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LOGAN. “No te vayas, Shane”
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Alejandro Pachón Ramírez | 04-03-2017 | 11:58| 0

Para los de mi generación, Logan, interpretado por Michael York, era el protagonista de una de ciencia ficción, “La fuga de Logan”, que luego se convirtió en serie de televisión. Para los amantes del universo Marvel, Logan es Lobezno, el personaje más carismático, humano y tridimensional de todos los X-Men. Acentuando esa vertiente dramática, la acción nos sitúa en un futuro próximo en el que Lobezno está perdiendo sus poderes, está cojo y usa gafas para leer. Los mutantes prácticamente han sido exterminados y nuestro protagonista tendrá que emprender una operación de rescate y huída, cuidando al ya decrépito profesor Xavier y a una niña mutante.

Una extraña familia en peligro, un largo camino por recorrer y el desencanto y la soledad como compañía de los que antaño fueron héroes de cómic. En fín, un western crepuscular que puede recordarnos el “Sin perdón” de Clint Eastwood, pero cuyo mensaje emocional queda patente en el homenaje que se le hace a otro western clásico : “Raíces profundas”, tanto en la banda sonora como con la inclusión de imágenes de la película protagonizada por Alan Ladd y, sobre todo, en una secuencia final que podría haber rozado lo sentimentaloide, pero que se convierte en una hermosa despedida y en un emotivo gesto icónico.

Normalmente un guión como éste, con héroe en decadencia, anciano inválido y niña, suele caer en lo blandengue, en el estilo Spielberg para entendernos, pero aquí, gracias al carisma y el escepticismo de los personajes, las insuperables escenas de acción – algunas recuerdan a Mad Max-  y la importante presencia de esos territorios desérticos de Nuevo México donde transcurre gran parte de la trama, nos sumergen en un acertado híbrido entre western, película de la Marvel y distopía crítica.

No olvidemos que muchos héroes de acción como Van Damme, Stallone, Willis o Schwarzenegger han intentado desencasillar sus carreras en algún momento recurriendo a tramas similares a la que nos ocupa, sea protegiendo a la viuda con niño a la que le quieren expropiar las tierras, ayudando a una familia a escapar de complots gubernamentales o incluso, como en el caso de Arnold, tratando de salvar a su hija zombi. Todos han fracasado en el intento de aunar sentimientos con acción

James Mangold sin embargo lo ha conseguido. Y, lo más importante, ha hecho que los espectadores menos aficionados al cine clásico sepan de la existencia de “Raices profundas” e incluso quizás la busquen para verla,  para entender las palabras finales de la niña y su profundo enraizamiento con la cultura norteamericana del western y la frontera.

Al final todos nos quedamos a ver los créditos mientras Johnny Cash canta una balada, esperando esa minisecuencia que suele haber al final de las películas Marvel. Pero aquí no hay epílogos ni anuncios de secuelas. Ni los necesita, porque creo que es la mejor y más seria película producida por Marvel hasta la fecha.

 

 

 

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Summertime Blues
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Alejandro Pachón Ramírez | 25-08-2016 | 10:24| 0

 

El título de la vieja canción de Eddie Cochran, luego popularizada por The Who, no es más que un eufemismo anglosajón para definir las diarreas estivales. Y es que este verano, que esperemos esté en fase final, con sus altas temperaturas y su triste cartelera, ha sido un largo y viscoso “blues” interpretado por una guitarra desafinada.

Los que ya hemos cumplido los sesenta recordamos que cuando éramos niños prácticamente no existía el cine infantil. Si acaso las puntuales reposiciones de “Blancanieves”, “Pinocho” o “Bambi”, los “festivales” compuestos por cortos de Tom y Jerry, Popeye o el Pájaro Loco y poco más. Las series de televisión tipo “Viaje al fondo del mar” o los dibujos de Hanna Barbera nos cogieron haciendo ya la reválida de cuarto. Sin embargo el otro día conté no menos de ocho películas de animación en pantalla y algunas otras de acción que, como “Tarzán” o “Escuadrón suicida”, van dirigidas a preadolescentes.

