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LOGAN. “No te vayas, Shane”
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Alejandro Pachón Ramírez | 04-03-2017 | 20:44| 0

Para los de mi generación, Logan, interpretado por Michael York, era el protagonista de una de ciencia ficción, “La fuga de Logan”, que luego se convirtió en serie de televisión. Para los amantes del universo Marvel, Logan es Lobezno, el personaje más carismático, humano y tridimensional de todos los X-Men. Acentuando esa vertiente dramática, la acción nos sitúa en un futuro próximo en el que Lobezno está perdiendo sus poderes, está cojo y usa gafas para leer. Los mutantes prácticamente han sido exterminados y nuestro protagonista tendrá que emprender una operación de rescate y huída, cuidando al ya decrépito profesor Xavier y a una niña mutante.

Una extraña familia en peligro, un largo camino por recorrer y el desencanto y la soledad como compañía de los que antaño fueron héroes de cómic. En fín, un western crepuscular que puede recordarnos el “Sin perdón” de Clint Eastwood, pero cuyo mensaje emocional queda patente en el homenaje que se le hace a otro western clásico : “Raíces profundas”, tanto en la banda sonora como con la inclusión de imágenes de la película protagonizada por Alan Ladd y, sobre todo, en una secuencia final que podría haber rozado lo sentimentaloide, pero que se convierte en una hermosa despedida y en un emotivo gesto icónico.

Normalmente un guión como éste, con héroe en decadencia, anciano inválido y niña, suele caer en lo blandengue, en el estilo Spielberg para entendernos, pero aquí, gracias al carisma y el escepticismo de los personajes, las insuperables escenas de acción – algunas recuerdan a Mad Max-  y la importante presencia de esos territorios desérticos de Nuevo México donde transcurre gran parte de la trama, nos sumergen en un acertado híbrido entre western, película de la Marvel y distopía crítica.

No olvidemos que muchos héroes de acción como Van Damme, Stallone, Willis o Schwarzenegger han intentado desencasillar sus carreras en algún momento recurriendo a tramas similares a la que nos ocupa, sea protegiendo a la viuda con niño a la que le quieren expropiar las tierras, ayudando a una familia a escapar de complots gubernamentales o incluso, como en el caso de Arnold, tratando de salvar a su hija zombi. Todos han fracasado en el intento de aunar sentimientos con acción

James Mangold sin embargo lo ha conseguido. Y, lo más importante, ha hecho que los espectadores menos aficionados al cine clásico sepan de la existencia de “Raices profundas” e incluso quizás la busquen para verla,  para entender las palabras finales de la niña y su profundo enraizamiento con la cultura norteamericana del western y la frontera.

Al final todos nos quedamos a ver los créditos mientras Johnny Cash canta una balada, esperando esa minisecuencia que suele haber al final de las películas Marvel. Pero aquí no hay epílogos ni anuncios de secuelas. Ni los necesita, porque creo que es la mejor y más seria película producida por Marvel hasta la fecha.

 

 

 

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Summertime Blues
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Alejandro Pachón Ramírez | 27-08-2016 | 17:17| 0

 

El título de la vieja canción de Eddie Cochran, luego popularizada por The Who, no es más que un eufemismo anglosajón para definir las diarreas estivales. Y es que este verano, que esperemos esté en fase final, con sus altas temperaturas y su triste cartelera, ha sido un largo y viscoso “blues” interpretado por una guitarra desafinada.

Los que ya hemos cumplido los sesenta recordamos que cuando éramos niños prácticamente no existía el cine infantil. Si acaso las puntuales reposiciones de “Blancanieves”, “Pinocho” o “Bambi”, los “festivales” compuestos por cortos de Tom y Jerry, Popeye o el Pájaro Loco y poco más. Las series de televisión tipo “Viaje al fondo del mar” o los dibujos de Hanna Barbera nos cogieron haciendo ya la reválida de cuarto. Sin embargo el otro día conté no menos de ocho películas de animación en pantalla y algunas otras de acción que, como “Tarzán” o “Escuadrón suicida”, van dirigidas a preadolescentes.

Los niños y jóvenes son los que mandan a la hora de elegir película e ir acompañados de sus padres y estos títulos copan la programación de tal manera que impiden el paso de producciones más adultas o minoritarias. Así que de todo lo que se ha pasado este verano por las  salas comerciales me quedo con dos títulos:

“Jason Bourne”: que aunque no sea muy original con respecto a anteriores entregas de la saga, sigue manteniendo un más que aceptable ritmo de acción e interés dramático. Me sigue llamando la atención cómo son capaces de rodar esas secuencias en espacios públicos muy concurridos; cómo consiguen adiestrar a los figurantes y a los actores principales para que todo parezca casi documental. En esta última aventura del personaje interpretado por Matt Damon hay una persecución en medio de una violenta manifestación en Atenas a causa de los recientes episodios políticos, que te deja con la boca abierta: cócteles molotovs, cargas policiales y, entre el caos, el protagonista huyendo de un asesino a sueldo a pié, en coche o en moto. Esa es la marca de la serie Bourne: personajes huyendo y matándose en medio de multitudes y lugares emblemáticos de todo el mundo. Y si además está Alicia Vikander, mejor que mejor.

