Hoy
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Catálogo de especies
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Juan Domingo Fernández | 16-12-2011 | 19:56| 0

Dicen que en los tiempos antiguos una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol. No sé si es pura exageración o simple imagen para evocar un paraíso forestal del que fuimos expulsados o al que los siglos aplicaron la voracidad que ahora amenaza a la selva amazónica. Supongo que la realidad ambiental no es un todo inmutable, sino un conjunto complejo de elementos que va transformando el tiempo y de manera especial la mano del hombre.
Eso lo saben muy bien los cazadores y los proteccionistas que alertan sobre la invasión de especies exóticas invasoras. Hace poco más de un mes el Gobierno aprobó un catálogo de especies exóticas invasoras que incluye 136 animales o plantas entre las que figuran el jacinto de agua, la perca, el lucio, el mejillón cebra, el mosquito tigre, el picudo rojo, el siluro, la cotorra argentina, el mapache o la ardilla gris. Variedades todas ellas que resultan muy perjudiciales si se integran en nuestros ecosistemas. No soy pescador, pero siento que declaren ilegal al siluro, un pez que parece un monstruo de Julio Verne, antes de saber con certeza si se han reproducido ya en el embalse de Alcántara, donde he oído historias fabulosas de buzos que se sentían aterrados por  la silueta de inmensos siluros cuando revisaban los pilares de los puentes del Tajo. Me alegro, en cambio, que se ponga freno a la expansión del jacinto de agua (camalote) que tanto prolifera en el Guadiana, a la cotorra argentina, que no compensa la belleza de su plumaje con la matraca de sus cantos, o a la tórtola rosigrís, que brujulea ya entre las mesas de algunas terrazas levantinas como las palomas en media España.
De todas formas, repasando el catálogo elaborado por el Gobierno a uno que no es experto en el tema le sorprende que especies ya tan habituales entre nosotros como el bambú, la pita o las chumberas de los humildes higos chumbos, estén incluidas en esta lista negra de enemigos de nuestra biodiversidad. Y que también puedan serlo, según la zona o el emplazamiento, el eucalipto, el cerezo negro americano y la grama americana.
Yo me pregunto si el Gobierno, o quien corresponda, no podría elaborar del mismo modo un catálogo de especímenes perjudiciales para nuestro ecosistema socio-moral. Una relación de ejemplares –exóticos o no exóticos– que constituyen un evidente peligro para la buena convivencia y el progreso de todos.
Cuánto daría por ver una relación donde aparecieran, por ejemplo, los avariciosos que llevan años enriqueciéndose con la especulación financiera mundial; los vagos que parasitan las ilusiones de cualquier sociedad combativa y buscan tan solo el beneficio propio aplicando el mínimo esfuerzo; los que cabalgan a lomos de la soberbia y de la falsedad; los que se dejan dominar por la ira o no son, como en las bienaventuranzas, limpios de corazón…
Cuánto daría por saber quiénes son nuestros mosquitos tigre, picudos rojos, cotorras argentinas, mapaches o incluso ardillas grises. Quiénes nuestros siluros, jacintos de agua o simples chumberas. Quiénes son y cómo evitar que nos perjudiquen.

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De Cantó a Dillana
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Juan Domingo Fernández | 09-12-2011 | 19:53| 0