Los niños y jóvenes son los que mandan a la hora de elegir película e ir acompañados de sus padres y estos títulos copan la programación de tal manera que impiden el paso de producciones más adultas o minoritarias. Así que de todo lo que se ha pasado este verano por las  salas comerciales me quedo con dos títulos:

“Jason Bourne”: que aunque no sea muy original con respecto a anteriores entregas de la saga, sigue manteniendo un más que aceptable ritmo de acción e interés dramático. Me sigue llamando la atención cómo son capaces de rodar esas secuencias en espacios públicos muy concurridos; cómo consiguen adiestrar a los figurantes y a los actores principales para que todo parezca casi documental. En esta última aventura del personaje interpretado por Matt Damon hay una persecución en medio de una violenta manifestación en Atenas a causa de los recientes episodios políticos, que te deja con la boca abierta: cócteles molotovs, cargas policiales y, entre el caos, el protagonista huyendo de un asesino a sueldo a pié, en coche o en moto. Esa es la marca de la serie Bourne: personajes huyendo y matándose en medio de multitudes y lugares emblemáticos de todo el mundo. Y si además está Alicia Vikander, mejor que mejor.

El segundo título es “Star Trek: más allá, última aventura de la nave Enterprise y que está a la altura de las dos anteriores, aunque en esta ocasión aproximándose más al espíritu de la célebre serie de televisión. Creo que la saga “Star Trek” supera a las últimas películas de superhéroes y, que me perdonen los fans, a la decepcionante última entrega de “Star Wars”. El capitán Kirk y su tripulación tienen más sentido del humor, menos pretensiones filosóficas y más variedad de caracteres que los personajes planos que se nos han propuesto en la resurrección de la Guerra de las Galaxias y no hablemos de cómo Michael Giacchino sigue creando magníficos leitmotivs musicales sin perder de vista materiales procedentes de anteriores entregas.

O sea, que esto funciona a base de sagas, secuelas, remakes y  animalitos de animación que se parecen todos demasiado. También he visto grandes películas este verano, en versión subtitulada, pero en mi casa y, sin citar su procedencia.

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LA COMEDIA ESPAÑOLA : EL TIEMPO REDENTOR
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Alejandro Pachón Ramírez | 16-06-2017 | 09:58| 0

Ultimamente me ha dado por ver comedias españolas de los setenta, las de la “apertura”, el “landismo” y la transición. Películas a las que, cuando se estrenaron en su momento, no me hubiera acercado ni a mirar las carteleras. En aquella época, estudiante en la universidad de Sevilla, no ví “No desearás al vecino del quinto”, “Lo verde empieza en los Pirineos” ni   “Zorrita Martínez”. Ahora, con la efemérides del 40 aniversario de la democracia en  nuestro país, cobran un nuevo significado, el de observarlas como documento, no sólo de unos comportamientos sociales y morales que hoy en día están muy mal vistos, sino sobre todo en lo relativo a dirección de arte en cosas como vestuarios y peinados delirantes, cambios en las ciudades y las costumbres, músicas, etc…

El histrionismo de los personajes, sus tics habituales y su galería de recursos cómicos han cobrado un nuevo significado documental. El tiempo ha redimido lo que en su momento valorábamos como fruto de la represión sexual y política y dota a estos productos que en su momento dieron tanto juego en taquilla, de un piadoso barniz histórico que nos traslada a aquella época en la que llevábamos patillas largas y pelucón y éramos despreciados por aquellos señores con bigote “fila de hormigas” que luego crearon el sistema democrático, aunque para ello hubiera que aflojarse la corbata. Algo parecido a lo que hicieron con sus carreras, dando un giro de timón hacia personajes dramáticos, actores como López Vázquez o Landa. Un tiempo en el que la revista “Fotogramas” ponía como máximo gancho comercial a alguna de nuestras estrellas patrias en “top less”, sin operar por supuesto, y en el que se formaban colas en el cine San Mateo de Elvas para ver algo tan intelectual como “El último tango en París”, aunque la gente no iba precisamente por la visión existencialista de Bernardo Bertolucci, sino por la escena de la mantequilla.

El tiempo lo cura todo, aunque hubo una gloriosa etapa en la comedia española que no necesita de ese bálsamo para ser genial entonces y ahora: la que va de los años cincuenta a mediados de los sesenta. La época de Berlanga o Forqué. Películas como “Los tramposos”, “Atraco a las tres”, “Plácido” e incluso “Las chicas de la Cruz Roja”.

 

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Desde entonces todo ha ido a peor en dicho género. Hay comedias españolas actuales que, viendo sólo el tráiler, me echan para atrás. Sucesión de chistes de bar, de tópicos mal hilvanados y de actores que hacen siempre el mismo papel. He llegado a ver incluso “Ocho apellidos vascos” y no me hizo gracia. Todo está impregnado del espíritu pobretón y casposo de las teleseries, del guión apresurado, de la cultura del “wattsap”, la de esas personas que, sin pedirte permiso, te piden que veas en su móvil alguna ordinariez presuntamente graciosa.