El segundo título es “Star Trek: más allá, última aventura de la nave Enterprise y que está a la altura de las dos anteriores, aunque en esta ocasión aproximándose más al espíritu de la célebre serie de televisión. Creo que la saga “Star Trek” supera a las últimas películas de superhéroes y, que me perdonen los fans, a la decepcionante última entrega de “Star Wars”. El capitán Kirk y su tripulación tienen más sentido del humor, menos pretensiones filosóficas y más variedad de caracteres que los personajes planos que se nos han propuesto en la resurrección de la Guerra de las Galaxias y no hablemos de cómo Michael Giacchino sigue creando magníficos leitmotivs musicales sin perder de vista materiales procedentes de anteriores entregas.

O sea, que esto funciona a base de sagas, secuelas, remakes y  animalitos de animación que se parecen todos demasiado. También he visto grandes películas este verano, en versión subtitulada, pero en mi casa y, sin citar su procedencia.

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EL BAR: TOCANDO FONDO
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Alejandro Pachón Ramírez | 25-03-2017 | 10:49| 0

El hecho de que los personajes de la última película de Alex de la Iglesia se pasen casi la mitad del metraje en el sótano de un bar y luego en las alcantarillas, tiene que ver con el encabezamiento de  este texto, aunque también alude a la decepción que he experimentado.

He sido un defensor y admirador del cine de este autor y siempre ha habido algo que me ha interesado en sus últimos títulos: la interpretación de Antonio de la Torre en “Balada triste de trompeta” y la música de Roque Baños; el señor de Badajoz y la apoteósis final con la gigantesca Venus de Willendorf de “Las brujas de Zugarramurdi” o el concepto “kistch” de los números musicales de “Mi gran noche”.

Pero esta vez me quedo sin nada a que aferrarme a causa de varios problemas de guión y de ritmo. En sus otras películas, el sentido del humor aportaba  el tono irónico a un entorno dramático; en “El bar”, pese a intentarlo, no logra ni hacerme sonreir. No funciona la “suspensión de la incredulidad” imprescindible para hacernos empatizar con una trama y un entorno muchas veces visto. Se pueden citar las referencias a “El angel exterminador” o “La niebla”, pero el arranque me recuerda más al de “El cazador de sueños”, también de Stephen King. El problema es que algunos de los personajes desaparecen antes de tiempo y, lo que podría haber sido una trama coral y claustrofóbica con un buen suspense se convierte en un típico producto de género que podrían haber llevado a buen puerto Jaume Balagueró y Paco Plaza (“Rec”), pero que Alex trata de convertir en una metáfora de la insolidaridad, el aislamiento y el egoísmo en la sociedad actual. Algo parecido a lo que contaba en “La comunidad”, sólo que con ingredientes más pobres.

Está muy bien, y no sólo físicamente, Blanca Suárez. Mario Casas se nos vuelve a presentar como un actor camaleónico, aunque su personaje no esté muy bien perfilado. Incluso sale un “freak” indigente que nos recuerda inevitablemente al “profeta” que vocea el apocalípsis por las  calles de Badajoz, aunque nuestro famoso “Piter Pa” del Casco Antiguo no bebe whisky Jameson ni ningún otro tipo de alcohol y está aseado.

Lo que ocurre es que “El bar” utiliza dos tonos diferentes que llegan a ser antagónicos. Un arranque prometedor cuyas posibilidades se cortan bruscamente cuando la acción baja al sótano y las cloacas que citaba al principio. Incluso el apartado de banda sonora, que normalmente es importante en la filmografía del director, queda aquí bastante relegado. Tanto por descuidar ese aspecto, como por alguna elipsis de acción quizás se adivine un presupuesto demasiado ajustado.

En fín, para volver a reconciliarnos con Alex de la Iglesia, basta con volver al principio de su filmografía y revisar (ahí tienen el enlace) el cortometraje “Mirindas asesinas”, también en un bar, aunque con bastante más gracia y mala uva.