La política está hecha de gestos. Y no es algo que se hayan inventado las consultoras mediáticas, los publicistas o los asesores de imagen. Está en la historia y en los libros, incluidos los de Shakespeare. Recuerden aquel discurso cuando, recién asesinado Julio César, toma la palabra Marco Antonio y con la excusa de que ha ido «a inhumar a César, no a ensalzarle», va indisponiendo al pueblo contra los asesinos del emperador. Gestos, palabras. Como son gestos y palabras la decisión del Príncipe de Mesina en ‘El gatopardo’ de favorecer la boda de su sobrino con una rica burguesa que aportará a la familia, tan sobrada de títulos, justo lo que le falta: solvencia económica. Gestos, palabras, dinero.
Hay gestos heroicos, de prudencia, arriesgados, gestos para la galería, gestos grandilocuentes, gestos inútiles… Demagógicos…  En este último apartado incluyen muchos analistas de la prensa y de las redes sociales la decisión del actor Toni Cantó, diputado electo de UPyD por Valencia, de renunciar a que el Congreso le pague la línea gratuita de ADSL en su domicilio, el plan privado de pensiones y la parte de sueldo que le correspondería para gastos de manutención y alojamiento en Madrid.En un país como el nuestro, donde mucha gente no sabría explicar en qué consiste el teorema de Pitágoras pero pueden disertar sobre el teorema del chocolate del loro, gestos como los de Toni Cantó son rápidamente arrojados al sumidero del desprecio, como si fuera líquido sobrante de calamares en su tinta.
De esa manera, se despacha el asunto en un santiamén y una vez etiquetado como  ‘demagógico’, lo que haga o lo que diga Toni Cantó ya no importa, simple ‘demagogia’ de un actor…  Algo similar ha ocurrido con  Cayo Lara, coordinador general de IU, y su renuncia al plan privado de pensiones con que obsequiamos a los diputados al Congreso. Son muchos, lo reconozco, a quienes esto les parece ‘el chocolate del loro’ y lo despachan con el sello de ‘demagogia’. Es aludir a los casos y enseguida saltan voces: «¡Demagogia, demagogia!». A mí, sin embargo, no me lo parece. Y me acuerdo del discurso de Marco Antonio ante el cadáver de Julio César, recordando lo «honrados» que eran Bruto, Casio y los que acababan de apuñalarle. Gestos, sí, y palabras.
¿Qué quieren que les diga? Prefiero esos gestos (salpicados con todas las etiquetas que les quieran colgar) antes que gestos como el que ha protagonizado por ejemplo el exdiputado socialista Félix Dillana, impávido en su recurso, ¿qué hay de lo mío?, para exigir a la Asamblea unas cantidades a las que cree tener derecho. Entre el gesto generoso de Toni Cantó y el gesto interesado de Félix Dillana, me quedo con el primero. Entre otras cosas porque detrás de los gestos y las palabras hay dinero público.
Mas no conviene amargarse. Hace la friolera de 14 años el entonces diputado socialista Desiderio Guerra escribió un libro, ‘Pido la palabra. Retratos parlamentarios’, donde dedica una cuarteta a cada uno de los 65 diputados. Esta es la de Félix Dillana:

«Puede ocurrirle a Dillana /

en Plasencia de esta guisa: /

hoy es don Félix con Visa /

sin visa infeliz mañana».

 

Los versos, además de risueños, me parecen premonitorios.

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#noeresextremeño
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Juan Domingo Fernández | 02-12-2011 | 16:47| 9

