la novela. Desgranó opiniones sobre la generación del medio siglo y los novelistas del socialrealismo, recordó anécdotas divertidas de la amistad con Carlos Barral, habló de sus lecturas habituales o de su interés por hacer novelas bien escritas pero sin aburrir…
Funcionario público desde el año 1953, García Hortelano aseguraba entonces que su trabajo en un organismo oficial era la constatación «clarísima» de que en España no se puede vivir de la literatura. Y lo reconocía sin poses ni rimbombancias afectadas, sino a la inversa, confesándose partidario del «trabajo de ‘ganapán’, que se ha dicho toda la vida…».
A los pocos días publiqué una amplia entrevista con el autor de ‘Gramática parda’ y se la envíe a Madrid, a su domicilio de la calle Gaztambide. Poco después me remitió una carta dándome las gracias por la entrevista y felicitándome «por tu oficio, tan difícil de ejercer a la hora de la página impresa». Esa carta ha dormido ‘traspapelada’ entre las hojas de ‘El gran momento de Mary Tribune’ desde diciembre de 1986. Hasta ayer mismo.

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Moix y la tórtola con el tiro en el ala
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Juan Domingo Fernández | 02-06-2017 | 18:52| 0

Ante el caso Moix la división de opiniones que suele darse en el ruedo ibérico se ha transformado en unanimidad, pero las críticas en vez de a su familia, como en el chiste, se dirigen al partido que lo apadrina y que ‘formalmente’ lo sostiene en el puesto. Bueno, hasta este momento en que escribo, porque la historia de Moix me recuerda bastante los primeros capítulos de la historia del exministro José Manuel Soria y la maldición de Panamá.
Por lo visto, oído y leído, buena parte de los reproches al proceder de Moix y del PP giran alrededor de estos argumentos: «No es sostenible ni política, ni ética, ni estéticamente». «La mujer del César debe ser honrada y además parecerlo». «¿Qué credibilidad va a tener Moix si mantiene una empresa en un paraíso fiscal?». «Con qué autoridad moral va a seguir siendo fiscal jefe Anticorrupción?».
En las redes sociales, sin embargo, las críticas son menos convencionales y más demoledoras. Por ejemplo algunos tuits de Gerardo Tecé con munición de ironía: «El fiscal jefe Anticorrupción con empresa en paraíso fiscal no tiene intención de dimitir, porque si al español no lo toreas, se extingue». Y otro: «En un paso más en su lucha contra la corrupción, el PP quiere normalizar ahora que un jefe anticorrupción tenga una sociedad offshore».
Si se tratara de una serie televisiva o de un programa de humor diríamos: «Qué exagerados». Pero no es un programa de humor, si acaso un episodio propio de esta era de la posverdad en la que los acontecimientos o las noticias se consumen con tal velocidad que todas devienen en ‘dinamita p’a los pollos’ o en mera fruslería y banalidad de consumo rápido. El ritmo al que se mueve la máquina informativa (global) hará que cualquier «hecho», por relevante que sea, acabe convertido en almendrilla o en golosina para tomar como simple aperitivo. Hay que seguir pedaleando. Y «más madera, es la guerra», gritamos con Groucho Marx.
Acabe como acabe el caso Moix, «el tiro ya lo lleva», que dicen los cazadores de tórtolas. El tiempo corre en contra del fiscal jefe Anticorrupción y de quien tiene la potestad legal de mantenerlo en el puesto o removerlo. También operan en su contra las circunstancias en que fue nombrado y esas filtraciones donde Ignacio González (entonces en libertad) opinaba sobre él. La súplica de los mexicanos: «No me defiendas, compadre».
En cualquier caso, más que dañar al Partido Popular o a Rajoy la continuidad de Manuel Moix en estas circunstancias erosiona, en mi opinión, al propio sistema democrático, pues contribuye a que en la calle se perciba la separación de poderes como una entelequia más teórica que real mientras se intenta revestir de normalidad («¿Queremos que sea pobre de solemnidad?», «¿No tiene derecho a tener nada?», se preguntaba ayer ante los periodistas Celia Villalobos) el hecho insólito de que un fiscal jefe Anticorrupción posea el 25% de una empresa radicada en un paraíso fiscal… No es chiste.
Con los Presupuestos generales ya aprobados, cuánto va a durar Moix en el cargo. Hagan sus apuestas.

