Hoy

img
Fecha: enero, 2017
Los herederos de Norman Bates
Alejandro Pachón Ramírez 28-01-2017 | 12:57 | 0

El estrenos de “Múltiple”, la última película de Night Shyamalan, nos hace pensar en la enorme deuda que tiene el género de terror con “Psicosis” de Hitchcock y con el personaje interpretado por Tony Perkins. La figura del psicópata con personalidad múltiple se ha explotado desde entonces hasta la saciedad y Shyamalan, considerado como uno de los renovadores del género en nuestros tiempos, no podía por menos que ofrecer su versión sobre el tema.

Desde que con “El sexto sentido” asombrara al público con ese giro de guión final que cambiaba la percepción del conjunto, el afamado director ha compuesto una filmografía llena de errores y aciertos, admirada y denostada a la vez, aunque no cabe duda de que ha creado un estilo en el que el espectador avezado juega a descubrir dónde está el truco, cuál es el punto de vista adecuado, donde está la sorpresa del guión. Y así estuve yo durante la proyección de “Múltiple”, haciendo elucubraciones acerca de los personajes y de dónde vendría la sorpresa. La línea argumental es bastante simple: un protagonista con personalidad múltiple que secuestra a chicas. Estuve pensando todo el tiempo en “10 Calle Cloverfield”, otra de encierro claustrofóbico con sorpresa final, pero no van por ahí los tiros.

Creyendo haber decubierto el truco del guión y sorprendido por el silencio que guardaba el preocupante número de adolescentes que llenaba la sala, me dediqué  a contemplar el “tour de force” interpretativo de James Mc Avoy haciendo de varios personajes y los diálogos entre éste, su psiquiatra y la chica secuestrada más espabilada que las demás. Casi una obra de teatro con ningún momento “gore”, algún pequeño susto y una excelente realización.

Pero me equivoqué en mis deducciones, aunque  la sorpresa tenía que aparecer por algún lado. Y lo hace en el plano final y en forma de autohomenaje (que probablemente muchos espectadores no pillarán) propiciando un espléndido giro temático a todo el discurrir de la trama. Y hasta aquí puedo leer…

Shyamalan, como ya he dicho, tiene cosas infumables para mi gusto, y otras casi geniales, entre las que citaré esa divertida versión de Hansel y Gretel que es “La visita”, su anterior película, y la creación de la serie televisiva  de ciencia ficción “Wayward pines” de la que esperamos una nueva temporada y que también contiene interesantes giros de guión.

Ya he comentado el silencio reverencial con el que los espectadores más jóvenes asistían a la proyección. La otra noche, viendo un fragmento de la ceremonia de entrega de los premios Feroz, recordé cuánto significó para los preadolescentes de mi generación aquel personaje que salió en silla de ruedas a recoger un trofeo honorífico: Narciso Ibáñez Serrador y de cómo aquella sonrisa suya, maquiavélica y astuta, nos invitaba a ver sus adaptaciones de Poe, Brádbury o de sí mismo bajo el seudónimo de Luís Peñafiel. Sus “Historias para no dormir” fueron nuestra iniciación en un género, el del terror que, de vez en cuando, es reavivado e incluso reiniciado por creadores del talento de Hitchcock, Carpenter o Hooper. Del mismo modo, películas como “Múltiple” influyen en los jóvenes de hoy y yo creo que para bien, pese a los discursos pedagógicos descafeinados sobre los peligros del consumo de imágenes violentas. Al menos creo que logran interesarles en la psiquiatría y la psicología  y sobre todo en el conocimiento de uno de los géneros con más solera de la Historia del Cine.

 

Ver Post >
LA LA LAND. CIUDADES CON MUSICA
Alejandro Pachón Ramírez 14-01-2017 | 11:58 | 0

No es que el musical se hubiera ido de las pantallas, pero la verdad es que las últimas apariciones de este género eran adaptaciones fílmicas de éxitos escénicos como “Los Miserables” o “Into the Woods”. De ahí el valor añadido de esta fascinante e inesperada película, que se trata de un musical expresamente hecho para el cine. Grata sorpresa porque uno no espera en estos tiempos de mal gusto y fórmulas repetidas un homenaje  tan luminoso al cine y a la música romántica sin caer en la cursilería.

Damien Chazelle tenía entre sus manos un material que corría el peligro de pasarse de azúcar, de empacharnos, pero gracias a su gran sentido del “tempo” narrativo y a la utilización de coreografías dinámicas y atractivas consigue deslizarse con buen gusto por una historia de amor muchas veces vista, pero contada como si fuera la primera vez. De hecho la trama principal es la misma que la de “New York, New York”, otro musical con nombre de ciudad – el “LA” del título que nos ocupa hace alusión a Los Angeles- , en la que un saxofonista de jazz trata de hacer prevalecer su idea de pureza musical frente a estilos más comerciales.

Evidentemente el enfoque es radicalmente distinto al de la película de Scorsese con Robert De Niro. En “La la…” hay colorido, ilusión, arte pop, y sobre todo, muchos homenajes al cine clásico, especialmente a “Casablanca” y a “Rebelde sin causa”.  Para citar con soltura lo que en manos de otro hubieran resultado tópicos, hay que estar muy seguro de lo que se está haciendo y contar con el encanto y la pericia de la pareja protagonista, Ryan Gosling y Emma Stone, que parece como si no hubieran hecho otra cosa en su vida que bailar al estilo de Gene Kelly y Cyd Charisse o cantar maravillosas baladas. El tono entre humorístico y nostálgico de estos dos actores está en consonancia con el de la historia de amor del guión y el estilo musical de la partitura.

Aunque podemos encontrar algún bajonazo de ritmo en la última parte de la película, cuando se hace más realista, el director se asegura que la boca abierta que nos había dejado en el increíble plano-secuencia inicial, una coreografía apabullante en un atasco a la entrada de Los Angeles, se nos vuelva a abrir en la secuencia final, un falso “flashback”, en el que lanza toda su pirotecnia a base de un imaginario popular que va desde la pintura de Edward Hopper a las portadas de Vogue.

He leído y oído en varios sitios que la referencia más importante de la película es “Corazonada” de Coppola. Está claro que el uso de los fuertes cromatismos escénicos y alguna coreografía pueden hacernos pensar en aquella historia de amores perdidos  que también tenían una ciudad como protagonista, Las Vegas. Pero la música de Tom Waits iba por otro camino más existencial y desesperanzador que el de los luminosos temas de “La La Land”. A lo largo de toda la proyección no he dejado de acordarme de un musical francés, “Las señoritas de Rochefort”, – de nuevo una ciudad en el título- de Jacques Demy, con una partitura de Michel Legrand que es la clara inspiración de los compositores. Una brillante mezcla entre jazz y vals de acordeón y un uso del vibráfono típico del gran maestro francés. Creo que  esta película le debe más a Demy y a Legrand, sobre todo en el concepto recitativo de sus canciones y en su optimismo conceptual que a Minnelli o a Donen.

Sea como fuere y quitando alguna cosilla que se podría haber evitado, como el baile flotante en la cúpula del planetarium que ya se ha hecho hasta en películas españolas, “La la land” es el recordatorio de que la música puede servir al cine no sólo como soporte o ritmo, sino como temática, motor narrativo o fuerza lírica. Que es a fín de cuentas de lo que están hechos los grandes musicales.

Ver Post >
Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.