Juan Domingo Fernández
Enseñanzas de la historia
Si el conocimiento se transmitiera por generación espontánea no nos lamentaríamos de que la educación española esté por los suelos ni necesitaríamos un ordenador por alumno en cada colegio. Por desgracia, la ciencia no es infusa y nadie escarmienta en cabeza ajena. Hace casi 20 años, en el otoño de 1991, Cáceres saltó al primer plano de la actualidad informativa porque unos miles de personas participaron durante varias noches en algaradas callejeras reclamando que los bares de la ciudad cerraran más tarde. Hubo serios destrozos y varios detenidos. Buena parte de quienes participaron en aquella ‘excitante aventura’ eran jóvenes estudiantes con ganas de divertirse que no entendían por qué había que volver a casa a las 2,30 o a las 3 de la madrugada. Algo parecido ocurrió con el botellón. Veinte años no son nada para el tango ni para el bebercio.
Resulta que aquellos destrozos (incendio de un salón de actos oficial, roturas de escaparates, quema de contenedores) se han repetido en un municipio tan ‘rico’ como Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde por un quítame allá ese botellón ha habido quema de coches patrulla, barricadas callejeras y un intento de asalto a la comisaría de policía. Como en el chiste de Gila: el que no sepa aguantar una broma, que se vaya a su pueblo.
Dada esta celeridad con que se transmiten los conocimientos de generación en generación, no entiendo muy bien por qué a unos publicitarios alemanes se les ha ocurrido una campaña contra el sida recurriendo a las imágenes de Hitler, Sadam Hussein y Stalin, todos ellos criando malvas hace tiempo. Si se trata de concienciar a los jóvenes sobre el riesgo de ese virus que ha matado ya a más de 28 millones de personas, antes que recurrir a ‘demonios’ sacados de la historia (cuántos se disculparán diciendo que el día que se habló de Hitler o Stalin no asistieron a clase) hubiera sido preferible optar por ‘malvados’ más conocidos, aunque sea a través de la ficción. En fin, que yo hubiera elegido como prototipo de ‘malo’ para la campaña al Voldemort de ‘Harry Potter’, al Darth Vader de ‘La Guerra de las Galaxias o al Sauron de ‘El Señor de los Anillos’. Seguramente mucho más intimidatorios y efectivos que el trío calavera de dictadores.
Del mono al lince
En mitad de esta trifulca ideológica-moral que convierte a Darwin, a Galileo y a Giordano Bruno en armas arrojadizas contra una iglesia percibida como inquisitorial y cerril, la disputa se encrespa con episodios recientes: la actitud ‘comprensiva’ del papa Benedicto XVI con el obispo lefebvriano que niega la existencia del holocausto; su oposición al uso del preservativo en la lucha contra el sida; la excomunión de los médicos y la madre de la niña de nueve años violada en Brasil por su padrastro y que abortó los gemelos fruto de esa agresión; las críticas por el caso de Javier, el niño que los médicos del Hospital Virgen del Rocio de Sevilla lograron que viniera al mundo sin una enfermedad hereditaria incurable y de paso librar de una muerte prematura a su hermano Andrés, de 7 años; la polémica campaña de los obispos comparando a un bebé con un lince...
Por no hablar de las cansinas diatribas a raíz de la asignatura Educación para la Ciudadanía o las (en mi opinión más que justificadas) críticas a la reforma que la ministra Bibiana Aido, ‘la miembra’, prepara en la llamada ley del aborto.
No parece cabal pedirle a la Iglesia que cambie de posición en cuestiones que considera doctrinalmente fundamentales. Y creo que el aborto es una de ellas. Lo que sí se le puede reclamar, desde la perspectiva del ciudadano –creyente o no– es igual celo en la defensa de la vida en todos los ámbitos del mundo: incluidos los sistemas políticos y sociales que explotan a los niños, que permiten las injusticias, que especulan con los valores fundamentales del ser humano. Quizás así aumente su implantación social y no nos parezca en ocasiones contradictorio su mensaje.
Hace 101 años, un filósofo y escritor español expuso su opinión sobre un asunto que parece consustancial con la vida religiosa, con las concepciones morales:
«Hay que civilizar el cristianismo, y por civilizar entended hacerlo civil, para que deje de ser eclesiástico; infundirlo en la vida civil, en la civilidad, desempeñándolo de la Iglesia. Y hay que proclamar la santidad de la ciencia».
El filósofo se llamaba Miguel de Unamuno. Sus palabras figuran en un libro de conferencias, pronunciadas en el País Vasco, que acaba de editar el profesor Ricardo Senabre.
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