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Maneras de triunfar
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Juan Domingo Fernández | 25-05-2017 | 19:20| 0

Confieso que me acerco estos días a los asuntos de la actualidad política con algo de distanciamiento, buscando esa perspectiva que permite dotarnos de ecuanimidad y nos afina el juicio. Creo que de esa forma se hacen más llevaderos, más soportables, dos problemas relevantes para el conjunto de España: el llamado desafío del independentismo catalán y la necesaria ‘recomposición’ de un PSOE que acaba de elegir secretario general a Pedro Sánchez.
Respecto al ‘problema’ catalán –denominarlo la ‘cuestión’ catalana me parece que sería rebajar improcedentemente su importancia– creo que el ‘souflé’ empieza a bajar, aunque los aspavientos y el farfulleo de Puigdemont intenten convencernos de lo contrario. La prueba que lo resume son los datos de la encuesta de Metroscopia publicada ayer por ‘El País’, y según la cual dos de cada tres catalanes (el 66%) consideran que el proceso soberanista no va bien, que pierde fuelle cuando se acerca la teórica fecha del referéndum, mientras que solo uno de cada tres (34%) cree que la independencia será posible en un futuro más o menos cercano.
El descenso del ímpetu independentista (exacerbado en los últimos años por un puñado de dirigentes que emprendieron la huida hacia el abismo o el viaje hacia ninguna parte que no sea el ‘choque de trenes’) esa reducción de la calentura soberanista, decía, no justifica sin embargo la política de negativas absolutas; en consecuencia, ni el gobierno del PP ni ningún otro pueden violentar la legalidad para dar satisfacción a un grupo concreto, por nutrido que sea, de ciudadanos. Pero sí puede perseverar –y está obligado a ello– en posiciones dialogantes y negociadoras, siempre dentro del orden constitucional y democrático.
La encuesta de Metroscopia revela también el distanciamiento de una mayoría de catalanes respecto a ciertas propuestas del Gobierno de la Generalitat. Por ejemplo, cuando se les pregunta por la posibilidad de una declaración de independencia unilateral (como prevé la llamada ‘ley de ruptura’) únicamente el 35% de los catalanes apoyan esa opción, mientras que la rechazan de plano el 61%. ¿Funcionan los frenos o es una falso efecto?
En cuanto a la ‘recomposición’ del PSOE, un partido imprescindible en el sistema de contrapesos de la democracia española, mis temores no tienen que ver tanto con la propuesta ideológica o ponencia marco, casi seguro que en la línea socialdemócrata que todos esperan, sino con la forma y el fondo con los que Pedro Sánchez ejerza su ‘dirección’. Y escribo ‘dirección’ y no ‘liderazgo’ porque a mi parecer Pedro Sánchez es un dirigente pero no es un líder. Y creo que la forma en que ha sido aupado a la Secretaría General socialista tiene más relación con circunstancias externas que con méritos o capacidades personales.
Así que tanto en el ‘problema’ catalán como en el regreso triunfal de Pedro Sánchez supongo que la clave para una evaluación correcta es la conocida frase de Camus: «El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo». Que los mismos protagonistas se pongan nota.

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El derecho de picaporte y el ‘lobby’
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Juan Domingo Fernández | 18-05-2017 | 19:25| 0