 

 

 

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LAS EDADES DE KING KONG
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Alejandro Pachón Ramírez | 12-03-2017 | 11:18| 0

Hasta hace unos años estuvo por casa uno de esos muñecos de los calzados Gorila. No fueron los aviones ni el amor hacia una rubia los que acabaron con él, sino la carcoma. Cuando mi hijo era pequeño lo hacía pelear contra los airgam boys y los micro machines. Dicho simio, a principios de los sesenta, servía como expositor de aquellos zapatos inseparables del uniforme del colegio con los que regalaban una pelota verde que usábamos para jugar al frontón. Los zapatos y botas que mis padres nos compraban en Mérida, en calzados Mateos o en Sudón.

Era evidente su relación con el King Kong de Harryhausen y Schoedack, un título que todas las generaciones hemos visto, siempre en televisión, pero que, al igual que Tarzán, ha sufrido diversos avatares en forma de secuelas, revisiones y “reboots”.  Aparte del inmortal título fundacional, recuerdo otra de los mismos autores, “El gran gorila”, en la que el mono era más pequeño y vulnerable si cabe, que el rey Kong. Tampoco hay que olvidar un cómic inglés, aunque de autor español, aquí editado por Vértice,  “Mytek el poderoso”, que enlazaba con el género japonés de monstruos semirobóticos.

Les evito el comentario acerca de remakes posteriores como los de John Guillermin, Peter Jackson e incluso Marco Ferreri y me centro en “Kong. La isla de la calavera”, en cuya proyección me sorprenden de nuevo los conocimientos de los niños espectadores, esperando a que acaben los títulos de crédito, con la magnífica música de Henry Jackman, un evidente admirador de Goldsmith, para ver la típica secuencia epílogo en la que se alude a Mothra, Godzilla y compañía. Los chavales se conocen todo ese material sesentero.

En cuanto a la película me imagino que la idea base del guión parte de relacionar a Kong con Viet Cong, y a partir de ahí todo viene dado. Finales de la guerra de Vietnam, soldados quemados por la derrota -“no perdimos la guerra, nos retiramos”, dice el personaje interpretado por Samuel L. Jackson- y “Apocalypse Now” como referente icónico, argumental y musical. Y esa no creo que la conozcan los jóvenes espectadores a los que antes aludía.

Los demás ingredientes son del tipo “Depredador”, “Parque Jurásico” y una ideología políticamente correcta acerca del equilibrio ecológico, el respeto étnico y la eliminación de los connotaciones zoofílicas del original.

O sea que todos nos quedamos a gusto. Los chavales, porque saben desde el principio que el gran simio es el dios bueno que nos defiende de los monstruos de la Tierra Hueca (la famosa teoría paracientífica de los nazis) y  que la ciencia y la conservación de las especies están por encima de la violencia militar. Los mayores porque nos gusta la parodia que John C. Reilly hace del  general Kurtz, por los planos de los helicópteros sobre un sol inmenso y unos paisaje espectaculares y, aunque no suene “La cabalgata de las Walkirias” (hubiera sido demasiado obvio), hay música de los Creedence, de los Hollies y de Jefferson Airplane.

Después de Kong en el Empire State vendrían los gorilas de “El planeta de los simios”, una novela que me recomendó mi abuelo bastantes años antes de que se rodara la película, pero esa es otra historia.

 

 

 

 

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LA GRAN MURALLA: La Cina é vicina
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Alejandro Pachón Ramírez | 21-02-2017 | 11:10| 0

Los cineclubistas de los sesenta recordarán el título de aquella película de Marco Bellochio en la que se aludía a la fascinación de la juventud burguesa de la época por el comunismo de Mao Tse Tung. China estaba cada vez más cerca de occidente, como dice el título, aunque fuera de forma marginal y revolucionaria y ahora en pleno siglo XXI ya está aquí, tanto en la tienda de la esquina como en las superproducciones de entretenimiento universal.

En los 70 y 80 empezó a llegar el cine chino de autor, precisamente de la mano del director de la película que encabeza este texto, Zhang Yimou. “Sorgo rojo”, “La linterna roja” o “Vivir”…nos mostraron una visión de fuertes cromatismos y llena de apuntes históricos del lejano país oriental.

Yimou se convirtió en uno de los autores mundiales más afamados, pese a incontables problemas con las autoridades de su país, hasta que empezó un nuevo camino y prácticamente inauguró un género cinematografico, el cine de artes marciales de calidad con “Hero” o “La casa de las dagas voladoras”.

 

Algunos títulos lo han superado, tal cual es el caso de “Acantilado Rojo”, de John Woo, en la vertiente del cine épico histórico, pero Yimou ha seguido estando ahí, cultivando las dos facetas que le han dado fama: la crónica de la historia contemporánea de su país y la fantasía épica.

El nuevo paso que ha dado es un acercamiento más al mundo occidental utilizando actores norteamericanos como Willem Dafoe y Matt Damon en la película que nos ocupa, elección que ha sido criticada en su país, pero que le ha abierto el camino a todas las salas comerciales del mundo.