En Twitter alguien utilizó ayer la etiqueta #noeresextremeño y rápidamente una avalancha de tuiteros empezó a perfilar con sus aportaciones en qué consiste eso de ser extremeño. No hace falta insistir en que buena parte de los comentarios se regalan con voluntad humorística. Que nadie aspire a extraer de ahí un tratado de antropología,  de sociología o de lingüística, aunque buena parte de esas disciplinas encontrarían ejemplos gráficos y a la vez divertidos.
Voy a reproducir aquí (y perdón de antemano si no cito a sus autores por obvios motivos de espacio) algunos de esos ‘tuits’ que llamaron mi atención. Todos con  el pie forzado de ‘no eres extremeño si…’  Por ejemplo: no eres extremeño si no utilizas ‘bicho’ y ‘cacharro’ como sinónimo de cualquier objeto.
Si no utilizas, por supuesto, los diminutivos terminados en ino: chiquinino, guapino, gatino… Si no has llevado a alguien de fuera de Extremadura a cazar gamusinos. No eres extremeño si no sabes lo que es la ‘manteca colorá’, la ‘cachuela’ la ‘patatera’ o en qué consiste una ‘pitera’.
No eres extremeño argumentan otros tuiteros, si no te suena más familiar la pronunciación ‘Badahó’ que Badajoz; si no dices alguna vez ‘acho’ o ‘chacho’; si no llamas ‘calzonas’ a los pantolones cortos o si no has soltado alguna vez un: «Olé tus huevos, Ibarra».  No eres extremeño si habiendo nacido en algún pueblo de las vegas del Guadiana, por ejemplo, no alargas la última palabra: «¿Eres de Don Benitoooooooo?». No eres extremeño si no entiendes cuando tu abuela dice: «Velahile» y ‘Velahí». O si cuando ves a alguien caerse no exclamas: «Cacho ‘ostia’ que ha metío el bicho».
No eres extremeño si no te has parado a pensar que la ‘s’ de Cáceres sobra, o si no te han confundido con un andaluz cuando has viajado fuera de la región. Está claro que el habla nos define. Más de un tuitero coincide en señalar que no eres extremeño si no has utilizado o has oído alguna vez expresiones como ‘arrecío’, ‘arrejuntarse’, ‘arrepío’, ‘caer’ algo en vez de tirarlo; ‘quedar’ por dejar o ‘entrar’ por meter. No eres extremeño si no has dicho ‘añurgarse’ en lugar de atragantarse;  si no sabes lo que es «ser un modorro perdío»; si no has jugado a los ‘bolindres’ en vez de a las canicas o si no has utilizado nunca la unidad de medida «mijina». No eres extremeño si no te has pegado una ‘tupa’ de algo; si alguna vez no te ha dicho tu abuela: «¡Métete los jarapales por dentro que vas hecho un farraguas!»; si ‘dejas’ las llaves en casa y no las ‘quedas’; si dices «he soñado» en vez de «me he soñado» o si nunca has hecho una matanza al grito de «¡Uñas al guarro!».
No eres extremeño si de pequeño no has montado en los ‘coches chocones’, en vez de en los autos de choque; si no sueles contestar: «¡poh tu verah!» o no sabes lo que significa ‘cagoendié’. No eres extremeño si cuando vas a Matalascañas no saludas a todo el mundo; si no has nacido en Extremadura o si tienes un aeropuerto con vuelos o un Ikea. Y el definitivo, con su carga de autocrítica: No eres extremeño si cuando vas a Portugal y ves a 10 personas esperando una cola, la respetas y no te cuelas.

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La fiesta en paz
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Juan Domingo Fernández | 25-11-2011 | 21:28| 0

Hay pueblos a los que les resulta más fácil sufrir la historia que asumirla. Entre otras cosas porque el tiempo, que es un bálsamo muy efectivo contra la adversidad, es en ocasiones también un firme aliado del olvido y de la manipulación. Eso lo saben  de sobra quienes alimentan nacionalismos identitarios y excluyentes, pues su imaginación les permite conceder carta de naturaleza a lo que nunca existió o convertir en historia circunstancias y episodios que pertenecen, de hecho, al reino de la mitología y de la ficción, no de la realidad.
Pero también se dan situaciones conflictivas respecto a la historia en ámbitos que nada tienen que ver con los delirios del nacionalismo identitario y excluyente. Hay países que se empeñan en conmemorar la fecha de una derrota porque con ese ejercicio alimentan la llama de la reivindicación, contribuyen a mantener viva una seña del pasado, un rasgo de su gran familia social.
El calendario está lleno de celebraciones y festejos que sirven, sencillamente, para conmemorar hechos históricos o legendarios de carácter religioso, militar, laboral, gremial… que han perdido toda su carga ‘ideológica’ porque están amortizados históricamente, porque se trata de episodios –ciertos o imaginados, para el caso es lo mismo– asumidos por la sociedad. Son simples celebraciones festivas que no levantan sarpullidos en la memoria reciente ni encierran más carga explosiva que la de los cohetes de la fiesta, el folclore y la diversión.
Estoy por asegurar que a este último grupo pertenecen el noventa y nueve por ciento de las fiestas y celebraciones populares de Extremadura. Desde la famosa ‘Encamisá’ de Torrejoncillo hasta San Antón en Navalvillar de Pela, desde la fiesta de ‘los escobazos’ de Jarandilla al ‘Pero Palo’ de Villanueva de la Vera. Otras celebraciones más recientes recrean obras literarias como ‘El alcalde de Zalamea’, en Zalamea de la Serena, o la pura fantasía en Cáceres de ver luchar a San Jorge contra el dragón la víspera del 23 de abril. En esa línea de ‘recreaciones’ son ya famosas la fiesta Al Mossassa, de Badajoz; ‘Los conversos’, de Hervás, y otras debidas al director y guionista Isidro Leyva, como ‘La huella del burguillano’, de Burguillos del Cerro; ‘Senderos placentinos’ y ‘Yo, Inés’, en Plasencia; ‘La oscura voluntad’, sobre Francisco Pizarro, en Trujillo; ‘Yo, Cortés’, basada en la vida de Hernán Cortés y representada en Medellín; ‘Fuerza moral’, inspirada en Felipe Trigo, que se escenificó en Villanueva de la Serena; ‘Furia divina’, acerca de Santa Eulalia, en Mérida…  Más otra colección de ejemplos centrados en la vida de Eugenia de Montijo, Alfonso XI, la batalla de Montijo, la expulsión de los moriscos de Hornachos…
La ya conocidísima ‘Batalla de La Albuera’ se ha convertido en una atracción turística importante para la localidad pacense. Pero esa celebración esta ‘asumida’ desde el punto de vista histórico: en la memoria colectiva invita más a la reflexión que al puro dolor. ¿Produciría el mismo sentimiento una recreación de ‘La guerra de las naranjas’ en Olivenza? Conocer la respuesta a esa pregunta es el mejor termómetro para medir la temperatura y el dolor de la memoria.