CUENTAN que nada más salir elegido, un presidente mexicano le preguntó al amigo con el que mantenía viejos compromisos qué cargo o responsabilidad deseaba que le concediese. El interesado respondió raudo: «Solo quiero que me concedas el derecho de picaporte». En México, donde se decía que cada sexenio presidencial terminaba con diez mil nuevos millonarios, se denomina «derecho de picaporte» al privilegio o prerrogativa que se concede a alguien para que no tenga que hacer antecámara o contactar sin cita previa. El «derecho de picaporte» no equivale solo al salvoconducto que allana el paso sino que se convierte en símbolo de poder, en instrumento utilísimo para que ‘los demás’ sepan que se posee influencia y recursos para abrir las puertas que deben abrirse incluso sin necesidad de llamar.
He recordado esta anécdota porque el martes por la tarde en Cáceres, durante la gala de los Premios del Deporte Extremeño que organiza Canal Extremadura, el presidente de la Junta Guillermo Fernández Vara desveló el propósito de promover un ‘lobby’ de extremeños en Madrid para defender los intereses de la región. Vara, que aprovechó la presencia de uno de los galardonados, el dombenitense Juan Ignacio Gallardo, director del diario ‘Marca’, aseguró que piensa contar también con otros ilustres paisanos como el presidente y vicepresidente de Mapfre, Antonio Huertas y Antonio Núñez, respectivamente.
A mí me parece encomiable la iniciativa de constituir un ‘lobby’ o grupo de presión extremeño en la capital de España; entre otras cosas porque, como en el chiste, el no ya lo tenemos.
Imagino que debemos entender ‘lobby’ como un conjunto de profesionales notables cuyos miembros se han hecho merecedores en sus diversos ámbitos de trabajo del «derecho de picaporte»; es decir, que cuentan con capacidad y poder suficientes para abrir las puertas oportunas y tocar las teclas adecuadas.
Desde la mera teoría no alimento ninguna duda respecto a lo potencialmente beneficioso de la iniciativa. A Extremadura no le sobra ninguna ayuda que pueda recibir, sobre todo en el terreno industrial, de infraestructuras, de empleo… Mi descreimiento crece sin embargo cuando pienso en la escasa ‘masa crítica’ que nos caracteriza en el concierto nacional, con factores que operan en contra: baja población y diseminada (pocos votos y por tanto pocos representantes y escaso peso político), niveles de desempleo juvenil muy altos, carencia de tejido industrial…
No quisiera pecar de derrotista. Según John Stuart Mill, «aunque las circunstancias influyen mucho sobre nuestro carácter, la voluntad puede modificar en nuestro favor las circunstancias», que es una versión anticipada del dictamen de Gramsci: frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Así que no sé si encomendarme al potencial de quienes harán certero uso del ‘derecho de picaporte’ o dejarme llevar por el senequismo de aquel paisano que cuando querían sacar al santo para las rogativas decía: «Por mí sacarlo, pero el tiempo no está ‘lloveor’…».

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De la inteligencia artificial y los libros
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Juan Domingo Fernández | 11-05-2017 | 18:42| 0

Supongo que las elucubraciones sobre el futuro acompañan al hombre desde el mismo instante en que nuestros antepasados se bajaron del árbol y echaron un pie a tierra. Lo que vino después es más o menos conocido y puede rastrearse a través de las religiones, la arquitectura, las diversas ramas de la ciencia e incluso a través de intuiciones geniales como las de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick con su ‘2001, una odisea del espacio’.
Al pesimismo creciente respecto a las posibilidades de sobrevivir en un planeta que destruimos apresuradamente como prueba el cambio climático –que no es causa, sino efecto– hay que sumar también las prevenciones mostradas por el científico Stefan Hawking ante los peligros que entrañan la guerra nuclear, el calentamiento global, los virus genéticamente modificados y la inteligencia artificial.
Y ahí es donde yo quería llegar, a la famosa inteligencia artificial (IA). Porque frente a las ‘alertas’ y prevenciones de Hawking cabe oponer el optimismo de Geoffrey Hinton, el científico al que nadie discute el título de ‘padrino’ de la inteligencia artificial y convencido de la imposibilidad de establecer predicciones, más allá de 5 años, respecto al peligro de máquinas con IA susceptibles de ‘dominar’ y destruir al hombre.
Lo inquietante para mí de la IA no es que sea una técnica basada en la ‘intuición’, –como el cerebro humano– y no tan sólo en la ‘lógica’, como cualquier computadora convencional; ni que la inteligencia artificial se convierta a corto plazo en potencial amenaza por su capacidad para destruir puestos de trabajo; ni por los terremotos que desate en los mercados financieros mundiales; ni por hacer que una máquina se enamore como el replicante de ‘Blade Runner’, ahora que se estrena otra versión de la ideada por Ridley Scott. Lo más inquietante para mí de la inteligencia artificial es que ya existe el ‘software’ capaz de crear un relato, según cuenta Pablo Burgos en el digital ‘Bez’ e ilustra con varios ejemplos: aquella novela que superó la primera ronda de un premio literario en Japón; la versión coescrita en 2008 de ‘Anna Karenina’ con un nuevo ‘software’, o los algoritmos utilizados por Google para que otra máquina a la que previamente se le ha ‘familiarizado’ con más de 12.000 libros electrónicos, ‘escriba’ alguna obra de ficción con aspiraciones románticas y de superventas… Esos libros de los que hablaba ayer en su columna Alfonso Callejo, «escritos en una prosa escolar simple e insulsa con poca intención de buscar la belleza del lenguaje». Esos libros que terminarán inundando el mercado.
Así que las aplicaciones de la IA que de verdad me parecen inquietantes no son las derivadas de la realidad socioeconómica (que también) sino la devastación que pueden causar en el panorama literario futuro. ¿Qué será de nuestros genios cuando los algoritmos además de ganarte al ajedrez y al complejo Go sean capaces de escribir ‘La comedia humana’ «mejor» que el propio Balzac? O superar a Cervantes… Para que luego digan que los robots no tienen que pagar impuestos, como sugiere Bill Gates.

