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Fecha: noviembre, 2016
LA REINA DE ESPAÑA : El anacronismo como recurso
Alejandro Pachón Ramírez 28-11-2016 | 12:26 | 0

En contra de lo que se piensa, los anacronismos históricos en las películas no están causados por la ignorancia de sus autores, sino porque suelen convenir  a la dinámica del guión y a los convencionalismos del imaginario popular. Por eso cuando a Howard Hawks le dijo el asesor histórico de “Tierra de faraones” que en el antiguo Egipto no había camellos, respondió que no pensaba rodar una película en la que salieran palmeras y arena y ningún camello.

Aunque sólo nos centráramos en la época medieval y moderna de la Historia de España, tendríamos para hacer una tesis sobre dichos anacronismos y otras tergiversaciones históricas: desde esa música flamenca que compuso Vangelis para “1492: La conquista del paraíso” – en esa época no existía el flamenco- hasta la glamourosa Sigourney Weaver haciendo de Isabel la Católica en la misma película, pasando por las películas de Cifesa con Aurora Bautista e incluso los rostros y diálogos excesivamente modernos y afectados de la  serie “Isabel”.

No olvidemos que el estilo arquitecto y decorativo denominado “isabelino” es uno de los hitos de un elaborado pastiche, que ha reaparecido en muchos monetos de la historia del arte español, en el que hay elementos góticos, mudéjares y renacentistas, sublimado en escenografías de Hollywood como la de “Ciudadano Kane”.

Así que Fernando Trueba ha optado por seguir la onda del anacronismo “isabelino”, justificado por la condición cómica de la película y jugando con una peculiar visión de la historia del cine español en la que las Conversaciones de Salamanca y las primeras películas de Berlanga conviven con la llegada de las primeras producciones americanas a nuestro país de manos de Samuel Bronston. Es decir, en “La reina de España” se funden los años cincuenta con los sesenta para llenar de referencias un guión a ratos divertido y a veces tópico.

Por un lado tenemos a la estrella encarnada por Penélope Cruz encarnando a una actriz española que ha triunfado en América (¿Sara Montiel?) y que interpreta a Isabel la Católica en una España en la que aún se está construyendo el Valle de los Caídos. El director de esta película épica es una mezcla entre John Ford y Raoul Walsh, con una caracterización de anciano demasiado mayor como para haber luchado en Normandía, de lo que se vanagloria frente al propio Franco.

Si tenemos en cuenta que la biografía de la reina Isabel fue el último proyecto que pensaba llevar a cabo Samuel Bronston en nuestro país a finales de los sesenta y que nunca se llevó a cabo, el anacronismo temporal está servido.

Prescindiendo de tales licencias históricas, la película de Trueba es bastante irregular pero divertida. Tiene buenos momentos, como el del reencuentro entre los personajes de Ana Belén y Antonio Resines, que nos recuerda a grandes títulos sobre la postguerra española como “La Colmena” pero otros, en los que Jorge Sanz se lleva la peor parte, que buscan la comercialidad más vulgar.

Los cinéfilos nostálgicos apreciarán la cantidad de homenajes, subrayados por la abundante cartelería peliculera que decora las secuencias, pero no aceptarán la falta de cohesión y ritmo en el conjunto, y la historia tampoco funciona como secuela de “La niña de tus ojos”. El intento de Trueba de aunar el cine español del franquismo con la comedia popular actual se queda a medio camino, por mucho que  cada aparición de Penélope Cruz, incluso cantando “Granada” en inglés, eleve la calidad del conjunto.

 

 

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CRITICOS DE CINE: NUESTRAS TONTUNAS.
Alejandro Pachón Ramírez 17-11-2016 | 1:15 | 0

 

No recuerdo qué película era, probablemente “Corazonada”, de Coppola, pero el caso es que, quizás entusiasmado por la música de Tom Waits, la presencia de Natasha Kinsky  y sus innovaciones visuales, escribí en mi crítica del diario HOY una frase que decía algo así como “una apoteósis de luz, sonido y color”. Esto sirvió durante cierto tiempo para que me recordaran sin piedad y con todo el recochineo del mundo  lo “moña” de la frase mis amigos Angelito el de Universitas y Jaime Alvarez Buiza. Desde entonces decidí medir el nivel laudatorio de mis comentarios.

Si me pongo a mirar los cientos de críticas que he publicado tendré también cientos de motivos para avergonzarme de mis apreciaciones, de mis redacciones o de ambas cosas. Así que, de momento, ahí se quedan. Esto viene a cuento de la revisión de viejas revistas de cine con motivo de un libro que estoy tratando de escribir y me he encontrado con opiniones y textos que, por sí solos, valdrían para hacer una divertida monografía sobre lo mal que envejece la crítica, no ya de cine, sino de cualquier arte, tanto en el estilo literario como en la valoración.

No me resisto a citar algunos ejemplos:

¿Está seguro Terenci Moix que sus “Hollywood Stories” son solamente para amantes de mitos?. Porque leyendo ahora las historias que nos cuenta hay una afán tal de epatar, de rizar el rizo, de poner el cascabel al cuello del gato de madera que no entiendo de verdad el éxito del que goza su autor”, escribe un crítico clásico cuyo nombre omitiré, en la revista Cinestudio en Abril de 1972 y continúa comparando dichos textos – por entonces el libro de cabecera de muchos de nosotros- con las revistas del corazón. Moix, sin embargo inauguró una tendencia, una forma de escribir sobre cine, entre la ironía, la poesía y el didactismo, que ha creado escuela hasta nuestros días.

