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Alejandro Pachón Ramírez

Allá Películas

BOHEMIAN RHAPSODY: FALTA UNA CANCION.

 

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El espectáculo cinematográfico se sigue reinventando. En nuestra salas podemos asistir a las mejores operas y ballets y a los grandes musicales del West End a precios asequibles y con comodidad y audiovisibilidad, de ahí que las biografías de músicos tengan cada vez más importancia en las nuevas producciones, porque hay un factor, por encima de los valores cinematográficos, que las hace únicas  e impactantes: los progresos de la ingeniería acústica, de las mezclas, los trucajes y la impecable reproducción. Por eso el máximo valor que adquiere  esta hagiografía de Freddie Mercury es el de oir al grupo Queen como nunca se ha escuchado antes, con toda su potencia y calidad.

Digo hagiografía porque el guión de “Bohemian rhapsody”, la canción en principio descartada como “single” por “rara” y “larga” (incluso por el productor de Pink Floyd) y que luego se convirtió en objeto de culto, cuenta  el clásico proceso de ascensión, depravación y redención típico de las estrellas del rock y de los “biopics” de artistas en general.  En ese sentido la película se mueve en unos márgenes comerciales en los que las diferencias creativas y morales entre los miembros de la banda y la sexualidad de Mercury se intercalan con sus grandes canciones. Hasta ahí nada nuevo, pero todo conduce a un espectacular final en el que se recrea la participación del grupo en el concierto benéfico  “Live Aid” organizado por Bob Geldof en el estadio de Wembley, en el que figuras como The Who, Michael Jackson o Bob Dylan tuvieron actuaciones de unos veinte minutos cada uno. Gracias a los efectos digitales y al citado sonido nos vemos inmersos en la catarsis multitudinaria que supuso la reaparición de Mercury y su grupo con temas que casi todo el mundo conoce.

Aunque el actor que interpreta a Freddie no se le parezca mucho, especialmente en la primera parte, su imitación gestual y coreográfica es impecable, pero el que hace de Brian May es clavadito al de verdad. Por encima de todo hay temazos como “Love of my life”, “We will rock you” o la gestación de su disco estrella : “Una noche en la ópera”.

Hay algo, sin embargo, que me falta y que en un momento de mi vida y de la de mis amigos formó parte de los momentos más sensibles de nuestra banda sonora vital. Me acordé ayer al pasar por la casa en la que vivía en la calle Meléndez Valdés (Badajoz), que ha estado deshabitada y en ruinas desde hace al menos veinticinco años y que ahora han reformado, lista para ser habitada de nuevo.

Desde el balcón del segundo piso aún debería oírse una canción que poníamos a finales de los setenta, una que siempre alguien pedía. Un tema del disco “News of the world” titulado “My Melancholy Blues”, un triste blues con  escueto acompañamiento de piano, bajo y batería que no suena en la película, con la de juego que hubiera dado para hacer soltar algunas lágrimas. Probablemente sea debido a que era el último corte del disco, duraba muy poco y resultaba difícil dejar la aguja en su comienzo sin que ésta saltara al principio del vinilo. Lo que ahora en la edición de discos digitales sería un “bonus track”.

Aún asocio a dos amigos desaparecidos llamados ambos Angelito, el violinista y el de Universitas, en alguna de aquellas sesiones de música en las que el melancólico blues nos dejaba un regusto entre místico y depresivo. Mercury era esa canción, pero también era nuestro blues, el de los Angelitos y otros amigos presentes y ausentes. A mí me duele volver a escucharlo, así que mejor que no lo hayan puesto en la película. Pero aquí lo tienen. https://www.youtube.com/watch?v=85gBquP4y3k

 

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Sobre el autor

Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.


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