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Al fondo hay sitio
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Juan Domingo Fernández | 23-10-2011 | 12:41| 0

Lo peor de las sociedades desconcertadas no son los  bandazos que dan hasta recuperar  el rumbo, sino el tiempo que pierden en recuperarlo. Cuando nadie sabe manejar la brújula se impone esa desorientación propia de los partidos de fútbol en los patios de colegio, donde cada uno iba a su bola y se jugaba sin orden, sin sistema y sin concierto. Hay momentos en que las sociedades perfectamente estructuradas y dirigidas evolucionan como el ballet del Bolshoi o –aunque mi madridismo se resienta por el ejemplo– como el Barça de Messi, Iniesta y Guardiola. En otros momentos, sin embargo, la sociedad más que un partido de escolares parece un encuentro en el que los jugadores se mueven como pollos sin cabeza.
Si uno mira alrededor y se fija en el panorama económico dan ganas de salir corriendo y ponerse a resguardo. La patronal, por ejemplo, en un ejercicio que recuerda a los profesores que borraban la pizarra y escribían el enunciado del siguiente problema, nos pide un salto en el vacío, que nos introduzcamos en el túnel del tiempo y borremos con la gamuza todo lo obtenido por millones de españoles desde hace medio siglo. Es decir, que el nieto se vaya preparando para las mismas condiciones laborales que tenía su abuelo. Que aprenda idiomas, que deje la maleta a la vista y que ande con ojo por si le meten la mano en el bolsillo para sufragar la educación o la sanidad, pues ¿a cuento de qué tiene que ir todo el mundo ahora a la universidad, si no es pagando? Y oirá eso de que el personal no debe ‘aficionarse’ a visitar los ambulatorios y los hospitales, que luego se masifican y nos cuestan una pasta… ¿Les suena la música?
Finiquitadas las ideologías, constipadas todas las revoluciones y con la espalda doblada por el peso de los mercados, se empeñan en hacernos creer que lo único que cuenta es la pura gestión, que aquí solo caben los tecnócratas de un sistema monstruoso, abstracto, distante e implacable que encima tenemos que alimentar con la falsa coartada de que se abastece de nuestros fondos de pensiones y otros depósitos.
Por eso reconforta toparse con mensajes como los planteados el otro día por el candidato socialista a la Presidencia de Francia, François Hollande, durante su intervención en la III Conferencia de Progreso Global celebrada en Madrid. Lejos de  ambigüedades o eufemismos, Hollande formuló las cuatro especificidades que, en su opinión, distinguen los planteamientos progresistas de los conservadores: el dominio de la política sobre los mercados y las agencias de calificación, la lucha contra la desigualdad en todas sus vertientes, la defensa de la educación y la apuesta decidida por la transición energética hacia fuentes renovables. Me parece todo un programa de gobierno que cabría en un mensaje de teléfono móvil.  Al grano. Esencia sinrollos.
En esa misma conferencia el expresidente de Brasil, Lula da Silva, abogó por luchar contra la opacidad de la banca, contra los paraísos fiscales y a favor de un mayor control financiero global y del dinero público. Su resumen: el mundo no tiene derecho a permitir que la UE acabe porque es «patrimonio democrático de la Humanidad».

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Una mirada intemporal
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Juan Domingo Fernández | 14-10-2011 | 20:06| 0