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Qué cuco, Benetton
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Juan Domingo Fernández | 18-11-2011 | 21:15| 3

Aunque la táctica de tirar la piedra y esconder la mano debe remontarse por lo menos a la época en que Caín y Abel se miraban de reojo, hay empresas comerciales que la siguen aplicando, quizás por la rentabilidad que obtienen del viejo truco.  En ese terreno hay que reconocerle un habilidoso magisterio, una supremacía indiscutible, a la firma italiana Benetton, que cada equis temporadas logra que nos echemos la mano a la cabeza por sus ocurrencias mientras copan espacios gratuitos en los medios de comunicación. Reconozco que este mismo artículo es una contribución, un tributo, a su rentable estrategia. El planteamiento es simple, como el mecanismo de un chupete. Se trata de provocar un escándalo, y en realidad la naturaleza del escándalo es casi lo de menos, igual que es secundario, para el que quiere ocasionar un mal recurrir a un arma de fuego, a un arma blanca, a un veneno o a la descarga eléctrica. En esta ocasión Benetton aprovecha las imágenes de personas muy populares y respetables en sus respectivos ámbitos (el Papa Benedicto XVI, el imán de una mezquita de El Cairo y líderes políticos mundiales) para manipularlas y rentabilizarlas valiéndose de ellas como una piedra lanzada al estanque  de la publicidad. Y a hacer caja.
Conseguir ‘escandalizar’ es el primer paso. Escandalizar equivale aquí a tirar la piedra. El segundo paso consiste en esconder la mano. «Yo no he sido, yo no he sido». Es decir, sacar un comunicado pidiendo perdón, vistiendo el muñeco, alegando razones nobles y altruistas. Según la firma italiana, el objetivo de su campaña es la lucha «contra el odio». Ahí queda eso. Como en el dicho del tonto, «a todos les da por lo mismo», pero no arremeten primero contra ellos.
A mí me parece muy arriesgada esta estrategia de falta de respeto a los ciudadanos en una sociedad globalizada, con redes sociales muy activas en la que, como ha ocurrido con el programa La Noria, la indignación por haber pagado dinero a la madre del ‘Cuco’, un presunto delincuente acusado de participar en el asesinato de Marta del Castillo, ha desembocado en un boicot y en la retirada de la publicidad del programa. Con otro paralelismo, desde La Noria se quiso justificar lo que Enric Juliana ha definido como «extenuante explotación del asesinato de una joven» argumentando que otras cadenas también habían pagado y que lo que ellos hacían era «información». Como Benetton, lucha «contra el odio».
¿Pero qué pasará si en las redes sociales se multiplican las incitaciones a boicotear los productos de esa marca? ¿Qué ocurrirá si los millones de ciudadanos respetuosos con lo ‘políticamente correcto’ deciden darle a Benetton de su propia medicina? Quizás en la próxima campaña además del departamento de márquetin deba intervenir el departamento de riesgos.
Siento poco aprecio por estos recursos publicitarios. Me recuerdan a los ‘streakings’ que buscan su minuto de gloria saltando desnudos a los campos de fútbol. Pura filfa. El tan socorrido lema «que hablen de uno, aunque sea mal» puede servir para asomar la cabeza y llamar la atención, pero también para acabar con el chiringuito.