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De Proust, Kafka y el populismo ególatra
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Juan Domingo Fernández | 04-05-2017 | 17:43| 0

Acaso el itinerario más difícil de transitar en literatura sea el que conduce desde ‘lo local a lo universal’, es decir, desde lo estrictamente íntimo, único, a lo común y general. Yo creo que nada resulta más universal que un niño jugando con un aro en un parque, al margen de que se trate de un parque de Cáceres o de Camboya.
Es un principio aplicable a las obras literarias, periodísticas y de cualquier tipo de comunicación, incluidas las de carácter comercial, político, propagandístico… Quien aspire a la eficacia en el mensaje –y esa eficacia puede consistir en conmover, deslumbrar, incitar a determinado consumo o conclusiones no necesariamente correctas– es probable que se presente ante la audiencia como alguien que viaja desde lo personal a lo universal. Desde el yo al nosotros.
Esta semana he leído en el blog de literatura ‘Calle del Orco’ un texto revelador de Walter Benjamin: «Hay algo que Kafka tiene en común con Proust y, quién sabe si este algo se encuentra también en algún otro lugar. Se trata del uso del ‘yo’. Cuando Proust en su ‘recherche du temps perdu’, Kafka en sus diarios, dicen ‘yo’, en ambos es por igual un yo transparente, un yo cristalino. Sus recámaras no tienen color local; todo lector hoy puede habitarlas y mañana abandonarlas. Observarlas y conocerlas por dentro sin tener que depender de ellas en lo más mínimo. En estos autores el sujeto adquiere la coloración protectora del planeta, que en las catástrofes venideras se pondrá gris».
En este tiempo que tal vez sea bautizado como la era del selfi y del populismo ególatra, me parece esencial conocer los mecanismos y los procedimientos de que se valen quienes buscan intereses espurios. Quienes los buscan no en el ámbito de la literatura, sino en la política y en los medios de comunicación, empezando por la galaxia digital, donde la orgía de ‘egos’ alienta tal constelación y revoltijo de mensajes que dificulta la criba y el análisis.
Cuenta Elías Canetti en su libro ‘La provincia del hombre’ que su vanidad personal deja de funcionar ante «algunas formas del espíritu» entre las cuales figuran las obras de Kafka, al que reconoce una profunda influencia.
«Kafka –escribe el premio Nobel Canetti– carece realmente de todas las vanidades propias del escritor; jamás se envanece; no puede envanecerse. Se ve pequeño y anda a pasitos. Dondequiera que ponga el pie nota la inseguridad del suelo. Este no le sostiene a uno; mientras estamos con Kafka no hay nada que nos sostenga». (…) «No hay nada en la literatura de los últimos tiempos que nos haga tan modestos. Reduce la ampulosidad de toda la vida. Mientras lo leemos nos volvemos buenos, pero sin estar orgullosos de ello. Los sermones enorgullecen a aquellos a quienes conmueven. Kafka renuncia al sermón».
Huye, mi buen Yorick, de los sermones. Sobre todo del sermón que apedrea desde la egolatría patológica de quien pretende encarnar la voz de la gente pero sin la transparencia de Proust ni la humildad de Kafka. Del que anticipa la grisura catastrófica del populismo.