Lo que pasa con esa mala comedia que se está haciendo ahora, en mi caso y habida cuenta de mi edad, es que va a ser muy difícil que pueda comprobar dentro de cuarenta años si cosas como “Los amantes pasajeros”, “Señor, dame paciencia” o “Patrulla de élite” han adquirido con el paso del tiempo esa redención histórica que vemos ahora en los títulos de la época de la transición.

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UNA DE PIRATAS
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Alejandro Pachón Ramírez | 30-05-2017 | 09:42| 0
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Definitivamente  la saga “Piratas del Caribe”, cuya continuación “La venganza de Salazar” está ahora en pantalla, ha abandonado sus orígenes genéricos de cine de piratas para transformarse en fantástico y de acción. El entorno histórico casi ha desaparecido y los espectros y la mitología se adueñan de una trama suavizada por  la presencia histriónica y humorista de Johnny Deep

Como el espectador español medio le tiene tanta tirria a Javier Bardem, que interpreta, y muy bien por cierto, de Salazar, el antagonista, no creo que esta entrega vaya a funcionar tan bien como las anteriores, pero no hay que negarle  el atractivo de las secuencias de acción y unos diseños visuales muy originales y dinámicos  como el del navío fantasma o la presentación de animales y piratas fantasmas. La magnífica música de los créditos finales nos conduce a un epílogo en el que se promete una nueva entrega.

Pensando en la iconografía típica del pirata de película: pañuelo en la cabeza  y aros en las orejas, averigüé que ese aro significaba que dicho personaje había cruzado el temible cabo de Hornos, lugar de unión de los océanos Atlántico y Pacífico. Ese pasaje es quizás la secuencia fundamental del cine de largas travesías marítimas. Recordemos  su imponente presencia en las diversas versiones de “Rebelión a bordo”: vientos huracanados, olas capaces de arrancar el palo mayor de la Bounty y marinos tratando de sujetar aparejos antes de ser tragados por el mar.

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Convendría citar también un par de títulos más en los que aparece dicha zona: “Hawai” , en la que un barco de Nueva Inglaterra que transporta predicadores luteranos para evangelizar las islas del título se ve azotado por las inclemencias en el estrecho, mientras que Max Von Sydow, interpretando a un religioso radical e intolerante, eleva su voz a Diós para cruzar sin peligro.

El caso de “Master and Commander” es aún mejor, ya que el desafío del buque de guerra británico “Surprise” consiste en perseguir al enemigo francés, el “Acheron”, superior en envergadura y armamento, también a través de ese abismo de viento y mar en el cono Sur. Lástima que, aún siendo ésta una de las mejores películas de barcos de la historia, no haya tenido continuación, habida cuenta de la larga serie de novelas que Patrick O’Brien escribió sobre el capitán Aubrey el doctor Maturin.

Lo habitual es que en el cine de piratas la verosimilitud histórica brille por su ausencia. En Hollywood se conformaron con poner a los españoles como los malos de la película e ignoraron  las falacias británicas para impedir el libre tráfico de convoyes entre América y España.

También se olvidaron en Hollywood de que los piratas y corsarios del Caribe eran una minucia, en número de individuos y de estragos, comparados con los asiáticos. En el mar de China pululaban auténticos ejércitos navales imparables, como el de la mujer pirata Ching Shih, que en los últimos años de su imperio llegó a comandar unas 1000 naves y que inspiró a uno de los personajes de la saga “Piratas del Caribe”, por no hablar de los piratas berberiscos que asolaron el Mediterráneo durante casi toda la Edad Moderna.

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Pero toda la emoción de la travesía suicida, de las maderas crujiendo bajo la tempestad y las rocas azotadas por la espuma, se viene abajo con la tecnología actual. Un francés llamado Frank Cammas cruzó sin problemas el Cabo de Hornos en 2015 a bordo de un catamarán dotado de hidroalas.

La única forma de recuperar la emoción de la aventura marina es ponerse a jugar a “Assassin’s Creed: Bandera negra”, donde podemos interactuar con todos esos lugares, acciones y personajes que conocimos por primera vez, hace ya tantos años, a través de Robert Luis Stevenson y su isla del tesoro.

 

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LA “ALIENACION” DE RIDLEY SCOTT
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Alejandro Pachón Ramírez | 16-05-2017 | 16:40| 0
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Me van a permitir el juego de palabras porque viene al pelo con respecto a “Alien: Covenant”, o el intento del maestro británico  por encarrilar algo que se le había ido de las manos. Da la sensación de que, más que reconducir la saga, lo que ha hecho en esta última entrega es demostrar que hasta los genios como él corren el peligro de caer en la cabezonería y obsesionarse con mejorar algo que ya estaba perdido tras la fallida “Prometheus”.