“La gran muralla” no es ninguna obra maestra. La historia no puede ser más simple: una horda de criaturas extraterrestres atacando al ejército que defiende la muralla y que son ayudados por los citados personajes occidentales, unos émulos de Marco Polo y familia, muy dotados para la lucha. ¿Qué es por tanto lo que hace que sigamos esta especie de ataque casi constante de monstruos a una fortaleza al estilo “El señor de los anillos” ?: una vistosa escenografía basada en el color y la colocación de figurantes y especialistas de carne y hueso frente a criaturas digitales.

De esta manera, la primera parte del metraje nos recuerda intensamente que Yimou fue el encargado de dirigir la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 y que toda su parafernalia cromática, con acrobacias y artilugios a medio camino entre la Fura dels Baus y el Circo del Sol, está presente en la película.

Las belleza de las secuencias de “las grullas voladoras”, que evocan también algunos momentos de las sagas del vídeo juego “Final Fantasy”, el ataque con globos aerostáticos o las escenas del desierto rojo que rodea a la muralla, me han bastado para que no mire el reloj en ningún momento de la proyección y me olvide de que estaba ante una historia y unos personajes mil veces representados, y además en este caso la introducción de rostros occidentales ayuda a no liarnos demasiado con los actores.

 

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GOYAS 2017: Fernando Velázquez y Alfonsito
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Alejandro Pachón Ramírez | 06-02-2017 | 18:29| 0

 

Alfred Hitchcock le preguntó a su músico habitual Bernard Herrmann, mientras preparaban la banda sonora de “Naúfragos” que de dónde procedería la música de una película – la ubicación diegética que diríamos los “enteraos”- que transcurre íntegramente en un bote salvavidas en medio del océano. Herrmann contestó que del mismo sitio donde él colocaba la cámara.

Lo mismo, pero al revés, ha ocurrido en la ceremonia de los Premios Goya. La orquesta ocupaba casi todo el escenario, creando un “horror vacui” lleno de músicos, presentadores y ganadores. La pesadilla del director de arte y del realizador, tal como se demostró en la parte del homenaje a los fallecidos. En la tele no se podían leer los nombres y apenas vislumbrar los rostros de los que aparecían.

Sin embargo el hecho de que una orquesta española especializada en conciertos populares de música de cine, la Symphony Film Orquestra, se convierta  en la protagonista del escenario, me parece un buen recurso que, de paso, elimina algún que otro patoso número musical de ediciones pasadas. Acostumbrados a sincronizar sus intervenciones con secuencias cinematográficas y con película enteras  -tal como han hecho con “Regreso al futuro”- , funcionaron como un mecanismo de relojería a la hora de subrayar apariciones y acelerar agradecimientos, así como deleitarnos con fragmentos de grandes músicos del cine español: la sintonía de Antón García Abril o la  suite Algueró. Estos divulgadores y otros similares de la música cinematográfica han creado un nuevo público incondicional, casi como en los ochenta. Mejor que nadie lo expresó el compositor Fernando Velázquez, Goya por la partitura de “Un monstruo viene a verme” al agradecer la importante labor de orquestas locales y autonómicas a la hora de abordar en sus repertorios la música de cine. La Orquesta de Extremadura, tal como ha demostrado en el repertorio de su últimas temporadas , es una de esas formaciones a las que se refería.

Me gustó también la sorna del director del cortometraje  “Timecode” al recoger el premio diciendo que se alegraba mucho de dar la oportunidad a los largometrajes de que estuvieran representados en la ceremonia y les deseaba a los largometrajistas que pudieran pasarse al corto dando un salto…al vacío.

Otro de los chistes buenos fué : “¿Se puede saber porqué cuando le dan el premio a un lagometraje sale una persona a recogerlo y cuando es a un corto sale un equipo de rugby?

Los que llevamos en esto de los cortometrajes 23 años (los que tiene el Festival Ibérico de Cine de Badajoz)  conocemos, porque han competido en nuestro certamen, a muchos de los que ahora están arriba, incluyendo a  Bayona. A Manolo Solo, (mejor actor secundario de este año)  lo   descubrimos en su momento en un corto desternillante y muy premiado titulado “Bailongas”. No se pierdan la voz que utiliza en la película por la que le han dado el premio : “Tarde para la ira”.

 No menos importante es que en el antedicho título (también Goya a la mejor película) haga un papel secundario nuestro amigo y paisano Alfonso Blanco, el Alfonsito de la Candy Dos. Siempre tiene que estar en “tós los fregaos”.