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¿Pero hay recetas?
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Juan Domingo Fernández | 11-11-2011 | 16:32| 2

Los mismos hombres que emprendieron la conquista científica del espacio exterior se han encargado de producir armas suficientes para provocar el gran holocausto atómico. La cara y la cruz de una manera de entender el progreso. Capaces de lo mejor y de lo peor simultáneamente. De promover las Naciones Unidas y también de generar el mayor agujero en la capa de ozono. De erradicar muchas de las enfermedades endémicas en medio mundo y de taparse los ojos, la boca y los oídos ante el fantasmal espectáculo de una hambruna de dimensiones bíblicas en el Cuerno de África.
Como en la famosa secuencia de ‘2001. Una odisea del espacio’, de Stanley Kubrick, en la que el mono ‘evolucionado’ lanza hacia arriba la quijada-herramienta y sin solución de continuidad nos trasladamos a nuestros días, podemos decir que anteayer estábamos pintando bisontes y ciervos en las cuevas de Europa y ahora discutimos a través de Internet sobre las posibilidades de uso de la antimateria, acerca de la velocidad de los neutrinos o si  cabe establecer comparaciones entre la genialidad de Mozart y Bach o entre el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona.
Uno de los terrenos científicos en los que el hombre ha avanzado a trompicones es el de la economía. Y no lo digo pensando en aquella frase que le soltó el ministro socialista Jordi Sevilla a un Rodríguez Zapatero recién llegado a la presidencia del Gobierno, cuando le aseguró que los conocimientos de economía que precisaba podían aprenderse «en dos tardes». Del mismo modo que se dice que hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, se podría afirmar que hay mentiras, grandes mentiras y postulados económicos. La revista ‘XL Semanal’ ha reunido a diez premios Nobel de Economía y les ha pedido su receta para salir de la crisis. El resultado me parece periodísticamente muy atractivo pero imagino que si un equipo de profesionales tuviera que poner en práctica todos esas recomendaciones el programa resultante completaría un monstruo como el del doctor Frankenstein. El sueño de la razón y el sueño de la macroeconomía crea monstruos.
Mi receta preferida es la del escocés sir James A. Mirrlees, que recibió el Nobel en 1996 por hallar una fórmula para que los impuestos sean justos. Este matemático de 75 años que se pasó a la economía para «acabar con la pobreza» confiesa que no entiende cómo los comerciantes y los consumidores deben pagar el IVA y sin embargo los grandes fondos pueden hacer inversiones millonarias sin tributar. «Lo importante», dice en ‘XL Semanal’, «es que todas estas estúpidas derivadas han dado beneficios millonarios a unos individuos que no han aportado riqueza a la sociedad».
Más claro, el agua, pero sin hacerme ilusiones… Acaso porque no soy de los que se ríen de los adivinos y toman en serio a los economistas. Sé que una cosa es la teoría y otra la práctica. Y también que confiar en una fórmula no deja de ser una simplificación contra la que nos previno el economista inglés Alfred Marshall: «Toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa». Así que para qué.

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Adiós a Unamuno
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Juan Domingo Fernández | 04-11-2011 | 21:50| 2

Entre 1908 y 1920 don Miguel de Unamuno recorre distintos lugares históricos de la geografía extremeña a los que se acerca con el espíritu crítico y la sinceridad analítica propios de un gigante intelectual. Algunos de los testimonios de esas rutas viajeras fueron reunidos en 2004 en un pequeño volumen con el título ‘Viajes por Extremadura’, dentro del nunca suficientemente elogiado Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura que promovió la Editora Regional.