La película que nos ocupa contiene ingredientes de “sus aliens”, pero no de los de Cameron, Fincher o Jeunet, que optaron por otros caminos más originales y respetuosos con el arco argumental inicial. Lo malo es que en “Covenant” vuelve a aparecer esa civilización de superhumanoides marmóreos, que ahora se nos explica que tratan de emular al David de Miguel Angel, y que nos dejó un tanto perplejos. El intento de convertir la saga -terror y acción espacial a fín de cuentas- en una mitología evolutiva, era lo peor de la citada “Prometheus”, agobiada por un trascendentalismo megalómano. Ahora introduce algunos elementos más de ese morboso universo genético y nuevas escenas de terror, pero no es suficiente. Ni siquiera el carisma de Michael Fassbender, interpretando dos papeles de androide y disfrazado a veces de Assassins Creed logra elevar un reparto indefinido y soso, de manera que todas las malas críticas de este empecinamiento de Scott por rivalizar con los ilustres continuadores de su historia, se queda de nuevo corta e indecisa.

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Pero también hay que romper varias lanzas a favor del maestro. Escribía Carlos Boyero en su crítica de “Covenant” que el mérito de Scott residía en haber realizado tres obras maestras: “Los duelistas”, “Alien” y “Blade Runner”. Totalmente de acuerdo, pero creo que eso es quedarse muy corto. Permítanme, de paso, recomendarles que vean o vuelvan a ver “Los duelistas” y comprueben uno de los mejores proyectos que se han filmado acerca de las relaciones entre cine, pintura y literatura. Primer largometraje y primera obra maestra.

Dejando a un lado el poderío de las otras dos producciones, le voy a imponer a Scott, al menos, otros dos galardones :

-Recuperador  del cine épico de romanos, con la astucia de hacerlo a través de un oculto “remake” del último gran péplum: “La caída del imperio romano”, producida por Samuel Bronston y dirigida por Anthony Mann en nuestro país y cuya historia, la de la descendencia del emperador Marco Aurelio, retoma Scott casi 30 años después en “Gladiator”, lo que supuso una resurrección del género, la ascensión del músico Hans Zimmer al Olimpo de las bandas sonoras y un nuevo concepto en los efectos digitales para films históricos.

– Reinventor del cine bélico en la insuperable “Black Hawk derribado”, en la que los conceptos de gloria, honor y patria, típicos del género, son substituidos por los de supervivencia, compañerismo y despiste ideológico y táctico. A partir de este título vendrán un montón de películas y series ambientadas en guerras contemporáneas, en las que se usan los mismos “softwares” realistas de explosiones, disparos y otros recursos.

De acuerdo en que el maestro tiene cosas infumables como “La teniente O´’Neill”, “Un buen año” o ese “Robin Hood” en el que hay una especie de desembarco de Normandía en plena Edad Media y al revés (franceses invadiendo a ingleses). Pero también tiene una magnífica recreación de las Cruzadas en “El reino de los cielos” o la estimulante versión de la tercera novela sobre Hannibal Lecter.

Sólo por producir una de las mejores series que se han hecho sobre la historia de la CIA y de la Guerra Fría en general, “The company”, podría pasar a ese Olimpo en el que se ha empeñado en ser un Prometeo desterrado. Esperando que su nueva y esperada aproximación a “Blade Runner” sea más adecuada, recordemos también la importancia de su malogrado hermano Tony Scott.

 

 

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FEUD: La venganza de la televisión
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Alejandro Pachón Ramírez | 06-05-2017 | 17:59| 0

 

“Feud”, el título de la serie a la que me refiero, se puede traducir como “enemistad”. Hace alusión a la rivalidad entre Bette Davis y Joan Crawford durante el rodaje de “¿Qué fue de Baby Jane?”, también de los  antecedentes y de sus consecuencias, así como del papel desempeñado en aquellos años  por Robert Aldrich (director), Jack Warner (productor) y  la vitriólica periodista Hedda Hooper .