 

 

 

 

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Los herederos de Norman Bates
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Alejandro Pachón Ramírez | 28-01-2017 | 11:57| 0

El estrenos de “Múltiple”, la última película de Night Shyamalan, nos hace pensar en la enorme deuda que tiene el género de terror con “Psicosis” de Hitchcock y con el personaje interpretado por Tony Perkins. La figura del psicópata con personalidad múltiple se ha explotado desde entonces hasta la saciedad y Shyamalan, considerado como uno de los renovadores del género en nuestros tiempos, no podía por menos que ofrecer su versión sobre el tema.

Desde que con “El sexto sentido” asombrara al público con ese giro de guión final que cambiaba la percepción del conjunto, el afamado director ha compuesto una filmografía llena de errores y aciertos, admirada y denostada a la vez, aunque no cabe duda de que ha creado un estilo en el que el espectador avezado juega a descubrir dónde está el truco, cuál es el punto de vista adecuado, donde está la sorpresa del guión. Y así estuve yo durante la proyección de “Múltiple”, haciendo elucubraciones acerca de los personajes y de dónde vendría la sorpresa. La línea argumental es bastante simple: un protagonista con personalidad múltiple que secuestra a chicas. Estuve pensando todo el tiempo en “10 Calle Cloverfield”, otra de encierro claustrofóbico con sorpresa final, pero no van por ahí los tiros.

Creyendo haber decubierto el truco del guión y sorprendido por el silencio que guardaba el preocupante número de adolescentes que llenaba la sala, me dediqué  a contemplar el “tour de force” interpretativo de James Mc Avoy haciendo de varios personajes y los diálogos entre éste, su psiquiatra y la chica secuestrada más espabilada que las demás. Casi una obra de teatro con ningún momento “gore”, algún pequeño susto y una excelente realización.

Pero me equivoqué en mis deducciones, aunque  la sorpresa tenía que aparecer por algún lado. Y lo hace en el plano final y en forma de autohomenaje (que probablemente muchos espectadores no pillarán) propiciando un espléndido giro temático a todo el discurrir de la trama. Y hasta aquí puedo leer…

Shyamalan, como ya he dicho, tiene cosas infumables para mi gusto, y otras casi geniales, entre las que citaré esa divertida versión de Hansel y Gretel que es “La visita”, su anterior película, y la creación de la serie televisiva  de ciencia ficción “Wayward pines” de la que esperamos una nueva temporada y que también contiene interesantes giros de guión.

Ya he comentado el silencio reverencial con el que los espectadores más jóvenes asistían a la proyección. La otra noche, viendo un fragmento de la ceremonia de entrega de los premios Feroz, recordé cuánto significó para los preadolescentes de mi generación aquel personaje que salió en silla de ruedas a recoger un trofeo honorífico: Narciso Ibáñez Serrador y de cómo aquella sonrisa suya, maquiavélica y astuta, nos invitaba a ver sus adaptaciones de Poe, Brádbury o de sí mismo bajo el seudónimo de Luís Peñafiel. Sus “Historias para no dormir” fueron nuestra iniciación en un género, el del terror que, de vez en cuando, es reavivado e incluso reiniciado por creadores del talento de Hitchcock, Carpenter o Hooper. Del mismo modo, películas como “Múltiple” influyen en los jóvenes de hoy y yo creo que para bien, pese a los discursos pedagógicos descafeinados sobre los peligros del consumo de imágenes violentas. Al menos creo que logran interesarles en la psiquiatría y la psicología  y sobre todo en el conocimiento de uno de los géneros con más solera de la Historia del Cine.

 

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LA LA LAND. CIUDADES CON MUSICA
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Alejandro Pachón Ramírez | 14-01-2017 | 10:58| 0

No es que el musical se hubiera ido de las pantallas, pero la verdad es que las últimas apariciones de este género eran adaptaciones fílmicas de éxitos escénicos como “Los Miserables” o “Into the Woods”. De ahí el valor añadido de esta fascinante e inesperada película, que se trata de un musical expresamente hecho para el cine. Grata sorpresa porque uno no espera en estos tiempos de mal gusto y fórmulas repetidas un homenaje  tan luminoso al cine y a la música romántica sin caer en la cursilería.

Damien Chazelle tenía entre sus manos un material que corría el peligro de pasarse de azúcar, de empacharnos, pero gracias a su gran sentido del “tempo” narrativo y a la utilización de coreografías dinámicas y atractivas consigue deslizarse con buen gusto por una historia de amor muchas veces vista, pero contada como si fuera la primera vez. De hecho la trama principal es la misma que la de “New York, New York”, otro musical con nombre de ciudad – el “LA” del título que nos ocupa hace alusión a Los Angeles- , en la que un saxofonista de jazz trata de hacer prevalecer su idea de pureza musical frente a estilos más comerciales.

