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Autor: apachon
LA “ALIENACION” DE RIDLEY SCOTT
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Alejandro Pachón Ramírez | 16-05-2017 | 6:40| 0

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Me van a permitir el juego de palabras porque viene al pelo con respecto a “Alien: Covenant”, o el intento del maestro británico  por encarrilar algo que se le había ido de las manos. Da la sensación de que, más que reconducir la saga, lo que ha hecho en esta última entrega es demostrar que hasta los genios como él corren el peligro de caer en la cabezonería y obsesionarse con mejorar algo que ya estaba perdido tras la fallida “Prometheus”.

La película que nos ocupa contiene ingredientes de “sus aliens”, pero no de los de Cameron, Fincher o Jeunet, que optaron por otros caminos más originales y respetuosos con el arco argumental inicial. Lo malo es que en “Covenant” vuelve a aparecer esa civilización de superhumanoides marmóreos, que ahora se nos explica que tratan de emular al David de Miguel Angel, y que nos dejó un tanto perplejos. El intento de convertir la saga -terror y acción espacial a fín de cuentas- en una mitología evolutiva, era lo peor de la citada “Prometheus”, agobiada por un trascendentalismo megalómano. Ahora introduce algunos elementos más de ese morboso universo genético y nuevas escenas de terror, pero no es suficiente. Ni siquiera el carisma de Michael Fassbender, interpretando dos papeles de androide y disfrazado a veces de Assassins Creed logra elevar un reparto indefinido y soso, de manera que todas las malas críticas de este empecinamiento de Scott por rivalizar con los ilustres continuadores de su historia, se queda de nuevo corta e indecisa.

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Pero también hay que romper varias lanzas a favor del maestro. Escribía Carlos Boyero en su crítica de “Covenant” que el mérito de Scott residía en haber realizado tres obras maestras: “Los duelistas”, “Alien” y “Blade Runner”. Totalmente de acuerdo, pero creo que eso es quedarse muy corto. Permítanme, de paso, recomendarles que vean o vuelvan a ver “Los duelistas” y comprueben uno de los mejores proyectos que se han filmado acerca de las relaciones entre cine, pintura y literatura. Primer largometraje y primera obra maestra.

Dejando a un lado el poderío de las otras dos producciones, le voy a imponer a Scott, al menos, otros dos galardones :

-Recuperador  del cine épico de romanos, con la astucia de hacerlo a través de un oculto “remake” del último gran péplum: “La caída del imperio romano”, producida por Samuel Bronston y dirigida por Anthony Mann en nuestro país y cuya historia, la de la descendencia del emperador Marco Aurelio, retoma Scott casi 30 años después en “Gladiator”, lo que supuso una resurrección del género, la ascensión del músico Hans Zimmer al Olimpo de las bandas sonoras y un nuevo concepto en los efectos digitales para films históricos.

– Reinventor del cine bélico en la insuperable “Black Hawk derribado”, en la que los conceptos de gloria, honor y patria, típicos del género, son substituidos por los de supervivencia, compañerismo y despiste ideológico y táctico. A partir de este título vendrán un montón de películas y series ambientadas en guerras contemporáneas, en las que se usan los mismos “softwares” realistas de explosiones, disparos y otros recursos.

De acuerdo en que el maestro tiene cosas infumables como “La teniente O´’Neill”, “Un buen año” o ese “Robin Hood” en el que hay una especie de desembarco de Normandía en plena Edad Media y al revés (franceses invadiendo a ingleses). Pero también tiene una magnífica recreación de las Cruzadas en “El reino de los cielos” o la estimulante versión de la tercera novela sobre Hannibal Lecter.

Sólo por producir una de las mejores series que se han hecho sobre la historia de la CIA y de la Guerra Fría en general, “The company”, podría pasar a ese Olimpo en el que se ha empeñado en ser un Prometeo desterrado. Esperando que su nueva y esperada aproximación a “Blade Runner” sea más adecuada, recordemos también la importancia de su malogrado hermano Tony Scott.

 

 

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FEUD: La venganza de la televisión
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Alejandro Pachón Ramírez | 06-05-2017 | 7:59| 0

 

“Feud”, el título de la serie a la que me refiero, se puede traducir como “enemistad”. Hace alusión a la rivalidad entre Bette Davis y Joan Crawford durante el rodaje de “¿Qué fue de Baby Jane?”, también de los  antecedentes y de sus consecuencias, así como del papel desempeñado en aquellos años  por Robert Aldrich (director), Jack Warner (productor) y  la vitriólica periodista Hedda Hooper .