Quizás porque no son buenos tiempos para la lírica, he recaído por enésima vez en un libro de poemas, publicado en 1977, que conserva muy bien la palabra y la música de su tiempo, Leticia va del laberinto al treinta, del extremeño Felipe Núñez. El entonces joven poeta empezaba a dejar testimonio de la emoción contenida que supone mirar hacia la infancia y primera juventud desde el recodo de sueños que comenzaban a teñirse del color sepia de la melancolía. Solo que la poesía de Felipe Núñez es refractaria al ternurismo fácil y enseguida se blinda con la reciedumbre del humor.
Así que traspasado el pórtico con una cita de César Vallejo: «He almorzado solo, ahora y no he tenido / madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua», Felipe Núñez se descuelga con una coplilla que fija como ‘Oído por ahí’:
«Hombres más guapos que yo
encontrarás a millares,
pero más borrachos, no;
eso tú misma lo sabes,
no es por alabarme yo».
Y llega el primer poema. Un canto a la etapa de su niñez: «Olían a dulce mezcla / de goma de borrar, / lapiceros y nido. / Coleccionaban chapas de botellas, / bolindres, rodamientos, / alfileres, hechizos / y toda la quincalla repetible / en efímeras modas».
Le bastan apenas veinticinco versos para perfilar el escenario en el que se movía la pandilla del poeta. Qué talento para cerrar el retrato del grupo: «Las tardes eran largas / y las mañanas anchas. / Por eso los días les quedaban siempre grandes / y caídos de hombros». En cierto modo, Leticia va del laberinto al treinta es también una crónica sentimental de España, al estilo de aquel ajuste de cuentas que firmó Manuel Vázquez Montalbán. La memoria de unos años que ahora, en un plano bastante más prosaico, recrean series como ‘Cuéntame’.
Entre ese primer poema y el último del libro crece la mirada de un escritor que es a la vez un sensible sismógrafo registrando cambios ‘ideológicos’ en su país, los jirones de la vida, la madurez obligada, las formalidades del trabajo, y un hijo, esa ficha que te permite saltar de casilla y reiniciar el juego, proseguir el río de la vida. Poemas, como bien señala Jorge Urrutia, que tienen algo de fábula dieciochesca y de un extraordinario dominio de la lengua y de los recursos de la poesía capaz de emocionar.
El último poema concluye con lo que parece una claudicación ante la rebeldía: «Uno tuvo sus cosas y ahora dicen: / ¡cuarenta! y  uno atiende / y rellena un impreso / y asume su estatura meridiana / y una nobleza como de pez. Qué cosas».
He dicho el último poema pero no es verdad, es el penúltimo. En la página siguiente el autor de  Leticia va del laberinto al treinta demuestra que le quedan fuerzas para no claudicar ante los sueños rotos, ante las ilusiones perdidas y se atreve a gritar dos versos que son el  gesto postrero de insurrección contra la realidad desafecta:
¡Tomás!
¿Tienes gusanos de seda?
Por si interesa, el poemario está reeditado dentro del libro de Felipe Núñez Balizamiento para un aterrizaje nocturno, Madrid, Calambur, 1998.

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¿Imperecedero Jobs?
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Juan Domingo Fernández | 07-10-2011 | 20:32| 2