Evidentemente el enfoque es radicalmente distinto al de la película de Scorsese con Robert De Niro. En “La la…” hay colorido, ilusión, arte pop, y sobre todo, muchos homenajes al cine clásico, especialmente a “Casablanca” y a “Rebelde sin causa”.  Para citar con soltura lo que en manos de otro hubieran resultado tópicos, hay que estar muy seguro de lo que se está haciendo y contar con el encanto y la pericia de la pareja protagonista, Ryan Gosling y Emma Stone, que parece como si no hubieran hecho otra cosa en su vida que bailar al estilo de Gene Kelly y Cyd Charisse o cantar maravillosas baladas. El tono entre humorístico y nostálgico de estos dos actores está en consonancia con el de la historia de amor del guión y el estilo musical de la partitura.

Aunque podemos encontrar algún bajonazo de ritmo en la última parte de la película, cuando se hace más realista, el director se asegura que la boca abierta que nos había dejado en el increíble plano-secuencia inicial, una coreografía apabullante en un atasco a la entrada de Los Angeles, se nos vuelva a abrir en la secuencia final, un falso “flashback”, en el que lanza toda su pirotecnia a base de un imaginario popular que va desde la pintura de Edward Hopper a las portadas de Vogue.

He leído y oído en varios sitios que la referencia más importante de la película es “Corazonada” de Coppola. Está claro que el uso de los fuertes cromatismos escénicos y alguna coreografía pueden hacernos pensar en aquella historia de amores perdidos  que también tenían una ciudad como protagonista, Las Vegas. Pero la música de Tom Waits iba por otro camino más existencial y desesperanzador que el de los luminosos temas de “La La Land”. A lo largo de toda la proyección no he dejado de acordarme de un musical francés, “Las señoritas de Rochefort”, – de nuevo una ciudad en el título- de Jacques Demy, con una partitura de Michel Legrand que es la clara inspiración de los compositores. Una brillante mezcla entre jazz y vals de acordeón y un uso del vibráfono típico del gran maestro francés. Creo que  esta película le debe más a Demy y a Legrand, sobre todo en el concepto recitativo de sus canciones y en su optimismo conceptual que a Minnelli o a Donen.

Sea como fuere y quitando alguna cosilla que se podría haber evitado, como el baile flotante en la cúpula del planetarium que ya se ha hecho hasta en películas españolas, “La la land” es el recordatorio de que la música puede servir al cine no sólo como soporte o ritmo, sino como temática, motor narrativo o fuerza lírica. Que es a fín de cuentas de lo que están hechos los grandes musicales.

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ASSASSIN’S CREED: Una Andalucía virtual.
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Alejandro Pachón Ramírez | 26-12-2016 | 11:17| 0

Se suele decir mucho eso de “el libro me gustó más que la película” e incluso al contrario, pero no conozco ningún caso en el que se diga que gustó más la película que el videojuego.

El libro de Lluís Anyó titulado “El jugador implicado” (Laertes, 2016), trata de una nueva línea de investigación en el terreno de la comunicación llamada la “ludología” y de cómo el lenguaje de los videojuegos tiene poco que ver con el del cine. Resumiendo, que hay otras categorías espaciales y temporales y, sobre todo, factores de interactividad y aleatoriedad que no son los mismos que experimenta el espectador de cine o el lector de cómics o novelas.

Assassin’s creed” es, para mí, una de las mejores saga de juegos de la historia, junto con las de “Age of empires”, “Call of Duty” y “Total War”, cada una en su época.  A excepción del título que nos ocupa, ninguno de los otros tiene posible adaptación. El primero de los citados, por el desarrollo de líneas históricas paralelas y cronológicamente incompatibles ya que pueden competir culturas neolíticas con civilizaciones modernas, el segundo porque es una antología de acciones sacadas de conocidas secuencias de películas bélicas y “Total War” porque es Historia pura y dura, rigurosa y didáctica, con la única salvedad de que, si eres hábil, Napoleón puede vencer a Wellington en Waterloo.

 

 

La saga de “Assassin’s”, que he jugado hasta que mi ordenador se ha quedado corto para soportar los requisitos técnicos de las  últimas entregas, además de la trama principal -la lucha entre Templarios y Asesinos- ofrece una detallada ambientación en lugares históricos como la Florencia de los Médicis, el Estambul de Soleimán o el Boston de la Guerra de Independencia americana. Los edificios más conocidos, el vestuario, etc, incluyen enlaces enciclopédicos que pueden animar a los usuarios a adentrarse en la Historia Universal y del Arte y comprobar el rigor de los escenarios diseñados por los de Ubisoft.