Uno de los conceptos de FEUD es reivindicar la ascensión de las series de televisión en la industria del audiovisual desde los años sesenta. El gran miedo de todos los personajes de esta historia real es tener que acabar trabajando para la tele por culpa de un fracaso en taquilla. Bob Aldrich, porque ya había pasado por ello y no le gustaba el sistema de producción y las limitaciones técnicas de entonces. Crawford y Davis, porque lo consideraban algo degradante y falto de glamour, caer en lo más bajo, acabar en la pantalla del comedor de una familia de paletos de Minnesota. Para sobrevivir económicamente durante los últimos momentos de su madurez, Crawford tuvo que hacer secuelas de Baby Jane  y una serie B de la Hammer (“Trogg”). La Davis pasó por el aro e hizo algún episodio piloto y papeles secundarios en algunas series

Este es el arco argumental con el que juegan los creadores de FEUD para hacer historia del cine…vista desde la tele. El lenguaje es el de las grandes series actuales: localizaciones perfectas y diálogos ingeniosos en los que se conjugan viperinas frases históricas a lo George Cukor con otras propias de unos excelentes guionistas . Por ejemplo, Bette Davis le dice a su futuro y antipático yerno: “No me impresionas por ser un inglés con estudios. Yo he sido la reina Isabel dos veces.”

En el apartado de caracterización de personajes- aparecen un montón de actores y actrices del  cine de los sesenta- lo que menos importa es la fidelidad física, sino el gesto y la simbiósis interpretativa que aportan  en los papeles principales Jessica Lange y Susan Sarandon.  Es un duelo artístico entre dos estrellas maduras del presente a través de sus alter egos  en el viejo “star system”. Esa subterránea referencia al cine de ayer y el audiovisual digital  de ahora es lo que hace que FEUD sea un hiperrealista documental de ficción sobre tres momentos histórico-sentimentales: el del Hollywoood glamouroso, el del cambio cultural de la segunda mitad de los sesenta y el de la decadencia y sustitución de los modelos antiguos.

Si no sabemos quíen fue Robert Aldrich y su carrera posterior a “Doce del patíbulo”, ignoramos las competencias y el poder de productores como Jack Warner o la película en la que Faye Dunaway hizo  de Joan Crawford, vamos a disfrutar menos de la serie, pero creo que aún así funciona. La  Davis y su maquillaje blanco en Baby Jane y la Crawford y su hacha en “El caso de Lucy Harbin”  crearon, en su ocaso, el terror “grand guignol” , un género cuya clase venía dada por la dirección artística, la fotografía y las actrices, siendo secundarios los personajes masculinos .

Para completar este capítulo de la historia del “star system” hay que ver también el documental “El último adiós de Bette Davis”, de Pedro González, centrado en la estancia de la actriz en 1989  en San Sebastián para recibir un premio honorífico, su última aparición en público.

 

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“…Hasta el apuntador”
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Alejandro Pachón Ramírez | 22-04-2017 | 12:22| 0

Con Keanu Reeves pasa algo parecido que con Colin Farrell, suelen caer mal, al menos a mí, así que no hubiera ido a ver “John Wick: Pacto de sangre” de no haber leído previamente que era la segunda entrega de una película de culto que ni siquiera se estrenó en cine en nuestro país. Los textos de expertos y aficionados me animaron y, efectivamente, valía la pena. Lo bueno de la película no son sólo sus barrocas secuencias de tiroteos y luchas, sus escenarios y su laconismo existencial, sino el entorno casi fantástico en el que se mueve : el de una super organización criminal, la Gran Mesa, que controla a todas las mafias del planeta, desde las italianas a las rusas y que tiene una cadena de hoteles por todo el mundo , en realidad cuarteles neutrales, donde los asesinos de élite se pertrechan de armas, documentos e incluso vestuario.  John Wick es uno de sus sicarios más letales.

Al aficionado al género lo que le gusta es que muera hasta el apuntador, como se decía antiguamente. La primera película que me impactó en este sentido -descartando cine histórico o bélico tipo “El Alamo”- fue “Grupo Salvaje” (Sam Peckinpah, 1969). La masacre final es la mejor y más intensa secuencia de muertos por disparos en la historia del cine, iniciada con el degollamiento de Angel, el joven mejicano, y culminando con la soledad de Robert Ryan entre carroñeros mientras suena la canción “La golondrina”.