La muerte de Steve Jobs, uno de los fundadores de Apple y paradigma del innovador visionario que salta en Estados Unidos desde el reducto de un garaje familiar a la cima de una de las empresas más importantes del universo, pone de actualidad la trayectoria de un hombre que siempre tuvo fe en sí mismo y coraje suficiente para batallar por sus proyectos. En Internet circula su famoso discurso en la Universidad de Stanford, y se multiplican sus citas como mandamientos de un gurú posmoderno: «Si vives cada día de tu vida como si fuera el último, algún día realmente tendrás razón». O este otro:  «Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder».
He trabajado más de veinte años con productos de Apple, desde aquellos primeros Mac ‘cabezones’ hasta las últimas versiones de los famosos Macintosh. Sé el valor que tienen sus aportaciones tecnológicas y la penetración comercial de sus productos, entre otras razones porque –y ahí me parece que se adivinan las sombras de otros genios– Apple ha logrado que sean los potenciales usuarios quienes se conviertan, incluso antes de ser ‘clientes’, en pregoneros y mensajeros que entonan ‘ hosannas’ y cantan las aleluyas del Ipod, Ipad, Iphone o  Icloud por los que pagan fervorosamente lo que estipula la marca de la manzana.
A mí me parece que hay algo de exceso, de sobreactuación, de falta de ponderación en esta inmensa ceremonia de ‘plañiderismo’ retroalimentado por las redes sociales. Creo que la muerte de Steve Jobs está siendo más llorada –considerando las distancias temporales y tecnologícas– que las de Marconi, Fleming, Graham Bell, Ford e incluso Teresa de Calcuta…
No quisiera parecer irrespetuoso ni establecer comparaciones imposibles, pero puestos  a lamentar  una muerte se me ocurre que muchísimos llorarían antes por ejemplo la desaparición del inventor de la lavadora eléctrica (que por cierto, no sé quién fue) o la del inventor del marcapasos, ya fallecido, que la del padre de varios ‘gadgets’ tecnológicos, por muy innovadores y bien aceptados comercialmente que sean.
Leo algunos de los perfiles periodísticos y biográficos de Steve Jobs y me descubro ante su talento, ante su formidable voluntad, ante lo descomunal de su reto empresarial. Pero todo eso me parece perecedero, con fecha de caducidad. La que suelen fijar el progreso y la inteligencia del hombre.  Sin embargo, me deslumbran su carácter, y su ejemplo vital, que posiblemente no caducan. Y no sé por qué, también me inspira cierta piedad. ¿Ha sido feliz?
Me anoto esas frases de Jobs tan recordadas ahora, pero no me olvido de otras, escritas por el poeta latino Marcial hace 20 siglos para hacernos más confortable la vida, que al fin es lo que cuenta:
«Disputa nunca, etiqueta escasa, mente serena, cuerpo saludable, sencillez sabia, amigos que se nos parezcan y huéspedes amables, noches sin excesivo vino pero libres de preocupaciones, un lecho ameno, sueño que haga breves las tinieblas, que quieras ser lo que eres y no prefieras nada y ni temas ni desees el día final».

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Sonría, que es sano
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Juan Domingo Fernández | 01-10-2011 | 19:32| 0

En uno de sus cuentos más famosos, ‘El mono que quiso ser escritor satírico’, Augusto Monterroso  nos acerca el desasosiego que invade al protagonista del relato después de un minucioso aprendizaje de las cosas de los hombres. Una enseñanza que fue adquiriendo en cócteles donde siempre era agasajado con júbilo y en los que –«por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica» tanto las Monas como los esposos de las Monas– él «se mostraba invariablemente comprensivo», con el ánimo de perfeccionar su conocimiento de la naturaleza humana y retratarla en sus sátiras. Pasado un tiempo, el mono que aspiraba a ser escritor satírico consideró que había completado su formación en la materia y que era el más experto entre todos los animales. Pensó entonces que podía escribir en contra de los ladrones y se fijó en la Urraca, «y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente se dio cuenta que entre los animales de la sociedad que lo agasajaban habían muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo».
Después quiso escribir sobre los oportunistas y se fijó en la Serpiente, gran aduladora que le permitía mantenerse siempre en sus cargos e incluso mejorarlos. Pero reparó que conocía a bastantes Serpientes amigas suyas que podían darse por aludidas y también desistió de escribir sobre ese tema.
Creyó que podía escribir una gran sátira sobre los laboriosos compulsivos y se fijó en la Abeja, «que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién», pero se dio cuenta que muchos amigos podrían darse por aludidos y desistió de escribir e incluso desistió de compararla con la Cigarra, para la que también tiene el protagonista del cuento palabras ingeniosas. Se propuso abordar la promiscuidad sexual y pensó centrarse en las Gallinas adúlteras y casquivanas, pero su empeño naufragó ante los mismos reparos que había sentido con los otros animales: eran tantos los vínculos y los agasajos recibidos que prefirió no arriesgarse.
Al final se propuso escribir sobre las debilidades y los defectos humanos, pero comprobó que esa materia salpicaba a todos sus amigos y a él mismo, por lo que renunció en ese instante a ser escritor satírico.
No voy a desvelar cómo acaba el cuento  de Monterroso, pero su fábula me parece de una actualidad imperecedera. Raro es el ciudadano que soporta la brisa de la ironía o de la alusión personal o profesional sin torcer el gesto y anotar la afrenta. Eso tan español de reírse de los demás pero jamás de no de uno mismo debe formar parte ya de nuestro ADN social. Es lo que sucede en el cuento de Monterroso, que los compromisos y servidumbres impiden elegir el tema libremente.  Dice Irene Vallejo que en el vocabulario de los españoles «’criticar’ es un verbo de conjugación irregular, varía con la persona: yo atino, tú criticas, él insulta». Es inquietante esa realidad porque además de no prosperar los escritores satíricos, alguno puede creer que vale más por lo que calla que por lo que dice.