Uno de los conceptos de FEUD es reivindicar la ascensión de las series de televisión en la industria del audiovisual desde los años sesenta. El gran miedo de todos los personajes de esta historia real es tener que acabar trabajando para la tele por culpa de un fracaso en taquilla. Bob Aldrich, porque ya había pasado por ello y no le gustaba el sistema de producción y las limitaciones técnicas de entonces. Crawford y Davis, porque lo consideraban algo degradante y falto de glamour, caer en lo más bajo, acabar en la pantalla del comedor de una familia de paletos de Minnesota. Para sobrevivir económicamente durante los últimos momentos de su madurez, Crawford tuvo que hacer secuelas de Baby Jane  y una serie B de la Hammer (“Trogg”). La Davis pasó por el aro e hizo algún episodio piloto y papeles secundarios en algunas series

Este es el arco argumental con el que juegan los creadores de FEUD para hacer historia del cine…vista desde la tele. El lenguaje es el de las grandes series actuales: localizaciones perfectas y diálogos ingeniosos en los que se conjugan viperinas frases históricas a lo George Cukor con otras propias de unos excelentes guionistas . Por ejemplo, Bette Davis le dice a su futuro y antipático yerno: “No me impresionas por ser un inglés con estudios. Yo he sido la reina Isabel dos veces.”

En el apartado de caracterización de personajes- aparecen un montón de actores y actrices del  cine de los sesenta- lo que menos importa es la fidelidad física, sino el gesto y la simbiósis interpretativa que aportan  en los papeles principales Jessica Lange y Susan Sarandon.  Es un duelo artístico entre dos estrellas maduras del presente a través de sus alter egos  en el viejo “star system”. Esa subterránea referencia al cine de ayer y el audiovisual digital  de ahora es lo que hace que FEUD sea un hiperrealista documental de ficción sobre tres momentos histórico-sentimentales: el del Hollywoood glamouroso, el del cambio cultural de la segunda mitad de los sesenta y el de la decadencia y sustitución de los modelos antiguos.

Si no sabemos quíen fue Robert Aldrich y su carrera posterior a “Doce del patíbulo”, ignoramos las competencias y el poder de productores como Jack Warner o la película en la que Faye Dunaway hizo  de Joan Crawford, vamos a disfrutar menos de la serie, pero creo que aún así funciona. La  Davis y su maquillaje blanco en Baby Jane y la Crawford y su hacha en “El caso de Lucy Harbin”  crearon, en su ocaso, el terror “grand guignol” , un género cuya clase venía dada por la dirección artística, la fotografía y las actrices, siendo secundarios los personajes masculinos .

Para completar este capítulo de la historia del “star system” hay que ver también el documental “El último adiós de Bette Davis”, de Pedro González, centrado en la estancia de la actriz en 1989  en San Sebastián para recibir un premio honorífico, su última aparición en público.

 

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“…Hasta el apuntador”
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Alejandro Pachón Ramírez | 22-04-2017 | 10:22| 0

Con Keanu Reeves pasa algo parecido que con Colin Farrell, suelen caer mal, al menos a mí, así que no hubiera ido a ver “John Wick: Pacto de sangre” de no haber leído previamente que era la segunda entrega de una película de culto que ni siquiera se estrenó en cine en nuestro país. Los textos de expertos y aficionados me animaron y, efectivamente, valía la pena. Lo bueno de la película no son sólo sus barrocas secuencias de tiroteos y luchas, sus escenarios y su laconismo existencial, sino el entorno casi fantástico en el que se mueve : el de una super organización criminal, la Gran Mesa, que controla a todas las mafias del planeta, desde las italianas a las rusas y que tiene una cadena de hoteles por todo el mundo , en realidad cuarteles neutrales, donde los asesinos de élite se pertrechan de armas, documentos e incluso vestuario.  John Wick es uno de sus sicarios más letales.

Al aficionado al género lo que le gusta es que muera hasta el apuntador, como se decía antiguamente. La primera película que me impactó en este sentido -descartando cine histórico o bélico tipo “El Alamo”- fue “Grupo Salvaje” (Sam Peckinpah, 1969). La masacre final es la mejor y más intensa secuencia de muertos por disparos en la historia del cine, iniciada con el degollamiento de Angel, el joven mejicano, y culminando con la soledad de Robert Ryan entre carroñeros mientras suena la canción “La golondrina”.

Luego hemos visto muchos tiroteos inacabables e inverosímiles, especialmente porque a veces no se tiene en cuenta la capacidad de munición de los cargadores, ni la resistencia física a los disparos en partes no vitales. Esto el cine oriental lo ha justificado mediante el uso de armas de los enemigos abatidos y el de los chalecos anti balas, hallazgos que proceden del mundo del vídeo juego, otra forma de catarsis.

Efectivamente, ha sido en  China, Hong Kong, Corea y Japón donde más se ha desarrollado el género “Hasta el apuntador” con Takashi Miike, Takeshi Kitano, John Woo o Ringo Lam y títulos como “Violent Cop”, “Ichi the Killer” o “Una bala en la cabeza”.