El mismo autor, especialista en música de cine, publicaba con respecto a la banda sonora de Cleopatra en Cinestudio, Junio de 1972, el siguiente comentario:

“Antes que nada debemos decir que cualquier parecido entre la música compuesta por Alex North para la Cleopatra de Mankievickz y la música que en la época histórica de Cleopatra se estilaba en Egipto es mera coincidencia…

Y es que aún no habían triunfado Hans Zimmer y sus fanfarrias nada romanas para “Gladiator”.

 

Una de las cosas más divertidas que he encontrado proceden de un escritor de Badajoz, más conocido por ser el autor del guión de la internacionalmente premiada producción televisiva “El asfalto”, realizada por Narciso Ibáñez Serrador  para TVE en 1966. Me refiero a Carlos Buiza, hermano del susodicho Jaime que se pitorreaba de mi “apoteósis cromática” y que escribía crónicas de festivales para Cinestudio – Carlos, no Jaime- a finales de los sesenta. En un reportaje sobre el V Certamen Internacional de Cine para niños de Gijón, además de algunas otras sarcásticas perlas, publicó lo siguiente sobre el Premio del Jurado Infantil, otorgado a la película británica “La foca Sandy”.

“La película es anodina y gris, aunque en color; aburrida hasta los bigotes-de la foca, claro- y con una dosis para adultos de merengue empalagoso. Los niños, pedantes y repelentes; los padres, igual…Y asimismo, hasta las focas se hacen antipáticas, quitando a Sandy y a otra que no sé cómo se llamaba;  las demás gordotas y gruñonas”. 

Eso es análisis semiótico y lo demás son tonterías. “Chapeau” para el excéntrico escritor, y uno de los iniciadores de la literatura de ciencia ficción en nuestro país en la revista “Nueva Dimensión”.

 

 

 

 

 

 

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DE MANDRAKE EL MAGO AL DOCTOR STRANGE: El regreso de la psicodelia
Alejandro Pachón Ramírez 04-11-2016 | 11:52 | 1

 

Cada vez que veo un cómic llevado al cine y me gusta, me pregunto qué sentiría si esa película hubiera podido verla en el momento en que leía aquellas viñetas. Los cinéfilos y comiqueros de toda la vida no hemos tenido la suerte de ver llevadas a la pantalla con la elegancia y la calidad que exigían las obras de la Edad de Oro, aquellas que nuestros padres (la generación de la guerra civil) conocieron a través de revistas como El Aventurero y nosotros en la colección Héroes Modernos de Editorial Dólar (años sesenta). Me refiero a autores como Alex Raymond, Lee Falk o Harold Foster y personajes como Flash Gordon, El príncipe Valiente o El Hombre Enmascarado. Ninguno de ellos ha tenido una película medio decente, pese a ser el equivalente en cómic a lo que en la historia de la pintura serían Miguel Angel o Leonardo.

 

Esto viene a cuento a raíz del visionado de “Doctor Strange”, que me ha hecho reconciliarme con las películas Marvel, de cuyas últimas entregas salí bastante decepcionado. Y es que este neurocirujano que se transforma en un mago con poderes místicos, me ha hecho recordar a otro héroe de papel de nuestra infancia : “Mandrake el mago”, un prestidigitador de asombrosos poderes, que también hacía incursiones en universos paralelos y tenía escarceos con alienígenas, acompañado de su fiel ayudante Lotario y su prometida la princesa Narda. Incluso Fellini intentó llevarlo al cine encarnado por Marcello Mastroianni. Ahora tiemblo pensando que hay un proyecto en marcha interpretado por un tipo que no me hace mucha gracia: Sacha Baron Cohen.

Volviendo a “Doctor Strange”, una excelente recreación de la psicodelia y  las alucinaciones lisérgicas típicas de la contracultura de inicios de los setenta, ¿qué hubiéramos sentido de haberla visto en aquella época en la que leíamos la obra de Allan Wats, las enseñanzas del Don Juan de Castaneda y a Jack Kerouac?. Si el “viaje de tripping” final de “2001: Una odisea espacial” nos pareció el no va más, ¿qué nos hubieran parecido  estos viajes  astrales en multiuniversos de colores fulgurantes e irreales, estos edificios  de perspectivas imposibles, estos bucles temporales?. Se hubiera convertido en una película de culto o incluso puede que hubiera propiciado la aparición de una nueva religión fomentada, eso sí, por el uso de sustancias psicotrópicas. Creo que incluso hoy en día algún crítico se ha molestado por las referencias “satánicas” de la película.

Al margen de los hallazgos en la dirección de arte y los efectos especiales, la trama sigue el patrón habitual de buenos y malos, de aprendizaje y redención propias de la casa – no olvidemos que Disney está al mando-pero el envoltorio es atractivo y Benedict Cumberbach consigue un buen equilibrio entre la ironía y la evolución del personaje.

La película es consciente de la dimensión “neo hippie” de “Strange” y rinde homenaje a ese entorno cultural en su banda sonora, no sólo incluyendo un tema de Pink Floyd, sino sobre todo con los créditos finales  compuestos, como no, por el gran Michael Giacchino, con evidentes citas al rock sinfónico y psicodélico.

Y es que la Marvel será lo que sea, pero es la única productora que ha sabido darle un sentido global y estético al mundo del cómic en toda la historia del cine, y que me perdonen los de la D.C., pero es que nunca debieron contratar a Ben Affleck para hacer de Supermán.

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.