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Pillados en la Red
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Juan Domingo Fernández | 23-09-2011 | 19:44| 0

EL coitus interruptus de los miembros del consejo de administración de RTVE sobre la cama de la censura previa me  recuerda esos motines populares en los que la chispa de una penúltima injusticia enciende los corazones de la protesta. También me ha recordado el título de un famoso artículo de Manuel Vicent, ‘No pongas tus sucias manos sobre Mozart’. En aquel trabajo, con el que ganó el premio César González Ruano de periodismo, Vicent recreaba una historia de interés humano antes que político, pero ese título me parece que resume el exabrupto al que seguramente recurrieron los profesionales de RTVE al enterarse de los propósitos de su consejo de administración, uno de esos equipos sancionados ya con la fama inversa del sambenito.
El consejo de administración de RTVE ha estado en un tris de consagrar la posibilidad de que los representantes políticos metan cuchara en el guiso de los telediarios, como si no fuera suficiente su condición de críticos y gourmets que además quisieran convertirse directamente en cocineros.
Supongo que este acontecimiento, abortado por la rapidísima y masiva multiplicación de los comentarios en Twitter y Facebook, acelerará el debate sobre la necesidad de un modelo de medios públicos más parecido a la BBC, por ejemplo, que a aquella tele a la gresca de Calviño, María Antonia Iglesias o Alfredo Urdaci.
No hay que repasar la historia del periodismo para comprobar que la tendencia del poder a controlar la prensa es un principio tan incontestable como la ley de la gravedad. Ya se sabe: quien posee la información tiene el poder. Literalmente. Por eso resulta tan lúcida y reveladora la sentencia de Thomas Jefferson, hace más de dos siglos: «Si me fuera dado decidir entre un gobierno sin prensa o una prensa sin gobierno, elegiría lo último sin vacilar».
Entre la avalancha de opiniones y respuestas que ha generado el ‘error’ y ‘marcha atrás’ del consejo de RTVE, encuentro unas palabras pronunciadas ayer por el Príncipe de Asturias: «No hay democracia sin una prensa libre, crítica, rigurosa y responsable». Me parece una de esas sentencias que habría que poner en el frontispicio de todas las redacciones y… en los despachos de aquellos responsables políticos que han estado momentáneamente autorizados a la censura previa que supone ‘meter la cuchara’ en el proceso de elaboración de las noticias por parte de los periodistas profesionales.
Al final se ha impuesto la sensatez y la responsabilidad. Las aguas vuelven a su cauce, pero reconozco que me quedo con ganas de haber imaginado cómo hubiera sido el vértigo de elaborar un informativo, de editar cualquier telediario mientras suenan los telefonazos del mando a distancia para dictarte lo que tienes que decir o dejar de decir y durante cuánto tiempo.
Un espectáculo propio de una película de ficción o de una sesión de títeres y marionetas, algo inconcebible en los medios de titularidad pública de un país democrático que aspira a tener una prensa libre, critica, rigurosa y responsable. Y unos políticos, claro, que no le vayan a la zaga.