Lo malo es que ese rigor falta en la película, que transcurre en un escenario que no había salido en los juegos: la Andalucía de 1492. Anacronismos como la celebración del Auto de Fe del cuadro de Rizzi, que tuvo lugar en el Madrid del siglo XVII, y no  junto a un puerto mediterráneo del siglo XV y que creo que es Malta, con figurantes ataviados al estilo Conan el Bárbaro, seguido de una cabalgada por el desierto de Tabernas al más puro estilo Indiana Jones o a una persecución por los tejados de Sevilla en medio de cúpulas y fachadas barrocas.  Rodada en España – también salen la Alhambra y la catedral de Sevilla- y con la presencia de unos casi (afortunadamente) irreconocibles Javier Bardem y Javier Gutiérrez, la alternancia entre las secuencias del presente en el complejo científico que alberga el “Animus”, en un supuesto Madrid a lo Blade Runner, quedan inconexas con las del pasado y, lo que en el juego sirve de unión entre escenas de acción, esos trozos en los que el jugador no puede intervenir, aquí se convierten en un tedioso “standby” donde se echan de menos los mandos del ordenador para hacer tú mismo un  “salto de fe” o apuñalar a unos pocos con las dagas ocultas. Esta falta de coherencia narrativa y visual hace que, ni aun siendo jugador de la saga, te enteres muy bien de qué va el asunto.

El caso es que el director, autor de una magnífica versión de Macbeth con los dos mismos grandes actores que aquí, Michael Fassbender y Marion Cotillard, tiene un excelente gusto visual y se le notan ganas de que esto sea el inicio de una saga cinematográfica, pero lo veo difícil. Yo por mi parte voy a intentar cambiar de ordenador en cuanto pueda – soy de los de PC de toda la vida- para poder seguir la lucha a través de la Historia entre Templarios y Asesinos, que creo que en la próxima entrega tendrá lugar nada menos que durante la I Guerra Mundial. Lo malo es que cada vez que me envicio con uno de estos juegos, mis cervicales se resienten más, como si yo mismo hubiera luchado contra los soldados de la Inquisición en los tejados de Sevilla y saltado por las almenas de Jerusalén.

 

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EL CINE BELICO Y JUAN MANUEL DE PRADA
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Alejandro Pachón Ramírez | 10-12-2016 | 11:10| 0

 

“Cuando ya parecía muerto y enterrado, vuelve Mel Gibson a la dirección con “Hasta el último hombre”, una película que mientras escribo estas líneas aún no he visto; pero ni siquiera necesito verla para intuir (¡para saber!) que será grandiosa…Mel Gibson está inspirado por Diós, alumbrado y calcinado por Diós…” La semana pasada aparecía este texto del novelista De Prada en su sección en XL Semanal, en un tono apocalíptico muy divertido, a la par que beligerante, y que vale la pena leer completo en este enlace.

Yo sí he visto “Hasta el último hombre” y no me ha parecido grandiosa, pero sí muy buena. Para mí sus virtudes no residen en el discurso acerca de la voluntad de ayudar a la patria incluso sin armas, como es el caso real del objetor de conciencia que aquí se cuenta, ni del poder resolutivo de las creencias religiosas, sino en las habilidades de Mel Gibson como director que se conoce al dedillo todos los ritmos narrativos, los recursos emocionales y la filmación de la acción típicos de los grandes clásicos; la épica de John Ford y Spielberg, la narración lineal y sin fisuras y los mensajes directos y sin ambigüedades son sus armas como gran realizador. De esta manera, nos conduce desde esa América profunda que se inspira en sus iconografías en los cuadros de Norman Rockwell a un infierno prácticamente en grís ( el del humo y la tierra calcinada) y rojo (el de la sangre y el fuego de los lanzallamas) durante una de las batallas por la toma de la isla de Okinawa. Ese largo tramo final de guerra brutal y sin concesiones, pasará a la historia del cine bélico sin lugar a dudas. Aunque para muchos lo más valioso de la película sea su mensaje moral y patriótico, ese mensaje que ya estaba presente en “El sargento York”.

En la otra cara de la moneda tenemos también a Juan Manuel de Prada cuya excelente novela “Morir bajo tu cielo” aborda el tema de otra guerra, ésta en su vertiente más crítica y antibelicista, la que se refleja en la película española “1898: Los últimos de Filipinas. Aquí estamos lejos de esas guerras justas de Ford, Spielberg o Gibson. Es la absurda resistencia de los héroes del Baler, ignorando tozudamente las noticias que les enviaban los rebeldes de que la guerra había terminado, lindando con la locura y el suicidio y olvidados por esa generación de incompetentes altos mandos militares y políticos de finales del siglo XIX que dieron al traste con nuestro imperio colonial. El episodio fue utilizado y glorIficado durante el franquismo en la película del mismo título dirigida por Antonio Román en 1945 como símbolo de la resistencia aguerrida de los soldados españoles contra lo que fuera, aunque no tuviera sentido.

