1917. LA ULTIMA TRINCHERA | Allá Películas - Blogs hoy.es

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Alejandro Pachón Ramírez

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1917. LA ULTIMA TRINCHERA

Hará unos 15 años que intenté cubrir a paso ligero el cortísimo trayecto entre la orilla de Omaha Beach, en Normandía, y la primera línea de bunkers alemanes. Vestido de turista, sin peso adicional de equipo de combate. Tampoco llovía, era un día radiante de primavera. No había proyectiles de mortero cayendo a mi alrededor ni ráfagas de ametralladora Spandau. Aún así llegué al borde del colapso a las primeras pequeñas dunas preguntándome la cantidad de adrenalina que necesita un ser humano para enfrentarse a eso, por muy joven y en forma que esté.

Viendo la espectacular, aunque también intimista, “1917”, he vuelto a cuestionarme lo mismo, tras tantas películas bélicas llenas de propaganda política y de efectos digitales como la reciente “Midway”, que no es más que un video juego en el que ni siquiera tienes mandos con los que jugar. En el título que nos ocupa hay que hablar de “fisicidad”, autenticidad y sublimación del acontecimiento histórico sin importar la época, sino los seres humanos, sus heridas físicas, sus miedos y dudas.

Por supuesto que el plano secuencia que conforma el armazón estilístico de la película de Sam Mendes posibilita la inmersión emocional del espectador, pero tras la primera media hora se te olvida buscar dónde está el truco, dónde el fundido a negro o cómo logran las cámaras moverse entre angostas trincheras y aglomeraciones de soldados, sin extras digitalizados. Estás ahí, en medio de la guerra que acabaría con todas las guerras, en ese frente francés del que ya conocíamos el barro y los cráteres de los obuses llenos de ratas a través de títulos como “Senderos de gloria”, “La gran guerra” o “War horse”. Pero aquí hay más horror e infierno porque incluye las alucinaciones nocturnas de ruinas entre llamas y explosiones como en “Apocalypse now” o la “La chaqueta metálica”, y también las masacres de reclutas novatos de “Gallípolli” o el escepticismo de Sam Fuller en “The big Red One”. Si nos pareció un prodigio el plano secuencia de “Expiación” (Joe Whrigt, 2007) con la potente música de Dario Marianelli sobre una casi felliniana playa de Dunkerque, lo que hacen Mendes, la banda sonora de Newman y la dirección de fotografía de Roger Deakins con esta misma sintáxis es de antología.

1917” no trata sólo de la primera guerra mundial, sino que es un desafío audiovisual y un compendio técnico de hasta dónde se puede llegar en el cine sin necesidad de confiarlo todo a la postproducción. 

Le caerán bastantes premios a la película si el mundo es justo pero deberían inventarse otros nuevos, como el premio a la mejor forma física de uno de los actores principales, corriendo en transversal al ejército que carga mientras tropieza y cae entre explosiones filmado en un perfecto trávellin o arrastrado por las aguas en una turbia madrugada.

En cuanto a la resurrección del músico Thomas Newman – aunque siempre ha estado ahí- es impecable. Su doble juego combinando los efectos sonoros con la elegía final va más allá de los convencionalismos del cine bélico al uso. Los aficionados al género esperamos que ésta no sea la película de guerra que acabe con todas las películas de guerra, que , junto con “Joker” y “Erase una vez en Hollywood”, son los tres títulos imprescindibles de la temporada.

Por cierto, ¿qué pintan Almodóvar y Antonio Banderas jugando en esta liga?

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Sobre el autor

Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.


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