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Para salir de casa
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Juan Domingo Fernández | 19-09-2011 | 11:00| 1

El desembarco en España de esa gran multinacional de la venta ‘online’ que es Amazón suscita la misma inquietud que la visión de un elefante en una cacharrería. Algunos libreros y editores están con la mosca detrás de la oreja, a la espera de conocer la política de distribución del más gigantesco bazar de  libros, películas y música que fundamenta precisamente en la distribución su política de expansión por el mundo.
Haciendo abstracción de las circunstancias estrictamente mercantiles o de la logística concreta del negocio, que me resultan tan desconocidos como los algoritmos de Google, no entiendo muy bien esta inquietud en un país como España, donde las ventas relacionadas con el hogar siempre han exigido el ‘factor humano’, por ejemplo, del jubilado que te llevaba los libros del Círculo de Lectores; la complicidad ‘presencial’, como se dice ahora, de las amigas reunidas para que Avon llamase a su puerta o de esos encuentros amistosos donde las amas de casa empezaron a conocer los envases Tupperware o el robot de cocina Thermomix (y conste que cito marcas concretas para ilustrar mejor el razonamiento, aunque les aseguro que no llevo comisión publicitaria…).
En realidad, a mí lo que me gustaría conocer, a raíz del desembarco de Amazon en España, es qué metáforas le hubieran sugerido a Jorge Luis Borges la expansión del megagigante americano, a él que era capaz de construir sobre la ficción de una biblioteca infinita, de un laberinto, de una lotería, de un juego de espejos o de un ‘aleph’ la cartografía minúscula de todo el universo.
¿Es que va a desaparecer de la noche a la mañana el placer de acudir a una librería (grande, chica o mediana) y entretener la vista y la atención ojeando libros, repasando títulos en los estantes o sencillamente charlando con el librero amigo acerca de la última novedad que ha recibido de ese autor que sabe que te gusta y cuyas obras aguardas como un festín? ¿Es que esa expedición a la librería-biblioteca, que debe satisfacer también nuestro instinto ancestral de cazadores, puede sustituirse por el simple navegar en la Red para hacer un encargo y aguardar a que el ‘secretario’ te lleve la pieza cobrada como si fueras un señorito cazador? ¿Es que puede sustituirse el chispazo de emoción que proporciona descubrir una novela apasionante tras un vistazo reposado y acaso hecho al azar?
En el capítulo XXIII de ‘El Príncipito’, de Antoine de Saint- Exupéry, el pequeño protagonista se encuentra con un vendedor de píldoras perfeccionadas que calman la sed. Quienes las toman, durante una semana no  sienten más la necesidad de beber.
El pequeño príncipe le pregunta por qué vende ese producto. «Es una gran economía de tiempo», le responde el vendedor. «Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana».
Entonces el principito le pregunta:
–¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
–Se hace lo que se quiere…
–Yo -se dijo el principito- si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría lentamente hacia una fuente…»

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Burdel de ficción
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Juan Domingo Fernández | 09-09-2011 | 22:13| 0

Uno de los cuentos más deliciosos que he leído de Mario Benedetti es el titulado ‘Maison Lucrèce’, publicado dentro del volumen ‘Despieces y franquezas’. Ambientado en un imaginario pueblo uruguayo, San Pascual, «más bien conservador y bastante ilustrado», narra las circunstancias inusuales de un burdel fundado en 1919 por una tal Madame Lucrèce que recaló en ese país «como una misteriosa secuencia de la Primera Guerra Mundial». La promotora del negocio consideraba que su casa no debía ser «un lugar de perdición sino de hallazgo» e impuso a sus pupilas la cultura, de modo que cada una de las muchachas tenía en su aposento de trabajo y en los espacios libres «su bibliotequita» y «cuando no habían llegado los huéspedes consuetudinarios o cuando ya habían abandonado aquel lugar de sano esparcimiento, Madame Lucrèce celebraba con sus pupilas verdaderas mesas redondas sobre temas directa o vagamente culturales». Con un humor zumbón, tierno y lleno de ironía, cuenta Benedetti cómo se hablaba allí de Schopenhauer, de las bases científicas del simbolismo o de las influencias de Brener en Freud. Y cumpliendo, además, una norma siempre respetada en San Pascual: hablarse de usted. Nada de tuteo. Y con las pupilas de la Maison, igual, tanto vestidas como en cueros.