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De la corrupción y su naturaleza
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Juan Domingo Fernández | 27-04-2017 | 19:33| 0

No quisiera caer en el tópico pero tal vez la reflexión más oportuna ante el delirio de corrupción e irresponsabilidad políticas que sufre España la resume la conocida frase de Bertolt Brecht: «Qué tiempos serán los que vivimos que es necesario defender lo obvio».
Los árboles nos impiden ver el bosque. Todos critican, naturalmente, la corrupción, pero juzgándola con sentido sectario, cuando no interesado. Si reprochas ante alguien de derechas los excesos que está causando la corrupción, lo primero que hará no será reconocerlo sino contrargumentar y recordar que los de izquierdas hicieron o hacen lo mismo… El cainita discurso del «…y tú más». O en el mejor de los casos optar por la equidistancia, reduciendo la naturaleza del mal a un problema general. «Es que toda la vida los políticos han hecho y hacen lo mismo…», vendrá a decir.
Lo terrible es que la corrupción cuando deja de ser un problema anecdótico o circunstancial, cuando supera ese porcentaje digamos… ‘natural’ de manzanas podridas que entran en todos los cestos, se convierte en la gangrena incontenible que acaba devorando al propio sistema democrático.
Por eso resulta incomprensible que en los partidos o en las instituciones en que se descubren ‘manzanas podridas’ la primera respuesta consista en ocultar el hecho y si ‘te han pillao con el carrito del helao’ jugar al despiste o aventurar justificaciones vergonzantes. La ocultación es otra forma de complicidad.
La corrupción es la carcoma que destruye el andamiaje de la casa común. Y además de un problema con nefastas repercusiones económicas inmediatas –el agujero en las cuentas públicas asciende a miles de millones de euros– es una lacra moral de efectos devastadores a medio y largo plazo.
Cuando se trata de corrupción de cuello blanco, promovida por dirigentes de primerísimo nivel, la gravedad crece de forma exponencial. Serían precisos millones de corruptos para sumar, migaja a migaja, las cifras que se manejan en las grandes operaciones contra la podredumbre de las últimas décadas en España.
Por otra parte, vista la cuestión desde la perspectiva de una comunidad autónoma como Extremadura, me parece al menos tranquilizador el hecho de que los niveles de corrupción nunca alcanzarían, por la propia dimensión económica de la tierra, las cotas escandalosas de otras comunidades.
¿Alguien se imagina que dirían de nosotros, los extremeños, si alguno de los presidentes de esta región hubiera sido acusado de enriquecimiento ilícito y de la retahíla de presuntos delitos a los que se enfrentan el expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González; el expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol o el exministro Rodrigo Rato, entre otros?
Es cierto que nadie debe derribar la presunción de inocencia y que la última palabra la tiene la justicia. Pero tampoco conviene olvidar la propia naturaleza de los delitos (no es igual meter la mano que meter la pata) ni olvidar lo que decía Albert Camus: «Inocente es quien no necesita explicarse». Así de simple.

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La corrupción y otras conmemoraciones
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Juan Domingo Fernández | 20-04-2017 | 18:21| 0