En ese pequeño librito, una joya que no debería faltar en ninguna de nuestras bibliotecas, Miguel de Unamuno cuenta las impresiones y reflexiones que le suscitan lugares como las Hurdes, Yuste, Guadalupe o Trujillo. Es sabido que el entonces rector de la Universidad de Salamanca y uno de los puntales de la llamada Generación del 98 no era un espíritu complaciente con la realidad de aquella España muchas veces aturdida y bostezante. No vaya nadie buscando la piadosa disculpa en su mirada, aunque tampoco el látigo del juicio displicente o liviano. A Unamuno le ‘dolía España’ y en consecuencia le duelen también muchas de las realidades que, a principios del siglo XX, caracterizan Extremadura.
Producen escozor muchas de sus sentencias y aún, pasado un siglo, nos ruboriza el hecho de que no fueran gratuitas sino que estuvieran cargadas de razón. Comprensivo con los hurdanos y no tanto con la ‘madrastra’ naturaleza que les acoge, Unamuno es implacable con la modorra intelectual, con la pura molicie, que atribuye a buena parte del paisanaje. En un momento dice de Plasencia: «La rodeamos, siguiendo la ronda de su carretera, dejándola en su secular siesta, sólo interrumpida de tiempo en tiempo por las intestinas disensiones de su bélico cabildo, luchas de canónigos que ponen en conmoción al pueblo entero».  En otro punto del trayecto analiza la hostilidad de arrieros, carreteros y trajinantes a los automóviles, porque «les obliga a ir despiertos por los caminos, a no dejarse dormir sobre sus carros, y una de las peores ofensas que a un español puede hacerse es interrumpirle la siesta, obligarle a andar despierto por los caminos de la vida».
Es famosa también su diatriba contra los señoritos que se pasan el día en Trujillo jugando en el casino. Un casino con «una biblioteca pobrísima», solitaria, y un sala de juego atestada. «Todos los que faltaban en la biblioteca sobraban aquí».
Don Miguel retrata, sin embargo, una Extremadura que afortunadamente no existe, que ha sido superada por las circunstancias o que el martillo del tiempo se ha encargado de ajustar…  Acompañándole en sus caminatas por Extremadura sentimos que nos golpea a veces en lo más íntimo de nuestro orgullo, pero leídos ahora, casi cien años después de haber sido escritos, esos textos tienen más de estampa del pasado que de fotografía del presente. Aunque percibimos también que hay una realidad que se mantiene: padecemos prácticamente las mismas líneas de ferrocarril que hace un siglo y de vez en cuando las dificultades económicas empujan a oleadas enteras de extremeños a la aventura de emigrar, al doloroso trance de abandonar la tierra.

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El fútbol y el tío paliza
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Juan Domingo Fernández | 31-10-2011 | 10:17| 0