Así va enterándose el lector de otro detalle insólito: todas ellas se dedicaban también a la lectura «mientras llevaban a cabo la ceremonia erótica». Y leían desde números de las ‘Selecciones del Reader’s Digest’ hasta ‘Fortunata y Jacinta’ o libros de Romain Rolland, Colette o Thomas Mann.

El protagonista del relato destaca la habilidad amatoria de que era capaz una tal Ondine mientras «con su mano derecha iba pasando morosamente las páginas de las ‘Confesiones de San Agustín’». Sin embargo, con el tiempo cambia la situación porque las ilustradas cortesanas «ahora leen a Bukovski», lo que lleva al protagonista del cuento a exponer una disparatada sarta de argumentos trenzados de lamentaciones y de escándalo. ¡Cambiar las ‘Confesiones’ por Bukovski! A dónde vamos a llegar.

Ya sé que no es equiparable ninguna situación que se compare, aunque sea en tono humorístico, con lo que sucede en el interior de un burdel que pertenece al mundo de la literatura. Pero hecha esa salvedad en prevención de suspicaces y doctorados en el arte de sospechar de terceras y cuartas intenciones, ahora mismo me voy a contradecir porque existen algunas ‘realidades’ próximas que me recuerdan lo que sucede en el cuento de Benedetti.

La vida no se detiene en la Maison Lucrèce. Por allí pasa todo el mundo y aunque desde hace años no está al frente su fundadora, la vida sigue más o menos igual. Las pupilas trabajan y se cultivan; los clientes siguen frecuentando «aquel quilombo de órdago» y únicamente es uno de ellos el que, tal vez melancólico por el paso del tiempo, se escandaliza al comprobar que han cambiado las preferencias lectoras de las chicas, que han variado sus gustos. ¿Pero cuántas veces no ocurre lo mismo en la vida real? Incluso fuera de los burdeles de ficción.

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Consumo y despilfarro
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Juan Domingo Fernández | 02-09-2011 | 19:16| 1