Cada día tiene su afán y la ONU por su parte un surtido calendario para conmemorar causas justas. Algunas de esas jornadas son tan conocidas como el Día Mundial contra el Cáncer, el Día Internacional de la Mujer o el Día Mundial del Libro y de los derechos de autor, que se celebra precisamente el próximo domingo, 23 de abril. Otros días internacionales se nos antojan menos relevantes, aunque es probable que la cercanía o los vínculos con el tema de que se trate condicionará nuestra opinión.
Se establecen días tan de sobra justificados como el de los Refugiados o el de la Salud, pero la programación oficial incluye también algunos más singulares: el de la Diversión en el Trabajo, el del Beso, el de la Felicidad o el Día Internacional de los Asteroides, por ejemplo. Salvo este último, cuya necesidad específica me queda algo a trasmano, la conveniencia de los demás estoy dispuesto a defenderla de forma entusiasta, sobre todo los de la Diversión en el Trabajo y el Beso, cuya culminación habría que celebrar, supongo, el Día Internacional de la Felicidad.
No quiero pecar de tiquismiquis porque es obvio que la mayoría de las conmemoraciones se establecen para el ámbito sanitario, de la salud, la ciencia, el desarrollo económico y los avances sociales. Sin embargo, me desconciertan algunas propuestas de la ONU. El 11 de diciembre se fijó como Día Nacional del Tango (es de suponer que en Argentina), pero ¿por qué no su equivalente en México para las rancheras o los corridos; y en España para las bulerías, los fandangos y la jota aragonesa? ¿No da lugar a discriminaciones la reserva oficial de jornadas conmemorativas? ¿Vivimos ya bajo el imperio de lo políticamente correcto a toda costa?
Cuando repaso el calendario de días internacionales y mundiales no me atrevo a borrar ninguno, al contrario, subrayaría varios imprescindibles: el 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa; el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz; el 7 de abril, Día Mundial de la Salud; el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer…
Y bueno, me siguen sorprendiendo algunos recordatorios bien peculiares: el Día del Orgullo Zombie, el del Soltero, el del Pistacho o el Día del Orgullo Friki. ¿Significa que vivimos en una sociedad fértil en conquistas y plural en matices sociales? ¿La apoteosis del postureo? Desde luego la nómina de días raros alberga joyas de museo: Día del Bolígrafo, del Cannabis, de Star Wars, de los Calcetines desparejados…
Aunque pueda parecer que todas las causas cuentan con su correspondiente cumpleaños, echo de menos bastantes aniversarios. ¿Cuándo es por ejemplo el Día de la Corrupción, afán al que miles de personas se entregan frenéticamente en España desde hace años? ¿Cuándo el Día nacional de la Irresponsabilidad, de quienes dicen «yo no sé nada» o «a mí que no me pregunten»? ¿Cuándo el Día de la Ley del Embudo? Me parece que alguien tendría que ir avisando a la ONU.

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Verdad y hologramas
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Juan Domingo Fernández | 13-04-2017 | 19:19| 0

Ante la abundancia de ‘posverdades’ o directamente ‘mentiras’ que pululan en el ecosistema informativo resulta urgente separar los hechos de las opiniones, las voces de los ecos, la realidad de la tramoya. Imprescindible y forzoso.

‘Le Huffington Post’ da cuenta esta semana de cómo Jean-Luc Mélenchon, eurodiputado y candidato a las elecciones presidenciales del movimiento Francia insumisa se dispone a organizar grandes mítines con su imagen multiplicada sobre el escenario por medio de hologramas. Del acontecimiento se hace eco en twitter Nacho Sánchez Amor: «Los mítines con hologramas pasan de Turquía a Francia. Pronto no ya el orador, también el público en hologramas. Al tiempo», profetiza el diputado socialista en el Congreso.

Nadie duda que la política tiene una parte de teatro, de escenificación… no solo durante los periodos electorales sino en la práctica diaria. Pero el uso de forma habitual de hologramas (imágenes tridimensionales que se ‘materializan’ mediante holografías) es un salto cualitativo, la apoteosis del juego de espejos donde disputan su partida la verdad y las apariencias, la realidad y lo que ahora se denominan ‘hechos alternativos’.

Aunque quizás no haya lugar al asombro ni deba considerarse extraordinario el mitin con protagonista y público holográficos pues bien pensado ¿qué otra cosa son las redes sociales y la multiplicación virtual de mensajes, mantras y argumentarios? ¿Qué más holograma que los vídeos políticos de promoción o las intervenciones enlatadas en platós? ¿Acaso no es la propia realidad virtual en la que suceden esas ‘acciones’ una masiva y prodigiosa escenificación holográfica? El eco robotizado de un cartel.

Para millones de seguidores de la saga cinematográfica ‘Star Wars’ hay un ‘momento holograma’ inolvidable justo cuando la princesa Leia suplica: «Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza». Se trata de un instante dramático en la historia y del último recurso que la princesa tiene para comunicarse con el maestro jedi, a millones de kilómetros entonces de ella.