Luego hemos visto muchos tiroteos inacabables e inverosímiles, especialmente porque a veces no se tiene en cuenta la capacidad de munición de los cargadores, ni la resistencia física a los disparos en partes no vitales. Esto el cine oriental lo ha justificado mediante el uso de armas de los enemigos abatidos y el de los chalecos anti balas, hallazgos que proceden del mundo del vídeo juego, otra forma de catarsis.

Efectivamente, ha sido en  China, Hong Kong, Corea y Japón donde más se ha desarrollado el género “Hasta el apuntador” con Takashi Miike, Takeshi Kitano, John Woo o Ringo Lam y títulos como “Violent Cop”, “Ichi the Killer” o “Una bala en la cabeza”.

Muchos, en forma de “remake” o de sus hallazgos en coreografías de violencia han pasado al cine occidental con mayor o menor fortuna, siendo el productor francés Luc Besson y su serie “Venganza”, con Liam Neeson, el que mejor ha sabido utilizar el género. Género en el que no incluiría las películas protagonizadas por Jason Statham y similares, cuya esencia son las artes marciales y la inutilización del enemigo, no su muerte rápida y certera.

También en series de televisión, aunque con menor intensidad, hemos visto algunas de estas secuencias de tiroteos salvajes, especialmente en “24” y en “Fargo”, pero porcentualmente no ocupan tanto tiempo de metraje como las más clásicas del género.

Ahora tendría que venir la polémica acerca de si la visión de la violencia desenfrenada y ficticia es catártica y evita que la practiquemos en la vida real o, por el contrario, estimula a los cerebros más débiles a seguirla. Sea como fuere, siempre que una película me deleite con secuencias como la de la muerte de la jefa mafiosa en las catacumbas y el tiroteo posterior en “John Wick”, prefiero no entrar a debatir aspectos morales. No olvidemos que en épocas pasadas el mejor espectáculo público era asistir a una ejecución y ahí si que no había efectos especiales ni balas de fogueo.

 

 

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LA ULTIMA CIENCIA FICCION: MATERIAL RECICLADO
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Alejandro Pachón Ramírez | 08-04-2017 | 11:34| 0

 

También podría haber titulado este texto como “La sombra de Ridley Scott”, a la vista de dos títulos del género que están ahora en cartelera, pero podemos ampliarlo a algunas otras obras recientes.

Los dos títulos a los que me refiero son “Ghost in the Shell” y “Life” que en ningún momento tratan de ocultar sus referentes: “Blade Runner” y “Alien”, respectivamente. Digamos que ese es el ingrediente principal. En “Ghost in the Shell” la androide protagonista que añora su pasado humano es una hermana de los “replicantes” de la película de Scott, por no hablar de las calles de la ciudad de Neo Tokyo, con esos anuncios holográficos. Los condimentos de este producto proceden del “manga” en que se basa y que incluye mayor acción que en su ilustre precedente y un concepto más liviano del tono metafísico que alimentaba la novela de Philip K. Dick, “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”. El problema es que, entre peleas y saltos, no sabe uno si está viendo a Scarlett Johanson haciendo de La Viuda Negra de Los Vengadores o del robot “Lucy”.

En “Life”, la trama principal es la típica del monstruo extraterrestre, marciano por más señas, que se cuela en una estación espacial con las consecuencias que se pueden imaginar. El caso es que el asunto está bién llevado, si exceptuamos los momentos en los que los personajes hablan de sus vidas y añoranzas con textos bastante pueriles y “moñas”. Aquí al ingrediente principal de “Alien”, monstruo contra astronautas, hay que sumarle los hallazgos técnicos conseguidos en “Gravity” que es lo que le da empaque visual a una historia “déja vue”.

Pero no queda ahí la cosa. Títulos también recientes como “La llegada” o “Passengers” no son más que el pálido reflejo de “Encuentros en la tercera fase”, “2001: Una odisea espacial” o “Solaris”. Ni siquiera los más flamantes efectos especiales consiguen que  lleguen a la suela de los zapatos de las obras maestras antes citadas. De hecho, creo que algunos críticos han alabado “La llegada”  sólo “por ser vos quien soís”, es decir, por considerar a su director Denis Villeneuve como un autor de filmografía brillante que no puede permitirse hacer una cosa tan poco original y pretenciosa.

En cuanto a “Passengers” se trata de un intento fallido de mezclar una historia de amor con el mundo de Kubrick y Arthur C. Clarke, añadiendo unas gotas de mensaje ecologista a lo “Silent Running”.