A través de los ochenta y tantos kilómetros que he recorrido durante muchos veranos en mis peregrinajes a Guadalupe, lo que más me llamaba la atención recién niciado el camino, cerca de Trujillo, no eran la belleza de los paisajes, tan variados después de las leguas de berrocal, ni el mar de luces que se divisa por la noche rebasada la sierra de los Lagares. Ni siquiera el serpentear de caminos polvorientos y veredas que se pierden aquí y allá, entre olivares, jaramagos y la soledad de las encinas.
Siempre por carretera, a los ojos del peregrino lo que más le sorprende es la acumulación de latas de aluminio y desperdicios que salpican las cunetas, convertidas en vertedero improvisado hasta de algún colchón colapsado de sueños y porquería.
Cargado con la mochila, la vista va y viene desde la silueta de la sierra del Puerto hasta las estribaciones montañosas que anticipan el frescor de Logrosán y más adelante la promesa de las Villuercas y Cañamero. Pero  inevitablemente, como si fueran los contrapuntos de una jornada feliz, de tarde en tarde nos enoja la visión de los desechos: aquí una lata, allí un tetrabrick, más adelante restos de cartón, plásticos…
No somos tan solo una sociedad que ha vivido por encima de sus posibilidades, es que nos hemos convertido en manirrotos, como esos nuevos ricos a los que emborracha el dinero fácil o el éxito engañoso y se precipitan raudos a cambiar las tres ‘c’: la casa, el coche y la compañera.
He aprovechado alguno de mis días de vacaciones para releer esa joyita de la filosofía política titulada ‘Comunicado urgente contra el despilfarro’, de Agustín García Calvo, autor del que podría decirse lo mismo que dijo la autoridad gubernativa de Valle Inclán: «Eximio escritor y extravagante ciudadano», con la salvedad de que en el caso de García Calvo, me parece que nadie discreparía si añadimos la expresión «lúcido filósofo». A lo que voy. En ese librito, de finales de los años setenta, ya nos avisaba que la nueva sociedad se define por  un término, ‘consumo’, que no se corresponde exactamente con el término ‘despilfarro’, pues el primero («consumo yo» o «consumen los habitantes de España») va ligado a lo personal mientras que ‘despilfarro’ va unido al proceso de depreciación de la persona, está fundado «en la depreciación (y en cierto modo anulación) de las cosas y bienes que su despilfarro exige». Parece un galimatías, pero nada de eso.
Tampoco puede creerse que ‘consumo’ alude aquí a lo necesario y ‘despilfarro’ al consumo de bienes no necesarios, pues como previene García Calvo, no sabemos en realidad cuáles son las «necesidades primarias y naturales» de la persona, pero sí sabemos que es el mercado quien se encarga de crearnos bienes y crearnos necesidades para que nosotros las consumamos: es decir, es el propio mercado el que establece la oferta y la demanda para suministrar a sus clientes los gustos y caprichos que deben tener y consumir. Dice García Calvo que la definición de ‘despilfarro’ es «consumo de consumo». Para saber que lleva razón me basta con observar los ‘mercados’ o reparar en ciertas cunetas.

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Una fábula de Esopo
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Juan Domingo Fernández | 02-08-2011 | 17:13| 2

Contaba Esopo en una de sus fábulas que un labrador y su hijo caminaban con un burro hacia el mercado cuando se cruzaron con un paisano que les dijo: «Sois más burros que el animal, ¿no sabéis que el asno es para que os lleve?» En ese momento, el padre subió al niño al burro y siguieron el camino. Al rebasar a otros labradores que también iban al mercado oyó comentar a sus espaldas: «¡Vaya ejemplo. El hijo hecho un gandul, tan cómodamente, y el padre, medio agotado y caminando!» Al escuchar esas palabras el padre ordenó a su hijo bajar y montó él. Pero no habían recorrido mucho trecho cuando oyeron refunfuñar a dos mujeres con las que se cruzaron: «¡Qué vergüenza, el pobre niño a pie y el patán perezoso montado!» Ese comentario le molestó de verdad y pensó que si el niño se subía al burro, detrás de él, se acabaría la polémica. «A ver si alguien rechista ahora», pensó el labrador mientras se acercaba al mercado. Estaba convencido de que nadie podría criticar la solución. Pero se equivocaba. Uno de los hombres que los vieron llegar murmuró: «Ahí los tienes, hasta que el burro no reviente no se quedarán contentos».
Esta fábula de Esopo, que glosó en su día Irene Vallejo y que figura en su libro ‘El pasado que te espera’ (Anorak ediciones) ilustra muy bien, en opinión de la joven escritora zaragozana, ese principio universal de que hagas lo que hagas, siempre recibirás críticas. Nunca llueve a gusto de todos. Siempre habrá quien encuentre imperfecta esta acción, aquel detalle, la otra propuesta. «Según Séneca», escribe Irene Vallejo, «los hombre ladran a su prójimo como los perros cuando ven pasar a un extraño. Mejor no tener el oído muy fino. Pero si un día oyes algo, recuerda bien esto: hagas lo que hagas te criticarán, esforzarse por dar gusto a todos es tiempo perdido».
Ese es el sentido de la fábula. De aplicación en todos los campos de la actividad humana pero quizás de una manera más relevante en el de la política. Digamos que la experiencia de un político se acabará midiendo por su capacidad para convivir con la ‘frustración’ del reproche permanente. Al contrario que el universo de las ciencias exactas, que se rige por leyes precisas, objetivas, que se pueden sistematizar y traducir a lenguaje matemático, en el planeta de la política prima el ‘compadreo’ de la subjetividad, del juicio interesado, de la observación y el análisis militantes. Por desgracia, cada vez es más habitual percibir el honorable sustantivo ‘política’ devaluado por el adjetivo ‘partidista’.
No se trata de mentalizar a nuestros representantes públicos de que, se pongan como se pongan, les va a pillar el toro. Lo saben de sobra. Ocurre desde la época de Esopo y probablemente desde mucho antes, desde los tiempos en que a Eva le aburría el menú del paraíso. Se trata de no renunciar a la voluntad de perfección, al trabajo bien hecho y responsable que conlleva la gestión pública. La inusitada capacidad de las redes sociales para que los políticos sean jaleados por sus palmeros, no puede convertirse en el estupefaciente, en la excusa que les impida reparar en lo esencial: la política como el bien común.