Cuando yo era pequeño el universo de las estrellas populares siempre estaba coronado por una pareja enfrentada. En fútbol solían ser el Real Madrid y el Barcelona; en los toros, El Viti y El Cordobés, y lo mismo ocurría en otros deportes como el tenis o el ciclismo, en los que las estrellas a veces pasaban periodos más largos de hegemonía antes de ser devoradas y destronadas por un nuevo heredero.
La prensa alimentaba con entusiasmo la estrategia de la rivalidad, quizás porque era una manera efectiva de suscitar más entusiasmo entre los aficionados. A mí me gustaba seguir entonces un deporte, el boxeo, proscrito ahora en la televisión y del que parece que únicamente se atreven a hablar sin complejos el pintor Eduardo Arroyo y el maestro Manuel Alcántara.
Las mitologías de nuestra infancia y juventud estaban pobladas por héroes que se llamaban Pedro Carrasco, Miguel Velázquez, Folledo, Fred Galiana, José Legrá o Perico Fernández. Los cronistas hablaban con unción de un pionero, Paulino Uzcudun, un veteranísimo que solo había perdido una vez en su vida por K.O. y fue nada menos que contra Joe Louis. Los espectadores del boxeo, desde chicos a grandes, nos limitábamos a seguir las evoluciones de los púgiles sobre el cuadrilátero probablemente con la misma expectación y entusiasmo que los espectadores del Coliseo de Roma en las peleas de gladiadores. Emocionados.
Más allá del nombre técnico de algún golpe o de la habilidad en el juego de piernas, nadie sabía otros conceptos sobre boxeo que no fuesen los que proporciona la simple observación y el sentido común, con lo cual el combate podía seguirse en directo o por la tele sin manual de instrucciones y sin tener que oír la matraca de ‘especialistas’ o eruditos a la violeta.
Los niños habíamos visto en televisión nacer una estrella como Cassius Klay (Mohammed Alí) y hasta recordábamos algunas de sus peleas con Foreman o Joe Frazier. Clay se refirió después de manera algo fría a ese deporte que le dio tanta gloria: «El boxeo», dijo, «es cuando un montón de hombres blancos contemplan cómo dos hombres negros se dan una paliza».
El caso es que por aquí el montón de blancos contemplaba los combates y tras la voz del ‘speaker’ no se oía nada más que el comentario del vecino de asiento o las exclamaciones del público. Cuatro frases para ponderar el arrojo de ese púgil, la eficacia  en los ganchos de aquel otro o el juego de cintura del que se presentía que iba a ganar a los puntos. Pelea y exclamaciones.
Qué diferente es asistir a esa ceremonia de brutalidad y ritmo, de instinto animal domesticado por un reglamento sin el habitual fondo palabrista que resuena en otros deportes, digamos el fútbol. Qué diferente si tienes la mala suerte, encima, de que te toca al lado ese secreto entrenador que por lo visto llevamos dentro todos los españoles. Dios te libre del especialista en sistemas, del pelma sabiondo dispuesto a ‘ilustrar’ a la parroquia. Entonces es cuando me acuerdo del boxeo y no echo de menos mi condición de espectador sino mi nula destreza para soltar un directo de derecha.

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Al fondo hay sitio
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Juan Domingo Fernández | 23-10-2011 | 12:41| 0

Lo peor de las sociedades desconcertadas no son los  bandazos que dan hasta recuperar  el rumbo, sino el tiempo que pierden en recuperarlo. Cuando nadie sabe manejar la brújula se impone esa desorientación propia de los partidos de fútbol en los patios de colegio, donde cada uno iba a su bola y se jugaba sin orden, sin sistema y sin concierto. Hay momentos en que las sociedades perfectamente estructuradas y dirigidas evolucionan como el ballet del Bolshoi o –aunque mi madridismo se resienta por el ejemplo– como el Barça de Messi, Iniesta y Guardiola. En otros momentos, sin embargo, la sociedad más que un partido de escolares parece un encuentro en el que los jugadores se mueven como pollos sin cabeza.
Si uno mira alrededor y se fija en el panorama económico dan ganas de salir corriendo y ponerse a resguardo. La patronal, por ejemplo, en un ejercicio que recuerda a los profesores que borraban la pizarra y escribían el enunciado del siguiente problema, nos pide un salto en el vacío, que nos introduzcamos en el túnel del tiempo y borremos con la gamuza todo lo obtenido por millones de españoles desde hace medio siglo. Es decir, que el nieto se vaya preparando para las mismas condiciones laborales que tenía su abuelo. Que aprenda idiomas, que deje la maleta a la vista y que ande con ojo por si le meten la mano en el bolsillo para sufragar la educación o la sanidad, pues ¿a cuento de qué tiene que ir todo el mundo ahora a la universidad, si no es pagando? Y oirá eso de que el personal no debe ‘aficionarse’ a visitar los ambulatorios y los hospitales, que luego se masifican y nos cuestan una pasta… ¿Les suena la música?
Finiquitadas las ideologías, constipadas todas las revoluciones y con la espalda doblada por el peso de los mercados, se empeñan en hacernos creer que lo único que cuenta es la pura gestión, que aquí solo caben los tecnócratas de un sistema monstruoso, abstracto, distante e implacable que encima tenemos que alimentar con la falsa coartada de que se abastece de nuestros fondos de pensiones y otros depósitos.
Por eso reconforta toparse con mensajes como los planteados el otro día por el candidato socialista a la Presidencia de Francia, François Hollande, durante su intervención en la III Conferencia de Progreso Global celebrada en Madrid. Lejos de  ambigüedades o eufemismos, Hollande formuló las cuatro especificidades que, en su opinión, distinguen los planteamientos progresistas de los conservadores: el dominio de la política sobre los mercados y las agencias de calificación, la lucha contra la desigualdad en todas sus vertientes, la defensa de la educación y la apuesta decidida por la transición energética hacia fuentes renovables. Me parece todo un programa de gobierno que cabría en un mensaje de teléfono móvil.  Al grano. Esencia sinrollos.
En esa misma conferencia el expresidente de Brasil, Lula da Silva, abogó por luchar contra la opacidad de la banca, contra los paraísos fiscales y a favor de un mayor control financiero global y del dinero público. Su resumen: el mundo no tiene derecho a permitir que la UE acabe porque es «patrimonio democrático de la Humanidad».