Hay un montón de buenas novelas y relatos de Philip J. Farmer, Robert Heinlein o Isaac Asimov, por no hablar de autores más recientes, que están aún por filmar.  El problema reside en las oficinas de los ejecutivos de las grandes productoras, que sólo tienen en cuenta proyectos con referencias conocidas, secuelas, “remakes” y demás refritos, descartando cualquier riesgo causado por la originalidad.

Y, volviendo al maestro Ridley Scott, hay una escritora española que sí ha sabido llevar el mundo de “Blade Runner” a su terreno : Rosa Montero que en “Lágrimas en la lluvia” y “El peso del corazón” nos ofrece las andanzas detectivescas de una replicante, Bruna Husky, situándola en un Madrid futurista y con una excelente mezcla entre novela negra y reflexión existencial.

 

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EL BAR: TOCANDO FONDO
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Alejandro Pachón Ramírez | 25-03-2017 | 11:49| 0

El hecho de que los personajes de la última película de Alex de la Iglesia se pasen casi la mitad del metraje en el sótano de un bar y luego en las alcantarillas, tiene que ver con el encabezamiento de  este texto, aunque también alude a la decepción que he experimentado.

He sido un defensor y admirador del cine de este autor y siempre ha habido algo que me ha interesado en sus últimos títulos: la interpretación de Antonio de la Torre en “Balada triste de trompeta” y la música de Roque Baños; el señor de Badajoz y la apoteósis final con la gigantesca Venus de Willendorf de “Las brujas de Zugarramurdi” o el concepto “kistch” de los números musicales de “Mi gran noche”.

Pero esta vez me quedo sin nada a que aferrarme a causa de varios problemas de guión y de ritmo. En sus otras películas, el sentido del humor aportaba  el tono irónico a un entorno dramático; en “El bar”, pese a intentarlo, no logra ni hacerme sonreir. No funciona la “suspensión de la incredulidad” imprescindible para hacernos empatizar con una trama y un entorno muchas veces visto. Se pueden citar las referencias a “El angel exterminador” o “La niebla”, pero el arranque me recuerda más al de “El cazador de sueños”, también de Stephen King. El problema es que algunos de los personajes desaparecen antes de tiempo y, lo que podría haber sido una trama coral y claustrofóbica con un buen suspense se convierte en un típico producto de género que podrían haber llevado a buen puerto Jaume Balagueró y Paco Plaza (“Rec”), pero que Alex trata de convertir en una metáfora de la insolidaridad, el aislamiento y el egoísmo en la sociedad actual. Algo parecido a lo que contaba en “La comunidad”, sólo que con ingredientes más pobres.

Está muy bien, y no sólo físicamente, Blanca Suárez. Mario Casas se nos vuelve a presentar como un actor camaleónico, aunque su personaje no esté muy bien perfilado. Incluso sale un “freak” indigente que nos recuerda inevitablemente al “profeta” que vocea el apocalípsis por las  calles de Badajoz, aunque nuestro famoso “Piter Pa” del Casco Antiguo no bebe whisky Jameson ni ningún otro tipo de alcohol y está aseado.

Lo que ocurre es que “El bar” utiliza dos tonos diferentes que llegan a ser antagónicos. Un arranque prometedor cuyas posibilidades se cortan bruscamente cuando la acción baja al sótano y las cloacas que citaba al principio. Incluso el apartado de banda sonora, que normalmente es importante en la filmografía del director, queda aquí bastante relegado. Tanto por descuidar ese aspecto, como por alguna elipsis de acción quizás se adivine un presupuesto demasiado ajustado.

En fín, para volver a reconciliarnos con Alex de la Iglesia, basta con volver al principio de su filmografía y revisar (ahí tienen el enlace) el cortometraje “Mirindas asesinas”, también en un bar, aunque con bastante más gracia y mala uva.

 

 

 

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Soy director en Historia del Arte, especializado en Música de Cine, crítico de cine, y director del Festival Ibérico de Cine de Badajoz. Retomo este blog con la intención de ofrecer de forma amena mi experiencia como historiador y crítico de cine y televisión, tanto en lo que respecta a la actualidad audiovisual reciente y futura, como al montón de vivencias relacionadas con el tema que en la segunda mitad del siglo pasado vivimos los de mi generación. No olvidaré aspectos periféricos e inseparables del cine comercial y las series de televisión como los video juegos o los cómics. En resumen, todo ese universo iconográfico que llena nuestros ocios e inquietudes, convirtiéndonos en “fans”, “freaks” o, sencillamente, en espectadores.