Sin embargo ahora, si se populariza el procedimiento holográfico, será ante todo por sentido utilitario y mediático, es decir, como recurso llamativo para contribuir a que los mítines refuercen su carácter de puro espectáculo, de placebo luminoso y superficial. De cumplirse la profecía de Sánchez Amor, quienes acudan a los mítines recibirán de los oradores peticiones holográficas similares a esta: «Ayúdame, votante mío, eres mi única esperanza». O cosas por el estilo.

Decía Machado que hay dos clases de hombres, los que viven hablando de las virtudes y los que se limitan a tenerlas. Me parece que la llegada de los hologramas viene a complicar las cosas algo más. Si ya de por sí resulta arduo establecer cuándo un hombre realmente es virtuoso y no un simple impostor, con hologramas resplandeciendo sobre la tarima se me antoja peliagudo separar el trigo de la paja, la verdad de los hechos alternativos. En otro tiempo, además, a los malos actores se les podía tirar tomates en el teatro. ¿Pero qué le lanzas para acertar a un holograma?

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De Gibraltar a Torrente
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Juan Domingo Fernández | 06-04-2017 | 17:52| 0

Parafraseando al Borges que elogiaba a Quevedo cabe decir que Gibraltar es menos un género noticioso que una dilatada y compleja literatura. Un clásico de los contenciosos enquistados, el paradigma de nuestros nudos gordianos. Durante los primeros años del franquismo el grito «¡Gibraltar español!» resumía el santo y seña del espíritu patrio. El heredero natural del viejo «¡Santiago y cierra España». A veces –supongo que cuando convenía al régimen– asomaba cual serpiente de verano por el horizonte político con la disimulada intención de distraer al personal de otras reivindicaciones más acuciantes…
Es famosa la anécdota de los estudiantes falangistas que se manifestaban en los años cuarenta del pasado siglo ante la embajada británica en Madrid. Ante los amenazantes insultos y gritos reclamando la soberanía de Gibraltar para España, el embajador llamó a Ramón Serrano Suñer para protestar por la actitud de los manifestantes. Serrano preguntó al diplomático si quería que le mandase más policías para proteger la embajada. «No, quiero que me mande menos manifestantes», respondió el británico.
Los tiras y aflojas sobre Gibraltar ocupan miles de páginas de nuestra historia. La controversia se remonta al minuto uno, es decir, a 1713. A partir de entonces se han abordado prácticamente todas las estrategias posibles para acabar con el ‘nudo gordiano’: desde acciones artilleras, referendos, cierre de la verja, apertura de la verja, actitudes colaboradoras, protestas enérgicas, protestas morigeradas, acciones diplomáticas en la ONU, rifirrafes con los pescadores en la bahía de Algeciras…
Hasta anteayer y el inesperado ‘brexit’, recibido en España como una ocasión de oro para modificar el estatus del Peñón y reactivar la tesis de un periodo transitorio de soberanía compartida.
Si en una guerra la primera víctima siempre es la verdad, en este conflicto
–antes incluso de enfrentamiento alguno– la primera víctima es el sentido común. ¡Cuánto se ha disparatado en los últimos días!, sobre todo desde el Reino Unido. Más que asombro, las salidas de tono invitan a la sonrisa: con ese exministro y miembro de la Cámara de los Lores, Norman Tebbit, que propone apoyar la independencia de Cataluña para presionar a España; con el antiguo líder del Partido Conservador, Michael Howard, insinuando que Theresa May llegado el caso se comportaría igual que Margaret Thatcher cuando la guerra de las Malvinas…
Por no hablar de periódicos de un amarillismo rabioso como ‘The Sun’, en cuyas páginas se alude a los españoles como «follaburros» (¡!) y se sugieren entre otras medidas de presión ‘decir adiós’ a los 125.000 españoles que trabajan en Reino Unido, poner un impuesto al vino de Rioja o cerrar el espacio aéreo a los vuelos españoles… «La roca no se toca».
Yo creo que lo mejor que los diplomáticos de España pueden hacer ahora es regalar a los exaltados ‘british’ una copia de la película ‘ Torrente 2’, esa en la que el héroe creado por Santiago Segura dirige un misil al Peñón mientras exclama: «Ya que estamos, Gibraltar español o ‘pa’ nadie». Y que se mueran de risa.

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