Muchos, en forma de “remake” o de sus hallazgos en coreografías de violencia han pasado al cine occidental con mayor o menor fortuna, siendo el productor francés Luc Besson y su serie “Venganza”, con Liam Neeson, el que mejor ha sabido utilizar el género. Género en el que no incluiría las películas protagonizadas por Jason Statham y similares, cuya esencia son las artes marciales y la inutilización del enemigo, no su muerte rápida y certera.

También en series de televisión, aunque con menor intensidad, hemos visto algunas de estas secuencias de tiroteos salvajes, especialmente en “24” y en “Fargo”, pero porcentualmente no ocupan tanto tiempo de metraje como las más clásicas del género.

Ahora tendría que venir la polémica acerca de si la visión de la violencia desenfrenada y ficticia es catártica y evita que la practiquemos en la vida real o, por el contrario, estimula a los cerebros más débiles a seguirla. Sea como fuere, siempre que una película me deleite con secuencias como la de la muerte de la jefa mafiosa en las catacumbas y el tiroteo posterior en “John Wick”, prefiero no entrar a debatir aspectos morales. No olvidemos que en épocas pasadas el mejor espectáculo público era asistir a una ejecución y ahí si que no había efectos especiales ni balas de fogueo.

 

 

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LA ULTIMA CIENCIA FICCION: MATERIAL RECICLADO
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Alejandro Pachón Ramírez | 08-04-2017 | 09:34| 0

 

También podría haber titulado este texto como “La sombra de Ridley Scott”, a la vista de dos títulos del género que están ahora en cartelera, pero podemos ampliarlo a algunas otras obras recientes.

Los dos títulos a los que me refiero son “Ghost in the Shell” y “Life” que en ningún momento tratan de ocultar sus referentes: “Blade Runner” y “Alien”, respectivamente. Digamos que ese es el ingrediente principal. En “Ghost in the Shell” la androide protagonista que añora su pasado humano es una hermana de los “replicantes” de la película de Scott, por no hablar de las calles de la ciudad de Neo Tokyo, con esos anuncios holográficos. Los condimentos de este producto proceden del “manga” en que se basa y que incluye mayor acción que en su ilustre precedente y un concepto más liviano del tono metafísico que alimentaba la novela de Philip K. Dick, “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”. El problema es que, entre peleas y saltos, no sabe uno si está viendo a Scarlett Johanson haciendo de La Viuda Negra de Los Vengadores o del robot “Lucy”.

En “Life”, la trama principal es la típica del monstruo extraterrestre, marciano por más señas, que se cuela en una estación espacial con las consecuencias que se pueden imaginar. El caso es que el asunto está bién llevado, si exceptuamos los momentos en los que los personajes hablan de sus vidas y añoranzas con textos bastante pueriles y “moñas”. Aquí al ingrediente principal de “Alien”, monstruo contra astronautas, hay que sumarle los hallazgos técnicos conseguidos en “Gravity” que es lo que le da empaque visual a una historia “déja vue”.

Pero no queda ahí la cosa. Títulos también recientes como “La llegada” o “Passengers” no son más que el pálido reflejo de “Encuentros en la tercera fase”, “2001: Una odisea espacial” o “Solaris”. Ni siquiera los más flamantes efectos especiales consiguen que  lleguen a la suela de los zapatos de las obras maestras antes citadas. De hecho, creo que algunos críticos han alabado “La llegada”  sólo “por ser vos quien soís”, es decir, por considerar a su director Denis Villeneuve como un autor de filmografía brillante que no puede permitirse hacer una cosa tan poco original y pretenciosa.

En cuanto a “Passengers” se trata de un intento fallido de mezclar una historia de amor con el mundo de Kubrick y Arthur C. Clarke, añadiendo unas gotas de mensaje ecologista a lo “Silent Running”.

Hay un montón de buenas novelas y relatos de Philip J. Farmer, Robert Heinlein o Isaac Asimov, por no hablar de autores más recientes, que están aún por filmar.  El problema reside en las oficinas de los ejecutivos de las grandes productoras, que sólo tienen en cuenta proyectos con referencias conocidas, secuelas, “remakes” y demás refritos, descartando cualquier riesgo causado por la originalidad.

Y, volviendo al maestro Ridley Scott, hay una escritora española que sí ha sabido llevar el mundo de “Blade Runner” a su terreno : Rosa Montero que en “Lágrimas en la lluvia” y “El peso del corazón” nos ofrece las andanzas detectivescas de una replicante, Bruna Husky, situándola en un Madrid futurista y con una excelente mezcla entre novela negra y reflexión existencial.

