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Fecha: octubre, 2016
LA MOSCA DE HEISENBERG
Alejandro Pachón Ramírez 20-10-2016 | 11:59 | 0

 

 

Ya están pasando los efectos mediáticos, aunque no económicos, del taquillazo de la temporada, ese que van a ver los que acuden raramente al cine, influidos por las abrumadoras campañas publicitarias de las cadenas comerciales de televisión que lo producen. Ocurrió con “Lo imposible”, con “Ocho apellidos vascos” y con este “monstruo que viene a verme” sobre el que hemos escrito casi todos, de manera que llega un momento en el que ya no se habla de cine, sino de filias, fobias y metafóricas miradas transversales.

El nivel de cultura cinematográfica –incluso podemos borrar lo de “cinematográfica”- ha bajado hasta cotas inimaginables. Que un universitario actual sepa quíenes fueron John Huston o FranÇois Truffaut es impensable, mientras que amigos de mi generación que no estudiaron sí conocen su obra. Si a los espectadores de una película al año les preguntas por sus series de televisión preferidas, te hablarán de “Aguila Roja” y similares, antologías del anacronismo histórico y del concepto tercermundista del cine de aventuras; de sitcoms españolas de humor chabacano y chistes tópicos e incluso de “Juego de tronos”, que dejé de ver, creo que en la tercera temporada, porque me perdía entre tantas tramas argumentales y personajes dispersos, aún reconociendo su lujoso nivel de producción. Por cierto, hay mucha gente que piensa que “Juego de tronos” es una serie histórica. Obviamente en las cadenas que programan estas series hay como unas tres tandas de anuncios por capítulo en las que se publicita su “única película a la que usted y su señora o esposo tienen que ir este año”. Y allá que van.

Así que, como el cine más vanguardista (películas “en las que hay que leer”) está condenado a circuitos privativos de “freaks”, estudiantes de idiomas y profesores jubilados, tres aspectos que suelen fundirse, como la Santísima Trinidad, en una misma persona, queda un potente bastión mediático: el de las buenas series de televisión, reducto de la innovación y la creatividad.

El otro día revisé el capítulo 10 de la tercera temporada de “Breaking Bad”, el de la mosca. En las grandes series se permiten el gustazo de incluir de vez en cuando algún episodio cuyo visionado no exige estar al tanto de todo el arco argumental. Un “tour de force” en el que regalan al adicto y al neófito un ejercicio de estilo y originalidad. Un mediometraje independiente, aunque no del todo, en medio del bien organizado armazón de la trama general. En esta ocasión, el profesor Walter White, alias Heisenberg, enfermo de cáncer, profesor de química en un instituto y el mejor “cocinero” de metanfetamina de Nuevo México y alrededores, se obsesiona con la presencia en su flamante laboratorio de una mosca a la que tratará de matar ayudado por su colega un tanto colgado Jesse Pinkman. Todo el capítulo ocurre en un claustrofóbico interior en el que los diálogos, en la más pura tradición de la buena literatura norteamericana, nos darán pautas sobre el pasado y la futura evolución de los personajes. Aunque el link que adjunto contiene spoilers, lo recomiendo a los que ya hayan visto la serie.

Son la sorpresa en el roscón de Reyes, caprichos de autor que se han dado también en la última temporada de “Fargo”, con la inexplicable aparición de un platillo volante tras un largo tiroteo en un motel, en “Mad Men”, en “American Horror History” y en ese enigmático final en el restaurante de la madre de todas las series actuales: “Los Soprano”.

Un concepto creativo e industrial del que estamos muy lejos, no sólo en España sino en Europa donde, aun con ejemplos notables como “Braquo” (Francia) o “Borgen” (Dinamarca), no se llega a ese grado de refinamiento. Bueno, miento: hay una serie británica, o sea que tampoco es europea, de episodios autoconclusivos, de la que se estrena ahora su tercera temporada: “Black Mirror”.  Absolutamente imprescindible.

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LA LARGA SOMBRA DE SPIELBERG: MONSTRUOS AMABLES
Alejandro Pachón Ramírez 08-10-2016 | 12:05 | 0

Una de las dinámicas de la filmografía de Steven Spielberg es dar una de cal y otra de arena. Tal es el caso reciente de “El puente de los espías” (la cal) y luego “Mi amigo el gigante” (la arena). Poco tiene que ver la bien contada historia de espías durante la Guerra Fría con la irregular adaptación del cuento de Roald Dahl con gigante amable y niño. Puede que haya también dos tipos de películas de Spielberg: en las que trabaja Tom Hanks y en las que no. Pese a eso, es indudable que ha marcado a más de un cineasta y a varias generaciones de espectadores al crear un estilo en el que el cine familiar se alía con el discurso moral, la acción y la fantasía, sin olvidar una visión del pasado histórico que él siempre lleva a su terreno: la denuncia del antisemitismo y de las desigualdades.

Su influencia llega más allá de la gran pantalla tal como demuestra una de las mejores series televisivas del año: “Stranger things, llena de referencias a “Los Goonies”, “E.T.” o “Encuentros en la tercera fase”, pero también al Stephen King de “Cuenta conmigo” o a “Twin Peaks”. Incluso recientemente se ha programado una antigua miniserie producida por él, “Into the west”, en la que se nos describía la conquista del Oeste y el genocidio de las tribus indias como una metáfora del Holocausto judío.

Todo esto viene a cuento del estreno de “Un monstruo viene a verme”, de J.A. Bayona, que incluye tanto referencias a Guillermo del Toro, pero en plan “light”, como al Spielberg más familiar. No cabe duda de que Bayona sabe dirigir, pero lo que mejor sabe es hacer llorar al público, bueno, a determinado tipo de público entre el que no me incluyo. El gran éxito de “Lo imposible” y el efecto lacrimógeno entre los espectadores de esa familia de la alta burguesía que tras el tsunami son repatriados en un avión de lujo, no sólo no me emocionó sino que llegó a mosquearme.

En “Un monstruo viene a verme”, Bayona intenta la misma maniobra: arrancar lágrimas mediante esas músicas hiperbólicas que le pide a Fernando Velazquez y esos planos sostenidos del niño con problemas y su abuela. No me afectan sus intentos por hacerme llorar  y me rompen el ritmo las secuencias de animación y efectos especiales, todo dentro del típico relato en el que la fantasía se mezcla con el drama no apto para diabéticos.

Desde luego que no dudo de la capacidad comercial de Bayona para llevar al cine y agradar a toda esa gente que se deja guiar por la abrumadora publicidad de las cadenas de televisión, pero la sensación de “dejá vu” (“El laberinto del fauno”) acecha desde el primer momento. La excelente fotografía, la abusiva banda sonora y la composición de personajes están a la altura de cualquier producto norteamericano de características similares, pero no es mi tipo de cine preferido, aunque seguro que arrasará en taquilla.

Para acentuar la deuda de Bayona con Spielberg, el próximo proyecto que estrenará el director español es la segunda entrega de “Jurassic World”, en la que esperamos que los monstruos no sean tan amables y moralistas y se limiten a comer y destripar personas, que es lo suyo. Y que la música sea de John Williams.

 

 

 

 

 

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.