La nueva versión que ahora está en pantalla tiene el mismo tono de escepticismo, de decadencia y de ¿qué narices pintamos aquí? que las películas que se hicieron sobre Vietnam. El plano inicial en el que los soldados vadean un río en medio de la selva nos introduce de lleno en ese ambiente tropical sobre el que tanto cine antibelicista hicieron los americanos en la era Nixon.

“1898: Los últimos de Filipinas” no es tan buena como la Mel Gibson ni de lejos, de hecho tiene una parte intermedia un tanto pesada y reiterativa, pero el rigor de los combates, la excelente fotografía y el reparto de actores, así como la afortunada interpretación histórica de los acontecimientos, la convierten en una de las películas españolas que hay que ver este año. Para los nostálgicos hay que añadir que se mantiene la famosa canción de la versión antigua, “Yo te diré”, interpretada en esta ocasión por Carmen París.

En cualquier caso coinciden en pantalla los dos extremos más significativos del extenso género bélico, demostrando que la Historia Militar y la de sus protagonistas puede ser reflejada e interpretada  desde prismas ideológicos múltiples y contradictorios.

 

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LA REINA DE ESPAÑA : El anacronismo como recurso
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Alejandro Pachón Ramírez | 28-11-2016 | 11:26| 0

En contra de lo que se piensa, los anacronismos históricos en las películas no están causados por la ignorancia de sus autores, sino porque suelen convenir  a la dinámica del guión y a los convencionalismos del imaginario popular. Por eso cuando a Howard Hawks le dijo el asesor histórico de “Tierra de faraones” que en el antiguo Egipto no había camellos, respondió que no pensaba rodar una película en la que salieran palmeras y arena y ningún camello.

Aunque sólo nos centráramos en la época medieval y moderna de la Historia de España, tendríamos para hacer una tesis sobre dichos anacronismos y otras tergiversaciones históricas: desde esa música flamenca que compuso Vangelis para “1492: La conquista del paraíso” – en esa época no existía el flamenco- hasta la glamourosa Sigourney Weaver haciendo de Isabel la Católica en la misma película, pasando por las películas de Cifesa con Aurora Bautista e incluso los rostros y diálogos excesivamente modernos y afectados de la  serie “Isabel”.

No olvidemos que el estilo arquitecto y decorativo denominado “isabelino” es uno de los hitos de un elaborado pastiche, que ha reaparecido en muchos monetos de la historia del arte español, en el que hay elementos góticos, mudéjares y renacentistas, sublimado en escenografías de Hollywood como la de “Ciudadano Kane”.

Así que Fernando Trueba ha optado por seguir la onda del anacronismo “isabelino”, justificado por la condición cómica de la película y jugando con una peculiar visión de la historia del cine español en la que las Conversaciones de Salamanca y las primeras películas de Berlanga conviven con la llegada de las primeras producciones americanas a nuestro país de manos de Samuel Bronston. Es decir, en “La reina de España” se funden los años cincuenta con los sesenta para llenar de referencias un guión a ratos divertido y a veces tópico.

Por un lado tenemos a la estrella encarnada por Penélope Cruz encarnando a una actriz española que ha triunfado en América (¿Sara Montiel?) y que interpreta a Isabel la Católica en una España en la que aún se está construyendo el Valle de los Caídos. El director de esta película épica es una mezcla entre John Ford y Raoul Walsh, con una caracterización de anciano demasiado mayor como para haber luchado en Normandía, de lo que se vanagloria frente al propio Franco.

Si tenemos en cuenta que la biografía de la reina Isabel fue el último proyecto que pensaba llevar a cabo Samuel Bronston en nuestro país a finales de los sesenta y que nunca se llevó a cabo, el anacronismo temporal está servido.

Prescindiendo de tales licencias históricas, la película de Trueba es bastante irregular pero divertida. Tiene buenos momentos, como el del reencuentro entre los personajes de Ana Belén y Antonio Resines, que nos recuerda a grandes títulos sobre la postguerra española como “La Colmena” pero otros, en los que Jorge Sanz se lleva la peor parte, que buscan la comercialidad más vulgar.

Los cinéfilos nostálgicos apreciarán la cantidad de homenajes, subrayados por la abundante cartelería peliculera que decora las secuencias, pero no aceptarán la falta de cohesión y ritmo en el conjunto, y la historia tampoco funciona como secuela de “La niña de tus ojos”. El intento de Trueba de aunar el cine español del franquismo con la comedia popular actual se queda a medio camino, por mucho que  cada aparición de Penélope Cruz, incluso cantando “Granada” en inglés, eleve la calidad del conjunto.

 

 

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.