 

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EL BAR: TOCANDO FONDO
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Alejandro Pachón Ramírez | 25-03-2017 | 10:49| 0

El hecho de que los personajes de la última película de Alex de la Iglesia se pasen casi la mitad del metraje en el sótano de un bar y luego en las alcantarillas, tiene que ver con el encabezamiento de  este texto, aunque también alude a la decepción que he experimentado.

He sido un defensor y admirador del cine de este autor y siempre ha habido algo que me ha interesado en sus últimos títulos: la interpretación de Antonio de la Torre en “Balada triste de trompeta” y la música de Roque Baños; el señor de Badajoz y la apoteósis final con la gigantesca Venus de Willendorf de “Las brujas de Zugarramurdi” o el concepto “kistch” de los números musicales de “Mi gran noche”.

Pero esta vez me quedo sin nada a que aferrarme a causa de varios problemas de guión y de ritmo. En sus otras películas, el sentido del humor aportaba  el tono irónico a un entorno dramático; en “El bar”, pese a intentarlo, no logra ni hacerme sonreir. No funciona la “suspensión de la incredulidad” imprescindible para hacernos empatizar con una trama y un entorno muchas veces visto. Se pueden citar las referencias a “El angel exterminador” o “La niebla”, pero el arranque me recuerda más al de “El cazador de sueños”, también de Stephen King. El problema es que algunos de los personajes desaparecen antes de tiempo y, lo que podría haber sido una trama coral y claustrofóbica con un buen suspense se convierte en un típico producto de género que podrían haber llevado a buen puerto Jaume Balagueró y Paco Plaza (“Rec”), pero que Alex trata de convertir en una metáfora de la insolidaridad, el aislamiento y el egoísmo en la sociedad actual. Algo parecido a lo que contaba en “La comunidad”, sólo que con ingredientes más pobres.

Está muy bien, y no sólo físicamente, Blanca Suárez. Mario Casas se nos vuelve a presentar como un actor camaleónico, aunque su personaje no esté muy bien perfilado. Incluso sale un “freak” indigente que nos recuerda inevitablemente al “profeta” que vocea el apocalípsis por las  calles de Badajoz, aunque nuestro famoso “Piter Pa” del Casco Antiguo no bebe whisky Jameson ni ningún otro tipo de alcohol y está aseado.

Lo que ocurre es que “El bar” utiliza dos tonos diferentes que llegan a ser antagónicos. Un arranque prometedor cuyas posibilidades se cortan bruscamente cuando la acción baja al sótano y las cloacas que citaba al principio. Incluso el apartado de banda sonora, que normalmente es importante en la filmografía del director, queda aquí bastante relegado. Tanto por descuidar ese aspecto, como por alguna elipsis de acción quizás se adivine un presupuesto demasiado ajustado.

En fín, para volver a reconciliarnos con Alex de la Iglesia, basta con volver al principio de su filmografía y revisar (ahí tienen el enlace) el cortometraje “Mirindas asesinas”, también en un bar, aunque con bastante más gracia y mala uva.

 

 

 

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LAS EDADES DE KING KONG
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Alejandro Pachón Ramírez | 12-03-2017 | 11:18| 0

Hasta hace unos años estuvo por casa uno de esos muñecos de los calzados Gorila. No fueron los aviones ni el amor hacia una rubia los que acabaron con él, sino la carcoma. Cuando mi hijo era pequeño lo hacía pelear contra los airgam boys y los micro machines. Dicho simio, a principios de los sesenta, servía como expositor de aquellos zapatos inseparables del uniforme del colegio con los que regalaban una pelota verde que usábamos para jugar al frontón. Los zapatos y botas que mis padres nos compraban en Mérida, en calzados Mateos o en Sudón.

Era evidente su relación con el King Kong de Harryhausen y Schoedack, un título que todas las generaciones hemos visto, siempre en televisión, pero que, al igual que Tarzán, ha sufrido diversos avatares en forma de secuelas, revisiones y “reboots”.  Aparte del inmortal título fundacional, recuerdo otra de los mismos autores, “El gran gorila”, en la que el mono era más pequeño y vulnerable si cabe, que el rey Kong. Tampoco hay que olvidar un cómic inglés, aunque de autor español, aquí editado por Vértice,  “Mytek el poderoso”, que enlazaba con el género japonés de monstruos semirobóticos.

Les evito el comentario acerca de remakes posteriores como los de John Guillermin, Peter Jackson e incluso Marco Ferreri y me centro en “Kong. La isla de la calavera”, en cuya proyección me sorprenden de nuevo los conocimientos de los niños espectadores, esperando a que acaben los títulos de crédito, con la magnífica música de Henry Jackman, un evidente admirador de Goldsmith, para ver la típica secuencia epílogo en la que se alude a Mothra, Godzilla y compañía. Los chavales se conocen todo ese material sesentero.