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Camps, otro raro
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Juan Domingo Fernández | 22-07-2011 | 22:13| 0

Aquí se le presta más atención al entierro que al bautizo o a las bodas de oro. La hora del adiós no es la de las alabanzas, sino la de ¡ya era hora! Y a pesar de ello, no prosperan los voluntarios dispuestos a cosechar la gloria de la despedida. Quieto todo el mundo. Curioso país el nuestro, donde el cometa de la dimisión deja una estela más grande que la del mismo personaje. Resulta tan inusitado ser dimisionario en España que reuniendo unos cuantos se podría elaborar otra ‘Galería de raros’ como la publicada por don Ramón Carande. Descubrir una dimisión que no sea forzada o inducida parece más difícil que toparse con Aristóteles en una tertulia televisiva.

Es tan asombroso dimitir en España que algún personaje público ha convertido ese descabalgamiento en su mayor timbre de gloria, en lo más relevante de su trayectoria histórica. Muchos estudiantes de Secundaria lo único que sabrían decir de Nicolás Salmerón es que renunció a la presidencia de la I República por no firmar una sentencia de muerte, y de Francisco Pi y Margall, su predecesor en el cargo, que también dimitió porque el cantonalismo minaba sus ideales federalistas. Ambos casos en el siglo XIX. En nuestros días, exceptuando el edificante gesto del señor Camps –que se ha resistido como gato panza arriba a ofrecer ese «sacrificio por España»– las dimisiones en el ámbito político prácticamente se reducen a las de Antonio Asunción, que renunció al cargo de ministro de Interior tras la estrepitosa fuga de Luis Roldán, exdirector de la Guardia Civil, y la dimisión del ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, tras haber participado en una montería junto al juez Garzón y para la que no contaba además con la licencia de caza andaluza. Aunque a los dos ex ministros les quede mucho futuro en la política, una cosa es segura: pasarán a la historia por haber asumido una culpa y deslizarse al panteón de los dimisionarios. Gente rara.

No sé si el Diccionario Biográfico Español o cualquier otra obra similar podrán cuantificar alguna vez el número y la filiación política de nuestros dimisionarios. Yo creo que han sido algo más abundantes en la izquierda que en la derecha, considerando el tiempo, claro está, que han gobernado en los últimos ciento cincuenta años los de un signo político y los del otro.

Aunque probablemente sea una ‘contabilidad’ que importa poco. Ya don Antonio Machado nos avisaba, con su lucidez bondadosa y llena de humor descreído, de una realidad española que trasciende el momento e incluso el signo político del momento:

«–Yo no sé,
don José,
cómo son los liberales
tan perros, tan inmorales.
–¡ Oh, tranquilícese, usté !
Pasados los carnavales,
vendrán los conservadores,
buenos administradores
de su casa.
Todo llega y todo pasa.
Nada eterno:
ni gobierno que perdure,
ni mal que cien años dure».

Seguro que Camps no lee a Machado.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
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