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Una mirada intemporal
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Juan Domingo Fernández | 14-10-2011 | 20:06| 0

Quizás porque no son buenos tiempos para la lírica, he recaído por enésima vez en un libro de poemas, publicado en 1977, que conserva muy bien la palabra y la música de su tiempo, Leticia va del laberinto al treinta, del extremeño Felipe Núñez. El entonces joven poeta empezaba a dejar testimonio de la emoción contenida que supone mirar hacia la infancia y primera juventud desde el recodo de sueños que comenzaban a teñirse del color sepia de la melancolía. Solo que la poesía de Felipe Núñez es refractaria al ternurismo fácil y enseguida se blinda con la reciedumbre del humor.
Así que traspasado el pórtico con una cita de César Vallejo: «He almorzado solo, ahora y no he tenido / madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua», Felipe Núñez se descuelga con una coplilla que fija como ‘Oído por ahí’:
«Hombres más guapos que yo
encontrarás a millares,
pero más borrachos, no;
eso tú misma lo sabes,
no es por alabarme yo».
Y llega el primer poema. Un canto a la etapa de su niñez: «Olían a dulce mezcla / de goma de borrar, / lapiceros y nido. / Coleccionaban chapas de botellas, / bolindres, rodamientos, / alfileres, hechizos / y toda la quincalla repetible / en efímeras modas».
Le bastan apenas veinticinco versos para perfilar el escenario en el que se movía la pandilla del poeta. Qué talento para cerrar el retrato del grupo: «Las tardes eran largas / y las mañanas anchas. / Por eso los días les quedaban siempre grandes / y caídos de hombros». En cierto modo, Leticia va del laberinto al treinta es también una crónica sentimental de España, al estilo de aquel ajuste de cuentas que firmó Manuel Vázquez Montalbán. La memoria de unos años que ahora, en un plano bastante más prosaico, recrean series como ‘Cuéntame’.
Entre ese primer poema y el último del libro crece la mirada de un escritor que es a la vez un sensible sismógrafo registrando cambios ‘ideológicos’ en su país, los jirones de la vida, la madurez obligada, las formalidades del trabajo, y un hijo, esa ficha que te permite saltar de casilla y reiniciar el juego, proseguir el río de la vida. Poemas, como bien señala Jorge Urrutia, que tienen algo de fábula dieciochesca y de un extraordinario dominio de la lengua y de los recursos de la poesía capaz de emocionar.
El último poema concluye con lo que parece una claudicación ante la rebeldía: «Uno tuvo sus cosas y ahora dicen: / ¡cuarenta! y  uno atiende / y rellena un impreso / y asume su estatura meridiana / y una nobleza como de pez. Qué cosas».
He dicho el último poema pero no es verdad, es el penúltimo. En la página siguiente el autor de  Leticia va del laberinto al treinta demuestra que le quedan fuerzas para no claudicar ante los sueños rotos, ante las ilusiones perdidas y se atreve a gritar dos versos que son el  gesto postrero de insurrección contra la realidad desafecta:
¡Tomás!
¿Tienes gusanos de seda?
Por si interesa, el poemario está reeditado dentro del libro de Felipe Núñez Balizamiento para un aterrizaje nocturno, Madrid, Calambur, 1998.

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Sobre el autor Juan Domingo Fernández
Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández

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