En cuanto a la película me imagino que la idea base del guión parte de relacionar a Kong con Viet Cong, y a partir de ahí todo viene dado. Finales de la guerra de Vietnam, soldados quemados por la derrota -“no perdimos la guerra, nos retiramos”, dice el personaje interpretado por Samuel L. Jackson- y “Apocalypse Now” como referente icónico, argumental y musical. Y esa no creo que la conozcan los jóvenes espectadores a los que antes aludía.

Los demás ingredientes son del tipo “Depredador”, “Parque Jurásico” y una ideología políticamente correcta acerca del equilibrio ecológico, el respeto étnico y la eliminación de los connotaciones zoofílicas del original.

O sea que todos nos quedamos a gusto. Los chavales, porque saben desde el principio que el gran simio es el dios bueno que nos defiende de los monstruos de la Tierra Hueca (la famosa teoría paracientífica de los nazis) y  que la ciencia y la conservación de las especies están por encima de la violencia militar. Los mayores porque nos gusta la parodia que John C. Reilly hace del  general Kurtz, por los planos de los helicópteros sobre un sol inmenso y unos paisaje espectaculares y, aunque no suene “La cabalgata de las Walkirias” (hubiera sido demasiado obvio), hay música de los Creedence, de los Hollies y de Jefferson Airplane.

Después de Kong en el Empire State vendrían los gorilas de “El planeta de los simios”, una novela que me recomendó mi abuelo bastantes años antes de que se rodara la película, pero esa es otra historia.

 

 

 

 

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LA GRAN MURALLA: La Cina é vicina
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Alejandro Pachón Ramírez | 21-02-2017 | 11:10| 0

Los cineclubistas de los sesenta recordarán el título de aquella película de Marco Bellochio en la que se aludía a la fascinación de la juventud burguesa de la época por el comunismo de Mao Tse Tung. China estaba cada vez más cerca de occidente, como dice el título, aunque fuera de forma marginal y revolucionaria y ahora en pleno siglo XXI ya está aquí, tanto en la tienda de la esquina como en las superproducciones de entretenimiento universal.

En los 70 y 80 empezó a llegar el cine chino de autor, precisamente de la mano del director de la película que encabeza este texto, Zhang Yimou. “Sorgo rojo”, “La linterna roja” o “Vivir”…nos mostraron una visión de fuertes cromatismos y llena de apuntes históricos del lejano país oriental.

Yimou se convirtió en uno de los autores mundiales más afamados, pese a incontables problemas con las autoridades de su país, hasta que empezó un nuevo camino y prácticamente inauguró un género cinematografico, el cine de artes marciales de calidad con “Hero” o “La casa de las dagas voladoras”.

 

Algunos títulos lo han superado, tal cual es el caso de “Acantilado Rojo”, de John Woo, en la vertiente del cine épico histórico, pero Yimou ha seguido estando ahí, cultivando las dos facetas que le han dado fama: la crónica de la historia contemporánea de su país y la fantasía épica.

El nuevo paso que ha dado es un acercamiento más al mundo occidental utilizando actores norteamericanos como Willem Dafoe y Matt Damon en la película que nos ocupa, elección que ha sido criticada en su país, pero que le ha abierto el camino a todas las salas comerciales del mundo.

“La gran muralla” no es ninguna obra maestra. La historia no puede ser más simple: una horda de criaturas extraterrestres atacando al ejército que defiende la muralla y que son ayudados por los citados personajes occidentales, unos émulos de Marco Polo y familia, muy dotados para la lucha. ¿Qué es por tanto lo que hace que sigamos esta especie de ataque casi constante de monstruos a una fortaleza al estilo “El señor de los anillos” ?: una vistosa escenografía basada en el color y la colocación de figurantes y especialistas de carne y hueso frente a criaturas digitales.

De esta manera, la primera parte del metraje nos recuerda intensamente que Yimou fue el encargado de dirigir la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 y que toda su parafernalia cromática, con acrobacias y artilugios a medio camino entre la Fura dels Baus y el Circo del Sol, está presente en la película.

Las belleza de las secuencias de “las grullas voladoras”, que evocan también algunos momentos de las sagas del vídeo juego “Final Fantasy”, el ataque con globos aerostáticos o las escenas del desierto rojo que rodea a la muralla, me han bastado para que no mire el reloj en ningún momento de la proyección y me olvide de que estaba ante una historia y unos personajes mil veces representados, y además en este caso la introducción de rostros occidentales ayuda a no liarnos demasiado con los actores.

 

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.